Sermón por los 25 años de la independencia, por Bartolomé Herrera

Prefacio

Bartolomé Herrera, Obispo y Filosofo. Fue uno de los grandes pensadores políticos peruanos de la era republicana. Nació en 1808 en la ciudad de los reyes y murió en 1864 en la Ciudad Blanca, de la cual fue obispo destacado. Herrera al inicio vertía hacia una corriente conservadora liberal; pero para 1846, al vigésimo quinto aniversario de nuestra independencia, Mons. Herrera muestra más un carácter reaccionario y ultramontano.

Destacando la importancia de Dios y en cierta forma también de la evangelización del Perú, en su escrito demuestra el por qué es importante que el Perú no perdiera su camino, el cual comparte con España. Debido a que el Perú que se independizó fue el Perú que España fundó en 1525, no el Tahuantisuyo. Aun así, no niega la importancia del legado incaico, puesto que destaca que el Imperio Incaico estaba «preparando» a los pueblos indios para su conversión. Esta es su manera de dar crédito a la Providencia de las conquistas iniciadas con Pachacútec y sus descendientes.

En 1846, el Perú ya había pasado por numerosas guerras internas y externas. Ya había sufrido pérdidas territoriales, sin mencionar que apenas 5 años atrás en su invasión de Bolivia había muerto en Ingavi el Mariscal Gamarra, cuyas exequias fueron presididas por Herrera con una influyente elegía y exhortación al orden. Ahora, le dedicaría a nuestra patria un sermón de reflexión, esperanza e identidad.

Identidad es algo que el peruano actual no tiene definido. Es común un remedo de identidad fruto de la imitación a otros países debido a una baja autoestima nacional. Otros solo se aferran de una raíz, ya sea la hispana o andina, rechazando la otra con en base en complejos. Algunos se aferran a su identidad regional, poniendo la peruanidad en segundo plano. Pero, ¿qué es lo que nos une? ¿Qué es lo que nos hace peruano a todos? La respuesta aún está por responderse, pero creo que se debe empezar por la aceptación de nuestro legado, tanto prehispánico como virreinal.

Heidegger, filosofo político alemán del siglo XX, reconoce al ser como un ser cambiante a través del tiempo. Un ser que se identifica y se basa en el Dasein. El ser de Heidegger forma su identidad con base en lo que es y su experiencia, reconociendo también la importancia del territorio del cual nace. Nuestra biodiversidad, nuestras ruinas milenarias, nuestras catedrales, entre otros monumentos. Nuestra historia, nuestra verdadera historia, la cual es tergiversada por personas con agenda propia.

Desde luego, nuestra historia debe ser comprendida en sus hechos verídicos y no renegar de nuestras raíces, en especial ahora siendo los 200 años de las batallas de Junín y Ayacucho, las cuales solidificaron nuestra independencia.

El Perú brilla por su pueblo, diverso y resiliente a pesar de la inestabilidad política, la cual ha sido intermitente, cuando no constante, en nuestra historia republicana. Es momento de reconocernos que como peruanos somos más que un estado, más que una nación. Somos el legado de dos grandes imperios.

Aunque hay cuestiones que pueden ser estridentes para el lector actual, como la referencia a una ignorancia promedio entre la población indígena respecto a la criolla, Herrera no es una caricatura racista. Muy por el contrario, en el mismo texto denuncia la opresión del indio, a quienes llama hermanos, sea a manos criollas o de otros indios. Asimismo, reconoce el derecho a sublevarse contra autoridades ilegítimas, así como los límites naturales que todo gobierno debe respetar.

La totalidad del texto ha sido editada y actualizada para la facilidad de lectura. Las notas del sermón que el mismo Herrera añadió se encuentran al final de forma oculta por ser más extensas que el sermón mismo. Este escrito de Herrera, como muchos otros, está disponible de forma gratuita en el Escritos y discursos de publicación póstuma.


Formavi te servus meus es tu Israel ne obliviscaris mei.

Yo te he formado; siervo mío eres tú, Israel: no te olvides de mí.

Isaías 44, 21

¡Bendito sea el Señor, que después de tantas calamidades nos concede celebrar el vigésimo quinto aniversario de nuestra vida política! «Recio nos ha castigado, pero no nos ha entregado a la muerte» (Salmos 118, 18). Y aun estos castigos, esta tormentosa convulsión, estos dolores acerbos que el Perú sufre desde que proclamó su independencia son más bien obra de nuestras continuas imprudencias que excitan inevitablemente la desaprobación que Dios no puede expresar en su idioma sublime sin que el ser a quien se dirige sienta el estremecimiento de la destrucción, el vértigo del hundimiento en la nada. Ese fenómeno de angustias es efecto necesario de la repugnancia que existe entre la naturaleza perfectísima del Creador y los vicios humanos.

La ruina de las naciones es, como la de los individuos, la obra de sí mismas. La obra del Señor es el bienestar de ellas, los tesoros de felicidad que en sí encierran, sus asombrosos progresos, su gloria… ¡Ay! ¿A qué recorrer para nuestro tormento las maravillas de la misericordia de Dios con los pueblos que no le oponen resistencia? Pero, ya que no poseemos todos estos bienes, poseemos cuanto se necesita para ir en pos de ellos y alcanzarlos.

Si no tiene la nación salud y robustez completas, al menos ha cesado la fiebre. Un movimiento armónico de vida se siente por todas partes. Las pasiones políticas están como avergonzadas de los desastres que han causado y no se atreven a aparecer a la luz hermosa de la paz. Un gobierno que se honra de tener su origen en la ley y de vivir por ella y para ella procura reparar lentamente los pasados estragos. Esto y un suelo más rico, más bendecido de Dios que el de Canaán; he aquí los dones del Señor, en medio de los que venimos a adorarle, como autor de nuestra existencia política.

¿Y cuál es el deber del Sacerdocio en esta ocasión solemne? Cuando se viene del palacio a santificar en cierto modo los sucesos que pasan en el tiempo, ¿el Sacerdocio profanará lo sagrado y eterno delante del altar? Cuando la autoridad suprema viene con los altos funcionarios del Estado a arrodillarse ante el Señor, ¿la recibirá el Sacerdocio con discursos idólatras?

¡Maestro! ¡Pontífice Eterno! Que para edificación y no para escándalo de vuestra Iglesia me habéis comunicado una porción del Sacerdocio, cuya plenitud está en vos: enviadme cualquier otra desgracia, pero salvadme de corromper vuestra palabra. Salvadme de traicionaros y de traicionar a mi patria halagando las pasiones tumultuosas de la muchedumbre a quien me habéis impuesto el deber de amonestar y conducir por el camino de la salud. Salvadme de robustecer el pensamiento impío de que las naciones están fuera del imperio de la Cruz y de Dios. ¿Qué queréis, Señor, que diga yo en vuestro nombre a este pueblo? Aquí no soy más que instrumento vuestro. Hablad, Señor, que vuestro siervo oye.

«Yo te he formado; siervo mío eres tú, Israel: no te olvides de mí». Meditemos, señores, estas palabras llenas de verdad y de amor, que se dirigen al Perú desde el Cielo; y para que nuestra meditación sea fructuosa, invoquemos la gracia. Ave María.

I. Yo te he formado.

Uno es el altísimo Creador y Rey poderoso, así de los individuos como de las naciones, y digno de respeto profundo, sentado sobre su trono, Dios Soberano (Eclesiástico I, 8). Ofendería, señores, vuestra ilustración y vuestra fe si me detuviera en esta luminosa verdad. Una tradición universal que viene desde Adán ha instruido al último de sus hijos del origen de los hombres y de las sociedades humanas; y vosotros sabéis en cuán repugnantes absurdos y lastimosas necedades han caído los que han pretendido corregir el Génesis.

Adorando la mano divina que impelió por regiones distintas a los primeros descendientes de los que se salvaron en el arca y formó así los pueblos primitivos: adorando a la Providencia que por medio de esos accidentes que la ignorancia humana llama casualidades disipa imperios poderosos y levanta nuevos, veamos cómo ha ido conduciendo al Perú al estado presente.

La débil vista del hombre no percibe el gobierno de Dios sobre el mundo, sino por los hechos que salen del tamaño común y que están más cerca de su alcance. La historia del pueblo hebreo tenía íntima relación con la de los antiguos pueblos. Abundaban las profecías cumplidas y Jesucristo había venido por fin a explicarlo todo. Se necesitó, sin embargo, que Dios hubiese llevado el entendimiento humano a la altura del siglo de Luis XIV y que sobre aquella eminencia elevase la estatura de Bossuet para que se nos manifestase con claridad entera cómo cada nación había contribuido, sin saberlo, a realizar los designios de Dios sobre los judíos. No es, pues, indispensable para reconocer que la mano del Señor ha formado un pueblo y ha obrado y obra en él de un modo seguro, aunque invisible, el que comprendamos su modo de dirigirle.

