El 28 de julio mientras que en Perú «celebrábamos» Fiestas Patrias, en Venezuela se daban nuevas elecciones presidenciales con una mezcla entre esperanza y conformismo entre los venezolanos al rededor del mundo. La razón por la que muchos venezolanos depositaron sus esperanzas en Maria Corina Machado como líder opositora al régimen chavista, es debido a la que representaba un símbolo de lucha política que incluso la llevó a encarar al mismo Hugo Chávez cara a cara hace muchos años. Las movidas políticas que permitieron preparar un nuevo fraude nos llevan Machado y a Edmundo Gonzales Urrutia, y a una población que, enérgicamente, ha empezado a eliminar el rastro de Chávez del culto personal a lo largo del país. ¿Será que se está terminando el chavismo?

Considero que a todos los demócratas (incluyendo a este servidor) nos genera un sentimiento de esperanza imaginar una eventual conclusión del régimen chavista, y a su vez nos causa mucho pesar y rabia cuando vuelve a nosotros el pensamiento frío y ponderado que nos recuerda las experiencias pasadas sobre el accionar del régimen dominante en Venezuela y su cómo se aferra al poder. En una columna previa también de mi autoría teoricé la preparación de un nuevo fraude por parte de Maduro para ganar por adelantado las elecciones, esta es una de las pocas ocasiones en que odio haber estado en lo cierto. La naturaleza de los hechos aún no nos permite explicar si es que el fraude fue tan malo y descarado que al día de hoy el régimen no puede demostrar su victoria; o es que en realidad fue tan bien planeado para que la oposición se llene de esperanza para írsela arrebatando de a pocos y aplastarlos su fe en el sistema.

Nicolás Maduro a través de su poder logró que el órgano electoral inhabilite a Maria Corina Machado de ejercer cualquier cargo público después de que ella fuera electa como representante por su movimiento en las elecciones primarias. No hubo tiempo para lamentos, Machado, determinada, nombró a Corina Yoris quien quedó fuera de carrera porque no pudo inscribirse a tiempo por «fallas técnicas» en el sistema digital del órgano electoral. Las esperanzas se iban desvaneciendo hasta que se le dio la posta a Edmundo González, un diplomático de más de 70 años al que el régimen no dio mucha importancia hasta 1 semana antes de las elecciones cuando se publicaron diversas encuestas ciudadanas posicionándolo como primero y con más del 60% de intención de voto. Claro es que, después de las elecciones en Venezuela, considerando la presentación de actas electorales por parte de la oposición, el sospechoso silencio de las cifras oficiales del régimen, la evaluación del Centro Carter como observador, las declaraciones en ONU y OEA, y la fiscalización ciudadana; las elecciones en Venezuela 2024 fueron una oda a la desfachatez.

Cuando el régimen vio expuesto su fraude electoral no tuvo mejor pretexto que decir que su sistema de transmisión de conteo de votos en vivo fue vulnerado por hackers, incluso denunciaron un ciberataque de grupos entrenados en Perú y en Chile. A altas horas de la noche el Consejo Nacional Electoral proclamó ganador a Nicolás Maduro al 80% del conteo y con poco más del 50%, luego anunciaron que pedirían a la Fiscalía investigar el hackeo y hasta la fecha no se tienen noticias sobre el supuesto ataque al sistema, ni se han presentados las actas que dan a Maduro como ganador. Algunos comentaristas internacionales como el polémico Jaime Bayly de Perú comentan que estas acciones solo buscarían ganar tiempo para encargarle a sus aliados internacionales la labor de fabricar el fraude y dar a conocer cifras convenientemente creíbles, y a hasta se teorizó la posibilidad de una negociación que buscaría Maduro para dejar su país con diversos beneficios. Entre cada teoría y noticias sensacionalistas que juegan con la esperanza de la gente, lo único cierto es que las posibilidades de que la oposición juramente a González Urrutia como presidente constitucional, ya reconocido por varios países, se hace menos y menos posible para el 2025 incluso con las exigencias de EEUU, la Unión Europea, mayoría en la ONU y OEA y hasta en países con líderes de izquierda como Chile y Brasil.

Este podría ser el fin del chavismo, pero no en el sentido estricto del fin del régimen socialista, intervencionista y antidemocrático de Nicolás Maduro, sino más bien como el fin de la «Revolución Bolivariana» instaurada por Hugo Chávez, un proyecto que se basó en el populismo para buscar su legitimidad. Maduro empezó mal su intento de replicar a Chávez, pues al llegar al poder ya había un éxodo masivo de venezolanos y ni el populismo funcionó como incentivo para generar adeptos. Maduro no tiene el «carisma» de Chávez, aún con todo lo negativo que caracterizó un régimen como el de Chávez de todas formas hubo mucha gente que lo apoyaba y gozaba de cierta popularidad, algo que Maduro no puede lograr. Los chavistas en la era Chávez vivían muy bien en su país, los chavistas en la era Maduro se vieron obligados a abandonar Venezuela porque no pueden sostener más el fraude organizacional y político.