Entre Modernidad y Tradición: Una crítica a la Derecha Cristiana

El pasado viernes 3 de abril, el politólogo e influencer Agustín Laje entrevistó al líder y candidato presidencial del partido político Renovación Popular, Rafael López Aliaga. En dicha entrevista, el político expuso sus propuestas y principios, y habló con mucho orgullo sobre su libro presentado a fines de febrero en coautoría con Angelo Ramos, egresado de la promoción PROLÍDERES del Instituto de Libertad y Acción para el Desarrollo (ILAD).

He de decir que, a grandes rasgos, siento simpatía por varios de los postulados presentes en el libro, como reconciliar la ética de la virtud con la política y darle al gobierno un enfoque humanista basado en la Doctrina Social de la Iglesia; mas una parte del contenido del libro me resulta doctrinalmente errada, escueta y pobremente expuesta a pesar de su extensión de 103 páginas.

En primer lugar, el texto peca de un extraño y sospechoso uso y abuso de la fórmula «no es X, sino Y». Esta fórmula se da por primera vez en la página 12 del texto cuando escribe: «¿Qué es el ser humano? Para Aristóteles, esta no es una cuestión secundaria ni abstracta, sino el punto de partida de toda filosofía práctica». Y se repite constantemente hasta la última página con contenido. Sumado a esto, es imposible no notar que la obra carece de referencias bibliográficas a pesar de exponer las tesis presentadas por Aristóteles en la Ética a Nicómaco y la Política, además de la explícita mención a la encíclica Rerum Novarum de León XIII. Pero esto es solo el comienzo.

De Aristóteles a la Iglesia

Cierto es que la filosofía aristotélica tuvo bastante influencia en la Iglesia Católica, pero dicha influencia no se dio espontáneamente. En la obra simplemente se asume que la Iglesia cristianizó, de alguna manera, a Aristóteles, un gran salto que omite el movimiento de mayor florecimiento intelectual en ella, hablamos pues, de la Escolástica medieval.

No es posible relacionar a Aristóteles con la Iglesia sin antes mencionar a gigantes como Boecio, San Alberto Magno y mucho menos a Santo Tomás de Aquino, el más sabio de los santos y el más santo de los sabios. Es con Santo Tomás con quien la filosofía peripatética es perfeccionada, y evidencia de ello son sus famosas cinco vías y obras como De regno, sus Comentarios a los tratados filosóficos de Aristóteles, junto a otros sendos trabajos como De ente et essentia o las dos Sumas. Es más, en una época donde en el mundo cristiano se mantenía cierto recelo contra el Estagirita debido a que este sirvió de inspiración para las tesis filosóficas de pensadores como Averroes y Avicena, Santo Tomás hizo uso de las tesis de quien con mucha admiración llamaba «el Filósofo» para contraargumentar y defender a la Iglesia.

Es gracias a Santo Tomás de Aquino que la filosofía del alumno más aventajado de Platón halla su plenitud, a tal punto que el tomismo se convirtió en quizá la corriente de pensamiento más popular y apoyada dentro de los círculos católicos, tal y como se evidencia con la Carta Apostólica Doctoris Angelici promulgada por el Papa San Pío X el 29 de junio de 1914 para establecer la obligatoriedad de enseñanza de la doctrina del Doctor Angélico.

La Nueva Derecha

En el Prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía Política, Karl Marx postula de forma explícita su tesis de la «superestructura», que luego sería modificada por el heterodoxo Antonio Gramsci con su «batalla cultural». Alain de Benoist adoptó la batalla cultural para un proyecto tradicionalista y pagano en oposición de la Modernidad y sus formas de vida, un proyecto que denominó como «Nouvelle Droite». Agustín Laje y Nicolás Márquez recogen este término, cosa que el primero reconoce en su obra La batalla cultural, pero transformándolo para volverlo una amalgama ideológica donde se reúnen libertarios no progresistas, conservadores no inmovilistas y soberanistas no estatistas. Mientras la Nueva Derecha francesa se opone a la Modernidad, la Nueva Derecha hispanoamericana pretende luchar contra un enemigo renovado al que denominan como la Nueva Izquierda.