Bastarían el dogma de la Creación y el de la Providencia, que casi se puede decir que encierran toda la luz y todos los consuelos del cristianismo, para que la nación entrase en un piadoso recogimiento y adorase al Señor cada vez que contemplase su propia existencia y las transformaciones por las que ha pasado. Pero Dios ha obrado de una manera tan manifiesta, tan palpable, respecto de nosotros, que no sé cómo se pueda ser impío en América y particularmente en el Perú, bien que en ninguna parte tenga excusa esa degradación del hombre.

El Imperio de los Incas, a quienes Dios envió a reunir y preparar estos pueblos para que recibiesen la alta doctrina de Jesús, había llegado al mayor grado de prosperidad y de adelanto posible, atendido su aislamiento. Los principios fundamentales sobre que Dios ha establecido el orden del mundo moral eran su legislación. La tierra estaba arada ya y dispuesta para recibir el Evangelio. ¿Pero cómo había de llegar a ella el misterioso grano? Este era el secreto de Dios.

La unión de los reinos de Fernando e Isabel y la conquista de Granada habían formado una potencia en que brillaba en todo su esplendor la fe de Cristo, libre ya de la sombra musulmana, y cuyo poder crecía cada día. Los reyes, a quienes su celo religioso había merecido el título de católicos, eran entonces los más apropiados para traer la civilización completa (esto es cristiana) a los vasallos de los Incas.

El Perú estaba sediento de la verdad divina: y en España rebosaba «la fuente de agua viva». En el Perú existían ya las semillas de una guerra de sucesión que amenazaba con destruir el imperio; vencedora del aislamiento que la había dominado ocho siglos, se levantaba España ansiosa de propagar su fe y de ensanchar sus dominios. El Perú necesitaba ya el bautismo: España extendía sus brazos vigorosos para recibir en ellos pueblos que ofrecer a la Iglesia.

Una dificultad se presentaba para difundir la luz de la verdad en estas vastísimas regiones y para conservarla después de difundida su extensión: pero la imprenta, mucho antes descubierta, era ya un poderoso auxiliar de los predicadores. Hasta a la sorpresa que debían experimentar los habitantes de esta tierra al ver una nueva raza humana, había Dios proveído con la profecía antigua que anunciaba a toda la América su venida.

Faltaba que Dios, que lo había todo preparado tan admirablemente para que el Evangelio penetrase y fructificase en el Perú, mostrara el Perú a España y ordenara a esta la ejecución de su decreto. Faltaba Colón, y Dios envió a Colón. Colón atravesó el Atlántico, después de haber atravesado otro mar de escarnios y de torpes afrentas populares. Tomó un mundo entero con sus manos y lo presentó a la vista atónita de Europa. Volvió una y otra vez a contemplarle, pero recibió la herida mortal de la ingratitud humana y fue a mostrar al Señor este sello con que distingue a sus escogidos, sin haber vuelto en sí del asombro con que le había embargado la obra a que había servido de instrumento.

El valor y el catolicismo de España se lanzaron sobre las Antillas, Tierra Firme, México, el Perú y Chile. Un puñado de valientes bastó para incorporar en la monarquía ya formidable de Carlos los reinos poderosos de América; y para hacer partícipe al género humano de sus riquezas. Disiparon en los millones de hombres que formaban el Perú esa nube preñada de desgracias que envuelve a la razón más desarrollada, cuando no la ilumina el Verbo de Dios, luz verdadera: destruyeron los altares de los ídolos; dejaron al verdadero Pachacamac, dueño soberano del culto que le habían disputado viles criaturas; y formaron el nuevo Perú, el Perú español y cristiano cuya independencia celebramos [1].

Muy segura esta ella de España, para que una ridícula timidez nos haga ser ingratos. No: nuestra ingratitud no tendría ya ni la indigna excusa del miedo. Confesémoslo, y confesémoslo con placer: mientras no se mude la naturaleza humana, mientras conserve el sentimiento de lo sublime, los conquistadores excitarán la simpatía, y serán el pasmo universal.

Miseria natural fueron las injusticias que cometieron, entre las mil tentaciones que los rodeaban, hombres que de cierto no eran lo escogido de aquella Corte. Que la conquista fuese una violencia reprobada por el derecho tampoco era verdad muy clara en esos tiempos. Las aterradoras dificultades de la naturaleza, los peligros que tenían que arrostrar, eso sí era claro y en eso consiste lo glorioso de tan colosal empresa.

¡Gloria a los que la acometieron! ¡Gloria a España! Esa gloria que se refleja en los instrumentos de los grandes hechos del Altísimo: y la gloria verdadera quede a Dios por haber dotado a la nación española de la inflamada fantasía, del corazón generoso, del firmísimo e incontrastable carácter que era menester para semejante prodigio [2].

Y gracias le sean dadas porque escogió para que lo realizara a la monarquía de Carlos V, porque con el poder de ella, que el mundo entero respetaba, nos preservó de que la Europa inundase el Perú; de que se trabase en él una lucha espantosa para disputarse su dominio; de que sangre de muchas naciones hubiera manchado sus preciosos metales; y de que los errores religiosos que entonces cabalmente brotaban hubiesen todos venido a reemplazar la idolatría, y a dejarnos una causa más de disensiones interminables. Gracias le sean dadas por haber colocado entre España y América la celosa humanidad de Casas; por habernos enviado esa multitud venerable de apóstoles que propagaron el Evangelio, y la caridad de Loayza y la santidad de Mogrovejo.

Tres siglos nos llevó la Madre Patria en sus brazos. Nos aseguró el catolicismo, la unidad de la fe que se iba perdiendo, junto con el orden y el reposo público en Europa. Nos comunicó sus costumbres, sus leyes, su ciencia, su sangre, y su vida. Nos formó nación. Pero una nación es un conjunto de medios ordenados por la Providencia, para que cumpla sus miras con inteligencia y con voluntad propia. Era preciso, pues, que la nación peruana cumpliera de este modo su destino.

Así como había Dios colocado tantos pueblos bajo la autoridad de los romanos para facilitar la propagación del Evangelio, colocó a los americanos bajo la de España, para que el Evangelio llegara puro a ellos y se arraigara en su suelo. ¡Quién sabe con qué otros altos fines, que revelará el tiempo, querría que hubiese en tan vastos estados unidad de fe, de ideas y de lengua! El imperio romano debió desplomarse, para que viviera con su vida propia cada fragmento de él; y con la monarquía española debía suceder esto mismo.

El Señor , que muda los tiempos y las edades y que transfiere y constituye los reinos (Daniel 2, 21), suscitó varones esforzados que proclamasen el principio de la emancipación. Toda la América, todos los hijos de España se movieron a un tiempo en su regazo, donde traían una situación contraria ya a la naturaleza y al libre juego de sus miembros.

El primer sacudimiento de desperezo estremeció dolorosamente el seno de la madre. Lucho para detenerlos: lucharon ellos con todas sus fuerzas por su parte; y, lastimados y dejándola lastimada, fueron saltando en medio del mundo, robustos, ágiles y hermosos. Más fuertemente asido que los otros, al fin ayudado de ellos, y conduciendo de la mano a Bolivia, saltó el Perú también y, enjugándose el sudor del combate en Ayacucho, fue saludada con un aplauso universal esta nueva esperanza del mundo, que al emanciparse afianzó irrevocablemente la independencia americana [3].

Por algún tiempo quedaron madre e hijos mirándose con ceño. «¡Cruel!», parecían decirle estos, al ver todos los medios de prosperidad que habían tenido comprimidos, y parecía que ella les contestaba «¡ingratos!» viendo maravillada el vigor que les había trasmitido.

Ese tiempo ha pasado. Su Majestad Católica reconoce de un modo indirecto la justicia de nuestra independencia, y lo hará explícitamente luego de que demos los pasos que la cortesía exige. A nosotros nos toca reconocer también cuanto debemos a esa nación de quien recibimos nuestra actual existencia; a esa nación desgraciada como nosotros, pero que encierra los mismos elementos de grandeza que la hicieron en otro tiempo árbitra de la Europa: a esa nación valiente, honrada, religiosa, noble tipo de la humanidad.

¡Os adoramos, Señor!, por habernos dado tan ilustre madre; por haber preparado y ayudado el ánimo sobrehumano de los que trajeron al Perú el beneficio celestial de la civilización católica, y el de los que en este día y a esta hora en el año de 1821, proclamando la independencia, consumaron la obra divina de la formación del nuevo Estado. Os adoramos, porque lo habéis hecho todo; porque vos, Dios mío, sois quien habéis creado, educado y emancipado al Perú. Libradnos de pensar en emanciparnos de vos.

El Perú, libre de la autoridad española, permanece siervo del Señor, y solo en esta servidumbre puede hallar la verdadera libertad. Considerémoslo despacio.

II. Siervo mío eres tú, Israel: no te olvides de mí.

Cuando al entrar el Perú en la libre administración del pingüe patrimonio que le concedió el Señor, debió postrarse ante él, en testimonio de su gratitud y dependencia, tuvo la desgracia de ser presa de las preocupaciones ruinosas, de los errores impíos y antisociales que difundió la revolución francesa, a quien como a la bestia del Apocalipsis «dio el Dragón su poder y su fuerza, y se desató en blasfemias contra Dios y tuvo poder sobre toda tribu y pueblo y lengua» (Apoc. 13, 2-6).

