La verdad y la caridad en pugna
«La verdad es una, pero se descompone para nosotros en muchas verdades que debemos conquistar una tras otra. Profundizar en una de ellas nos hará ver más lejos, y cuando descubramos un horizonte más vasto, percibiremos también desde nuestro punto de partida una nueva profundidad.”
Stein, E. (2009)
En el vasto océano de discursos que conforman nuestra vida pública, se nos presenta cada vez con mayor vigor un terrible conflicto. Aunque no siempre evidente, el mismo atraviesa las distintas arenas del debate contemporáneo, de manera que resulta casi imposible librarse de sus consecuencias. Se trata de la tensión entre la caridad y la verdad. Estas parecen enfrentarse en un antagonismo casi inevitable, frecuente y celoso, de manera que la afirmación de una pareciera exigir el sacrificio de la otra. Esta observación, aunque incómoda, se despliega en las prácticas y retóricas de diversos grupos que, con intenciones aparentemente genuinas, terminan cayendo en un error de enfoque que corre el riesgo de desviar incluso las intenciones más sinceras. Dado que hoy el mundo suele dividirse entre “nosotros, los buenos” contra “ellos, los malos” en la mente común, este fenómeno se practica sin tan siquiera perturbar la conciencia. Uno podría pensar que la miseria humana es tal, que justifica su odio con la verdad y sus mentiras con el amor. Y como el mayor enemigo de la perfección no es el error, sino la funcionalidad, esto no debería sorprendernos. Para quienes vivimos con gente, las “mentiras piadosas” y afirmaciones como “la verdad es la verdad” son manifestaciones cotidianas de esta fragmentación entre la caridad y la verdad.
«Las virtudes no son aisladas; la práctica de la verdad requiere de la caridad para que no se convierta en un mero ejercicio de poder.»
MacIntyre, A. (2001)
Por un lado, se encuentran aquellos que abogan por la verdad como el baluarte de sus discursos. Estos grupos, con frecuencia identificados bajo categorías “tradicionalistas”, “derechistas” o “conservadoras”, se aferran (sin errar) a la idea de que existe una verdad inmutable, una luz que, una vez encontrada, debe ser defendida y mantenida en muy alta estima. Sin embargo, la exaltación de esta luz, aunque noble en su intención, en ocasiones pasa por alto el hecho de que, por nuestras limitaciones, la verdad es una verdad en perspectiva; una que se conquista progresivamente y en comunidad. Sócrates y tantos otros no erraron en su exaltación del diálogo como portal hacia el conocimiento de la verdad. Me temo que desdeñar esta noción fundamental como mera sensiblería, supone a menudo el riesgo de generar una actitud de superioridad moral que desplaza la virtud de la caridad a la cloaca de la indiferencia.
Cuando se ama, la verdad se comunica a quienes no la poseen con el objetivo de procurar su mayor bien. En cambio, cuando no se ama, la comunicación de la verdad se convierte en un medio para afirmar la propia complacencia y alimentar un ego desmesurado en su glotonería. La verdad no se escupe, se articula, pero ya que la ironía abunda más que la coherencia, nunca falta quien escupa bajo el pretexto de una superioridad intelectual autopercibida. Aquellos que no se alinean con la verdad idolatrada ahora son mirados con asco, se les tacha de inferiores, se les menosprecia y deshumaniza, a veces incluso con violencia. Esta actitud, lejos de promover un diálogo fructífero, refuerza una barrera insalvable y, casi gnóstica, entre «los iluminados» y «los que están perdidos». Sin amor, la verdad degenera en ideología. De este modo, se socava la posibilidad de un acercamiento caritativo conducente a una corrección fraterna, la cual constituye una obra de misericordia y un deber para el cristiano, particularmente.
«La caridad no es una alternativa de segunda categoría a la verdad, ni un remedio más accesible para mentes menos equipadas intelectualmente. La caridad es la verdad vivida y, por lo tanto, hecha inteligible. Amar verdaderamente es conocer verdaderamente.»
Marion, J.L. (2002).
