“Vímonos en Madrid”: La idea de un Perú cosmopolita e hispano

Todos conocemos a personas que, desde cualquier extracción social, al hablar del Perú en el período virreinal, plantean un relato estremecedor: explotación, desigualdad, esclavitud… incluso, y sin ruborizarse, genocidio. Pero lo que nos trae aquí es otra idea aparejada a lo anterior: el aislamiento. Siguiendo con un pensamiento erróneo de considerar a España como la metrópoli explotadora y centro del imperio, se llega a la conclusión de que sus posesiones virreinales, o Reinos de Indias, eran poco menos que territorios alejados del mundo «civilizado» europeo, marginados y en la periferia de la Monarquía hispánica. Esta, como otras muchas ideas de los campos historiográficos y políticos que aún hoy recorremos, comenzaron su andadura en el siglo XIX.

Aquella centuria supuso la quiebra definitiva de una forma de vida común, la hispana, que durante siglos pareció haber abolido barreras físicas y culturales, con varios centros de poder como Sevilla, Nápoles, Lisboa, Amberes, Ciudad de México, Lima y, por supuesto, Madrid. Esta identidad hispana pasaba por ser «universal», haciendo del imperio su herramienta para consolidarse en un mundo que se iba descubriendo en los albores de la Modernidad.

Pero todo esto cesó, en el caso del Perú, con la batalla de Ayacucho. La identidad peruana quedó confinada a unos estrechos márgenes territoriales que la aislaron, ahora sí, de sus vecinos americanos y del resto del orbe. Un proceso que, para adaptar a su sociedad a la idea canónica de Nación, tuvo que sacrificar una identidad imperial previa, basada en formas de vida cosmopolitas y universales. El resultado fue un Estado que actuaba de espaldas a la que fue su comunidad histórica.

En los siglos XX y XXI, corrientes académicas como la microhistoria o la historia local, y pese a sus elementos positivos, han generado unos relatos históricos atomizados, donde cualquier proyecto imperial-universal es denostado sin contemplaciones. Han sido, sobre todo en el caso hispanoamericano, el caballo de Troya de los movimientos indigenistas y nacionalistas para hacer de la más mínima expresión cultural, una encarnación de sociedades milenarias, aunque sean, en muchos casos, atracciones turísticas creadas en el siglo XX. Lo local, lo regional, lo provinciano, se eleva a la categoría de máxima virtud, de identidad incorruptible, de nacionalismo de bajo vuelo, mientras se ataca a aquellos aspectos culturales que vinculan al país con el resto de la comunidad hispana, como podría ser, en el caso de Cuzco, las centenarias y multitudinarias celebraciones del Corpus Christi, «universales» desde Ciudad de México a Toledo.

Frente a este panorama, las vidas de algunos peruanos nobles del Virreinato pueden hacernos ver que durante tres siglos el Perú, junto a México, Castilla o Nápoles, conformaron una vida común. En Madrid, residencia de la Corona y sus Consejos, se congregaron miembros de las élites andinas, descendientes de incas, criollos adinerados, caciques y mestizos ilustrados que viajaron a la capital española para pedir privilegios, títulos, y favores a unos monarcas que, desde la finalización del actual Palacio Real, debían cruzarse a diario con la imponente estatua de Atahualpa que se encuentran en la fachada principal. Madrid fue un punto de encuentro para una nobleza peruana que, a su vuelta a Lima, Trujillo o Arequipa continuaban manteniendo las relaciones de amistad y poder que habían creado en el interior de las corralas y teatros madrileños, o esperando audiencia en el antiguo Alcázar de los Austrias.

En el novedoso e ilustrativo trabajo del historiador José de la Puente Luna, En los Reinos de España (2022), se hace mención de los procesos que estos peruanos nobles llevaron a cabo en busca de recompensas y justicia. En uno de esos testimonios, un rico cacique, ya de vuelta a la Ciudad de los Reyes, actúa a favor de otro personaje andino que busca obtener un título. La afirmación de su amistad, la prueba de que ambos fueron escuchados por el monarca se materializa en una frase que, por su contenido simbólico, he considerado colocar como título de esta reflexión: «vímonos en Madrid». Escueta, sobria, directa, pero que encierra todo un proceso de mestizaje transoceánico ya estudiado de manera excelente por Serge Gruzinski en Las cuatro partes del mundo (2015), sobre la mundialización llevada a cabo en tiempos de la Monarquía hispánica.

Una frase expresada en un perfecto español ante la Real Audiencia de Lima, ciudad a la que en 1605 llegaron 72 ejemplares de la primera parte de El Quijote de Miguel de Cervantes, quien había nacido en Alcalá de Henares a pocos metros del Colegio-Convento de San Agustín, donde don Melchor Carlos Inca, último descendiente directo Inca y caballero de la Orden de Santiago moría en 1610. Sobre su fallecimiento fue informado, poco después, el cronista indígena Guamán Poma de Ayala a la altura de Jauja por boca de dos mujeres nativas. Pero antes de trasladarse definitivamente a Alcalá de Henares, don Melchor compartió posada madrileña con otro de los más importantes nobles andinos: don Pedro Carrillo de Soto Inca, bisnieto del emperador Huayna Cápac. ¿No resulta esta relación de acontecimientos una clara muestra de la historia cosmopolita e hispana del Perú?

Escudo del Reino de Perú en el Salón de Reinos del antiguo Palacio del Buen Retiro, Madrid. La inspiración para este escudo es el de la municipalidad de Lima.

La mayoría de estos personajes regresaron al Perú con sus objetivos más o menos cumplidos, y aunque otros ni siquiera llegaron a salir del Virreinato imaginaban su mundo a la medida de las grandes urbes hispanas. Don Juan Bautista Vilca Apaza, cacique de una comunidad cerca del Lago Titicaca, se refería al bullicio, esplendor y gentío de Potosí como “hecho una Sevilla”. Aun así, un grupo de ellos nunca regresó, como el referido don Melchor Carlos o el Inca Garcilaso de la Vega, quien cruzó el Atlántico para servir en los reales ejércitos, y dio cama y alimento a los que, como él, viajaban desde el país andino a España, acabando sus días en Córdoba. Estos mismos casos que se dieron con nobles peruanos, se repetían con sus iguales del resto de la Monarquía hispánica. A principios del siglo XVII, por ejemplo, el nieto del emperador mexica Moctezuma, don Diego Luis de Moctezuma, se casó y pasó a residir en la ciudad de Valladolid, donde falleció en 1606. Peruanos o mexicanos católicos que entendían y se expresaban en español, quechua o náhuatl; insertos en una forma de vida común cosmopolita y mestiza.

En conclusión, el Perú no sufrió el aislamiento o la marginación de la Corte española. En este, como en otros aspectos de la identidad hispanoamericana, se demuestra que los juicios historiográficos que se establecieron en el siglo XIX y se han perpetuado prácticamente hasta nuestros días, son, en muchos casos, un conjunto interesado de soflamas políticas, dogmas liberales decimonónicos, y la manifestación de la hegemónica y perniciosa influencia del mundo académico posmoderno—lo «woke», lo «decolonial”, la «alteridad»—en los grupos de presión indigenistas.