Este discurso mismo habría sido entonces un discurso laborioso, porque se habría dicho que la religión no respetaba al Estado. Como si los hombres que se reúnen en número bastante para llamarse Estado adquirieran el triste privilegio de no oír la verdad nunca; como si la religión santa de Jesús pudiera hacer la apoteosis del crimen cuando no proviene de la perversidad de uno, sino de la enorme perversidad de muchos; como si en fin el Señor no fuera Dios también de los Estados.

Gracias a Él, esos errores van pasando; y ¡oh, Providencia adorable! del seno de Alemania, donde brotaron el siglo XVI los delirios que engendraron en Francia el monstruo asesino de su rey, Francia misma ha sacado y derrama por todo el mundo una filosofía, que, si bien no tiene todo el vigor irresistible que solo se halla en la religión revelada, persigue y hiere en todas partes al enemigo que salió de su seno. La filosofía, lo sabéis señores, vuelve de prisa hacia el catolicismo y va abrazando de una en una sus verdades. ¿Qué impresión os harían a vosotros, que sois lo más ilustrado del Perú, y que venís a manifestar al Señor en su templo, que conserváis la fe y la lealtad religiosa de vuestros padres, los extraños caprichos que un excelente corazón estragado por la melancolía de la soberbia proclamó el siglo pasado, y de que la razón universal se avergüenza ahora? ¿Quién de vosotros podría soportar al ciego, que pretendiera destruir los principios de la ciencia eterna e inmutable, sin poseer siquiera la ciencia del día en que vive? [4].

Pero ¡cuánto ha sufrido la nación y cuanto le resta tal vez por sufrir, mientras se cura enteramente de la enfermedad con que se vio contagiada en la lozanía de su juventud! Separada de la monarquía de que era parte; sin sujeción a ninguna autoridad extraña, se llamó, y bien, soberana, según el uso común de la palabra. Habiendo, como hay, una oposición necesaria entre los efectos de la fuerza y los del derecho de mandar, no podía reconocer autoridad legítima, sino en aquellos a quienes se hubiese sujetado, por un acto de libre sumisión, para cumplir la ley divina que lo dispone así. También en este sentido, aunque impropio, pudo llamarse soberana. Esta especie de soberanía la reveló Nuestro Señor Jesucristo: la difundió por medio de los Apóstoles y, con la pluma de Santo Tomas, la presentó luminosa a los hombres cuando parecía que todos la habían olvidado.

Feliz el Perú, si al declararse libre de la fuerza, hubiera tenido presente la enseñanza del Apóstol: «libertados del pecado os habéis hecho siervos de la justicia» (Rom. 6, 18). Pero se le hizo creer que la autoridad pública era invención suya; que podía desobedecerla y destruirla cuando le pluguiese; que su voluntad era su ley; y, si no se le anuncio en términos formales que era independiente de Dios, se arregló su conducta práctica a este principio absurdo y espantoso.

Se autorizó de este modo la tiranía en las leyes: la rebelión en los particulares, y en los gobiernos la violencia que han necesitado emplear para vencer la fuerza que sin cesar los empujaba. Y las revoluciones se han sucedido, bajo diferentes pretextos unas a otras, y con ellas las inquietudes, los delitos y las desgracias. Los campos y todas las fuentes de bienestar la naturaleza entera se ha quejado del hombre, como asombrada de que él solo la perturbase en este feliz clima, lejos de prestarle su ayuda [5].

Oye, pueblo peruano, una parábola. Un poderoso se separó de sus tierras para ir a recibir un reino. Antes de separarse llamo a sus siervos y dio a cada uno una moneda; y les dijo: «traficad mientras vuelvo», y partió. Y los que le aborrecían le enviaron esta embajada: «no queremos que reines sobre nosotros». Y cuando volvió, después de haber recibido el reino, mando llamar a los siervos para averiguar lo que había negociado cada uno. Al que con una moneda había ganado diez monedas le dio potestad sobre diez ciudades y le llamo siervo bueno y fiel. Y al que había ganado cinco monedas le dio potestad sobre cinco ciudades. Mas cuando se le acercó uno que nada había ganado, dijo a los que estaban allí: «quitadle la moneda y dádsela al que tiene diez monedas». Y ellos le dijeron: «Señor, tiene diez monedas». «Pues yo os digo», contestó, «que a todo el que tuviere se le dará y tendrá más: y al que no tiene se le quitara aun lo que tiene. Y a esos enemigos míos que no quisieron que reinase sobre ellos traédmelos acá y matadlos delante de mí» (Lucas 19, 12 y siguientes). Sin comentario, aunque no sin estremecimiento, presento, pueblo, a tu contemplación esta parábola. Es del que dijo: «el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Marcos 13, 31).

¿Qué buscamos, señores? ¿Libertad? ¿La verdadera libertad? ¡Oh!, este es un deseo santo. El primer Pontífice nos da una lección importantísima, dictada por el Divino Espíritu, para que lo realicemos. «Someteos, y esto por Dios, al gobierno; porque así es la voluntad de Dios, que os portéis como libres; y no teniendo la libertad de velo para cubrir la malicia, más como siervos de Dios. Temed a Dios: honrad la suprema autoridad política» (1 Pedro 2, 13, 15, 16). Así asegura San Pedro la ventura pública en la libertad, y la libertad en la obediencia.

Los hombres son libres. Sí, lo son. Son libres porque están autorizados por Dios para atravesar, luchando con sus propias pasiones y con las ajenas y venciendo unas y otras, la senda que su dedo les ha trazado. Son libres, porque ninguna voluntad, ninguna suma de voluntades tiene derecho de dominarlos. Hay, pues, esclavitud cuando nos dominan nuestras pasiones u otras pasiones, nuestros caprichos u otros caprichos, mayormente si son los opresores, los insoportables caprichos de muchos en vez de la verdad eterna, de la razón de Dios, quien ejerce sobre sus criaturas un imperio suave y natural.

Pero como es una parte de esta verdad, una ley de Dios, que exista autoridad suprema en el Estado, obedeciéndola, dentro de los límites de lo justo, solo obedecemos a Dios: somos libres. He aquí el profundo sentido en que el libertador de la humanidad, con su lenguaje siempre sencillo y lleno del énfasis de Dios, nos dice: «si permaneciereis en mi palabra, seréis de veras mis discípulos: y conoceréis la verdad, y la verdad os libertará. Si el hijo os ha libertado, sois sin duda libres» (Juan 8, 32). Este es el principio santo de la libertad humana que trajo Jesucristo. Esta es «la luz que brilló en las tinieblas, y que las tinieblas no comprendieron» (Juan 1, 5) [6].

Se buscó la libertad en el desorden de la revolución, cuando Dios la ha establecido en la obediencia; y se cayó en la esclavitud. Se quiso reconocer soberanía absoluta en la voluntad de los hombres, cuando Dios había dicho que Él solo es el Señor, y resultó un ídolo vano. «Todos los forjadores de ídolos son nada, y las cosas que más aman no les aprovecharan. Ellos mismos, para confusión, suya son testigos» (Jeremías 44, 9).

Los ídolos de que habla aquí Jeremías escapan del fuego porque son trabajados con la leña que sobra en el hogar, pero este otro ídolo es adorado para arrojarlo al fuego, sin que su falsa divinidad pueda levantarlo de las llamas.

El pueblo no puede libertarse de las desventuras en que lo precipitan sus más crueles enemigos: sus aduladores. No puede establecerse la paz y la armonía social sin una autoridad que obligue al ciudadano en lo íntimo de su conciencia, de la que se sienta realmente súbdito y de quien tenga una dependencia necesaria; y esta autoridad es solo la de Dios, soberano del universo.

En el hombre solo se puede respetar, pues, la autoridad que emane de Dios, como emana sin duda la de los jueces, la de los legisladores, la del jefe de cada Estado. Suponiéndola emanada del pueblo, cada enemigo de Dios, quiero decir, del sosiego público, ha podido invocar el nombre del pueblo para derrocar al gobierno y el poder de las leyes; y para que la miseria, la ruina y la afrenta hayan caído sobre este desdichado pueblo. «Acuérdate de estas cosas Israel, porque siervo mío eres tú» (Isaías 44, 21).

Yo te he formado. Te he regalado y embellecido con los más ricos dones de la Creación. Tus montes son de oro y mi mano ha bendecido tus llanos. Yo te he traído a los goces sociales con la índole apacible de que te he dotado. Te di vigor con la raza española que introduje en tu seno. Ennoblecí y perfeccioné tu corazón con la verdad católica. Y en fin te he constituido Estado independiente. ¡Perú!, sé de una vez libre y feliz.

Deja el necio pensamiento de seguir tus antojos. Estudia mi voluntad en el Evangelio, en tu razón, en tus necesidades, y repele a los malvados que te digan que «no es mi voluntad tu soberana para esclavizarte ellos a su corrompida voluntad».

