J.D. Vance, heraldo del tradicionalismo americano

Como ya se sabe alrededor del mundo, Donald Trump será el siguiente presidente de los Estados Unidos. Pese a cierto grado de incertidumbre en los días previos a la noche del 5 de noviembre, una incertidumbre en gran parte provocada por la ahora desacreditada encuesta producida por Ann Selzer para el estado de Iowa, la victoria de Trump y sus aliados republicanos ha sido rotunda.

No solamente regresará el mesías del movimiento MAGA a la Casa Blanca, sino que además los republicanos parecen estar en camino a tomar el control del aparato legislativo americano. El Senado ya está en el bolsillo del partido del elefante, y en los siguientes días se irá definiendo si es que mantienen su control sobre la Cámara de Representantes. Sin embargo, uno de los principales resets políticos de estas elecciones se ha dado en una arena clave pero rara vez observada, la vicepresidencia de los Estados Unidos. Durante los últimos 4 años, Kamala Harris ocupó dicho rol sin pena ni gloria, pese a que el presidente Joe Biden inició su mandato con la intención de hacer de Harris una «zarina de la frontera», las botas le quedaron grandes; antes de la vicepresidencia, fue senadora y previamente fiscal en el estado de California.

Con la victoria de Trump y los republicanos, el senador J.D. Vance será el sucesor de Harris en dicho rol, y es en el ascenso de Vance donde podemos, a mi entender, observar el reset político del que hablo. ¿Pero por qué es un reset? En primer lugar, no podemos ignorar la procedencia de Vance. James David Vance (de ahí surge el J.D.) nació en Middletown, Ohio, uno de aquellos lugares donde, como diríamos por aquí, el diablo perdió el poncho. Creció en la pobreza, fue abandonado por su padre y su madre sufrió de problemas con las drogas hasta hace no muchos años. El ahora vicepresidente electo ha hecho una mejor labor en describir las condiciones en las que creció en la obra que lo arrojo a la fama, Hillbilly Elegy, así que sugiero leer sus propias palabras, dado a que las mías no podrán hacerle justicia a su historia.

Sin caer en los típicos clichés bicéfalos de la autosuperación y demás tonterías de libro de autoayuda, vale destacar que, pese a todo, Vance logro graduarse no solamente de la universidad de Ohio State con un doble grado de Ciencia Política y Filosofía, sino que también pasaría por Yale, de donde sale con un título en Derecho el 2013. En esto, la figura de Vance rompe con un molde, no solamente en el marco amplio política americana, caracterizada por políticos de dinastías de poder y cuentas millonarias, pero de forma notoria en el marco particular del partido Republicano. La historia de Vance es antípoda a la del mismo Trump, el multimillonario, el socialité neoyorquino, heredero a un imperio inmobiliario. Robándome un concepto del esoterismo oriental, hoy en día reducido a una frase más en el vernáculo moderno, Vance es el yin al yang de Trump.

Sin embargo, ya he gastado muchas palabras hablando sobre el paquete, y quiero hablarles de lo que realmente gatilla el reset —sus contenidos. J.D. Vance es una figura heterodoxa inclusive para los estándares de la derecha republicana. Converso católico, la fe católica ha jugado un rol clave en la formación intelectual del ahora vicepresidente electo. Múltiples medios, como The Spectator y Politico, han resaltado la influencia que ha tenido el fallecido René Girard en el pensamiento de Vance. Tocando la influencia de Girard sobre su actividad política, Vance escribió: «Sumidos en el pantano de las redes sociales, identificamos un chivo expiatorio y nos abalanzamos digitalmente. Éramos guerreros de teclado, descargándonos sobre la gente a través de Facebook y Twitter, ciegos a nuestros propios problemas. Peleábamos por trabajos que en realidad no queríamos, mientras fingíamos que no luchábamos por ellos en absoluto. Todo eso tenía que cambiar. Era hora de dejar de buscar chivos expiatorios y centrarse en lo que yo podía hacer para mejorar las cosas». Su catolicismo, o tal vez más apropiadamente, su catolicismo político, lo hacen resaltar dentro de un partido normalmente poblado por protestantes de mil y un tipos, todos más afines con el liberalismo anglosajón, el cual inspiró la fundación de los Estados Unidos.

De forma más interesante tenemos algo que podría ser tildado hasta de revolucionario —Vance no es un fundamentalista de mercado. En su discurso aceptando la nominación vicepresidencial, Vance, rompiendo con tradiciones heredadas a la era de Reagan, no le rindió pleitesía al capitalismo laissez faire, al empresariado, ni a la ya tan agotada narrativa del emprendedor una sola vez. De hecho, su mayor acercamiento al mundo de los negocios se dio en un ataque a los banqueros de Wall Street, a quienes acusó, con justa razón, de estar alejados de la realidad. En el mismo discurso, destacó el rol clave de la familia nuclear a la vida americana, una familia que no podía encontrarse a la merced de intereses corporativos y su influencia en la política cada 4 años, una declaración acertada considerando que al final de los comicios, la campaña demócrata habría logrado recaudar 997.2 millones de dólares, versus los 388 millones de dólares recaudados por la campaña del ahora presidente electo.

Vance, el nuevo vicepresidente de los Estados Unidos, proclamado por medios como UnHerd como el heredero político de Trump, se encuentra más cercano al proyecto postliberal iniciado por Viktor Orbán y Fidesz en Hungría que a la ya casi olvidada memoria del partido de Reagan y Bush. Heraldo del tradicionalismo americano, Vance promete romper con los esquemas históricos de su propio partido y de la política de los Estados Unidos.