Anatomía de la ideología cotidiana
«Pero de esto se concluye que las masas, como tales, sólo pueden vivir la filosofía como una fe. Basta imaginar la posición intelectual de un hombre corriente; se ha formado con opiniones, con convicciones, con criterios de discriminación y normas de conducta. Todo sostenedor de un punto de vista opuesto al suyo, sí es intelectualmente superior a él, sabe argumentar mejor sus razones, le mete en el saco lógicamente, etc.. ¿Debe por esto cambiar el hombre corriente sus convicciones? ¿Debe cambiarlas porque no sabe imponerse en la discusión inmediata? Pero entonces debería cambiar de convicciones cada día, cada vez que encontrase a un adversario intelectualmente superior. ¿En qué elementos se funda, pues, su filosofía? ¿En qué elementos se funda, especialmente, su filosofía en la forma de norma de conducta, la que tiene más importancia para él? El elemento más importante es, sin duda, de carácter no racional, de fe».
Gramsci, A. (1967)
Parecería que toda apreciación es excluyente y particular, en cuanto que apreciar algo en determinado momento implica no apreciar otra cosa y, puesto que la omnipresencia y omnisciencia no son prerrogativas de las que gozamos (según me cuentan), se puede decir que apreciamos dicha realidad por reducción, si se quiere. Se sigue que una mayor comprensión de la realidad (más o menos fiel a la verdad) resulta cuando se es capaz de integrar diversos aspectos de la misma a la hora de hacer algún análisis.
Consecuentemente, en el momento en que dichos aspectos alcanzan una interconectividad robusta y operan como marco de referencia amplio: henos ante la ideología. Es entonces cuando uno comienza a apoyarse en este marco de referencia para desmenuzar otros aspectos de la realidad que, progresivamente, va incorporando a su corpus ideológico, por lo que comienza a volverse propenso al sesgo. La amplitud del sistema de ideas es tal, que las ideas más remotas en el esquema comienzan ahora a apuntar ad intra, de vuelta a las ideas fundamentales, volviéndose autorreferencial.
En este punto se comienzan a ignorar aquellas ideas remotas y aisladas que pudieran amenazar la integridad del sistema; se suele modificar el lenguaje para preservar una aparente coherencia con las ideas fundamentales del mismo y se tiende a demonizar o al menos repeler a quien no comulgue con el credo específico de la ideología en pugna. Se llega a conclusiones erradas, que se toman por verdaderas en cuanto se conforman a la ideología, la cual es tomada a este punto por la realidad total de las cosas.
La reducción al blanco o negro, al «todos o ninguno», y al «siempre o nunca», suelen ser propias de una mente que, a este punto, no guarda compromiso alguno con la realidad. A menudo, esta se encuentra al servicio de algún discurso propagandístico pseudo-religioso o político que pretende usurparle la prerrogativa de la afirmación absoluta a la única disciplina que le es propia por su naturaleza trascendente como depositaria de la revelación: la genuina y legítima Religión.
Hoy nos encontramos ante el reinado de la religiosidad secular en todo su esplendor; la ideología es un sacramento y los ideólogos, sacerdotes que ejercen su dominio sobre las mentes de sus prosélitos con tal eficacia que, hay mujeres entusiasmadas con la idea de asesinar a sus hijos en sus vientres, hombres que alegan ser mujeres, y pobres que le rinden culto al neoliberalismo.
«Las palabras más silenciosas son las que traen la tempestad, pensamientos que caminan con pies de paloma, dirigen el mundo».
Nietzsche, F. (1988)
Existe en medio de toda esta amalgama un repudio absoluto, o una vulgar idolatría de la «verdad» que no es más que una egolatría cafre y carente de toda caridad y que, aunque alega defender la verdad con afirmaciones absolutas, en la práctica, procede a devaluarla al reducir su extensión con tal de atribuir al ideólogo que hace la afirmación la capacidad de abarcar la totalidad inagotable de la verdad, siendo él mismo finito. Quien incurre en este error sacrifica la fecundidad de la verdad en el altar de su autocomplacencia: donde yace su único Dios, al cual le brinda todo su culto. Y es que la «verdad» resulta a menudo un instrumento de dominación del otro y, no son pocos los que se valen de este para actualizar sus frustradas pretensiones de superioridad moral y poder; desde la antigua izquierda atea hasta la nueva derecha protestante.
Basta con observar la invocación de falacias ad hominem y la prontitud con la que se procede a descartar la totalidad de una posición sin consideración previa con tal de burlarse y proponerse como mesías cultural o vender libros que critican la idiotez y que, casualmente son comprados por idiotas. Afortunadamente, para quien tenga sentido del humor, la ironía es abundante.
«…que aunque él personalmente sea incapaz de sostener y desarrollar sus propias razones como lo hace el adversario, hay en su grupo personas que sí pueden hacerlo, mejor incluso que el adversario, y recuerda haber oído exponer difusa y coherentemente, de modo que a él le convencieron, las razones de su fe. No las recuerda en concreto y no sabría repetirlas, pero sabe que existen porque ha oído exponerlas y quedó convencido. El hecho de haber sido convencido una vez de modo fulgurante es la razón constante de la permanencia de las convicciones, aunque no se sepa argumentar».
Gramsci, A. (1967)
Y lo que ocurre es que, al convertir alguna ideología en una extensión considerable de la propia identidad, resulta difícil criticarle objetivamente pues, el sesgo viene, precisamente, del hecho de que uno se ve plasmado en dichas cosas. En ellas, hay elementos que apelan a lo más íntimo y, como somos reacios a ver la viga en nuestro ojo, nos volvemos idiotas egocéntricos que defienden el marxismo, el liberalismo o el feminismo como a una madre altruista. La paradoja es que somos engañados muy fácilmente por aquello que más se asemeje a nosotros, y en un vértigo desconcertante y narcisista, profesamos nuestro amor a los «ismos» cuando en el fondo, sólo nos amamos a nosotros mismos.
Es imprescindible distanciarse de tales pretensiones y acostumbrarse, al menos, a considerar las cosas particularmente y hasta con cierto escepticismo, aunque dicha costumbre no genere el estruendo, la autocomplacencia y adulación que sí podría generar una afirmación ideológica absoluta.
Pocas veces en la vida se podrá discriminar una cosa de la otra de manera que una resulte absolutamente verdadera, buena o bella, y la otra sea absolutamente falsa, maligna o repulsiva. Dado que en el mundo conocido las cosas no existen en aislamiento y «pureza», sino que interactúan entre sí, sus cualidades se entrelazan y se impregnan mutuamente en una admirable diversidad de matices que no podrían más que deleitar al más sensible (y humilde) sentido crítico. Nuestra facultad de percepción, particular y finita por excelencia, así como las virtudes de la caridad y la humildad, nos exigen tal disposición.
Queda vigente lo dicho por San Pablo: «Examinadlo todo y quedaos con lo bueno».
Referencias
Gramsci, A. (1967). Introducción a la filosofía de la praxis. Península.
Nietzsche, F. (1988). Ecce homo. Madrid: Alianza.