La Derecha Cristiana tiene una fuerte influencia de esa Nueva Derecha propuesta por Laje y Márquez, pero con ciertas diferencias. En El libro negro de la nueva izquierda, y en sus muchas entrevistas e intervenciones en medios de comunicación y redes sociales, los argentinos construyeron un relato de que, tras la estrepitosa derrota de la URSS contra Estados Unidos y su American way of life capitalista, la izquierda abandonó la lucha de clases y se orientó hacia la lucha cultural. Esta tesis es rotundamente falsa, no solo por presentar a la izquierda como un todo, sino también porque solo señalan al marxismo como principal responsable de la debacle occidental. No es posible hablar de «la izquierda», sino de «las izquierdas». Y es con esta pluralidad de izquierdas que realmente se puede entender el sinfín de cambios sucedidos desde el fin de la Guerra Fría.

Un fantasma recorre los círculos de las derechas, y ese es el fantasma del «Marxismo cultural». Los argentinos pretenden presentar una Nueva Izquierda como heredera ideológica de la Escuela de Frankfurt y el existencialismo de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, junto a otras que también son tildadas de hijas del marxismo; señalan que esta Nueva Izquierda es representada por el globalismo de organismos internacionales como la ONU y multimillonarios como George Soros, quien es frecuentemente señalado como el gran impulsor de ese «movimiento antioccidental». Pero ignoran que Soros no es marxista, sino fiel alumno y seguidor del liberal Karl Popper, a quien honra con su Open Society Foundation, la cual adopta el nombre que Popper puso en su magnum opus, La sociedad abierta y sus enemigos.

Pero los peruanos no caen del todo en esto. Al mencionar la marea roja, López Aliaga y Ramos se distancian de los argentinos al reconocer que las izquierdas marxistas y anarquistas, junto con su enfoque en la lucha de clases, aún permanecen latentes en el Perú y el mundo, aunque cada vez más relegadas a un lado del mainstream político debido a la enorme aceptación que tienen las nuevas corrientes de izquierdas —aglutinadas bajo el nombre de «marea verde»—. Sin embargo, como los argentinos, el diagnóstico que realizan de esta otra marea resulta errado.

La Nueva Izquierda

En su libro Generación Idiota, Agustín Laje habla de un fenómeno intergeneracional donde lo nuevo siempre es superior a lo viejo, donde todo lo sagrado se vuelve profano, donde los adultos son infantilizados y los individuos tienden a darle prioridad al propio «ombligo» antes que al mundo que les rodea. Este fenómeno recibe el nombre de «adolescentrismo». Es una crítica bastante acertada respecto a la infantilización de las sociedades occidentalizadas; y sin embargo, Laje se empeña en atacar y ridiculizar a la Nueva Izquierda en lugar de preocuparse por las verdaderas causas que dieron lugar a su surgimiento.

Luego de describir al hiperindividualismo, el apoyo y enriquecimiento de las big tech, la destrucción del tejido social, y los múltiples movimientos antisistema de las nuevas izquierdas, Laje llega a decir con cierta ironía que «Si algún contenido tiene la palabra «neoliberalismo», sin duda involucra todo esto». Y él estaría en lo cierto si realmente creyera en dicha afirmación en lugar de limitarse a darle la vuelta al popular relato que suele venderse acerca del neoliberalismo. A nadie parece preocuparle que estas corrientes nazcan en el seno de las sociedades occidentalizadas, ni que defiendan la autopropiedad y la libertad frente a instituciones, roles y normas sociales que consideran injustas y caducas. Parece que entre ellos resuena el Laissez faire, laissez passer; y ese dejar hacer, dejar pasar, dista bastante de ese colectivismo que antaño caracterizaba a las izquierdas.

