Cuando gana la abstención…

Breve ensayo crítico para una fundamentación teórico-política del abstencionismo electoral. Por Leonardo Brown González (2024).

La candidata del Movimiento Regeneración Nacional (Morena), Claudia Sheinbaum Pardo, virtualmente vencedora de las elecciones según el Instituto Nacional Electoral, obtuvo 35.9 millones de votos a su favor, frente a la arrolladora cifra de 39.2 millones de abstenciones electorales, tomado de un total de 98 millones de ciudadanos que forman parte del padrón electoral mexicano.

Los resultados electorales de la jornada electoral en México del pasado 2 de junio de 2024 configuran la continuidad indefinida del Partido de Estado en México. Se trató de una «fiesta democrática» cargada de asesinatos a candidatos políticos,1 intimidaciones en casillas electorales,2 la participación de los cárteles de narcotráfico,3 conductas fraudulentas de las que no se ha dado una explicación creíble,4 todo sumado a la ambigua, cobarde y pusilánime actitud de una doblegada oposición (perteneciente a partidos políticos, instituciones públicas o medios de comunicación).5

En un marco comparado, las elecciones presidenciales en distintos países de Hispanoamérica presentan los siguientes porcentajes de participación: Bolivia en 2020, 88.4%; Ecuador, en 2021, 81%; Perú, en 2021, 72%, Nicaragua, en 2021, 65.2%; Honduras en 2021, 68%; Chile, en 2021, alrededor de un 49%; Costa Rica, en 2022, 56%; Colombia, en 2022, 56%; Brasil, en 2022, 79%; Paraguay, en 2023, 63%; Guatemala, en 2022, aproximadamente un 50-51%; Argentina a finales de 2023, 77%; El Salvador, en febrero de 2024, 52.6%; Panamá, en mayo de 2024, 77.6%; y República Dominicana, en mayo de 2024, 54%. Cifras que contrastan con el bajo porcentaje de participación del 60% en las elecciones en México en junio de 2024 (estadística decreciente, con relación al crecimiento del padrón electoral).

Habrá quien diga que la población mexicana se encuentra dividida en dos sentimientos: el de euforia, por lado de quienes verán a su presidenciable como ganadora, y el de congoja, para aquellos que han visto desplomarse lo que consideran (posiblemente) como la última elección democrática en el país. A esta polarización, me permito sobreponer un mucho más marcado elemento que oscila entre la apatía y el radical y frontal rechazo frente al sistema partidocrático de la democracia electoral y representativa. En realidad, somos más, estadísticamente hablando, los que no sentimos ningún tipo de sentimiento de afinidad o pertenencia a un sistema «democrático» partidista que en nada toma en consideración a la ciudadanía.

La cuestión está en que aunque no exista explícitamente formulado un fundamento teórico o práctico para la abstención electoral, lo cierto es que quien decide libremente no acudir a las urnas, sea por simple desinterés (exclusión pasiva), o por protesta en contra de la democracia partidista (protesta activa), tiene ya dentro de sí un radical rechazo al discurso democrático-electoral. En efecto, la falta de un sentimiento de pertenencia al sistema partidocrático se manifiesta desde la más burda apatía hasta la negación fundamentada de los ejercicios de simulación electoreros.

La democracia representativa como factor disolvente de la política: «todo para el pueblo, pero sin el pueblo».

Sabemos gracias a Aristóteles, desde la expresión teórica de la política ateniense, que el hombre, en cuanto animal político, está llamado teleológicamente a la participación de la cosa común. De ahí que, siguiendo el pensamiento del Estagirita, todo aquél que se ocupe únicamente de sus negocios privados, en desconexión con el gobierno de lo público, merece la más grande desconsideración.

La primera aproximación necesaria a este planteamiento debe ser la distinción de la democracia orgánica, como forma de gobierno legítima planteada en la Antigüedad, con la democracia inorgánica, universal y representativa establecida por la Revolución Mundial a partir del inicio de la Edad Moderna.

La democracia orgánica, vigente tanto en la Antigüedad como en la Edad Media, es un sistema de gobierno en el que los ciudadanos participan en la toma de decisiones, mediante su actuación directa en asambleas, acotada a un ámbito estrictamente local, y en completo apego a las manifestaciones religiosas y a las costumbres de un pueblo.6 Es así como las cabezas de diferentes unidades sociales (familias, municipios, vecindarios, estamentos, sindicatos, corporaciones y gremios) funcionan como electores por estamento, en la constitución del demos reunido ante un Príncipe.

