El Poder sin rostro, de Pier Paolo Pasolini
Prefacio
Pier Paolo Pasolini es difícilmente clasificable, más allá de las etiquetas de italiano y artista. En la madurez de su pensamiento fue asesinado, pero es improbable que hubiese consumado una sistematización de su pensamiento. Quizás fuera este el caso porque más que pensamientos incoherentes vertía sobre el papel y el celuloide sensaciones no por eso menos serias.
Su militancia en el Partido Comunista Italiano terminó en 1949 cuando fue expulsado por su abierta homosexualidad y por su heterodoxia. Aunque la primera fuera más escandalosa, es la segunda la que lo consagraría como el mejor crítico imaginable para la «extraña muerte del marxismo», como la llamaría Paul Gottfried. En el presente ensayo no dedica demasiado espacio a una crítica consonante a la frase apócrifa de Churchill: «Los fascistas del futuro se harán llamar antifascistas». Quizás el antifascismo no había coagulado como una etiqueta cuasi escencialista, quizás porque sus protoadherentes seguían prefiriendo las etiquetas positivas del marxismo o el comunismo antes de su descrétido con la caída del muro de Berlín.
Tomemos, como hace el propio Pier Paolo, un ejemplo de la literatura. Cuando H.P. Lovecraft narra los primeros indicios de actividad psíquica del dios en La llamada de Cthulhu luego de siglos de letargo, no es la gente de a pie la que siente el movimiento en su subconsciente, sino los artistas. Son ellos los que tienen pesadillas y escalofríos inexplicables al sentir que algo terrible e inconmesurable repercute en las fibras mismas de la existencia. Ese mismo estremecimiento es el que reconoce Pier Paolo. En lugar de entrever el horror en sueños, lo encuentra en las calles de Roma y pasa desapercibido tanto para la izquierda como para la derecha dominantes. Sin nombrarlo decididamente más allá de un rótulo postizo, enumera los síntomas que hoy diversos pensadores y comentaristas asocian con el globalismo.
Intentamos mantener la integridad estilística y taquigráfica de esta crónica de un cambio cultural, hoy llevado a dimensiones que el autor quizás no hubiera podido imaginar. Como de costumbre, incluimos hipervínculos que esperamos ayuden a comprender las referencias salpicadas por Pasolini.
Publicado en Il Corriere della Sera, el 24 de junio de 1 974, bajo el título
Il Potere senza volto.
¿Qué es la cultura de una nación? Comúnmente se cree, también por parte de personas cultas, que es la cultura de los científicos, de los políticos, de los profesores, de los literatos, de los cineastas, etcétera: es decir, que es la cultura de la intelligentsia. Sin embargo, este no es el caso. Y ni siquiera es la cultura de la clase dominante que, precisamente a través de la lucha de clases, intenta imponerse al menos formalmente. Finalmente tampoco es la cultura de la clase dominada, osea la cultura popular de trabajadores y granjeros. La cultura de una nación es el conjunto de todas estas culturas de clase: es la media de estas. Y sería por tanto abstracta si no fuera reconocible –o, para decirlo mejor, visible– en lo vivido y existencial, y si no tuviera en consecuencia una dimensión práctica. Durante muchos siglos, en Italia, estas culturas fueron distinguibles aunque históricamente unificadas. Hoy –casi de repente, en una especie de Adviento– la distinción y la unificación histórica han dado paso a una homologación que realiza casi milagrosamente el sueño interclasista del viejo Poder. ¿A qué se debe esta homologación Evidentemente a un nuevo Poder.
Escribo «Poder» con mayúscula –cosa que Maurizio Ferrara acusa de irracionalismo en «l’Unità» (12-06-1974)– sólo porque sinceramente no sé en qué consiste ese nuevo Poder ni quién lo representa. Simplemente sé que existe. Ya no lo reconozco en el Vaticano, ni en los poderes democristianos, ni en las Fuerzas Armadas. Ya no lo reconozco tampoco en la gran industria, porque ya no consiste en un cierto número limitado de grandes industriales: para mí, al menos, aparece más bien como un todo (industrialización total) y, además, como un todo no italiano (transnacional).
