El itinerario peruanista de Víctor Andrés Belaúnde

Los tránsitos históricos del Perú en los últimos tiempos han sido agitados, y ello, aunque no constituya novedad alguna, revela una angustia nacional que parece vivir en silencio desde los primeros días de la República. En medio de esos contornos ásperos que traza la Historia del Perú, diversos estudiosos han escudriñado entre los escombros del país, cada uno desde su propia sensibilidad, en el ejercicio siempre noble del historiador y de quienes practican la arqueología de las ideas que han dado forma al fenómeno —tan complejo como elástico— de la «peruanidad».

No es extraño, pues, que el concepto se preste a múltiples extensiones, a matices y resonancias diversas, según el cuerpo doctrinal desde el cual el autor lo aborde para trazar su diagnóstico del país. En este presente convulso, la juventud peruana, especialmente aquella nacida en el siglo XXI, ha crecido sin referentes estables o, lo que es más doloroso, sin haberlos tenido jamás. Sus presidentes y gobernantes la han defraudado una y otra vez, dejándola sin un asidero moral que ilumine su marcha heroica.

Por ello, devolver a la luz las figuras del pasado, cuyas claridades permanecen ocultas bajo el odioso polvo del tiempo, es un deber auténticamente peruanista. Víctor Andrés Belaunde es uno de esos espíritus que se alzan por encima de la mugre de la actualidad y, con la sobriedad que distingue a los grandes maestros de la cultura, señala todavía los caminos posibles para el Perú.

La trayectoria intelectual de Belaunde se orientó hacia tres tópicos principales: el Perú, el Derecho Internacional y la Filosofía de la Cultura. Su trabajo, que desempeñó tan afanosamente fue defender los derechos territoriales del Perú y escrutar la geografía y la historia para hallar los elementos esenciales de la Patria. Pero en esa labor podemos hallar otras características geniales que nos ilustran un pensamiento integral y continuista, es decir, un itinerario de acción peruanista.

Su visión del mundo se halla atada en la tradición occidental, a la que comprende no como un legado estático, pero sí como una corriente viva que une la fe cristiana con el dinamismo filosófico de la modernidad. Su espíritu, el cual es hondamente latino e hispanoamericano, busca reconciliar en un mismo haz de luz la herencia de Roma y el alma del Ande, convencido de que la verdadera cultura sólo florece donde el hombre reconoce en sí mismo una «vocación trascendente». De esta manera, su obra no pretende negar la originalidad del espíritu americano ni mucho menos, sino integrarla en la «universalidad cristiana» que sostiene a Occidente.

En su doctrina resalta un singular realismo reformista que reacciona con serenidad combativa ante los extremos ideológicos de su tiempo. Este caballero de las ideas no fue un doctrinario del inmovilismo, pero tampoco un utopista que soñara con revoluciones totales, siendo él mismo testigo de los fracasos de su época. Poseía una mirada anclada en la realidad nacional, buscaba transformar sin destruir anárquicamente, avanzar firmemente sin desarraigar el tejido nacional o lo que podría llamarse la piel cicatrizada del cuerpo peruano.

Y frente al marxismo, al que reconocía su sentido de justicia y al mismo tiempo rechazaba su negación de la persona espiritual, propuso un camino de reforma que conciliara el orden y el progreso, el deber y la libertad: una vía de renovación constructiva. Dentro de su mentalidad social, la sociedad no debía ser una suma de fuerzas en conflicto disgregativo, sino presentarse al concierto de las posibilidades de mejoramiento como una comunidad orgánica animada por un sentido moral compartido.

Por eso combatió los exclusivismos que amenazaban la unidad del alma peruana. Tanto el indigenismo integral como el criollismo cerrado eran expresiones de una misma miopía obstinada: la incapacidad de comprender al Perú como una totalidad viva, en perpetua síntesis y superación. Consideraba al indigenismo radical un intento de reconstruir sobre ruinas idealizadas una civilización extinguida, mientras que el criollismo excluyente desconocía las raíces telúricas que dan sustancia a la identidad nacional. Rechazó, en consecuencia, toda forma de «racismo demagógico» y proclamó la necesidad de integrar, en una sola corriente espiritual, las diversas sangres y culturas que forman el país. Ni Imperio, ni Colonia, ni Independencia en su pureza ideológica: el Perú es una continuidad histórica donde cada etapa, con sus luces y sus heridas, contribuye a la edificación de una patria más consciente de sí misma.