El gobierno que te he dado te conduce con paternal fatiga, como a un convaleciente que tiene mil deseos vagos que no puede él mismo determinar, y cuyo alterado paladar no siente el sabor del bien. Obedécele. Obedece a las autoridades constituidas, y tiemblen ellas de no obedecerme a mí; de no respetar cada una los linderos que la separan de las otras; y de emplear en daño de la Patria el poder que han recibido para bien de ella; porque su derecho termina y su peligro comienza donde comienza su rebelión y su injusticia.

Mira, Perú; mira el alto destino a que te llamo. Al débil alcance de tu ojo es una lejana constelación que te deslumbra; y si quieres examinar algún punto de ella, se te pierde en el azul misterioso de los cielos. Pero trabaja, emplea los medios que he colocado en tu seno para que hagas mi voluntad, y tú serás lo que yo revelaré a los siglos. «Yo te he formado siervo mío eres tú, Israel: no te olvides de mi».

Notas al sermón

[1] — Basta tener ojos para saber que el Perú de ahora no es el de los incas. Las razas que España trajo a habitar en este suelo han formado con la indígena un pueblo nuevo enteramente. Todos sentimos, como miembros del cuerpo social creado por los españoles y animado por el espíritu español, que su ser, sus necesidades íntimas, todo en él es diverso del que gobernaron los incas; y que por consiguiente es también diverso su destino del que se consumó en aquel imperio con la muerte de él al descubrirse la América. Es tan claro esto que no merecía la pena de decirse; y con todo es necesario decirlo, porque hay quienes lo han olvidado.

No sé si fue un movimiento poético, en el que se tomaba por la nación el suelo; o si fue una de las verdaderas locuras, que no escasearon en la época de la emancipación. El hecho es que se proclamó la independencia del Perú o la reconquista del Imperio de los Incas como una misma cosa. Y tan de buena fe creyeron esto muchos españoles peruanos, que hasta hoy están persuadidos de que pertenecen al Imperio de los Incas; de que son indios; y de que los españoles europeos los conquistaron y les hicieron grandes daños.

Los indios no se hallaban en estado de tomar parte activa e inteligente en esa revolución. Mas si hubieran podido tomarla; si hubieran acogido la absurda idea de que recobrase su independencia el Imperio de los Incas, y esto positiva y completamente; si hubieran creído más sus sensaciones que las palabras de los insensatos de otras razas que se llamaban hijos del sol; si en medio del furor revolucionario hubieran envuelto en el mismo odio a los españoles de todo tiempo y de cualquier lugar aunque fuese el Perú, y a todo lo que no era perfectamente indígena, ¿no habría tenido el Perú la suerte que le preparaba Túpac Amaru? Los hombres civilizados hubieran perecido a manos de una ferocidad salvaje. Cuando muy felices hubieran sido se les habría expulsado como a los moros de España: el cristianismo habría desaparecido y, con él, todos los monumentos y todos los hábitos de cultura que bajo su influjo había formado la razón española.

Felizmente, el mismo atraso mental en que se hallaba la generalidad de los indios, y el buen sentido de los pocos que se hicieron jefes de guerrillas, los preservó de ese torpe error. Es y será siempre nuestra patria, como lo es de nuestros hermanos los indios, la que la naturaleza nos dio a todos, a pesar de que muchos debimos perderla en el momento mismo en que la emancipábamos por el falso principio que se establecía.

Si las exageraciones y las falsas ideas podían ser hasta cierto punto excusables entonces por el violento sacudimiento que experimentaban los espíritus, ahora es tiempo ya de conocer que el Imperio de los Incas desapareció hace tres siglos; que el pueblo que existe en el territorio que no se ha desmembrado de aquel imperio es un nuevo Perú, el Perú español y cristiano no conquistado sino creado por la conquista; y que, lejos de tener motivo de queja por aquel hecho inmortal de los españoles del siglo XVI, debemos a estos la gratitud y la veneración que los hijos, sean cuales fueren las faltas de sus padres, no pueden negarles sin pasar por desnaturalizados y horrorizar al universo.

[2] — Es cierto que la conquista se ve, tiempo ha, como reprobada por el derecho, aunque en la práctica el principio no tenga aplicación muy fiel. Es cierto también que los conquistadores cometieron atentados en el Imperio de los Incas que, aunque no era, repitámoslo, nuestra patria, no pueden aprobarse. Mas por lo que hace a la conquista, la historia no presenta, entre las naciones poderosas de la antigüedad, una sola que no haya conquistado y que no haya debido su engrandecimiento a la conquista. Todas las grandes potencias que figuran hoy en el mundo deben su ser a la conquista. El Imperio mismo de los Incas se formó por la conquista. ¿Qué extraño es que la conquista lo destruyese, o más bien lo hiciese servir de elemento para la formación de un pueblo nuevo y cristiano?

La conquista de los infieles se creía comúnmente lícita cuando se hizo la del dicho Imperio de los Incas, porque, lejos siempre de pensar en comunicar la fe cristiana, como la de Mahoma, con el sable, no se veía inconveniente en quitar la soberanía a los gobiernos que embarazaban el desarrollo moral y religioso de sus súbditos. ¿Qué tiene de monstruosa la conquista bajo el imperio de aquella opinión que, verdadera o falsa, era la dominante?

Ahora que el derecho de gentes tiene todo el rigor de la forma científica, mientras que en aquel tiempo no había sobre el más que dictados sueltos del sentido común, ¿no se está casi para admitir como principio que el comercio es un derecho perfecto; que no es licito a los gobiernos impedirlo; y que se puede emplear la fuerza para que lo respeten? Si no se usa de estos términos para expresar la idea, resalta ella sin embargo en la conducta internacional y da margen a considerables atentados. Con todo, nadie se asombra de ellos: se ven como efectos naturales de la robustez al lado de lo endeble, y se celebra su influjo en el progreso del género humano.

Este sistema sirve como sirvió el de la conquista, sean cuales fueren las miras humanas y en medio de los abusos que traen consigo una y otro, al designio constante de Dios, claramente explicado por N. S. Jesucristo: la unidad del género humano. Ambos han cristianizado, y el segundo sigue cristianizando al universo. Aunque no se haya logrado todavía perfecta conformidad de fe entre los pueblos que la conquista y el comercio han traído al cristianismo más o menos completo, tienen entre sí vínculos mucho más estrechos que antes de llamarse cristianos. Y acá en el fondo del corazón mantenemos todos los bautizados la esperanza de que las diferentes ramas que han extendido del cristianismo volverán a incorporarse en el tronco primitivo para formar un solo cuerpo como es uno Jesucristo, una la verdad, y una la caridad que Él nos trajo.

Desnudándonos ahora por un momento del amor a lo contemporáneo, y juzgando desapasionadamente las violencias del comercio y las de la conquista, ¿no es verdad que si las primeras hacen menos estragos, es también mucho menor el denuedo que se necesita para bombardear a salva mano, desde buques bien defendidos, poblaciones inermes, que el de los conquistadores, que se lanzaban en medio de los pueblos a luchar con fuerzas que no podían calcular? ¿Y no era más noble, y no era servir de una manera más racional y moral a la Providencia, proponerse por fin claro y directo la propagación de la verdad cristiana, o de la civilización, al emplear la fuerza, y tener por vergonzoso y esconder cualquiera otro fin, que usar del mismo medio para ganar un mercado?

No digo yo que los conquistadores de América no desearan el oro. Lo deseaban y no podía dejar de ser, pero sabían que mucho más arriba del oro hay una esfera en que el hombre se engrandece sirviendo a Dios y a la humanidad. Deseaban gloria y deseaban propagar la religión que, en medio de la flaqueza de la pobre humanidad, amaba con ardor España. A Felipe II se aconsejaba que abandonase las Filipinas porque ocasionaban grandes gastos, sin dejar provecho a la corona, y su respuesta fue: «¿hay hombres bautizados e iglesias edificadas? Pues no permita Dios que falte a la obligación de amparar y llevar esto adelante, aunque en ello se gaste todo lo que rindan mis demás reinos». Sean cuales fueren las faltas de aquel rey, a quien no trato de justificar aquí, no se puede dejar de reconocer la elevación de su respuesta.

Contraigámonos a la injuria inferida por la conquista. ¿A quién se infirió? ¿A Huáscar? Huáscar murió durante la guerra con su hermano, de quien fue víctima. ¿A Atahualpa? Atahualpa no tenía derecho a la soberanía: la nación lo veía como un usurpador, como un rebelde. ¿A la familia de los Incas? Parece que sí. ¿Pero no es verdad que los Estados no son patrimonio de la familia real? Muy pequeña sería pues la injuria si la hubo.

Lo más serio es la violencia del pueblo. He dicho sobre esto ya lo suficiente. Añadiré con todo una reflexión. ¿Nuestra republica tendría escrúpulo en dominar por medio de las armas a los habitantes de la montaña? ¿No se ha pensado en esto mil veces, como en una medida civilizadora de esos infelices, e importantísima para nuestro engrandecimiento? Se dirá tal vez que los indios de la montaña son bárbaros, y que no lo era el pueblo de los Incas. Respondo que el pueblo de los Incas era culto respecto de los araucanos, pero bárbaro respecto de España. Así como los indios de la montaña que hayan fugado de las reducciones de los misioneros serán cultos respecto de los demás, pero para nosotros son tan salvajes como ellos.

