El 28 de julio de 2024 fueron publicados los resultados de los comicios presidenciales en Venezuela, dando como ganador al oficialismo. La oposición, los organismos internacionales y varios gobiernos sudamericanos se apresuraron a denunciar las irregularidades en el proceso electoral, mientras el pueblo venezolano, tanto en su país como en la diáspora, demostró su descontento a través de masivas protestas callejeras. Para muchos, era predecible que Maduro y su cúpula no habrían tenido ninguna intención de dejar el poder, a pesar de enfrentarse a una oposición unida que reclamaba el 70% de los votos válidos.

Desde que la crisis venezolana logró la atención mediática mundial, el discurso crítico contra el régimen en Caracas suele caracterizar al chavismo como un fenómeno político lleno de promesas utópicas, análogo al comunismo tradicional. Así como el socialismo real, el socialismo del siglo XXI debía caer por su propio peso: por sus promesas incompatibles con la naturaleza humana, por su retórica populista y envidiosa, y por su consecuente modelo político-económico insostenible y tiránico. Esta narrativa se configura, grosso modo, como un ataque a la redistribución de riqueza como tal, la cual fomentaría la pereza y la envidia, y que fue fomentada gracias a la ignorancia colectiva de un pueblo venezolano fácilmente impresionable. A este modelo debería contraponerse otro basado en la libertad individual, la democracia y la iniciativa privada.

Yendo hacia atrás en el tiempo, vemos que el régimen de Hugo Chávez es hijo del malestar que vivía Venezuela desde los años 80, fruto de la grave crisis económica, la corrupción sistematizada y la falta de reforma política de un bipartidismo ineficiente. El ajuste económico del gobierno de Carlos Andrés Pérez solo empeoró la situación, desembocando en el famosísimo Caracazo. Tanto Chávez como los otros gobernantes de la primera «Marea Rosa» llegaron al poder como respuesta a las políticas neoliberales producidas por el Consenso de Washington. Más allá de las particularidades de cada país latinoamericano, la cuestión era la misma: los recortes en pensiones, salarios y servicios públicos eran tremendamente impopulares, sobre todo entre las clases medias y bajas, y era necesario restablecer un Estado del bienestar que cubriera las necesidades de la población.

La redistribución de riqueza es, en realidad, no solo una estrategia para ganar popularidad, sino una verdadera herramienta de supervivencia de un régimen político con la que mantener a las masas bajo control. Sorprendentemente, el padre del Estado del bienestar contemporáneo no fue un socialista, sino el canciller alemán, conservador y tradicionalista, Otto Von Bismarck. Bismarck sabía que las ideas socialistas estaban tomando cabida entre los obreros alemanes, en un contexto de rápida industrialización pero también de gran precariedad laboral como lo fue la Europa de la segunda mitad del siglo XIX. Los beneficios laborales promovidos por el canciller prusiano, aplicados primero en el Reino de Prusia y después en el Imperio alemán, fueron tan populares entre la clase trabajadora que se volvieron modelo de la socialdemocracia europea, acercando a los obreros a ideas reformistas antes que revolucionarias.

Un régimen que no mantiene satisfecha a su población corre un riesgo muy alto de perecer. En la historia contamos con muchos ejemplos de tomas forzosas del poder en medio de malestar y caos generalizados. Las revoluciones francesa y rusa, por ejemplo, y a pesar de sus grandes diferencias ideológicas, vieron a una minoría organizada tomar el poder para cambiar un status quo que mantenía insatisfecha a la inmensa mayoría. Si la aristocracia francesa se hubiera concentrado menos en realizar suntuosas fiestas en Versalles y más en mejorar la calidad de vida de los campesinos franceses, y si las reformas del zar Alejandro II hubieran sido implementadas con vehemencia, otro habría sido el desenlace de ambos hechos históricos.

El discurso hegemónico acerca del «populismo» suele centrarse mucho en los líderes, pero poco en el «pueblo». Si bien es imposible esperar una opinión uniforme y coherente de una gran masa de personas, los grandes movimientos antisistema radican en fenómenos que son fácilmente identificables. Así como el comunismo soviético es producto del neofeudalismo ruso, los movimientos nacionalistas en occidente son hijos de la globalización que tuvo como víctimas a los trabajadores industriales y rurales. En nuestra parte del globo, a la corrupta socialdemocracia argentina sucedió un ultraliberalismo pro-yanki, mientras la consecuencia del inoperante bipartidismo salvadoreño fue una figura carismática que mantiene el orden con mano dura. Es a causa de estos inevitables valses de la política que las élites deben de servirse de las estrategias adecuadas para mantener el poder, bajo pena de perder el trono (o la vida). Es por esto que, antes que el proceso electoral en cuanto tal, para este servidor la prueba fehaciente del fraude chavista se encuentra en la condición misma del país: ninguna nación aguanta una crisis económica tan prolongada sin hacerle sufrir electoralmente las consecuencias a sus gobernantes (como sí se dio en Argentina, por ejemplo).

La debilidad del chavismo no radicó en querer mejorar las condiciones de vida de la población venezolana, ni aun en tomar una posición fuerte en contra del hegemón regional anglosajón. Si retomamos el ejemplo de Bismarck, al Estado del bienestar alemán se acompañó una fuerte intervención estatal para promover la industrialización, un complejo sistema geopolítico de alianzas, y un régimen colonial para expandir el mercado manufacturero alemán. Chávez, al igual que Castro anteriormente, parecía confiar únicamente en la elocuencia de su discurso y en el apoyo popular que tenía. En Venezuela, el aislamiento diplomático, la carencia de inversión extranjera, la dependencia del petróleo y la burocracia monolítica y corrupta (así como las sanciones internacionales), sentaron las bases de la deblace venezolana. En resumen, la redistribución de riqueza es una condición necesaria, mas no suficiente, para asegurar la prosperidad de un régimen político.

Una reelaboración del Estado del bienestar, sumado a esfuerzos de governance que logren domar las tendencias individualizantes que destruyen las comunidades y homologan a los pueblos fruto de la globalización, es imperativa para asegurar un mundo más próspero para todas las naciones. Sin embargo, a estas acciones de redistribución deben seguirse consideraciones estratégicas y geopolíticas que eviten la formación de nuevas «venezuelas» que repitan los errores del gobierno chavista.