Lejos de esta concepción, la democracia inorgánica o representativa, propia de nuestros tiempos, se estructura sobre los difusos dogmas laicistas de impronta Ilustrada tales como el «Pueblo», la «soberanía popular», la «voluntad general», el «sufragio universal», la «división de poderes», el parlamentarismo y la vigencia de un orden constitucional o «pacto social» por escrito. Se le llama representativa, precisamente porque este sistema se configura sobre la división artificiosa de la sociedad de masas en estructuras partidocráticas, y no así en las comunidades naturales u orgánicas en las que nace u opera el hombre: familia, vecindario, sindicato y municipio.

Las democracias representativas, tal como apunta Norberto Bobbio, se basan en el entendimiento de que la deliberación colectiva no es efectuada por la totalidad de los miembros de una comunidad, sino únicamente por personas elegidas para este propósito. Esto significa que, por medio del sufragio, la población concede el poder de tomar decisiones a ciertas personas, llamadas representantes, establecidos por partidos políticos. Aunque lo cierto es que, una vez electos los representantes, éstos de ningún modo son responsables directamente frente a sus electores, de ahí que fácilmente puedan tomar decisiones bien distintas de aquellas que propusieron durante sus campañas (como sucede la mayor parte de las veces).

Con ello, observamos inevitablemente que la democracia representativa pulveriza cualquier tipo de consecución del bien común, puesto que los candidatos electorales y los partidos no tienen una finalidad de lograr el bien de la patria y de la ciudadanía, sino que su objetivo es única y exclusivamente alcanzar la victoria en las urnas para su permanencia en el poder y la salvaguarda de sus privilegios. Los partidos políticos, de perfil oligárquico, actúan más como élites de intereses particulares que organismos que persiguen el bien común, inclinados en mantener la vigencia de las contiendas electorales mediante la división artificial de la sociedad, en izquierdas contra derechas, o en la lógica identitaria de la emancipación homosexual o feminista. El hombre político de la democracia electoral es el intérprete de los sueños del pueblo; la política, así, deja de ser la ciencia y el arte del bien común, para convertirse en la estrategia del éxito en la votación.

Como cualquier persona con suficiente sentido común sabe, en las democracias inorgánicas o representativas, en realidad, los acuerdos de gobierno son tomados siempre al margen de la ciudadanía, al fijar listas cerradas y bloqueadas los partidos políticos para los candidatos que ellos elijan y al no existir responsabilidad política directa por parte de los gobernantes. Lo único que interesa de los ciudadanos es su voto incondicionado, pues éste asegura a los miembros de la clase política profesional su permanencia como dirigentes representantes de la sociedad.

Los regímenes democráticos inorgánicos o representativos, asocian a la ciudadanía un deber no solamente cívico, sino moral, de votar, alcanzando, incluso, el grado de una obligación jurídica, bajo la posibilidad de incurrir en la comisión de un delito por no votar. Y esto es no por otro motivo que el de responsabilizar a los gobernados, a título de electores, de las decisiones tomadas a su nombre por los gobiernos que se conforman como resultado de las elecciones. La legitimación moral de la democracia representativa surge de infundir la ilusión de que la opinión del ciudadano es tomada en cuenta.

Hasta este punto, quedará claro que la exigencia de participar en la «política» mediante el voto es la fuente de legitimación de la clase partidista de representantes, siendo, por tanto, inadmisible conminar al ciudadano a sostener a los partidos políticos mediante la intimidación moral bajo el título de que éste se desentiende del bien común en el momento en el que ejercita la abstención. Por el contrario, los posibles ámbitos auténticamente políticos quedan siempre al margen de las jornadas electorales.

Es gracias a esta fórmula que, aún en el caso en el que una mayoría de 51 por ciento se imponga sobre un 49 por ciento, tendremos a muchas personas argumentando la legitimidad y justicia del resultado, por la sola existencia de un procedimiento sometido a voto: «perdimos/ganamos en esta ocasión, pero el resultado se puede revertir en el momento de configurarse una nueva mayoría». Esto no es más que una de las muchas manifestaciones que puede adquirir el ejercicio práctico del fundamentalismo democrático, que pone en evidencia el fuerte relativismo que reviste a la democracia contemporánea: ¡vox populi, vox Dei!7

El fundamentalismo democrático.