Belaunde no concibió la vida intelectual como una evasión del país, como un turismo arrogante en la cima de la torre de marfil de los adictos a la tinta y resistentes al oficio patriótico, su vida fue un acto de servicio continuo. Él creía que la universidad debía ser un centro de irradiación moral, vinculado a los problemas concretos del pueblo, y no un refugio de erudición libresca. Reclamaba una educación que formara conciencia, que enseñara a pensar y a querer al Perú desde dentro de su propia realidad, desde sus entrañas. De ahí su insistencia en que toda reforma política o social debía fundarse en el conocimiento de la psicología nacional, zona interior del alma colectiva del peruano, en donde se fragua la verdadera historia de los pueblos del mundo.

Contemplaba al Perú como un país sumido en una crisis profunda, cuya gravedad se hacía sentir en todos los planos de la existencia nacional. En «La Realidad Nacional», obra capital de su pensamiento, señala que el país atravesaba la tercera gran crisis de su historia, después de las convulsiones de la Independencia y las heridas de la Guerra del Pacífico, ahora marcada por la larga dictadura de Leguía, un período que da para otra pieza aparte. A su juicio, este período no solo había desordenado las estructuras institucionales del país, sino que había disipado el poco capital moral que sostenía a la República desde sus orígenes y que le daba una cierta estabilidad protegida de estos excesos que trajo consigo el régimen del oncenio.

En el diagnóstico de Belaunde resalta, ante todo, la incoherencia espiritual del Perú. Habla de una nación inclinada a los gestos vacíos, al «decoratismo inútil», donde la debilidad moral se manifiesta como pobreza sentimental y una evidente falta de carácter. El régimen leguiísta, al destruir los marcos nacionales y reducir la dignidad del país en el concierto internacional, profundizó esta desmoralización hasta hacer de ella una atmósfera casi natural del tiempo. Bajo ese gobierno inepto, según Belaunde, se abdicó incluso de los principios elementales de personalidad política.

El país oscilaba entre un centralismo cada vez más absorbente y la influencia dominante de una oligarquía costeña que imponía sus intereses sobre el resto de la nación, una práctica que a lo largo del siglo XX continuó con intermitencias contadísimas. El teatro político se tensó, el «país legal», construido sobre etiquetas y denominaciones partidistas, no coincidía con el «país real», animado por tres fuerzas efectivas: la plutocracia de la costa, la burocracia militar y el caciquismo serrano, cada una tirando del país en dirección distinta y frenando su cohesión moral, y por lo tanto, el sentido de unidad que da vitalidad a los pueblos como el peruano, cuyo contenido es diverso, extenso y hondo.

A ello se sumaba la gravedad del problema indígena y agrario. Belaunde veía en la cuestión indígena el aspecto típico y más doloroso del problema social peruano. El latifundio, sobre todo el serrano, primitivo e infecundo, era, en su mirada, un obstáculo decisivo para la energía del país. Esta estructura de propiedad, que perpetuaba el abandono y la estagnación, impedía que grandes sectores del Perú participaran en el proceso nacional de manera efectiva y creadora.

También denunciaba lo que llamaba el vasallaje económico: la dependencia creciente del capital extranjero que colocaba al país en una suerte de esclavitud financiera sin vías de autonomía económica. El dato que ofrece, alarmante para su tiempo, es revelador: cuarenta millones de libras esterlinas invertidas en la importación de víveres, cifra que delataba la incapacidad productiva y la subordinación económica del Perú a las fuerzas foráneas.

Por supuesto, Belaunde no veía únicamente un conjunto de deficiencias materiales, como hemos repasado, denunciaba una crisis moral de fondo: una nación que había perdido orientación y necesitaba reencontrar la conciencia de lo que significa ser una nación e iniciar ese trayecto con madurez social.

Concibió sus propuestas como una tarea de salvación nacional, fundada en un «realismo ético-cristiano» que buscaba reconciliar la vida espiritual del Perú con las exigencias concretas de su reconstrucción. Ninguna reforma podía emprenderse sin antes restituir la dignidad interior del país; la política, la economía y la cultura no eran compartimentos aislados, formaban manifestaciones diversas de una misma alma grupal que debía reencontrarse consigo misma para renacer.

Su primera exigencia era la restauración del capital espiritual. Afirmaba que la riqueza material podía recrearse mediante el trabajo y un orden político adecuado, pero la restitución de la vida moral del país, una sustancia más dinámica y compleja, prestada a un trabajo más afanoso, requería algo más: un milagro cívico, hecho de entusiasmo, disciplina y cohesión. Aquí podemos decir que suena su confianza en la capacidad del Perú para elevarse por encima de sus ruinas cuando se despierta en él un impulso espiritual auténtico.

