Un comentario sobre el acuerdo UE-Mercosur

El 6 de diciembre se firmó en Montevideo el acuerdo UE-Mercosur después de 25 años de negociaciones. Con este se crea una de las mayores zonas de libre comercio del mundo, incluyendo a más de 700 millones de personas en dos continentes. El acuerdo establece una reducción casi total de los aranceles de los productos agrícolas y ganaderos sudamericanos y de los productos manufactureros europeos. Además del aspecto comercial, el acuerdo también busca promover la democracia, los derechos humanos y el cuidado ambiental, entre otras cláusulas políticas. Si bien esto representa un paso hacia una mayor integración entre ambos bloques, aún se debe esperar a la ratificación. En el caso del Mercosur, esta es bastante flexible, permitiendo que el acuerdo se aplique bilateralmente en cada país que lo desee. Sin embargo, en el caso europeo se requiere la aprobación tanto del Parlamento como del Consejo. Algunos países, como Francia, Austria, Irlanda y Polonia, se han mostrado decididamente en contra, mientras que España y Alemania, entre otros, están a favor. Italia es uno de los países indecisos, pero probablemente terminará dando su visto bueno. Dado que la aprobación depende del respaldo de países que, en conjunto, deben representar al menos el 35% de la población europea, no se sabe con certeza si el acuerdo prosperará.

La nueva Comisión de Von der Leyen parece estar tomando medidas de precaución frente a la complicada situación geopolítica que Europa enfrenta. En primer lugar, por el potencial proteccionismo y aislacionismo de Estados Unidos ante un posible regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, con barreras arancelarias que podrían impactar negativamente la economía europea. En segundo lugar, por la intensa competencia económica con China, vinculada a la crisis del sector manufacturero en el Viejo Continente y la creciente influencia china en Hispanoamérica.

Sin embargo, sigue siendo un misterio si habrá señales de una mayor asertividad europea como bloque, ya que la firma del acuerdo ha demostrado la fragilidad del eje franco-alemán. En particular, existen visiones discordantes sobre la protección de la agricultura francesa y la urgencia de buscar nuevos mercados para el sector manufacturero alemán, cuya crisis ha llevado a Berlín a su segundo año de recesión consecutivo.

Por lo tanto, de entrar en vigor, el acuerdo sería una victoria neta para el bloque sudamericano. Brasil es la mayor economía del Mercosur y ha dado otra muestra de ser un claro líder regional, en un contexto de gran asertividad internacional del gobierno de Lula. La Argentina de Milei, inicialmente reticiente al acuerdo bajo el gobierno anterior, logra obtener un nuevo canal para aliviar su severa crisis económica. Por otra parte, los demás países miembros también salen beneficiados. Frente a este escenario, el Perú podría profundizar relaciones con sus vecinos para recibir las ventajas comerciales del acuerdo.

Sin embargo, debemos comparar de forma crítica este acuerdo con aquellos que nosotros hemos establecido. Por ejemplo, el recientemente inaugurado puerto de Chancay representa una de las mayores inversiones jamás realizadas en nuestro país, pero ya se ha puesto en tela de juicio las consecuencias para nuestra seguridad nacional y si esto podría establecer algún tipo de dominio por parte China. De ser así, se demostrarían, ahora de manera internacional y no solo interna, los problemas de confiar en el «piloto automático» y de no tomar una postura más proactiva en las negociaciones con grandes potencias. Por otra parte, los acuerdos bilaterales de la UE con países del resto de Sudamérica como el mismo Perú, Chile y Colombia, se han cerrado de manera menos incisiva y no demostrando nuestra fuerza, como sí lo hizo el Mercosur. En ese sentido, colaboraciones más activas con nuestros vecinos (por ejemplo, a través de la Comunidad Andina) podrían servir para explotar el hecho de que la Unión Europea lleva tiempo buscando dejar de depender tanto en sus aliados tradicionales.

Las consecuencias geopolíticas de acuerdos de esta magnitud siempre muestran sus efectos en nuestras tierras. Debemos reflexionar sobre lo que implica tener una de las más grandes zonas de libre comercio a nuestro costado, invitándonos a rescribir nuestra política exterior aprendiendo de actores más proactivos y buscando mayor capacidad de negociación internacional. Esto implica no solo aprender de nuestros vecinos, sino también analizar la crisis que enfrenta el bloque europeo y las estrategias que implementa para superarla, inspirándonos en sus soluciones para avanzar en nuestra propia integración regional.