También conozco –porque las veo y las vivo– ciertas características de este nuevo Poder aún sin rostro: por ejemplo, su rechazo al viejo sanfedismo y al clericalismo, su decisión de abandonar a la Iglesia, su determinación (coronada por el éxito) de transformar a campesinos y bajoproletarios en pequeños burgueses, y sobre todo su afán cósmico, por así decirlo, de implantar a fondo el «Desarrollo»: producir y consumir.
El identikit de esta cara aún blanca del nuevo Poder le atribuye vagamente rasgos «modernos», debidos a la tolerancia y a una ideología hedonista perfectamente autosuficiente: pero también rasgos feroces y esencialmente represivos: la tolerancia es de hecho falsa, porque en realidad ningún hombre ha tenido que ser nunca tan normal y conformista como el consumidor; y en cuanto al hedonismo, oculta evidentemente una decisión de preordenar todo con una crueldad que la historia nunca ha conocido. Así que este nuevo Poder aún no representado por nadie y debido a una «mutación» de la clase dominante, es en realidad –si realmente queremos conservar la vieja terminología– una forma «total» de fascismo. Pero este Poder también ha «homologado» culturalmente a Italia: se trata, por tanto, de una homologación represiva, aunque lograda mediante la imposición del hedonismo y la joie de vivre. La estrategia de la tensión es un espía, aunque sustancialmente anacrónico, de todo esto.
Maurizio Ferrara, en el artículo citado (como Ferrarotti, en «Paese sera», 14-6-1974) me acusa de esteticismo. Y tiende con ello a excluirme, a confinarme. De acuerdo: el mío puede ser el punto de vista de un «artista», es decir, como querría la buena burguesía, de un loco. Pero el hecho, por ejemplo, de que dos representantes del viejo Poder (que ahora sirven, sin embargo, en realidad, aunque interlocutivamente, al nuevo Poder) se hayan chantajeado mutuamente sobre la financiación de los partidos y el caso Montesi, también puede ser una buena razón para volverse loco: es decir, para desacreditar de tal manera a la clase dominante y a la sociedad ante los ojos de un hombre que este pierda todo sentido de la oportunidad y de los límites, arrojándolo a un verdadero estado de «anomia». También hay que decir que la opinión de los locos hay que tomarla en serio: a no ser que se quiera progresar en todo menos en el problema de los locos, limitándose cómodamente a eliminarlos.
Hay ciertos locos que se fijan en el rostro de la gente y en su comportamiento. Pero no porque sean epígonos del positivismo lombrosiano (como groseramente insinúa Ferrara), sino porque conocen la semiología. Saben que la cultura produce códigos; que los códigos producen comportamientos; que el comportamiento es lenguaje; y que en un momento de la historia en que el lenguaje verbal es todo convencional y esterilizado (tecnificado), el lenguaje del comportamiento (físico y mímico) adquiere una importancia decisiva.
Volviendo así al principio de nuestro discurso, me parece que hay buenas razones para sostener que la cultura de una nación (en este caso Italia) se expresa hoy principalmente a través del lenguaje del comportamiento, o lenguaje físico, más una cierta cantidad –completamente convencionalizada y extremadamente pobre– de lenguaje verbal.
Es en ese nivel de comunicación lingüística donde se manifiesta: (a) la mutación antropológica de los italianos; (b) su completa homologación a un modelo único.
Así, decidir dejarse crecer el pelo hasta los hombros o cortárselo y dejarse bigote (en una cita protonovecentista); decidir ponerse una pañuelo en la cabeza o una gorra sobre los ojos; decidir si soñar con un Ferrari o un Porsche; seguir atentamente los programas de televisión; conocer los títulos de algún bestseller; vestirse con pantalones y camisetas excesivamente a la moda; mantener relaciones obsesivas con chicas, mantenidas cerca por motivos ornamentales, pero, al mismo tiempo, fingiendo que son «libres», etcétera, etcétera, etcétera: todos estos son actos culturales.
Ahora bien, todos los jóvenes italianos realizan estos mismos actos, tienen este mismo lenguaje físico, son intercambiables; algo tan antiguo como el mundo, si se limita a una clase social, a una categoría: pero el hecho es que estos actos culturales y este lenguaje somático son interclasistas. En una plaza llena de jóvenes, nadie podrá distinguir a un obrero de un estudiante, a un fascista de un antifascista; algo que todavía era posible en 1968.
