
La institución de la reforma constitucional responde a una necesidad fundamental: evitar que la Constitución devenga en un texto estático y, por ende, desfasado respecto de la evolución social, política y económica.

Las últimas elecciones fueron, en más de un sentido, un dolor de cabeza. La resaca fue política, económica e institucional. Para evitarla, el «Hepabionta» se toma antes: informarnos, racionalizar y cumplir con nuestro deber a cabalidad.

En una sociedad política cuya estructura de atención está fragmentada, el show se convierte en una necesidad objetiva del ejercicio proselitista para no quedar fuera de la dialéctica electoral.

Ya nada sorprende en un país como el nuestro, donde un convulso escenario político nos está convirtiendo en un campo de estudio para los politólogos y analistas de comunicación política a nivel internacional.

Nuestros problemas no provienen de la ausencia de democracia, sino de la forma concreta en que ésta opera. Si convertimos la democracia en un dogma fundamentalista, clausuramos toda posibilidad de reforma estructural.

#PorEstosNo plantea un veto amplio, pero no construye un “por estos sí” convincente. Funciona como catarsis, no como proyecto de poder.

Lo que debemos entender, al fin, es que la mentalidad moderna —por someter la realidad a los límites de las ideologías— es incapaz de conciliar conceptos que aparentan contradicción, pero que en verdad son parte de un todo coherente.

¿Qué es izquierda y qué es derecha? Para ponerlo en términos simples, la izquierda ama la Revolución en profundidad y la derecha ama la Revolución moderada.

El apoyo popular que mantienen los ex presidentes Pedro Castillo y Martín Vizcarra posterior a sus sentencias, revela uno de los problemas de un sector del electorado peruano.

Después de dos décadas de régimen socialista, el actual presidente boliviano lideró el proceso que inició el cambio democrático en su país incluso a costa de la derrota de su partido.