El milagroso nominalismo del Dr. Gurmendi

Un investigador tiene una misión: estudiar la realidad. Toda otra misión qua investigador está supeditada a esa meta. Como el investigador es un ser humano finito, escoge una porción de la realidad para estudiarla: el clima, el Imperio Wari, los fragmentos de Okazaki, la radiación gamma, la megafauna sudamericana del pleistoceno. Los elementos que hemos desarrollado como humanidad para supeditar el conocimiento humano al imperio de la realidad son varios: revisión de pares, reproducción metodológica, calibración de equipos, etcétera. Surgen, desde luego, convenciones útiles para asistir en el estudio de la realidad, pero el árbitro final de su utilidad es la realidad, no el investigador.

Cuando hablo del investigador me refiero al académico, sea científico natural o social, o incluso un humanista. El compromiso con el estudio de la realidad debe ser transversal: après la vérité, le déluge! No obstante, basta con entrar a un campus o—Dios no lo quiera—entrar a redes sociales para saber que no es tanto así. No es tan simple como una denuncia de relativismo cultural o marxismo. Quiero encarrilar un tren de pensamiento que partió de una discusión en tuiter a la que llegué demasiado tarde como para participar significativamente. Lamentablemente, el trol de Minerva tipea al anochecer. Aquí va: esta es la historia de un profesor de derecho peruano radicado en Londres que me pidió creer en los milagros.

Históricamente, la comunidad investigadora por antonomasia son las universidades, una invención concretamente cristiana y europea. Desde luego, abundan publicaciones que presentan otras instituciones históricas (para nada insignificantes) como universidades. La favorita de turno es la Universidad de Qarawiyyin en Marruecos, fundada como mezquita en 859 por Fátima al-Fihri, la cual es una universidad propiamente solo desde el siglo XX. Madrazas musulmanas, viharas budistas, vidyalayas hindúes, todas son instituciones del conocimiento, pero no universidades.

Las universidades nacen en la mal llamada «Edad Oscura» europea. Lo que las diferencia de instituciones educativas en otras latitudes, e incluso de antecesores europeos como los colegios catedralicios, es que son corporaciones autónomas de maestros y estudiantes. De ahí proviene el nombre: universitas magistrorum et scholarium. Una mezquita como Qarawiyyin podía albergar maestros, pero los títulos para los graduados eran expedidos a nombre de un maestro, no de una colectividad universitaria. Un título era la credencial a nombre de la universidad para ser un ciudadano de la República de las Letras. Esta fue la gran innovación de las Universidades de Boloña, Salamanca y Oxford.

Fue en esta última donde estudió y enseñó el fraile franciscano Guillermo Occam. Defendió vehementemente la doctrina del nominalismo, la cual propone que no existen los universales. Puedo afirmar que existe un gato rojo, pero no hay un paraguas metafísico que cubra a todos los gatos, una gatidad universal a todos los gatos o algo por el estilo. De igual manera no existen la rojez, la animalidad ni la humanidad. El origen y las operaciones que realizamos con los universales son enteramente internos a nuestra mente.

Esta posición fue recibida heterogéneamente por sus contemporáneos y las generaciones posteriores. Quizás lo más perdurable del pensamiento occamita no es el nominalismo, sino la motivación detrás de la doctrina: la navaja de Occam. «No necesitas referir a un universal abstracto como la gatidad si puedes recurrir a una explicación más simple de por qué el gato ronronea».

Sin embargo, el nominalismo no se extinguió del todo. La actitud de sospecha sobre las entidades metafísicas no se detuvo, como Occam, en los universales. El empirismo británico de Berkeley y Bacon siguió esa tendencia, y Hume extendió la duda al concepto mismo de causalidad. Occam jamás se atrevió a tanto. Con el siglo XIX sobrevino el instrumentalismo: todo elemento teórico es una mera herramienta para organizar y predecir observaciones. Llevadas suficientemente lejos, estas tendencias permiten adoptar posiciones antirrealistas respecto de categorías cada vez más fundamentales: desde especies y colores hasta entidades teóricas, propiedades, causalidad o incluso objetos matemáticos.

En adelante llamaré nominalista, en sentido amplio, a toda posición que niegue realidad extramental a los universales, independientemente de qué explicación alternativa ofrezca de nuestros conceptos universales. Conceptualismo, convencionalismo e instrumentalismo son ejes o modalidades del antirrealismo epistemológico, y varios de sus motivos encuentran un precedente histórico en el nominalismo medieval, aunque no se identifiquen con él ni deriven de él de forma lineal. El antirrealismo plantea, sin embargo, un problema peculiar para la inteligibilidad de las ciencias naturales: puede describir el éxito de nuestras clasificaciones y teorías, pero resulta menos claro qué explica ese éxito.

