¿Por qué nuestra democracia parece un circo?
Antes de comenzar, conviene explicitar los supuestos epistemológicos sobre los que se fundamenta este argumento. La forma democrática de una sociedad política nunca existe de manera abstracta o separada, sino siempre vinculada a materias sociales o antrópicas concretas (instituciones, clases sociales, tradiciones históricas, estructura sociológica, sistemas económicos, etc.). Dado que estas materias son muy diversas entre las distintas sociedades, esa diversidad influye en la variabilidad de la propia forma democrática, es decir, en cómo se configura y modula realmente la democracia en cada caso.
Es por eso por lo que no tiene sentido separar la democracia en dos tipos como si la forma pudiera existir independientemente de la materia; las formas no «flotan» separadas de los materiales que conforman y por eso la democracia es ante todo una forma política encarnada en instituciones concretas del Estado. De forma análoga, las democracias realmente existentes no son realizaciones defectuosas de una forma ideal, sino configuraciones institucionales en las que la forma política se articula con materiales sociales concretos (clases, partidos, tradiciones, estructuras económicas), produciendo equilibrios y tensiones propios del funcionamiento del Estado.
La democracia es la manera en que se organizan esos materiales; si el tejido social es apático o fragmentado, la democracia resultante será probablemente una de baja intensidad o de coaliciones inestables. Es por ello por lo que es falaz —o incluso una forma de «teología política», en el sentido de suponer una democracia pura, separada de toda materia histórica e institucional— considerar «déficits» de la democracia factores como la hiperfragmentación partidista, la abstención o, lo que veremos hoy, que nuestra democracia parezca más un circo.
Nada de esto la hace «menos democrática»: en primer lugar, porque no rompe con el mínimo común definitorio de toda democracia realmente existente: esta consiste en una modulación histórica encarnada siempre en un Estado basada en el sufragio (con estructuras, élites, partidos, burocracias, etc.) donde hay elecciones competitivas (no necesariamente justas, pues no todos parten del mismo lugar) que garanticen una transición del poder; segundo, porque la forma pura no puede siquiera ser pensada como existente, ya que siempre será un sistema complejo atravesado por intereses corporativos y conflictos. Pero ello no impide calificarlas como malas, indeseables o degradantes (como sistemas políticos deficientes en cuanto finalidad, no en cuanto desviación de una supuesta forma «perfecta»). Ya aclarados estos puntos, vamos al meollo del asunto.
Un fenómeno observable en estas elecciones es la gran obsesión por buscar —en los debates— figurar siendo parte de un clip viral. Las «puyas», los ataques, o simplemente hacer el ridículo para figurar; parece accidental o simplemente un mal cálculo político, pero, todo lo contrario. Asimismo, se evidenció una notable escasez de propuestas concretas. La mayoría de los participantes se limitó a formular generalidades ambiguas, pelearse entre sí, y apelar a nociones vagas como «inteligencia» o diagnósticos poco desarrollados, sin ofrecer soluciones operativas. Esto llegó a tal magnitud, que en múltiples ocasiones tuvimos a los moderadores señalando explícitamente que los candidatos no estaban respondiendo a las preguntas formuladas.
Sin embargo, esta aparente prostitución de la política en espectáculo no es un fenómeno meramente accidental, sino —como hemos explicado antes— una expresión de nuestra configuración sociológica y el contexto histórico, político y económico en el que la forma democrática está inmersa, en la medida en que condicionan y modulan su forma. En este sentido, Guy Debord ya advertía que «todo lo que antes se vivía directamente se ha alejado en una representación», mientras que Neil Postman señalaba que «nos estamos divirtiendo hasta morir», subrayando la transformación del discurso público en entretenimiento, pero ¿por qué sucede esto? La estructura material antrópica de nuestra época está en parte, moldeada por una economía de la atención mediada por plataformas digitales. Investigaciones recientes en neurociencia y psicología conductual sugieren que no estamos ante un cambio superficial de hábitos, sino ante una erosión de la atención sostenida.
Estudios publicados en Nature Communications indican que la abundancia de contenido informativo acelera el agotamiento de la atención colectiva, reduciendo drásticamente los picos de interés global. Esta atención fragmentada es el caldo de cultivo para la «política del clip»: ante una audiencia cuya capacidad de concentración sostenida ha sido erosionada por el formato reel —diseñados bajo mecanismos de recompensa variable que emulan las máquinas tragaperras—, el político abandona el programa por el impacto. El algoritmo no premia la viabilidad técnica de una propuesta, sino la excitación emocional y la disrupción visual. Estamos, literalmente, «formateando» nuestra democracia para que encaje en 15 segundos de dopamina.
El fin del político durante un proceso electoral no es la realización de ideales abstractos, sino la obtención del poder para garantizar una cuota en el Estado. El reciente reclutamiento de influencers por parte de Acuña se configura como una operación técnica racional para captar el voto joven. Si el espectáculo no fuera una técnica eficaz de recurrencia y captación de voluntades, el político racional lo desecharía; sin embargo, en una sociedad política cuya estructura de atención está fragmentada, el show se convierte en una necesidad objetiva del ejercicio proselitista para no quedar fuera de la dialéctica electoral.
Fabricio Goñe Canales
Estudiante de Derecho UPC
