Basadre y la herencia virreinal

«El Perú, como nombre y como hecho social donde coexisten lo hispano y lo indígena, no aparece modesta o desapercibidamente. (…) Es una nueva sociedad la que nace entre sangre y llanto en un abismo de la historia con un estrépito que conmueve al mundo».

Jorge Basadre

Bien decía un historiador tacneño que el Perú es una totalidad tanto en el tiempo como en el espacio. Nuestra nación, en otras palabras, la sujetan el lazo misterioso de su historia y la compleja geografía que atraviesa su cuerpo.

En el siglo de las exploraciones, las guerras y alianzas entre europeos y nativos americanos desataron un largo proceso de conquista en el Nuevo Mundo. Este proceso, legitimado ante las naciones por una misión evangelizadora, dio a luz nuevas sociedades como el Perú.

Pero esta concepción integral de nuestra historia, que tejió la generación arielista, fue dejada de lado en las últimas décadas por el relato divisorio y maniqueo del indigenismo. La lectura académica hegemónica llama a los Reinos del Perú como La Colonia, mientras en los colegios la perspectiva del nacimiento de nuestra nacionalidad no corre mejor suerte.

El autodesprecio cultural, o endofobia, es un veneno que mantiene inerte a los pueblos y los aleja de su potencial. Nuestra realidad no es la del África colonial: Burkina Faso no es el Perú ni el imperialismo francés parió nada semejante a Hispanoamérica, pues el expolio no fue política de los gobernantes -cuando se intentó se produjeron rebeliones contra los corregidores- y más bien la corona brindó las Leyes de Indias como eje para la conservación de las leyes y costumbres de los naturales frente a la ambición de las huestes guerreras.

En estos tiempos, el revisionismo histórico se inclinó por el hispanismo como respuesta al victimismo implantado el siglo pasado. Pero corre este movimiento el riesgo de no devolver a la conciencia nacional la claridad sobre nuestra historia. Si acaso exagera hasta maravillas los frutos de la España de antaño, puede generar confusión en un pueblo que aún asume el relato indigenista y no cierra todavía la herida por la llamada, con la acentuación negativa del caso, herencia colonial.

Por ello, es necesario recuperar la visión integral de nuestra nación, cuya primera huella está incluso en el nombre de nuestra patria, pues aquel nombre con el que se fundó el virreinato no fue en español ni quechua, sino que se impuso una palabra por completo nueva de una sociedad también nueva. Esa herencia virreinal delata así su profunda importancia, como Basadre nos mencionó hace ya tantos años:

«El nombre mismo ‘Perú’ es fruto de ese impulso colectivo, lucha y connubio a la vez: surge de un bautismo anónimo, desplazando al nombre oficial de ‘Nueva Castilla’. Entendámoslo bien; no es ‘Nueva Castilla’, es el Perú.»