El nominalista moderno suele apoyarse en la evolución para decir que esta produce nuestros conceptos universales porque son favorables a la supervivencia, cuando no mero subproducto histórico. A mí me parece fabuloso, pero tenemos que definir qué entendemos por «evolución». El nominalista moderno recurrirá a organismos, genes, mutaciones, selección natural, causas y efectos. Y, como señala el filósofo Edward Feser, todos esos son conceptos universales.

«Pensamos universalmente porque los cerebros humanos, mediante selección natural, desarrollaron capacidades cognitivas debido a ciertas presiones ambientales».

Pero entonces cerebro humano, selección natural, capacidad cognitiva y presión ambiental, además de conceptos subyacentes como especie y causalidad, están funcionando como conceptos universales dentro de la propia explicación. Si tampoco lo son, hay que explicar esos conceptos mediante otros conceptos. Occam no podía apoyarse en Darwin porque faltaban unos 500 años para que naciera. No tenía ningún problema en decir que el mundo tenía menos de 6000 años de antigüedad y que la arquitectura de nuestro cerebro fue creada tal cual por el Dios de los cristianos. Pero el nominalista moderno busca explicar el origen de los conceptos mediante procesos que está obligado a caracterizar universalmente.

No es difícil entender hasta qué punto la inteligibilidad de la ciencia es incompatible con esta vertiente del nominalismo. Asumiendo una metodología sólida, un físico no publica «hemos observado que estos quince electrones se comportan de cierta manera». La ciencia no se limita a redactar la crónica de esos quince electrones: generaliza a electrones todavía no observados y formula contrafácticos acerca de cómo se comportarían bajo condiciones todavía no realizadas. ¿Qué fundamenta ese tránsito? Como señala el filósofo Brian Ellis respecto a la química, encontramos clases discretas de sustancias que existen independientemente de nuestro conocimiento.

David Oderberg, otro filósofo realista, retoma la fórmula tomista clásica que afirma que conocer la verdad consiste en la conformidad de la mente con cómo son las cosas; conocer una esencia consiste, por tanto, en que nuestro intelecto se conforme con la naturaleza de la cosa. Ese conocimiento puede ser incompleto sin dejar de ser genuino. Estos dos hemistiquios conforman la mayor virtud de la ciencia: la perfectibilidad. El nominalista moderno suele refugiarse en la incompletitud («todas las categorías son artificiales porque antes los reptiles eran un grupo monofilético y ahora no») para evitar lidiar con un hecho: un ladrillo carcomido o mal puesto se puede identificar porque el muro en el que se coloca es sólido, o al menos las herramientas del obrero son certeras.

La ciencia moderna, y no solamente las ciencias naturales, están configuradas para extraer la mayor inteligibilidad con la mayor fiabilidad de la realidad. Grupos de control, exclusión de variables intervinientes, reproducibilidad, covariables, todas son herramientas epistémicas para justamente acceder a los universales. El nominalista moderno salta de la observación particular a la predicción universal para juzgar su utilidad, sin explicar cómo se corre de la observación a la predicción sin pasar por la naturaleza de la cosa estudiada. Sobre el fuego, el nominalista de inclinación humeana puede limitarse a observar que, hasta ahora, las cosas que llamamos fuego han quemado. Si quiere decir algo más —que el fuego posee realmente la capacidad de quemar y que por ello podemos proyectar esa regularidad sobre casos todavía no observados— tendrá que explicar qué fundamenta ese poder y esa inferencia sin recurrir a la naturaleza de la cosa estudiada.

Ellis, Feser y Oderberg son definidos filosóficamente como realistas, o esencialistas. Para que el conocimiento sea conocimiento de la realidad y no simplemente manipulación eficaz de nuestras propias representaciones, tiene que existir alguna correspondencia objetiva entre la estructura universal del pensamiento y la estructura inteligible de lo real. Para el realista esencialista, el fundamento último de esa inteligibilidad reside en las naturalezas o esencias de las cosas. No quiere decir que no existan categorías artificiales o arbitrarias («tamales de menos de cinco soles» o «ARN largos no codantes de más de 500 nucleótidos»). Pero algunas categorías son naturales, y la mayoría de los filósofos (y todas las personas pensantes somos filósofas) caen en algún punto medio. El realismo aristotélico de Feser y Oderberg no impide que sean convencionalistas respecto a los tamales de menos de cinco soles. Si el mundo es susceptible de clasificación eficaz, la mejor explicación es que está ordenado en clases naturales.

