Punto de no retorno en la política estadounidense

La política estadounidense se encuentra en un momento de alta tensión luego de haberse realizado un intento de asesinato al expresidente Donald Trump. Este acontecimiento de resonancia mundial rememora oscuros pasajes de la historia de Estados Unidos; momentos como el asesinato de Abraham Lincoln, el intento de asesinato a Theodore Roosevelt, el asesinato de John F. Kennedy y el también intento de asesinato a Ronald Reagan. El suceso, acontecido en un mitin republicano en Pennsylvania, desnuda la actualidad de la política estadounidense, sus extremismos, discursos y odio; en definitiva, su decadencia en todos los niveles.

Desde el 2016, se especulaba sobre una decadencia en el discurso llevado cada vez más al insulto y la agresión, haciendo deslucir a la democracia moderna más antigua del mundo. La caída en el discurso vacío, en la búsqueda de argumentos bajos, las acusaciones de corrupción y el hacer de la política un show bajo el cual la verdad estaba completamente ajena a los discursos, ha derivado en la aparición de líderes poco idóneos y agendas políticas sin el menor atisbo de conciliación. Es también cierto que el ascenso de líderes como Donald Trump estuvo relacionado con aquel neologismo llamado posverdad, fenómeno social que, dentro de la política, se relaciona con el discurso malicioso donde se entretejían tanto las verdades superfluas como argumentos falaces respaldados, con una potente retórica.

Lo cierto es que el presente de Estados Unidos es cada vez más cercano al de los grandes imperios del pasado que entraban en su arco de decadencia. Teniendo como referencia directa a la antigua República Romana, puede atestiguarse cómo esta fue perdiendo varios elementos que le daban legitimidad y poder al orden senatorial y las instituciones, concentrando con el paso del tiempo el poder en líderes militares y haciendo cada vez más necesaria la elección de dictadores que concentraran el imperium para gestionar situaciones convulsas como las guerras. Haciendo un símil entre Estados Unidos y Roma, podemos encontrar muchas semejanzas relacionadas con el ingreso de Estados Unidos a un periodo de «emperadores», hecho que no es necesariamente auspicioso, dado que esto repercute necesariamente en presidentes más autoritarios que con su actitud vayan debilitando de forma lenta pero constante el armado institucional de la democracia estadounidense.

Bajo este contexto planteado, Donald Trump es el claro ejemplo de un césar; un líder carismático y contundente que cautiva a millones con su retórica y actitud en la política. Un líder con cualidades que lo distinguen frente al resto en un contexto de aumento de las contradicciones políticas en Estados Unidos, propiciadas tanto por demócratas como por republicanos, perfilando así el escenario político para un futuro gobierno presa de conflictos más graves que los de la anterior gestión. Es quizá necesario que Trump llegue a la presidencia porque no habría otro apto para poder controlar semejante situación que está por venir, y es justamente ese argumento el usado en la antigua República Romana para elegir a un dictador. Probablemente, Estados Unidos se vea necesitado de recurrir a gobernantes más recalcitrantes para poder gestionar tanto su política interna como externa; dos frentes distantes entre sí pero que reflejan a su vez la lucha entre los conflictos internos y el dominio mundial en un mundo multipolar.

Hay algo que es sencillo de examinar a la luz de los sucesos dentro de la contienda electoral en Estados Unidos: la potencial victoria de Donald Trump en las elecciones. Este hecho puede afirmarse casi con absoluta seguridad, viendo a su contendiente junto a sus posibles reemplazantes y más aun teniendo potenciada la imagen de un Donald Trump renaciendo del atentado, más firme y decidido que antes. Sin embargo, estos sucesos pueden conducir a la idea de un Donald Trump elegido por el destino, un césar, una especie de acontecimiento por fuera de lo que es la política en sí, derivando en un debate maniqueo entre el bien y el mal. Esta potencial realidad resultaría nociva no solo para Estados Unidos sino para la política internacional, porque regresaríamos a aquellas retóricas de «eje del mal» propias de la Guerra Fría y de inicios del siglo XXI tras los atentados del 11 de septiembre.

Es razonable el poder extrapolar la crisis estadounidense con el estudio de la crisis de Occidente, al respecto y haciendo un análisis sobre el pensamiento de Oswald Spengler, Arcela (2017) indica que:

La civilización, llegando a su fin, se extingue, y como una estrella pierde su luz, su energía. Es este el destino común que ahora se cumple para la civilización occidental que, a partir del siglo XX estaría evidenciando signos de decadencia, contra los cuales sería ingenuo oponer nostálgicas resistencias. (p.208)

En efecto, el cambio de rumbo de la política estadounidense ha venido de la mano con una notoria pérdida de orden interno y de hegemonía a nivel internacional. Los conflictos internacionales y el posterior auge estadounidense enmarcaron un periodo importante en el siglo XX; sin embargo, este auge puede considerarse efímero (aunque no irrelevante) desde una perspectiva histórica, por la ausencia de trascendencia en el tiempo por ir de la mano con el vertiginoso crecimiento de las ahora potencias orientales.

Dentro de ese marco de ideas, Spengler (1966) decía que:

Este es el sentido de todas las decadencias en la historia —cumplimiento interior y exterior, acabamiento que inevitablemente sobreviene a toda cultura viva—. La de más limpios contornos se halla ante nuestros ojos; es la «decadencia de la antigüedad». Y ya hoy podemos rastrear claramente en nosotros y en torno a nosotros los primeros síntomas de la decadencia propia, de la «decadencia de Occidente» […]. (p.116)

Sobre este punto, podemos afirmar que la decadencia estadounidense es solamente un reflejo de un fenómeno de mayor escala, como es la decadencia social y cultural de un conjunto de valores que estaba plasmado en la sociedad europea, estadounidense y las sociedades influenciadas directamente por ellas, como es el caso de Latinoamérica. Como si de piezas de dominó se tratase, tanto la globalización y la democracia como la decadencia y la pérdida de credibilidad en las instituciones terminan por afectar a todos en mayor o menor medida.

En conclusión, Estados Unidos hace tiempo que dejó de ser el país que instaló un orden mundial en Occidente desde el inicio de la Guerra Fría y que consolidó su dominio con la caída de la URSS. Este nuevo contexto ha llevado a Estados Unidos a un punto de no retorno en su forma de hacer política y, sobre todo, en la manera en que se desarrollan las contiendas electorales, teniendo como preludio las elecciones de 2016. Lo que está aconteciendo este 2024 es crucial para la vida democrática de los Estados Unidos porque, independientemente del resultado, la práctica política no volverá a ser lo que era antes.

Referencias

Arcella, L. (2017). La sublime fascinación de la decadencia. Oswald Spengler y Ernst Jünger entre el milenarismo y el modernismo reaccionario. Praxis Filosófica, (44), 193–219. https://doi.org/10.25100/pfilosofica.v0i44.4355

Spengler, O. (1966). La decadencia de Occidente (Tomo I). Espasa.