América y el Perú como problema histórico en Francisco García Calderón

Cuando el lector se sumerge en el océano que constituyen las obras de Francisco García Calderón, peruanista y atento lector de nuestras tierras aledañas, comienza a vislumbrar —con los matices necesarios— la naturaleza profunda del continente.

América, dentro de sus páginas, no aparece como una mera suma fortuita de repúblicas prematuras, sino como una realidad moral previa y superior a sus quiebres políticos. La independencia, lejos de consumar una plenitud histórica, dejó al continente en un estado de dispersión espiritual, comparable al de aquellas provincias romanas que, separadas del centro, conservaban lengua y costumbres, pero habían perdido el sentido del orden común y se buscó, casi desesperadamente, anclas para evitar el hundimiento trágico.

De este mismo diagnóstico nace su americanismo, que no funciona como consigna declamatoria, sino como una tentativa de restitución histórica. La América Latina entendida como una unidad moral, racial y cultural que debe reconocerse a sí misma frente a la América sajona del norte, guiada por la lógica del poder industrial y la expansión económica. Esta dualidad de las Américas —una disciplinada en lo material, otra inestable en lo político— no implica para García Calderón una inferioridad esencial del sur, más bien señala una tarea pendiente de organización, jerarquía y maduración institucional que nos permita solventar las rutas del porvenir.

Por lo tanto, su concepción continental se apoya en lo que podría llamarse un “imperativo geográfico” convertido en “deber moral”. El territorio, más que los tratados, impone vínculos duraderos; la historia compartida crea una liga más firme que cualquier pacto escrito. Lengua, derecho, familia y fe conforman una comunidad mesurada, prudente, que existe aun cuando los gobiernos la ignoran o desestiman. En este punto, García Calderón se inscribe en una tradición clásica del pensamiento político.

Como Aristóteles, entiende que la comunidad no nace del contrato abstracto, pero sí del hábito compartido; como Roma, cree que la unidad se edifica a partir del derecho y no del mero equilibrio de las fuerzas. No sorprende, entonces, su rechazo al concepto del panamericanismo, al que considera una ficción funcional a la hegemonía del norte, ni su defensa de una autonomía fundada en la herencia latina: en donde el catolicismo se adscribe y se moviliza integralmente como un principio de cohesión moral, y los signos restantes, en primer lugar, Roma como matriz jurídica y, en segundo lugar, Francia como escuela de claridad intelectual. A esto, algunos detractores y desconocedores de los conceptos, les puede sonar como regresión nostálgica de lo arcaico, pero a fines prácticos y realistas, tratamos aquí su pensamiento como una continuidad civilizatoria al servicio de América.

Al reflexionar sobre la fragilidad política de las jóvenes naciones latinoamericanas, García Calderón dialoga implícitamente con Polibio, el historiador griego del siglo II antes de Cristo que explicó el ascenso de Roma no por el azar ni por la fuerza bruta, sino por la solidez de sus instituciones y el equilibrio de su constitución. Polibio observó que los pueblos jóvenes, si no alcanzan a tiempo un orden estable, oscilan entre la anarquía y el caudillismo, idea que será central en los estudiosos de la sociología de la América de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, como Laureano Vallenilla Lanz y el propio García Calderón. Esta lección histórica reaparece en el ensayista peruano cuando subraya que la independencia política, sin organización moral e institucional, conduce a la dispersión y en términos de Vallenilla Lanz, a la disgregación. De ahí proviene su insistencia en que América necesita aprender el arte del orden sin renunciar a la libertad, el orden como fundamento de desarrollo progresivo.

Consciente, además, de las dificultades prácticas de una unión continental plena, García Calderón introduce una idea de notable realismo político: las federaciones parciales. La historia americana —desde el sueño inconcluso de la Gran Colombia hasta los intentos de articulación regional en el Pacífico— muestra que la unidad solo puede crecer por aproximaciones sucesivas. En esta perspectiva, su pensamiento converge con la intuición bolivariana de que la desunión no constituye únicamente una debilidad estratégica, también representa una degradación moral de las sociedades, pues recordemos la máxima de Bolívar de “Moral y Luces son nuestras primeras necesidades”. La confederación, en este sentido, no se presenta como un artificio diplomático gris o insustancial, se trata de una pedagogía histórica destinada a formar a las naciones en el hábito del orden compartido.

El Perú ocupa, dentro de este esquema, un lugar revelador. No hay que examinarlo como una excepción ni una anomalía, más bien otorga la impresión de ser un fragmento de ese mundo uniforme nacido de la conquista española y prolongado por la independencia, aunque con el pasado imperial que permanece en el aire de su historia. García Calderón reconoce en la sociedad peruana una complejidad racial que muchos pensadores de su tiempo observaron con recelo. Indígenas, españoles, africanos y hasta asiáticos conviven en una síntesis todavía inacabada, pero profundamente fecunda y que tiene aún mucho por desarrollar en materia de creación, en posibilidades de hacer nación.

Ahí donde el positivismo veía un obstáculo —porque entendía la mezcla racial como un freno para el progreso lineal y “científico”—, García Calderón percibe una fuerza en gestación. Y frente al romanticismo ingenuo, que idealizaba al mestizaje como una solución automática y casi milagrosa, él mantiene una posición más sobria: la síntesis racial no garantiza por sí misma la civilización, requiere orden, dirección y educación política.

Su optimismo, por ello, no es ni sentimental ni utópico, posee un carácter civilista. Se apoya en la organización institucional, la paz social y el aprovechamiento racional de los recursos, no en la ilusión de un progreso espontáneo. El Perú aparece como una nacionalidad capaz de disciplinar su energía histórica bajo la guía de minorías intelectuales responsables, llamadas a superar el caudillismo y la barbarie mediante el ejercicio del criterio civil.

Ese llamado “milagro americano” se presenta en su obra como una empresa comparable, en dignidad histórica, al milagro griego: la unificación de pueblos diversos bajo el poder creador de la tierra. Este milagro, sin embargo, exige una condición previa que García Calderón considera ineludible: la independencia intelectual. Aunque libres en lo político, los pueblos americanos continúan siendo colonias espirituales mientras imiten modelos ajenos sin asimilarlos, superarlos o integrarlos orgánicamente a los esquemas autóctonos del propio terruño.

La modernidad que propone no es imitativa, sino sintética: realismo científico acompañado de idealismo latino, técnica unida a una conciencia histórica propia. En este laboratorio de hombres libres, América está llamada no solo a organizarse y a custodiar una forma superior de cultura; y el Perú, por su historia, su mestizaje y su vocación de orden, se convierte en una pieza decisiva de ese destino continental que siempre permanece abierto a las posibilidades de los tiempos actuales.

José Alfredo Paniagua