¿Por qué es importante este largo preámbulo? Porque las universidades contemporáneas, especialmente los departamentos de ciencias sociales y de humanidades, están plagados de distintos tipos de nominalistas. La explosión en la complejidad del conocimiento humano implica una explosión en el número de categorías y de «casos límite» que desafían las categorías preestablecidas. La perfectibilidad de la ciencia no teme a este desafío, pero la imperfección de los científicos sí. Los investigadores de ciertas ramas tienden cada vez más a determinados sabores de nominalismo. Este es mucho más cómodo, además, para un investigador que trata temas sociales rodeado de investigadores provenientes de otras sociedades. El tan mentado relativismo es una actitud, pero el fundamento implícito es el nominalismo.

En una escuela londinense, habita un nominalista peruano particular: el Dr. Alonso Gurmendi. No tengo idea de si se autodeclare filósofo nominalista, pero al menos puedo afirmar que es filósofo, en tanto hombre pensante. Y es definitivamente más nominalista que yo.

Hace poco, una interacción en redes, originada por una discusión sobre qué son las razas humanas y qué significa ser racista, se transformó en cuestión de minutos en una discusión sobre primeros principios. ¿Qué es un grupo? ¿Existen los grupos? Ni siquiera hablamos de grupos humanos, sino de grupos en general. Un usuario elevó la discusión de la raza a la especie para encontrar un punto común en la realidad de la categoría «ave». Salió decepcionado:

Taxonomy is a human construct. There is no singular correct way of ordering nature. There is an evolutionary structure, atop which humans draw demarcation lines. These lines are not ‘objective’.

Sigue:

“All birds have beaks” because scientists have decided that “bird” includes the marker “beak”. So a feathered beak-less dinosaur is not a “bird”. “Except maybe for Archaeopteryx”. Evolution is a continuum that humans try to place into neat (useful!) little boxes for convenience.

Sin embargo, deja rescatar que sí existe una estructura evolutiva. Afirma que existe una realidad a la que nuestras teorías hacen referencia. Hay un continuo real biológico sobre el que imputamos convenciones partitivas. Como biólogo, no encuentro demasiado problema ahí. No obstante, eso no equivale a decir que las líneas taxonómicas no sean objetivas. El error surge de creer que objetivo equivale a completo. La taxonomía biológica sigue rieles impuestos por la historia evolutiva de las especies basándose en ancestros comunes. Es una ciencia incompleta porque siempre hay espacio para mayor nitidez y adecuación a la realidad, pero este principio de adecuación la hace objetiva en todo el significado de la palabra. Trasponiendo la taxonomía biológica a la química, uno no puede señalar la tabla periódica de los elementos de Mendeléyev y la tabla de radionucleidos de Karlsruhe y decir que ello implica que la clasificación química objetiva es imposible. Varias maneras objetivas distintas de ordenar la realidad no significan que cada una de ellas carezca de objetividad.

Un usuario particularmente agudo lo llevó al plano de la mayor abstracción imaginable: puntos en un plano. Cualquier persona con ojos, boca y cerebro puede verificar que en ese plano hay tres grupos. El Dr. Gurmendi responde que es imposible determinar los bordes entre los tres grupos. No me queda claro si el Dr. Gurmendi es consciente de que, al intentar demostrar la arbitrariedad de los tres grupos, sus propias elipses preservan invariablemente esos mismos tres grupos. Puede variar sus límites, pero no la estructura de densidad que los motiva: la multiplicidad de delimitaciones compatibles con una distribución no demuestra que la estructura subyacente sea convencional.

Este excursus es muy ilustrativo porque es efectivamente lo que el Dr. Gurmendi aplica a razas y especies: no podemos concretar los límites entre grupos con seguridad objetiva, por lo que esos grupos deben carecer de existencia objetiva. De la vaguedad de los límites deduce la inexistencia de la clase. La negación de las clases es la negación de los universales. Porque en este ejemplo matemático y en sus aplicaciones biológicas no niego tales clases; no obstante, sostengo que el Dr. Gurmendi es, para los efectos de esta discusión, más nominalista que yo, y que lo es en demasía.