Puede decirse también que estas son tribus y aquella era una nación. Pero toda la diferencia que nace de aquí es que el pueblo de los Incas tenía más fuerza, y la fuerza nada añade al derecho, que es de lo que se trata. El derecho es tan sagrado en una nación como en una tribu y como en un hombre, porque no viene de la fuerza, sino de la naturaleza humana, de la razón absoluta; y recibe su sanción de Dios, no del número de voluntades que se juntan.

No hay que buscar diferencias entre la conquista del pueblo de los Incas y la de la montaña. Se debe, sí, observar que estaría muy fuera del orden natural de las cosas que un hombre civilizado, fuerte y amante de la verdad, se quedase delante de un salvaje con los brazos cruzados, sin sentirse movido a dominarlo e ilustrarlo. Este instinto de dominación y de proselitismo, justo y necesario hasta cierto punto, sirve a las miras de la Providencia, y le sirvió en la conquista: acontecimiento que no se comprenderá mientras permanezcamos esclavos de los errores que nos dejaron los hombres del año 1821, y no meditemos profundamente en él a fin de descubrir lo que tiene de providencial, grande y ventajoso, no solo para nosotros que le debemos esta patria, sino para el género humano.

Contrayéndonos a los excesos personales de los conquistadores, ¿quién puede negarlos? Mas no fueron enviados a eso. Que se tratase muy bien y amorosamente a los indios: que se les viese con amor y dulzura y no se consintiese que nadie les infiriese agravio: que se les hiciesen buenas obras y se les alagase como a cristianos y prójimos: tales fueron literalmente las instrucciones dadas por los reyes de España.

Estos encargos paternales del Gobierno no pudieron impedir que se desencadenaran las pasiones, lo cual nada tiene de extraordinario porque es efecto natural del estado de guerra. Un siglo después de la conquista, contempló Saavedra las atrocidades de las guerras que actualmente se hacían en Alemania, Borgoña, etcétera, y de ellas tomó los negros colores con que traza ese cuadro célebre y horrible en que se ven después del triunfo las pistolas y las espadas probándose en pechos de hombres como en troncos; los vientres humanos abiertos para servir de pesebre a los caballos; los perros ventores sacando de las selvas a los fugitivos; los hombres ardiendo en hornos encendidos para que descubriesen las riquezas; y el pudor de las castas vírgenes y esposas torpemente ultrajado a la vista de los padres y de los maridos. De esta tragedia inhumana, dice el mismo autor, no debe acusarse a ninguna nación en particular pues casi todas intervinieron en ella.

Y si reinos, entre quienes había tantas y tan antiguas relaciones, pudieron ofenderse así, ¿qué mucho es que los conquistadores ejerciesen crueldades en pueblos que acababan de descubrir, cuya fisonomía y cuyos hábitos se diferenciaban tanto de los de ellos, y con los que tan pocas simpatías los ligaban?

Otra reflexión debe hacerse para no atribuir más malicia de la que tienen en realidad a esos extravíos deplorables, cometidos con los antiguos habitantes de este suelo al fundarse en él nuestra patria. ¡Qué sorpresa, qué rapto no experimentarían esos espíritus en medio de las falsas ideas con que asociaban la del derecho de conquista cuando vieron los tesoros del Perú, acumulados por siglos y depositados en manos de los indígenas! ¿La avidez, la perturbación mental les dejarían sosiego bastante para no herir esas manos por mansas que fuesen, al tomar posesión de las riquezas que tenían asidas y que ellos creían pertenecerles? ¿Qué es una mina, qué es una veta de metal respecto de la plata y el oro de los Incas? Y vemos que cada mina, y aun cada veta que se descubre en nuestros días, ocasiona homicidios y todo género de delitos. Las faltas de los conquistadores, que no hay por qué imputar al gobierno español, pronto siempre a remediarlas, fueron pues las que cualesquiera hombres, mejor educados que ellos, habrían cometido en su lugar: son faltas comunes.

La obra que consumaron entre estas naturales imperfecciones es lo no común: es la más grandes obra que el Altísimo haya hecho con la mano del hombre. Acometer a la naturaleza en mares desconocidos y en regiones donde su poder formidable anonadaba el corazón más intrépido; vencerla y sacar del combate por trofeo un mundo que hacía millares de siglos se había perdido con una porción numerosa de la humanidad; anudar el roto lazo del amor entre estos hombres y sus hermanos del mundo antiguo; infundir el cristianismo, el fuego de la vida, en millones de moribundas almas; ensanchar millares de leguas la esfera material de la inteligencia humana. Si ante la magnificencia sublime de este cuadro hay corazón capaz de ponerse a descubrir los lunares, que no pueden faltar a nada de aquello en que interviene el hombre, ese corazón infeliz debe esconder de la vista del género humano su monstruosa carencia de sentimientos.

[3] — Si vivieran aún los conquistadores y fuera posible reunirlos con los que proclamaron la independencia para presenciar sus altercados, sería curioso oír a cada bando celebrar sus hechos y maldecir los del contrario; atribuir los unos cuanto hay de bueno en el Perú a la conquista; los otros, a la independencia; horrorizarse los primeros de los estragos de la guerra de la independencia, y del número de indios sacrificados en ella y en la anarquía que la ha seguido; y estos de los estragos de la conquista y de los indios que perecieron en las disensiones de los almagros y pizarros; y al fin se separarían, después de prodigarse mil dicterios, con el cerebro henchido de errores y el corazón, de saña. Si vivieran mil años más y al cabo de ellos se juntaran de nuevo, se repetiría la misma escena porque el común de los hombres que la Providencia destina a cambiar el estado de un pueblo, presentándoles con irresistible claridad la parte del bien que tiene decretado realicen, o no ven más de ordinario que esa parte pequeña exclusivamente y caen en incurable monomanía, en virtud de la cual cuanto conduce a su fin o tiene relación con él, les parece lícito y bello, y todo lo demás malo y aborrecible. Y en esta limitación de miras, en esta renuncia de la razón es en lo que se apartan del orden de la Providencia que quiere que la sirva el hombre, no como arma de fuego, sino con la energía vigorosa y respetable del ser dotado de razón y conciencia.

Nosotros, los que no intervenimos en esos memorables sucesos y que gozamos de los bienes que han producido, somos más a propósito para juzgarlos, que los que fueron actores en ellos, salvo una que otra muy honrosa excepción. No somos indiferentes, pero estamos libres de las exaltadas pasiones de esos tiempos, y podemos en calma conocer que el Perú de hoy debe su nueva población, su cristianismo, su existencia entera a los españoles; y las ventajas de la emancipación, a los que la proclamaron y alcanzaron. No podemos dejar de amar a unos y a otros como a nuestros padres y así los presento en el texto.

No fundo la independencia en la usurpación ni en la tiranía que los hombres del año 1821 echaban en cara a los españoles europeos, porque un bien de tanta magnitud no puede descansar sobre meras palabras.

El único hecho sensible que el derecho político y el derecho de gentes conocen como prueba satisfactoria de la legitimidad de los gobiernos es la obediencia pacífica de los súbditos, y la obediencia de las provincias españolas de América al gobierno de Madrid fue por tres siglos sosegada e inalterable. Fue completamente espontánea, porque el fijo y los alabarderos eran formados de unos pocos hombres con traje militar para honrar a la persona del virrey, pero hubiera sido ridículo considerarlos como cuerpos verdaderamente militares, capaces de oprimir a la más miserable población.

Siempre que en alguna angustia la Monarquía solicitó al gobierno los auxilios de sus súbditos americanos recibió patentes testimonios de la decidida fidelidad de estos. Prescindiendo de innumerables hechos, existen muchas personas que presenciaron el entusiasmo con que todas las clases de la sociedad, inclusos los jornaleros, hicieron erogaciones cuantiosas a proporción de la fortuna de cada individuo para facilitar la libertad del rey prisionero en Bayona. Y nada hay de extraño en esta conducta. Formábamos una parte de la gran nación que gobernaba el rey de España e Indias. Era preciso pues que no conociésemos el patriotismo, para no amar a esa nación que era nuestra patria, ni a ese gobierno que era nuestro gobierno.

La legitimidad del gobierno español, se ha dicho, proviene de la conquista, usurpación que nunca puede legitimarse. Si el que piensa así es blanco, mestizo, mulato, en fin, de cualquiera raza que no sea la que poblaba el Perú antes de la conquista, debe convenir en que no tiene patria, porque la conquista es quien lo trajo aquí. Pero algo más puede oponerse a ese extraño pensamiento.

En primer lugar, el Perú que se conquistó fue el de 1525 y el que se emancipó fue el que España formo lentamente en los tres siglos posteriores y que obedecía por, su voluntad, inclusos los indios, al gobierno de la Península. En esta obediencia, no en la conquista, se fundaba, según el principio sentado, la legitimidad de aquel gobierno.

