
PRINCIPIOS
Promoción de la familia
Por más que diversas ideologías promuevan relaciones humanas inestables o líquidas que dependen de las emociones que experimentan los individuos de una sociedad atomizada; tales como el poliamor y las relaciones sin compromiso; las personas siguen atraídas por relaciones sociales e identidades sólidas y permanentes. La célula básica que erige toda asociación humana significativa y próspera es la familia; cimentada por el compromiso, la complementariedad, la transmisión del legado y el bien común.


Los pensadores de la Ilustración—desde Hobbes hasta John Rawls y sus seguidores de hoy—han identificado las raíces del orden político y los cimientos de la civilización humana en un contrato social, un acuerdo entre individuos racionales abstraídos de sus condiciones materiales, biológicas, culturales, morales, sociales y espirituales para ordenarse a lo que todo ciudadano razonable debe asentir. No obstante, los clásicos dirían que el punto neurálgico de la experiencia y condición humana es cada hogar o familia en la que una persona desarrolla su vida privada o doméstica bajo ciertas condiciones particulares.
Una familia sólida es la condición necesaria para el acceso a la vida pública de los ciudadanos y son las familias en plural, las que como células definen qué tipo de estructura y cualidades tendrá el tejido social de cada comunidad política. La familia no solo brinda las condiciones económicas necesarias para que el ciudadano pueda acceder a la vida pública y política en libertad; es también el punto de acceso donde la persona adquiere su carácter y valores fundamentales, aprendiendo a pensar, deliberar, decidir, confiar, actuar y convivir con otros de manera interdependiente. Esto en la medida en que es tratado como alguien que merece un afecto incondicional, por la dignidad que le es inherente e independientemente de su comportamiento, estatus social o capacidades intelectuales o motoras.


¿Qué escenario enfrenta la familia hoy en día? El acoplamiento de los modos de producción industriales con el modelo de familia nuclear anglosajón se limita a una visión mucho más recortada que aísla a los esposos y su descendencia del soporte de sus respectivas familias. Por otro lado, es una meta explícita de los modelos marxistas y anarquistas el desaparecer a la familia por completo para volver la crianza un monocultivo despersonalizado al amparo del Estado. El mundo hispano-andino tiene una cosmovisión totalmente distinta. Desde los ayllus quechuas y la noción de familia extendida en la Península, no se limita la familia al binomio reproductivo, sino que abarca a abuelos, tíos, primos y, en cierto modo, hasta padrinos. Esta cohesión familiar de estructuras intermedias enriquece y le dan resiliencia al tejido orgánico de una comunidad, y de cierto modo previenen que la sociedad se reduzca al Estado y sus individuos, un proceso que lleva siglos intentando concretarse.
En este sentido, la familia es precedente y condición necesaria para el acceso a la vida pública, porque es en ella donde el hombre se humaniza; solo de esta forma el hombre puede participar de la vida política en libertad y construir una comunidad política ordenada al bien común.