Los problemas de un intelectual perteneciente a la intelligentsia son distintos de los de un partido y un hombre político, aunque la ideología sea la misma. Me gustaría que mis actuales contradictores de izquierdas entendieran que soy capaz de darme cuenta de que, si el Desarrollo se detuviera y hubiera recesión, si los partidos de izquierda no apoyaran al Poder existente, Italia simplemente se desmoronaría; si en cambio el Desarrollo continuara como empezó, el llamado «compromiso histórico» sería sin duda realista, la única manera de intentar corregir ese Desarrollo, en el sentido indicado por Berlinguer en su informe al Comité Central del Partido Comunista Italiano (cf. «l’Unità», 4-6- 1974). Sin embargo, al igual que Maurizio Ferrara no compite con las «caras», yo no compito con esta maniobra de la práctica política. Al contrario, tengo, si acaso, el deber de ejercer mi crítica de la misma, quijotesca y quizás incluso extremista. Entonces, ¿cuáles son mis problemas?
He aquí un ejemplo. En el artículo que provocó esta polémica («Corriere della Sera», 10-06-1974) dije que los verdaderos culpables de las masacres de Milán y Brescia eran el gobierno y la policía italianos, porque si el gobierno y la policía hubieran querido, esas masacres no se habrían producido. Es un cliché. Bien, llegados a este punto me reiré definitivamente diciendo que nosotros, progresistas, antifascistas, de izquierdas, también somos responsables de estas masacres. De hecho en todos estos años no hemos hecho nada
(1) para que hablar de «masacres de Estado» no se convirtiera en un cliché y todo se quedara ahí;
2) (y más grave) no hemos hecho nada para que los fascistas no estuvieran ahí. Sólo los condenamos gratificando nuestra conciencia con nuestra indignación; y cuanto más alta y petulante es la indignación, más tranquila es la conciencia.
En realidad, nos comportábamos con los fascistas (hablo sobre todo de los fascistas jóvenes) de forma racista: es decir, queríamos creer precipitada y despiadadamente que estaban racialmente predestinados a ser fascistas, y ante esta decisión de su destino no podíamos hacer nada. Y no lo ocultemos: todos sabíamos, en nuestra verdadera conciencia, que cuando uno de aquellos jóvenes decidía ser fascista, era por pura casualidad, no era más que un gesto, inmotivado e irracional: tal vez hubiera bastado una sola palabra para evitarlo. Pero ninguno de nosotros les dirigió la palabra. Inmediatamente los aceptamos como inevitables representantes del Mal. Y tal vez eran adolescentes y jóvenes de 18 años que no sabían nada de nada y se lanzaron de cabeza a esa horrenda aventura por pura desesperación.
Pero no podíamos distinguirlos de los demás (no digo de los demás extremistas: sino de todos los demás) . Esta es nuestra espantosa justificación.
El padre Zosima (¡literatura por la literatura!) pudo distinguir inmediatamente a Dimitri Karamazov, el parricida, de todos los que se habían agolpado en su celda. Así que se levantó de su sillita y fue a postrarse ante él. Y lo hizo (como le diría más tarde al Karamazov más joven) porque Dimitri estaba destinado a hacer la cosa más horrible y a soportar el dolor más inhumano.
Piensa (si tienes fuerzas) en aquel chico o aquellos chicos que fueron a poner bombas en la plaza de Brescia. ¿No había nada que hacer para levantarse y postrarse ante ellos? Pero eran jóvenes con el pelo largo, o con bigotes como los de principios del siglo XX, llevaban vendas en la cabeza o palos de escoba bajados sobre los ojos, eran pálidos y presumidos, su problema era que todos vestían de la misma manera, tenían Porsches o Ferraris, o motos para montar como pequeños arcángeles idiotas con chicas de adorno atrás, sí, pero modernas y a favor del divorcio, de la liberación de la mujer, y en general del desarrollo… En resumen, eran jóvenes como los demás: nada les distinguía en absoluto. Aunque hubiéramos querido, no habríamos podido ir a postrarnos ante ellos. Porque el viejo fascismo, aunque fuera por degeneración retórica, distinguía: mientras que el nuevo fascismo –que es algo totalmente distinto– ya no distingue: no es humanísticamente retórico, es americanamente pragmático. Su objetivo es la reorganización y homogeneización brutalmente totalitaria del mundo.