En segundo lugar, admitiendo que es usurpador el gobierno, donde quiera que la conquista haya formado la nación, sería preciso admitir que son usurpadores todos los gobiernos del mundo; y que es usurpador el gobierno del Perú, porque no mandaría estos pueblos si no los hubieran conquistado los incas primero y después los españoles. Para destruir toda usurpación se debía establecer una república independiente en el territorio del Chimú, otra en Lima, otra en Cañete, etcétera. Tales son los absurdos que habría tenido que conceder, si hubiera dado yo a la independencia el falso fundamento de usurpación e ilegitimidad del antiguo gobierno.

Tampoco pude fundarla en la tiranía de que se ha acusado a aquel gobierno. La tiranía, si la hubo, estaría en la forma política establecida, pero un sistema de tiranía especial para la parte americana no existió jamás. Las trabas del comercio marítimo y otras disposiciones mezquinas nacían de errores que dirigían la práctica colonial de toda la Europa y perjudicaban a la misma metrópoli. Hoy tenemos todavía leyes restrictivas y hombres de cuyo patriotismo no hay por qué dudar piden que se aumenten. Esto no es tiranía: es solo desacierto, y desacierto excusable por no estar bien divulgados conocimientos que en España tampoco lo estaban.

Si comparamos la conducta del gobierno Español en América con la que siguieron con sus colonias otros reinos, se verá qué razón tiene Muriel para decir que «España fue más liberal que otros pueblos de Europa en sus concesiones a las colonias»; y para añadir citando a Humboldt que «los reyes de España han considerado estas posesiones lejanas, más bien como partes integrantes de su monarquía y provincias dependientes de Castilla que como colonias, en el sentido que desde el siglo XV aplican a esta voz los pueblos comerciantes de Europa».

No sé con exactitud hasta dónde se velaría de hecho sobre la enseñanza pública. Lo que sé es que el gobierno español fundo todos los colegios que hoy poseemos; que ciencias que no se hallaban en el plan de estudios del Seminario de nobles de Madrid se cultivaban en el colegio de San Carlos; y que no hubo tal tiranía de la inteligencia.

Nada diré sobre la tiranía de los indios, porque ¿qué serenidad para discurrir puede dejar el asombro que causan los que, burlándose de la ley y de las autoridades contra quienes se revelan todos los días, vejan, roban y matan a esos desventurados indios; y luego se llaman sus libertadores y acusan de tiránico al gobierno paternal que los rodeó de privilegios de los que no gozaba ninguno de sus otros súbditos? ¡Que injusticia! ¡Y que escarnio de la humanidad!

La ilegitimidad del antiguo gobierno es un monstruoso error. Su tiranía sobre América es una impostura. En fin, su forma absoluta, respecto de toda la monarquía, autorizaba a establecer la forma constitucional, como se estaba procurando establecer cuando nos emancipamos, y como se ha establecido al fin en España. Pero a la independencia no. ¿Y había yo de fundar la independencia, este derecho primitivo que abraza todos los que goza la nación, en tan falso y deleznable cimiento? ¿Había de señalar como origen de un don de Dios los desconcertados pensamientos que las pasiones revolucionarias abortaron?

Me parece que procedí mejor buscando en la naturaleza la voluntad de Dios; y, en esta fuente única de los derechos, el origen de nuestro derecho de independencia. Fundar la independencia en la voluntad de Dios y presentar como prueba de la voluntad de Dios el conjunto de medios, que fue desarrollando por medio de España en el Perú para que pudiese realizar este un fin especial y propio, es, lo confieso, apartarse mucho de la común manera que había hace veinte años de tratar el asunto. Pero es también elevar la independencia de la clase de mero capricho a la de derecho: es darle un carácter sagrado e inviolable.

¿Qué más me tocaba hacer? Combatir la doctrina de Jesús que manda amar hasta a los enemigos, y en lugar de ella predicar la doctrina retrógrada del odio, y no de un odio cualquiera, sino de un odio brutal, espantoso, inexcusable, del odio a nuestros padres, hubiera sido renegar del cristianismo delante de Cristo y del pueblo cristiano y convertirme en sacerdote de Lucifer.

Parece natural que andando los siglos el Perú se divida en varios estados independientes. ¿Y será justo que aborrezcan al Perú, en cuyo seno van adquiriendo la robustez que los habrá puesto entonces en estado de emanciparse? ¿Qué aborrezcan al Cusco porque de allí salieron los primeros conquistadores de los antiguos indios? ¿O a Lima porque fue capital de los que conquistaron todo lo conquistado por los incas, y porque lo será del gobierno con quien lucharan para emanciparse? Si hay cuatro insensatos apóstoles de ese odio, no lograran propagarlo en los pueblos; ni habrá, debemos esperarlo, sacerdote tan desgraciado, que renuncie a la santa libertad con que debe presentar a los hombres los deberes contenidos en la ley de amor y gracia para hacerlos esclavos de estupidez y de perversidad tan groseras.

[4] — No tengo para qué detenerme en describir los estragos producidos en el país, en cada familia y en cada corazón por la filosofía, o, para no degradar esta palabra, por el desorden de las ideas falsas e irreligiosas, que habiendo ejercido ampliamente en Francia su funesto poder de destruir, vinieron a ejercerlo con más vigor y más facilidad en América. Hoy felizmente no hay joven estudiante que no se burle de la burla que en su jerga materialista hacía la ciencia vieja de la que era incapaz de entender. Porque todo el saber de América viene de Francia, como vinieron por desgracia esos errores; y en Francia del mismo modo que en el resto del mundo científico han desaparecido enteramente.

Desde Royer-Collard, patriarca de la nueva filosofía y defensor constante de la libertad, el cual combatió, venció y dejo sin vida a la ciencia filosófica del siglo pasado; o si se quiere desde Cousin su discípulo, que importó la ciencia de Alemania, fundó el eclecticismo, y fue el que organizó la nueva escuela, todos los célebres profesores de que tengo noticia, Jouffroy, Damiron, Guizot, hasta los autores del último manual publicado este año que ha llegado a mis manos, Jacques, Simon y Saisset, trabajan ardientemente y con la más profunda convicción por establecer en metafísica el principio de la verdad absoluta y, como consecuencia de esto, en ética el de la ley derivada del destino del hombre, soberana del amor a lo útil y de cuantas propensiones tiene la voluntad; en política y en los demás ramos del derecho, el principio de la eterna justicia; y en teodicea, el principio vivificador de toda la doctrina el principio religioso.

Así como Dios se sirvió de la filosofía de Platón para hacer ver la afinidad de la razón con la verdad evangélica que venía a levantar al hombre de la sensualidad pagana; ahora, para el renacimiento del cristianismo en aquellos que cayeron en gentilidad más torpe que la antigua, se vale con el mismo designio de la filosofía espiritualista o racional y presta de este modo al sacerdocio un auxilio que no sale del orden de la naturaleza, a más del de los ilustres teólogos que tanto han hecho, y que de propósito no he mencionado porque son el cristianismo hablando en su favor. No puede decirse lo mismo de esa filosofía. No es ella cristiana en realidad. Es la razón abandonada a sí misma, demostrando la falsedad de lo que en la época de la independencia se llamaba ciencia, y el embrutecimiento y la desgracia a que conduce. Y refutando la impiedad horrible del demonio del siglo XVIII, quiero decir de Voltaire, y las simplezas que se escaparon al malogrado talento de Rousseau.

La razón orgullosa de los racionalistas reconocerá al fin la revelación externa, a quien debe sin duda las importantes verdades que tan victoriosamente demuestra. «Ha llegado el momento», dice Schlegel en su Historia de la Literatura, en que, «mientras la falsa ciencia perece en su propia nulidad, la verdadera, penetrada del espíritu de la religión, se reconciliará con esta de un modo durable y servirá para su mayor glorificación».

[5] — Detesto de corazón el absolutismo como lo detesta la Iglesia, y veo en él una doctrina herética e impía. Por lo mismo, después de reconocer la soberanía de la nación en el sentido internacional, esto es, en el de independencia; después de reconocerla también en el sentido de que ninguna autoridad tiene derecho de gobernar a la nación sin su consentimiento, niego y condeno el absolutismo que en nombre del pueblo se quiere ejercer sobre el pueblo.

Que la soberanía en esos dos sentidos viene de Dios es una verdad incuestionable. Lo ha sido también siempre que el derecho de mandar, o soberanía en el más propio sentido de la palabra, viene de Dios; porque Dios es la fuente de todo derecho, y porque, siendo el único soberano de los hombres, nadie puede tener autoridad legítima, si no la recibe de Dios. Esta verdad es para la Iglesia un dogma fundado en la Escritura Santa. Por no alargar mucho esta nota, solo citare dos, entre las muchas aserciones que el Espíritu Santo hace de ella. «Oíd, reyes y entended. Porque de Dios os ha sido dado el poder y del Altísimo la fuerza, el cual examinara vuestras obras. Porque siendo ministros de su reino no juzgasteis con rectitud» (Sap. 6, 2 y siguientes). «Esté sujeto todo hombre a las potestades superiores. Porque no hay potestad sino de Dios, y las que hay son ordenadas por Dios. Por lo cual el que resiste a la potestad, resiste a la ordenación de Dios. Es ministro de Dios para tu bien. Es necesario que le estéis sujetos, no solo por temor a su enojo sino también por conciencia» (Rom. 13).