De ese renacimiento interior debía desprenderse una reforma profunda de las instituciones políticas. Belaunde proponía que el Gobierno se apoyara no en los artificios del parlamento adulterado ni en la influencia exclusiva de las plutocracias costeñas, sino en los elementos verdaderamente efectivos de la nacionalidad: la producción y la cultura. Soñaba con un régimen donde el capital y el trabajo se armonizaran bajo la orientación de los sectores cultos, no para imponer tecnocracias frías, en cambio, sí para asegurar que la inteligencia nacional condujera el esfuerzo común hacia un orden más justo, más duradero.

Uno de los puntos centrales de su programa, comentábamos, era la solución del problema indígena, al que no consideraba una cuestión meramente económica, sino esencialmente educativa. El Perú, sostenía, no podía avanzar sin integrar a la población indígena en un proyecto de vida más amplio y más digno. Proponía un vasto programa de educación que capacitara al indígena en nuevas formas de producción, sin desarraigarlo de su tradición comunitaria. Respaldaba la propuesta del Dr. Villarán de reconocer personería jurídica a las comunidades indígenas y de vitalizarlas mediante una organización más eficiente, capaz de convertirlas en núcleos de desarrollo real.

Del mismo modo, consideraba indispensable la liberación económica de la clase media, estrato que veía asfixiado entre cargas tributarias injustas, intermediarios voraces y una estructura productiva insuficiente. Para devolverle su papel creador dentro del país, proponía un régimen fiscal más equitativo, la eliminación de intermediaciones inútiles, la reducción de los transportes y la intensificación de la producción nacional. Solo así el Perú podría emanciparse del mercado extranjero y reencontrar una autosuficiencia mínima que garantizara su soberanía económica.

Insistía en una reforma educativa que corrigiera las desviaciones del sistema público. La educación, decía, debía orientarse a la conquista del medio y al trabajo independiente. La instrucción media no podía continuar siendo un simple vestíbulo hacia la universidad, tenía que constituirse como una vía directa hacia la vida práctica. Defendía una enseñanza especializada: industrial, agrícola o comercial, distribuida según la fisonomía económica de cada región, de modo que el conocimiento respondiera a las necesidades reales del país.

En todas estas propuestas late una misma convicción: el Perú solo podrá salvarse cuando armonice su despertar espiritual con una reforma material prudentemente orientada; cuando la moral preceda a la técnica y el país se mire a sí mismo con sinceridad y amor, no para lamentar sus heridas, sino porque es urgente levantarse con la dignidad de quienes saben que la historia es, ante todo, un acto de voluntad.

Ante la evaluación y la propuesta, ahora nos interesa definir una cuestión elemental, la sustancia que yace como la base de la presente pieza. ¿Qué es la peruanidad para este maestro de la cultura?

Belaunde acuñó el término «Peruanidad» para designar ese conjunto de elementos vivos que hacen del Perú no solo una geografía complejísima, sino una Nación, una Patria y un Estado. La peruanidad no era un «concepto de museo» ni una fórmula patriotera abstracta y rimbombante; era una realidad espiritual en desarrollo, una síntesis perpetua entre la cultura hispánica y la cultura autóctona, no simple yuxtaposición de herencias, se trata de compenetración y asunción recíproca. El porvenir del Perú dependía de continuar, perfeccionar y elevar ese proceso de integración interior.

Los valores esenciales que sustentan esta peruanidad, como la persona, la familia, la comuna, la justicia y el humanismo, no son meras abstracciones jurídicas ni sentimentalismos patrióticos, como ya mencionamos: constituyen un patrimonio moral que se conserva en los espíritus por la meditación profunda, por la conciencia del misterio del destino humano y por el cultivo de la vida interior. De ahí que la peruanidad sea, ante todo, un esfuerzo de unidad, una epopeya muy disimulada que debe triunfar sobre el complejo espacio geográfico y sobre la dispersión histórica del país, que a su vez es disgregación poblacional. Como producto legítimo de la continuidad histórica, en ella se enlazan, sin exclusiones artificiales, las tradiciones autóctonas y la herencia hispánica, cada una aportando su fibra espiritual a la trama de una cultura nacional expresada con plenitud.

En medio de los vastos mapas espirituales de la peruanidad, cuando el país busca orientarse entre los conflictos morales que agitan su alma profunda, siempre resulta necesario volver la mirada hacia aquellos hombres cuya obra sembró las luces más diáfanas sobre el destino nacional. Con la firmeza de quien entiende su responsabilidad peruanista, conviene detenerse ante estos exponentes mayores, hijos, a su modo, de la herencia de Pachacútec, de Pizarro, de Sánchez Carrión y de Grau, para reconocer en ellos no difuntos en el tiempo: para reconocerlos como faroles que aún hoy muestran los caminos posibles hacia la renovación del Perú.

José Alfredo Paniagua