En el extremo opuesto, hallamos a quienes, motivados por una caridad que podría describirse como material, imperfecta o inmadura, si se quiere, centran sus esfuerzos en la promoción de principios como la igualdad, la protección de los más vulnerables y la justicia social. Estos grupos, a menudo abanderados de ideologías “progresistas”, “liberales” o “izquierdistas”, en ocasiones parten de una intención decente: aliviar el sufrimiento de los menos afortunados y corregir las desigualdades aparentes. No obstante, en su afán por abrazar a los marginados y luchar contra la opresión que observan, suelen pasar por alto aspectos de la verdad que podrían desafiar sus narrativas o complicar sus soluciones propuestas. Este tipo de caridad, aunque genuina y bienintencionada, corre el riesgo de convertirse en una caridad «infantil» y bienquedista, una que no madura hacia una comprensión más profunda de las realidades más complejas e incluso puede, en última instancia, perpetuar nuevos errores e injusticias bajo la apariencia de nobleza.
No pocas veces la cura resulta peor que la enfermedad y, en el mejor de los casos, quedamos con una mera colección de buenas intenciones sin sustancia. En el peor de los casos, esas buenas intenciones conducen al infierno, como ya lo hemos presenciado en diversos movimientos históricos que, bajo el estandarte del progreso y tantos otros ideales “nobles”, han dejado tras de sí un legado de destrucción y muerte. Desde la revolución del 1789, hasta los experimentos socioculturales del siglo XX, la historia nos muestra con elocuencia que la falta de una consideración profunda de la verdad y las realidades humanas más complejas, esta “caridad” se estanca, provocando un hedor insoportable. Esta caridad desordenada se convierte en un ejemplo clásico de cómo una virtud, cuando se aísla de otras igualmente esenciales, se deforma y no actualiza su potencial para el bien. Una caridad sin verdad, sin prudencia, sin justicia, corre el riesgo de no ser más que una emoción desenfrenada, fácilmente manipulable para fines de los que Dios nos libre.
“Sin verdad, la caridad degenera en sentimentalismo. El amor se convierte en una cáscara vacía, para ser llenada de manera arbitraria. En una cultura sin verdad, este es el riesgo fatal al que se enfrenta el amor. Se convierte en presa de emociones y opiniones subjetivas contingentes, y la palabra ‘amor’ es abusada y distorsionada, hasta el punto de que llega a significar lo contrario.”
Ratzinger, J. (2009).
Se engañaría quien al contemplar estos extremos, pensara que hay aquí alguna dicotomía invencible. A menudo estas contradicciones aparentes no son más que la evidencia de las limitaciones de nuestro juicio y nuestra falta de prudencia. Nuestra pobreza interior es tal que nos lleva a aferrarnos de manera obsesiva al primer bien que encontramos en el camino. Este bien, en lugar de enriquecernos, termina por consumirnos y cegarnos; así, alejándonos de otros bienes incluso mayores. Nos encantaría jurar que hemos resuelto los grandes misterios; que hemos descifrado las preguntas insondables, pero en esta vida, casi toda conclusión es ilusoria. Nuestro campo visual es tan limitado como nuestra humildad, la gran ausente; sólo a través de ella se podrá ampliar el mismo algún día. Es preciso emprender un proceso mediante el cual las contradicciones aparentes sean superadas y reconciliadas en un entendimiento aún más alto; un desarrollo continuo en el que la verdad se profundiza y se comprende más humildemente, y con un mayor respeto. Como a quien más se le da, más se le exige y, cómo a quien más ama, más se le perdona, no debe ser ningún secreto que lo escrito supone una mayor urgencia para uno de los dos extremos en pugna. Si alguno que no hubiese conocido la verdad lograse siquiera aproximarse a amar sinceramente, podría ser catalogado sin balbucear como un héroe, mientras que, aquel que aún tras haber conocido la verdad, no ama, es un demonio.
“Hijos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad. En esto conoceremos que somos de la verdad, y aseguraremos nuestros corazones delante de Él.”
1 Juan 3:18-19, Torres Amat. (1825)
Referencias
MacIntyre, A. (2001). Tras de la virtud: Un estudio sobre teoría moral. Barcelona.
Marion, J.L. (2002). Prolegómenos a la caridad. Fordham University Press.
Ratzinger, J. (2009). Caritas in Veritate [Encíclica]. Libreria Editrice Vaticana.
Stein, E. (2009). El ser finito y el ser eterno. Editorial Trotta.