Los escritores eclesiásticos, que no podían separarse de esta doctrina revelada sin separarse de la fe católica, la han enseñado en todos los siglos: desde San Ireneo, que decía: «El mismo que crea a los hombres constituye los reyes» (Lib. V c. 24) hasta Balmes, de quien son las siguientes palabras: «Considerando la doctrina del derecho divino en sus relaciones con la sociedad, es menester distinguir los dos puntos principales que encierra, primero el origen divino del poder civil, y segundo el modo como Dios comunica este poder. Lo primero pertenece al dogma: a ningún católico le es licito ponerlo en duda; lo segundo esté sujeto a cuestión» (El Protestantismo comparado con el Catolicismo c. 50).

He aquí, por último, lo que el catecismo romano, exponiendo el cuarto precepto del decálogo, encarga que los curas enseñen a sus feligreses sobre el respeto a los que ejercen la autoridad pública. «El acatamiento que les hacemos, dice, se refiere a Dios; y bin merece ser venerada por los hombres esa alta dignidad, que es imagen de la potestad divina. En esto veneramos la providencia de Dios, que les ha confiado el gobierno y se sirve de ellos como de ministros de su potestad. Lo que reverenciamos no es la perversidad o malicia que puede haber en los magistrados, sino la autoridad divina que hay en ellos».

El origen divino de la soberanía (derecho de mandar) que insinúo en esta parte del sermón, y que después declaro explícitamente, es de fe: ningún católico disputará sobre él; y mucho menos puedo creer que lo nieguen los canonistas de la escuela llamada cismontana, porque cabalmente en este principio se han fundado siempre para establecer que el Papa no tiene autoridad directa ni indirecta sobre los príncipes en asuntos temporales.

He probado que la proposición la soberanía viene de Dios es un dogma católico. Luego esta otra la soberanía no viene de Dios sino del pueblo, es una herejía que debe horrorizar al pueblo fiel. Ya sé que tal consecuencia no bastara para que se rindan a la verdad los que carecen de creencia religiosa. Se que unos se reirán de este miedo a las herejías y otros se enfurecerán. Pero ruego a la festiva necedad de los unos y al fanatismo irascible de los otros, reflexionen a lo menos que, siendo yo un sacerdote católico, no podía anunciar desde el pulpito herejías por complacerlos, en vez de la doctrina pura que aguardaba un auditorio todo felizmente católico.

Voy a usar ahora de la razón solamente.

Voy a demostrar que solo con esta doctrina se puede explicar y reconocer la legitimidad de los gobiernos; que solo ella asegura la libertad humana y que, negándola, se cae en un inevitable ateísmo.

Para que el poder público sea legítimo, para que sea verdadera soberanía, es necesario que sea un derecho, pues sin derecho en el que manda no puede haber obligación de obedecerle. Y si es derecho, ya lo indiqué, no viene sino de Dios. Supongamos que la autoridad venga de los hombres. En este caso el hombre tendrá autoridad sobre sí mismo; de otro modo, no podría comunicarla. ¿Y a quién se le ha ocurrido un desatino semejante? No se puede concebir autoridad si no se conciben dos seres: uno que tenga la autoridad y otro sujeto a ella. Afirmar, pues, que uno tiene autoridad sobre sí mismo es afirmar que uno es dos. Absurdo sobre el cual juzgará el buen sentido.

Comúnmente se dice que por ser el hombre libre se gobierna a sí mismo, y de aquí ha nacido que se crea que los pueblos tienen y pueden delegar la soberanía. El raciocinio que se forma, partiendo de ese principio, es un miserable sofisma, cuya falsedad salta a los ojos luego que se fija el sentido de las palabras.

Veamos qué quiere decir gobernarse a sí mismo. El gobierno consiste, rigorosamente hablando, en imponer a la libertad la ley a que ha de sujetarse, es decir, una regla que la razón perciba como obligatoria, y de la que no pueda el hombre separarse sin desaprobar a pesar suyo su conducta. ¿Y el hombre se ha dictado e impuesto la ley de sus acciones? No, porque ese sería el absurdo de la autoridad sobre sí mismo. Hablando pues con propiedad no se gobierna.

Pero si no se gobierna, si no se impone la ley, su entendimiento la descubre, o trabajosamente por sí solo, o de un modo más completo y seguro por la revelación cristiana. Tiene el poder de obedecer esa ley por una acción propia, o dejarse oprimir por las pasiones que lo apartan de ella. Este poder de obedecer la ley, y esta capacidad de sucumbir a la fuerza de las pasiones que es el principio de todas las acciones que podemos llamar nuestras, y que nos distingue de los brutos, tiene el nombre de libertad. La libertad, pues, no puede hacer más que obedecer o desobedecer, y ni la obediencia ni la desobediencia son actos de autoridad, de gobierno, sino de la fidelidad o rebeldía de un súbdito. La libertad no es pues soberanía. El hombre no es soberano de sí mismo.

¿Por qué absurda maravilla el pueblo, conjunto de súbditos, podrá ser soberano? Si la adición no puede comunicar a la suma una naturaleza contraria a la de los sumados, por más que se agreguen súbditos a súbditos, no se hará más, como mil veces se ha repetido, que aumentar el número: resultaran quizá millones, pero millones de súbditos. Inútil sería detenerse aún en hacer ver de un modo directo lo monstruoso que es el error de la soberanía del pueblo.

¿Y cómo podrá fundarse la legitimidad del gobierno en la voluntad del pueblo? Rousseau dijo, y mucho tiempo se ha seguido diciendo para vergüenza del entendimiento humano, que cada ciudadano ha renunciado todos sus derechos en la sociedad y ha convenido en obedecer a la voluntad de la mayoría; que esta ha querido que haya gobierno que dirija al Estado, conforme a la voluntad de ella; y que por consiguiente estamos obligados a obedecer al gobierno, en todo aquello en que no se aparte de la voluntad de la mayoría. Toda la base de nuestras obligaciones sociales, según esto, es la renuncia de los derechos, y un acto de la voluntad que ha querido obligarse a obedecer.

Pero ni los derechos pueden renunciarse, ni la voluntad obligarse por solo su querer. Los derechos son preceptos sagrados de Dios. Consérvate: es el derecho de conservación. Lo mismo puede decirse de todos los derechos. ¿Cómo concebir que se renuncien? Tampoco se concibe más fácilmente que la voluntad por si sola produzca obligaciones. Lo que quiere la voluntad, o está prohibido por la ley divina, o es indiferente, o esta mandado por la misma ley. Cuando se quiere lo prohibido, lejos de que se nos ocurra que estamos obligados, la conciencia nos dice que faltamos a nuestra obligación. Cuando se quiere lo que se ve como indiferente, no nos sentimos obligados; así nadie experimenta remordimientos por no haber ido al paseo. Cuando se quiere en fin lo que este mandado, se obedece a una obligación preexistente, pero no es uno autor de ella.

Si los contratos nos dejan obligados, es cuando nada hay ilícito en lo que prometemos; y la obligación no nace entonces de la voluntad, sino de la ley suprema que ordena la fidelidad a las promesas. Como esta ley es inmutable, la obligación subsiste, sean cuales fueren los cambios que experimente nuestra caprichosa voluntad. Un contrato, pues, en que se renuncian, según Rousseau, todos los derechos sin reserva, esto es todos los medios de cumplir la ley divina; un contrato, en que se dice que la voluntad se obliga porque quiere, es inmoral y nulo. Y es ilegitima por consiguiente la autoridad del gobierno que no alega otro título para mandar.

Es además tiránica. Porque una autoridad ilegítima es una autoridad que manda sin título; que manda sin que haya obligación de obedecerla: es pura fuerza que oprime al cuerpo y que la razón condena. Esta fuerza espantosa no tiene límites, porque no lo tienen los antojos de la voluntad que la ha creado; y porque lo único que podría limitarla sería el derecho de los súbditos que, en la teoría que señala a la voluntad como origen del poder público, se supone absolutamente renunciado.