En estadística vemos constantemente que una distribución puede presentar tres modos objetivos aunque distintos algoritmos de agrupamiento los demarquen diferentemente. Eso no niega la existencia de los modos, ni que en un número finito de dimensiones informativas haya distancias entre estos modos, y que estas distancias puedan diferir.

Volviendo al otro tuit del Dr. Gurmendi, lo podemos resumir en «Existe una estructura evolutiva objetiva, y nosotros ponemos encima las líneas». Cabe preguntarse qué quiere decir con «estructura». Presumiblemente quiere decir relaciones, distancias, descendencia, similitudes, diferencias y regularidades. El mundo no es una masa metafísica amorfa sobre la que proyectamos categorías. Cuando afirma que la categoría de especie es impartida porque es útil o conveniente, debería entenderse ello como útil para referirse a una realidad: los organismos comprendidos dentro de la clase Aves del filo Chordata. La discusión sobre el continuo de los puntos en un mapa o el continuo de las especies en un clado no exige del realista que afirme que poseemos una única palabra o elipse correcta. Basta con demostrar que algunas clasificaciones son mejores que otras porque captan mejor estructuras que existen independientemente de nosotros. No poseemos una taxonomía exhaustiva o definitiva, pero podemos aproximarnos asintóticamente a clasificaciones cada vez más adecuadas a las estructuras reales que pretendemos estudiar. Que una clasificación sea más adecuada que otra no convierte a esta última en subjetiva o convencional. La finalidad de una clasificación puede provenir del investigador sin que su corrección provenga de él.

El Dr. Gurmendi no niega la realidad. No es un escéptico. Tampoco niega el conocimiento. Sin embargo, su tratamiento sugerentemente instrumentalista de las categorías confunde objetividad con completitud o perfección, lo que erosionaría todas las ramas de la ciencia y haría del conocimiento humano un milagro. Ese es el milagro en el que el Dr. Gurmendi me pide creer.

Me pregunto si el milagro se extiende a otros conceptos más allá de las ciencias naturales. ¿Puedo eliminar un programa de reducción de desigualdad, al ser la pobreza un espectro? Ciertamente el consentimiento sexual es un constructo social, así que podemos eliminar el estupro del código penal. Ahí regresa el problema de la utilidad o la conveniencia de un concepto como validación del mismo. Regresamos entonces a la pregunta: ¿qué entendemos por utilidad o conveniencia? El filósofo realista afirma que un marco teórico funciona porque capta, aunque imperfectamente, alguna estructura causal real.

Dentro del instrumentalismo hay dos respuestas posibles. El filósofo nominalista de tipo instrumentalista respondería «no necesito afirmar eso; basta con que funcione». Su criterio puede ser predictibilidad, comprensión, fecundidad explicativa, capacidad de intervención, etc. La utilidad es el éxito. Pero el nominalismo instrumentalista no explica el éxito. Solo lo describe. Ese es el rabo de paja del instrumentalismo epistemológico. El realismo explica tanto el éxito como el fracaso de nuestras categorías: funcionan cuando captan estructura real y fracasan cuando no lo hacen.

Existe otro nominalista, menos serio. Este denigra la legitimidad intelectual de todo conocimiento humano porque define «utilidad» en términos de imperativo hipotético.  No solo nuestras categorías son construcciones; no existe ningún criterio extramental por el cual una partición deba considerarse más verdadera que otra. Las categorías son imposiciones humanas y debemos explicarlas fundamentalmente mediante intereses, relaciones sociales, poder, etc. Es útil porque me permite hacer lo que quiero. Lo que uno quiere es mera cuestión de voluntad de poder y todo lo demás importa un bledo. La utilidad importante no es la que hace verdaderas o justificadas nuestras categorías, sino qué función social cumplen esas categorías. Este es el fundamento del constructivismo. Cuál función social es deseable y cuál no, es enteramente político.

La conveniente conveniencia. Es una posición más común de lo que uno cree. ¿Qué ocurre cuando la existencia de una categoría parece variar con las consecuencias políticas de reconocerla? ¿Debe nuestra ontología de sexo, raza, pobreza o personalidad jurídica depender de las consecuencias sociales que se sigan de ella, o deben nuestras conclusiones normativas mantenerse conceptualmente subordinadas a aquello que podamos establecer descriptivamente sobre la realidad? Existen departamentos, sobre todo de humanidades, que fomentan la primera posición. Para su crédito, no tengo evidencia directa de que el Dr. Gurmendi abogue por ese planteamiento constructivista. Eso sería pedirme que crea en un segundo milagro.