Un alcalde en Nueva York

El pasado fin de año, la ciudad de Nueva York escogió a Zohran Mamdani como alcalde. El socialista musulmán trae no solo una estela de dudas sobre la seriedad de sus propuestas, sino también un discurso polarizante que merece una disección.

«Vamos a reemplazar la frialdad del individualismo feroz por la calidez del colectivismo» son las palabras del alcalde que resonaron entre los adeptos y escépticos del nuevo inquilino del City Hall. Es saludable que en el centro de una sociedad fundamentada en el «self-made man» (hombre hecho a sí mismo) se alcen iniciativas de solidaridad y de fortalecer estructuras de protección social. La médula del asunto es la discusión generada: ¿colectivismo o individualismo? Escoge, hombre moderno. No hay alternativa, ¿verdad?

El fin de vivir en sociedad es alcanzar aquellos bienes que solo se consiguen «por el intercambio con otros, la reciprocidad de servicios y el diálogo con sus hermanos» (cf. CEC 1879), más no significa ello suprimir la individualidad en el colectivo ni fundar la sociedad en relaciones mercantiles, ya que ambas actitudes son desviaciones que amplifican una dimensión humana hasta desechar la que entienden como opuesta.

La trampa de Mamdani es que no habla de colectivismo como trabajo colectivo, regido por las costumbres y la comunidad como sucede dentro de la vida comunal de la sierra peruana, sino que refuerza la engañosa polaridad individuo-colectivo y propone un crecimiento preocupante del control político.

La ciudad de Zohran no es la única con problemas de acceso a la vivienda, natalidad o de transporte público. La clase media se precariza en el mundo. Estas demandas requieren atención y el socorro necesario, incluso de la política. El mito del «self-made man» ha colapsado ante los ojos de la Gran Manzana. Asoma la promesa socialista ante la incapacidad del mercado para dar esa calidez que Mamdani reclama.

Nueva York latía antaño con el mito del sueño americano, hoy es un reflejo de lo que puede acontecer en otras latitudes del mundo, donde las masas de trabajadores piden auxilio en esa moledora de carne llamada economía liberal. Pero un buen diagnóstico requiere luego un tratamiento adecuado y completo. Las recetas del pasado asoman en la esquina del siglo.

Lo que debemos entender, al fin, es que la mentalidad moderna —por someter la realidad a los límites de las ideologías— es incapaz de conciliar conceptos que aparentan contradicción, pero que en verdad son parte de un todo coherente. Quitándonos las gafas ideológicas, la realidad se abre a nuestros ojos y se vuelve sencillo encontrar compatible el respetar la libertad personal con poner límites a los oligarcas financieros. Se dice que la política en Occidente es un péndulo constante; por el contrario, debería ser una balanza en búsqueda de equilibrio.