¿Y habrá que demostrar que esta monstruosa teoría descansa, o más bien, se hunde y se pierde en la sima sin fondo del ateísmo? ¿Creer en Dios no es reconocer una autoridad suprema, un solo Señor del universo, no por antojo suyo (que hasta en Dios repugna y es blasfemia contra su perfección infinita la soberanía fundada solo en la voluntad), sino por las relaciones necesarias que hay entre el Creador y la criatura? ¿Y qué resta de esa sagrada autoridad, cuando se establece que los pueblos se gobiernan por su propio querer; que les es lícito hacer cuanto quieran? Confiésese de una vez que la soberanía de Dios que se admite respecto de los individuos queda destruida por lo que toca a la sociedad ante la soberanía absoluta de los pueblos. «¡Pásmense los cielos y crujan de espanto sus puertas!», dice el Señor. «Porque dos maldades ha cometido mi pueblo: abandonarme a mí, fuente de agua viva; y formar con sus manos aljibes, en que no hallaran la agua que buscan. En tu iniquidad y en tu apostasía misma tienes tu suplicio, para que entiendas y sepas cuan malo y amargo es haber abandonado al Señor tu Dios» (Jeremías 2, 12, 13, 19).

En el sistema católico, que es preciso admitir, si se desecha esta impía y desatentada doctrina, la autoridad viene de Dios: no de la manera que vienen de él también las enfermedades, como con necio chiste y suma ignorancia de la Santa Biblia dice Rousseau, sino de la manera que viene del todo derecho; imponiendo a los hombres la obligación de respetarle. Lejos del ateísmo; partiendo de la idea de Dios, en quien vivimos, nos movemos y somos, se comprende la naturaleza y legitimidad del poder soberano. Es una emanación de la autoridad divina incuestionablemente legítimo. Deja intacto y protege el verdadero derecho de libertad, es decir, el derecho de empelar nuestras facultades de modo que alcancen los fines con que hemos sido creados; pues solo para eso comunica Dios la soberanía. Por consiguiente, el soberano que hoye los derechos y esclavice los pueblos, obra sin autoridad: no pueden exigir obediencia jurídica.

«El reino», dice Santo Tomas, «no es para el rey, sino el rey para el reino; porque Dios ha establecido los reyes para que rijan e imperen y mantengan a cada cual en su derecho: este es el fin del gobierno. Si, por atender a su utilidad privada, hacen otra cosa, no son reyes ya sino tiranos». Si en lugar de rey se sustituye jefe del Estado, nada perderá de su firmeza este principio que abraza todas las formas de gobierno.

Así es absolutamente imposible fundar en el sistema católico la tiranía: mientras que, en el opuesto, no hay opresión, no hay angustia que no hagan sufrir al pueblo los que dicen que el pueblo quiere cuanta iniquidad quieren ellos y que el pueblo es soberano. La Providencia ha permitido que el pueblo sufra estos tormentos y esta mofa cruel, pero sus verdugos llevan sobre sí una maldición semejante a la que oprimió a los sacrílegos, que hincaban la rodilla delante de Jesucristo, llamándole por burla rey de los judíos y levantaban sobre él la caña como sobre su esclavo.

[6] — Los apóstoles fueron acusados y fue acusado el Salvador mismo de sedición, porque predicaban libertad. Predicaban libertad, pero la libertad verdadera: la libertad que el mundo no conocía entonces, ni conoce ahora; porque se llamaba libre moralmente, como se llama hoy al esclavo del vicio que su corazón escogía; y libre en la sociedad política al esclavo de las facciones. Jesús vino a destruir en los que quisiesen ser sus discípulos toda servidumbre; y el sacerdocio, a quien comunicó la autoridad que Él recibió del Padre, ha trabajado y trabajará con su asistencia hasta el fin de los siglos en esta manumisión santa que es todo el cristianismo. La libertad cristiana es la libertad del pecado y del demonio. Es el reinado de la gracia. Es el imperio completo de la razón perfectísima de Dios sobre las almas, en vez del que pretenden las pasiones humanas.

Era tan nueva esta doctrina y tan superior a las ideas comunes, que no solo los obcecados enemigos de la Iglesia naciente, sino algunos de los mismos cristianos creyeron que, según ella, los fieles no estaban sujetos a la autoridad pública. De aquí han provenido también los funestos errores, con que tantos tormentos han ocasionado a la sociedad, los que desde Wiclef han dejado a un lado la luz de la tradición para explicar como han querido el Evangelio. Mas esa inteligencia equivocada de la verdad dio a los apóstoles ocasión de exponerlo luminosamente. San Pedro en la epístola que cito en el texto dice que somos libres obedeciendo al gobierno, porque así es la voluntad de Dios; y añade que Dios quiere que así hagamos enmudecer la ignorancia de los hombres imprudentes. En el capítulo 13 de la Epístola a los Romanos se establece que la autoridad viene de Dios; que el que resiste a la autoridad resiste a lo ordenado por Dios: y el apóstol llama también al que la ejerce ministro de Dios para nuestro bien.

¿Se deducirá de aquí que debemos convertirnos en instrumentos de cuanto inicuo pensamiento se ocurra al que manda, y que la libertad cristiana no tiene sentido en política? No. La palabra divina se distingue mucho de la charla contradictoria de la revolución. Debemos obedecer a la autoridad establecida por Dios; al ministro de Dios, para no ser esclavos de los crímenes de los demagogos, y porque somos súbditos naturales de Dios y solo de Dios. Pero cuando el que ejerce la autoridad, el ministerio divino, se olvida de él, le contradice; quiere que nuestra libertad sirva a sus vicios y que violemos las leyes divinas, entonces debemos resistir, no a la autoridad que no existe ya, porque ya no es divina, sino a la corrupción del hombre que pretende esclavizarnos. Entonces se responde: «soy libre: no vivo para hacer la voluntad de los hombres sino la de Dios». Es menester que obedezca a Dios más bien que a los hombres (Hechos 5, 29).

Y para que no se diga que doy un sentido arbitrario (Dios me preserve de ello) a la doctrina apostólica, sin embargo, de ser tan explicita, copiaré el comentario que hace San Anselmo del pasaje citado de San Pablo. Toda alma esté sujeta a las más altas potestades. Porque no hay potestad sino de Dios: y las que hay son ordenadas por Dios; y los que resisten se atraen ellos mismos su condenación.

Responde ahora (el apóstol) a los que, habiéndose convertido a la fe, rehusaban sujetarse a las autoridades. Y enfrena esta soberbia diciendo: toda alma, esto es, todo hombre este humildemente sujeto a las potestades más altas que el: es decir, todo hombre este sujeto a las potestades constituidas sobre él. Amonesta muy bien a que no se ensoberbezca el que ha sido llamado a la libertad cristiana; y a que no crea que está exento de la sumisión a las autoridades, a quienes se ha dado el gobierno de las cosas temporales. Si cree alguien que por ser cristiano no debe satisfacer el pecho o tributo, ni dar el debido honor a las potestades, yerra gravemente. Mucho más errará, si piensa que estas potestades meramente temporales han de gobernar hasta su fe. Toda alma esté sujeta a las más altas potestades quiere decir: todo hombre esté sujeto, en primer lugar, a la divina potestad y después a la del mundo. Si la potestad humana te mandare lo que no debes hacer, desprecia esa potestad y teme a la más alta.

Aun en lo humano hay sus grados ¿No debemos cumplir lo que manda el gobernador? Pero si lo que manda es contra el procónsul, no se dirá que desobedecemos la autoridad, por no cumplirlo, sino que elegimos obedecer a la autoridad mayor: y no debe irritarse la potestad menor de que se prefiera la mayor. Subiendo más, si el procónsul manda una cosa y otra el emperador ¿habrá quien dude que conviene despreciar a aquel y obedecer a este? Y si Dios manda una cosa y otra el emperador ¿qué convendrá hacer? ¿No es preferible Dios al emperador? Este pues sujeta toda alma a las más altas potestades. La razón porque debéis estar sujetos es que no hay potestad sino de Dios.

San Anselmo

Véase cómo, según la teoría cristiana, el ciudadano no es súbdito sino de Dios. Este principio es igualmente combatido por las dos especies de enemigos que conoce la libertad: los reyes tiranos y los demagogos; porque unos y otros quieren que seamos esclavos de la voluntad humana. Pero ningún cristiano verdadero puede reconocer la soberanía de las pasiones, ni renunciar a la calidad preciosa de hijo de Dios para convertirse en siervo de ellas.

Cuando he dicho que estamos obligados a resistir al gobierno en lo que nos mande contra los deberes impuestos por Dios, no ha sido con ánimo de establecer que adquirimos, siempre que esto suceda, derecho de trastornar el orden público, y hacer lo que se llama revolución. Si hay caso en que la revolución sea lícita no me he propuesto yo determinarlo. Hablo solo del deber que tiene cada particular de no dejarse subyugar por la tiranía que exija la violación de la ley moral. Debemos entonces sufrirlo y arrostrarlo todo antes que obedecer. Así lo hacían los primeros fieles, y supuesto que el curso de los siglos no puede cambiar la naturaleza de la verdad cristiana, así nos toca a nosotros hacerlo, esperando que en la guerra de la razón y el derecho con la fuerza que comenzó y sostiene Jesucristo, la razón triunfara. Con esta dulce esperanza se muere, si es preciso morir. ¿Tembláis, miserables revolucionarios, de morir por la justicia? Tenéis razón. Distan mucho las torpes correrías a que cobardes y ruines delitos os impelen, del denodado y hermoso sacrificio que inspira la virtud a un cristiano.


Prefacio y edición