Dilemas del filotrumpismo hispanoamericano
Los nuevos términos parecen ser como las nuevas personas, i.e. los bebés. Vienen al mundo cubiertos de una placenta resbaladiza que dificulta asirlos. Tenemos que limpiarlos primero. Algo similar sucede con la denominada nueva derecha. Dejemos de lado por un momento las limitaciones inherentes a los rótulos genéricos de izquierdas y derechas. Unos asocian la nueva derecha con pretensiones de renovación intelectual y cultural como las tuvo la nouvelle droite francesa de los sesenta y las tiene ahora la ilustración oscura. Otros la ven como una simple y tardía adaptación a los requerimientos comunicacionales de la aldea global, tomando un concepto de MacLuhan. El término viene cargado de una rica polisemia, pero dos afirmaciones parecen relativamente incontrovertidas: existen nuevas derechas a nivel global y Donald John Trump está en su epicentro.
Hispanoamérica no es ajena a esa realidad. Como una ballena azul envuelta en rémoras y percebes, Trump lleva consigo un ecosistema de medios, negocios, opinólogos y demás, incluso más allá de sus fronteras. Vemos tanto intentos domésticos grassroots de MAGAificación como a congresistas que felicitan el cambio de mando como si el mismo Donald los fuese a leer. Los ejemplos no escasean. La percepción de legitimación interna como derecha en Hispanoamérica desde el 2016 viene de la mano con un alineamiento con Donald Trump.
Sin embargo, algo ha cambiado respecto al 2016. La flamante administración trumpista promete un vigor inédito, luego de básicamente haber limpiado la casa y haber sometido a los rinos o republicans in name only. A diferencia de su anterior periodo, el partido ahora le pertenece. Este nuevo elán vital insufla una reorganización medular de la política exterior de su país. Ucrania es fait accompli. Groenlandia está en la mira. Incluso la pica en Flandes (o en China) que era Taiwán no está exenta de nuevos aranceles. Pero lo que más nos interesa (o debería interesar) es lo que este viraje aparentemente errático implica para nuestro continente.
Hace unos días, aconteció el tango mediático entre las dos primadonas que son Trump y el presidente colombiano Gustavo Petro, a propósito de una repatriación forzosa. Volaron vejaciones, amenazas e indignaciones. Sin embargo, es claro el desenlace: el presidente estadounidense le recordó a su homólogo que Colombia es uno de los pocos países sudamericanos que quedan cuyo mayor socio comercial es EE. UU. y no China. Petro reculó y los exiliados serían recibidos.
Desde luego, las paleo y neoderechas aplaudieron el jiujitsu pseudodiplomático contra el consabido vecino izquierdista. Es, presundamente, la primera materialización de la doctrina FAFO, del inglés procaz fuck around, find out. Sin embargo, memes aparte, otras ideas en voz alta de Trump no son tan fácilmente digeribles a nivel local.
Junto a Groenlandia en el carrito de compras está el canal de Panamá. Distintas autoridades europeas, especialmente en la derecha alternativa, se han demorado en condenar las insinuaciones contra la integridad territorial de la hermana nación de Dinamarca. ¿Algún presidente de derechas en la región ha hecho lo propio con Panamá?
Las condenas en tuiter parecen superfluas, pero son como burbujas que en la superficie son heraldas de lo que se mueve en la profundidad. Actualmente, una nueva derecha hispanohablante que ha revivido el espíritu reaganita de los ochenta mediante filacterias propiamente trumpistas se encuentra en una encrucijada. Alabaron en Trump, paradójicamente, el énfasis en la soberanía y en el manodurismo. Sin embargo, ¿qué sucede cuando mi compadre, a quien le he aplaudido este binomio, lo usa contra mí y contra mi familia?
Desde luego, no todos se reconocen como tal. Las derechas hispanohablantes son célebres por su desarticulación. Milei ha sido el primero en no defender a Panamá. Pero Abascal, cuya retórica viene explícitamente impregnada de hispanismo, acompaña aquella traición con su silencio. Cuando la cabeza visible del hispanismo político y hasta de la iberofonía se esconde en la arena, uno se pregunta si ahí abajo no se esconden botas yanquis.
El remecer telúrico con epicentro en Washington D.C. ya ha impactado hasta el oenegerismo en nuestro país. Trump ha comenzado a destripar los proyectos por más de 300 millones de dólares financiados por el presupuesto estadounidense (no diré «con el dinero de los contribuyentes» porque ese dinero antes de ser transferido básicamente no existía). Aquí un extracto de lo que solamente donó USAID a través de IDEA y quiénes son sus beneficiarios:

¿Sorprendidos? Ninguno. Duro golpe contra la maraña de la diplomacia arcoíris que hizo metástasis bajo Obama, Biden e incluso Trump I y de paso también varios programas de desarrollo. Aplausos protocolares. Pero esto da nuevos aires a una izquierda más virulentamente antiestadounidense y bolivariana frente a sus aliadEs. Esta izquierda sí cuenta con una propuesta continental: Abya Yala, la Patria Grande, Mercosur. Y nada genera tracción para un proyecto geopolítico como el coeficiente de fricción que ofrece un cuco: Gringolandia. Propuestas como los aranceles contra los productos que pasen por el puerto de Chancay serían un excelente fertilizante para esta narrativa.
Así como ha surgido una oportunidad para la reorganización de fuerzas entre las izquierdas, nuestras derechas, viejas y nuevas. pueden escoger bajar la cabeza y honrar la larga tradición de servilismo ante el Tío Sam, o pueden intentar algo más. Pueden hacer un ejercicio de introspección, de autodefinición, y por reconocer la diferencia histórica, sociocultural, biológica e idiosincrática que nos separa de las derechas en el gigante del norte. No es tarea fácil. Pero justamente eso tiene que ser: un parto.