Si lo analizamos profundamente, notaremos que ese supuesto colectivismo se asemeja más a las corrientes liberales que a las corrientes marxistas. Más allá de esa visión de opresores y oprimidos que interpreta Marx de la dialéctica del amo y esclavo de Hegel, la igualdad y libertad que esta Nueva Izquierda propone son dentro del sistema democrático-burgués, y no la abolición de las clases sociales para emancipar a la humanidad de su mercantilización y explotación, y así conseguir una igualdad real fuera de las lógicas deshumanizadoras del capital. No. Esta Nueva Izquierda brinda un excesivo foco a la autopropiedad, la libertad individual y la autoconciencia, foco por el que llega hasta el punto de defender con ahínco políticas basadas en la autopercepción de los individuos y promover la autoexplotación como supuesta forma de liberación y empoderamiento frente al sistema. Esta izquierda defiende los intereses individuales y no los intereses de clase. De marxismo tiene muy poco, y con bastante razón hablaba Juan Manuel de Prada cuando dijo que «el marxismo cultural no existe, el marxismo cultural es liberalismo consecuente».

Contra la díada

Tanto los peruanos como los argentinos atacan las consecuencias, pero no sus causas. No identifican que, justamente, si existen sus enemigos, es porque el propio sistema los engendra. Y siguen con esa inútil lucha entre izquierda y derecha cuando ambas son dos caras de la misma moneda. Proponen conservar el status quo frente a los movimientos progresistas, cosa que mantiene el germen que permite el surgimiento de corrientes similares dentro de las ideas del individualismo y el sistema económico capitalista. Los hijos de la Modernidad engendran monstruos, y quienes combaten a esos monstruos no se empeñan en su vana lucha sin darse cuenta que: «Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral».

En La Cuarta Teoría Política, Alexander Dugin analiza las ideologías predominantes dentro de la política occidental contemporánea trascendiendo y prescindiendo de la díada izquierda/derecha. El ruso examina a las ideologías en tanto ideologías, con sus postulados y sujetos políticos, más allá de si estas se manifiestan en la izquierda o la derecha. Porque en realidad no se trata ni de izquierdas ni de derechas, dado que encontramos manifestaciones de las mismas ideologías en ambos lados del espectro político. Dugin, en línea con Alain de Benoist, identifica que después de la Guerra Fría, el liberalismo anglosajón comenzó a permear de forma acelerada en el mundo, y con ello logró la unipolaridad geopolítica y una visión predominante que modifica las formas de vida de las sociedades en donde se implanta, con la consecuencia de resquebrajar su tejido social.

Y el Perú no es la excepción a este fenómeno. Por ser la capital y el centro económico e intelectual del país, Lima también se convirtió en el centro mimético de las ideas y formas de vida estadounidenses y europeas; dicha mímesis se expande, aunque parcialmente, al interior del país. En su Teoría de la insubordinación fundante, Marcelo Gullo plantea que, si queremos países verdaderamente soberanos, hemos de tener estados fuertes que velen por el desarrollo y la soberanía del país, además de una insubordinación ideológica. Y en un país como el nuestro, con más de quinientos años de historia e identidad forjadas con un alma profundamente católica, el reciente fenómeno de la unipolaridad liberal tergiversa y opaca a la verdadera forma de ser de los peruanos, razón por la cual es más que necesaria una insubordinación fundante.

La Iglesia tiene casi dos milenios de existencia; ella vio imperios caer, reinos extinguirse y grandes pensadores morir. La humanidad se ha empeñado incesantemente en destruirla, y aun así la Iglesia ha permanecido firme. Durante siglos, enseñó a los hombres la verdad y la caridad, principios que hoy en día tanto la izquierda como la derecha pretenden disociar de su auténtico sentido bajo sus propias lógicas y discursos. Entiendo que el sistema democrático actual obliga a los políticos a identificarse con uno u otro bando, pero ello no quita que los cristianos tengamos que adherirnos a la sana doctrina, ni mucho menos nos da vía libre para defender tanto lo que ella condena como lo que en los tiempos presentes provoca más daño que bien. Si queremos inspirarnos en la doctrina cristiana, es mejor optar por hacerlo completamente y no parcialmente, evitando copiar las ideas y prácticas de la Revolución sin el debido examen ni purga como pretenden López Aliaga y Ramos con su Derecha Cristiana.

Por Carlos Valverde
Estudiante de Ciencia Política de la UNFV