Maduro y Trump: el choque necesario
Nicolás Maduro y Donald Trump vuelven a protagonizar un choque político que, esta vez, involucra armas, aunque no en territorio propio ni mediante enfrentamientos directos entre militares. Al inicio podría parecer una escalada más en la disputa de poder, pero las circunstancias políticas de ambos gobernantes los llevan a buscar legitimidad a través de un conflicto que consideran necesario para fortalecer su popularidad e influencia.
¿Qué pretende Trump frente a las costas de Venezuela y cuánto tiempo le tomará? ¿En qué estado se encuentra hoy el poderío de Estados Unidos frente al mundo?
La administración de Donald Trump buscó imponerse en el Caribe mediante el despliegue de navíos militares frente a las costas venezolanas. La premisa era sencilla: fortalecer la lucha contra el Cartel de los Soles, al cual vinculaba con Nicolás Maduro como uno de sus líderes.
A los pocos días de anunciar la llegada de los buques, Trump proclamó la destrucción de un “narco-barco” como un éxito de su campaña. Tras señalar a Maduro como parte de esta organización criminal, buscó legitimar la presencia militar estadounidense en la región bajo el argumento de la lucha contra el narcotráfico. Incluso surgieron teorías que apuntaban a un “plan secreto” para derrocar al mandatario venezolano.
Por su parte, Maduro mostró tres posturas distintas en un mismo mes: primero minimizó la amenaza de Trump, luego denunció una invasión y, finalmente, pidió una reunión para alcanzar la paz.
Maduro no ha sido indiferente al contexto estadounidense. Su régimen ha expresado abiertamente apoyo a la postura contraria a la de Trump, denunciando un genocidio en Gaza, el abuso de autoridad y el racismo en las deportaciones, y, más recientemente, justificando el ataque al activista Kirk, a quien calificaron de fascista y pro-Trump. A continuación, desarrollaré con más detalle estos escenarios que debilitaron la imagen de la administración Trump y que lo impulsan a poner mayor énfasis en un logro dentro de su campaña militar en el Caribe.
El efecto Israel-Palestina. El abierto respaldo de Trump —y de Estados Unidos en general— a Israel no constituye realmente una postura individual, sino una política de Estado que, históricamente, ha llevado al gigante norteamericano a defender a Israel tanto con declaraciones como en votaciones ante la ONU.
En los últimos meses, las protestas por la situación en Gaza se han intensificado en las universidades, en las redes sociales e incluso en ámbitos como el entretenimiento. Un ejemplo reciente es España, que ha considerado no participar en Eurovisión si Israel se presenta. Este acto simbólico recuerda a la presión internacional que se ejerció para censurar a Rusia tras la invasión de Ucrania.
El efecto migración. Desde que Trump asumió su nuevo mandato, comenzó a implementar un plan antiinmigración como parte de su estrategia de defensa nacional. Esta estrategia incluyó deportaciones masivas de migrantes indocumentados a sus países de origen, y posteriormente a terceros países como El Salvador y Sudán del Sur. Estas medidas han sido duramente criticadas, especialmente por gobiernos latinoamericanos y por organizaciones internacionales respaldadas por grupos de poder, sobre todo en Venezuela y Colombia.
El efecto Kirk. La lamentable muerte del activista Charlie Kirk, ocurrida en la segunda semana de septiembre, evidenció una vez más los riesgos que supone el fácil acceso a las armas en un país tan golpeado por la violencia como Estados Unidos. La relevancia de su pérdida no solo radica en su influyente personalidad y en su discurso conservador alineado con los valores de Trump, sino también en la crudeza del acto: un asesino que no dudó en acabar con su vida frente a una multitud en un evento transmitido en vivo. Más allá de las posturas políticas y de las reacciones en redes sociales, lo sucedido con Kirk refleja el escaso valor y respeto que se otorga a la vida humana, así como la normalización de la apología a la violencia.
Por todas estas razones, Donald Trump se ha visto debilitado a nivel internacional y necesitaba con urgencia una estrategia que elevara su popularidad y reposicionara su legitimidad como líder de una potencia mundial. Aunque no enfrenta grandes obstáculos para impulsar leyes y políticas públicas, no puede controlar todos los frentes, y la narrativa político-social comienza a escapársele de las manos.
El mundo lo percibe como un gobernante que no puede lidiar contra la migración, que no sabe cómo defender a su principal aliado y que tampoco logra intimidar a un país al que considera inferior. Quedó demostrado que no se trata de uno, diez o cincuenta barcos frente a Venezuela: Estados Unidos carece de la voluntad suficiente para intervenir, quizás por temor a que su campaña militar no resulte favorable para la narrativa que busca construir.
