#PORESTOSNO ARRASA EN REDES, PERO NO EN LAS ENCUESTAS

#PorEstosNo se ha convertido en una consigna recurrente en redes sociales, con X como su principal escenario. El hashtag se ha viralizado con facilidad y ha conectado con un sector de la ciudadanía que arrastra desde hace años una profunda insatisfacción con la política tradicional. Sin embargo, cuando ese clima digital se contrasta con la evidencia empírica —encuestas nacionales y tendencias de intención de voto— aparece una paradoja difícil de ignorar: los partidos y los rostros de siempre siguen ocupando los primeros lugares en la competencia electoral.

El rechazo al Congreso y a la clase política no es artificial. La impopularidad del Parlamento y el cansancio frente a prácticas marcadas por la incoherencia, el oportunismo y el uso irresponsable del poder han creado el caldo de cultivo perfecto para discursos de veto moral. En ese contexto, #PorEstosNo busca instalar la idea de una exclusión política amplia contra quienes han tenido protagonismo en el actual periodo parlamentario.

La lista de partidos considerados “inadmisibles” es conocida: Fuerza Popular, Alianza para el Progreso, Renovación Popular, Avanza País, Somos Perú y Podemos; en algunos casos se suma Perú Libre, y de forma más simbólica incluso el APRA y el PPC. Sin embargo, cuando este discurso se cruza con los datos más recientes, queda claro que la campaña no ha despegado. El rechazo que se expresa con fuerza en redes no se está traduciendo en una redistribución real del apoyo político.

Los números lo confirman. En la última medición de CPI (enero–febrero de 2026), Renovación Popular lidera la intención de voto con alrededor de 14.6%, seguido por Fuerza Popular con cerca de 6.6%. Más atrás aparecen otras fuerzas, pero ninguna logra consolidarse como alternativa capaz de capitalizar el descontento generalizado. Incluso, el candidato más cuestionado y atacado en redes sociales es, al mismo tiempo, quien encabeza las encuestas.

Esta contradicción evidencia que el rechazo digital no está afectando de manera decisiva el posicionamiento electoral. Tuitear contra candidatos o circular listas de “vetados” no está moviendo la aguja del voto efectivo. La indignación, por sí sola, no es un motor electoral suficiente.

¿Por qué ocurre esto? Porque el electorado no se está desplazando hacia opciones nuevas o emergentes. Pese a la multiplicación de partidos y al discurso antisistema, ninguno logra crecer de manera significativa en las encuestas. No hay quiebres ni outsiders que capitalicen el malestar. La intención de voto sigue concentrándose en actores conocidos, incluso en aquellos que generan mayor rechazo en redes.

La razón de fondo es más profunda que un problema de comunicación. El rechazo no se traduce automáticamente en confianza. El electorado puede estar harto, pero no está dispuesto a entregar su voto a opciones que percibe como improvisadas, desconocidas o sin capacidad real de gobierno. En un contexto marcado por la inseguridad ciudadana y la incertidumbre económica, el votante promedio privilegia —acertada o no— la idea de “mano firme” y “capacidad de control”, incluso si proviene de actores cuestionados. El miedo termina pesando más que la indignación.

#PorEstosNo plantea un veto amplio, pero no construye un “por estos sí” convincente. Funciona como catarsis, no como proyecto de poder.

En la práctica, las encuestas muestran que, más allá del ruido digital, la ciudadanía continúa depositando su confianza en los actores tradicionales. No necesariamente por adhesión, sino por ausencia de alternativas percibidas como viables. El rechazo existe, pero el voto sigue anclado en lo conocido.

Rogger Alba