Es lógico que entre los sostenedores del discurso fundamentalista democrático,8 los abstencionistas electorales seamos considerados como irresponsables, desentendidos, apáticos, y que merezcamos toda clase de vituperios por «no involucrarnos en la realidad política del país». Nunca se han detenido a pensar que, detrás de esta actitud, pueden encontrarse razones de mucho mayor peso que su confianza ciega en un sistema que permite todo —principalmente la corrupción, el terrorismo, las alianzas con el narcotráfico, el clientelismo electoral y el relativismo, todo encaminado a la supervivencia del sistema— menos la decisión consciente de no participar en una elección.

La predicación del fundamentalismo democrático moldea el sentir moral de las masas, en cuyos ojos es preferible sostener a una casta parasitaria de vividores profesionales llamados «políticos», que responsabilizarse por hallar y proponer alternativas auténticamente políticas. Nada vence al sentimiento de creerse escuchados mediante el depósito religioso ceremonial de un papel en una urna cada cierto número de años, pues este ritual otorga la ilusión de que se les está tomando en cuenta al momento de elegir a un candidato (candidato que, dicho sea de paso, es impuesto mediante las listas definidas a puertas cerradas por los partidos políticos).

Hemos de reconocer que el carácter de impecabilidad e incorruptibilidad asociado a la Iglesia Católica, en cuanto que institución divina fundada directamente por Jesucristo, ha sido trasladado a las democracias contemporáneas. No importa cuántos problemas puedan suscitarse a causa del modelo inorgánico democrático, la corrupción siempre será atribuida a los individuos en lo personal para dejar a salvo la democracia. El fundamentalismo democrático, según definición de Gustavo Bueno, es la concepción de la democracia política como la única forma de organización política admisible, entendida como el fin de la historia universal.

«¡Participa! Vota por quien quieras, o anula tu voto si prefieres, pero acude a las urnas».

La cuestión es esta: ¿cuáles son los efectos del fundamentalismo democrático? Sin duda alguna, ocultar la realidad de la democracia realmente existente. En todo caso, minimizar el alcance de sus déficits y tranquilizar a los votantes de las próximas elecciones en marcha para evitar una abstención fundada en la impresión de que la democracia derivada de un régimen parlamentario controlado por los partidos que, como una oligarquía que se reproduce elección tras elección, establece las listas continuas y bloqueadas de sus candidatos. // La «cruzada» para remediar los déficits de la democracia desde perspectivas fundamentalistas implica también formas de engaño dirigidas «al pueblo» y orientadas a mantener a los investigadores y técnicos de la comunidad de fundamentalistas pidiendo la confianza del pueblo en la democracia y disuadiéndole de cualquier brote de escepticismo. Es decir, impulsándolos a seguir acudiendo a las urnas para elegir a los ciudadanos propuestos en las listas cerradas y bloqueadas bajo el argumento de que, aunque con déficit notable, el régimen parlamentario actual es más democrático que el régimen parlamentario del partido único de la dictadura.

Gustavo Bueno, en su obra capital El fundamentalismo democrático, publicada por primera vez en 2010.

¿Y por qué abstenerse y no simplemente anular el voto? La abstención no es lo mismo que la anulación del voto. Anular el voto implica consentir con el aparato político-electoral, manifestando un descontento dentro de los propios cauces fijados por el orden de la democracia inorgánica. Abstenerse es una señal de radical disconformidad y rechazo a las pretensiones electorales y de gobierno oligárquico-partidistas. Es una frontal negación a participar —y por ende legitimar— el orden normativo de la democracia representativa indirecta.

A todo lo antes dicho, podemos decir que si por democracia entendemos, en la lógica pragmática de los fundamentalistas democráticos, el procedimiento de elección de candidatos impuestos por partidos, o la aprobación de leyes, cualesquiera que sean, por mayorías parlamentarias, es simple cuestión de decencia y patriotismo el declararse furibundamente anti-democrático. Teniendo claro que por este contaminado concepto entendemos todo lo opuesto al recto funcionamiento de la democracia orgánica, como forma de gobierno válida, en una lógica local, familiar, estamental, municipal y corporativa.

El único verdadero peligro para la casta de políticos profesionales y su sistema partidocrático no son los candidatos de fuera, ni nuevos partidos políticos de oposición, sino el abstencionismo electoral, que tiene el poder de privar al parasitismo oligárquico partidista de cualquier legitimidad. Permitámonos leerlo directamente desde las palabras de una funcionaria electoral del Instituto Electoral del Estado de México: «la no participación de la ciudadanía en las elecciones que son el mecanismo que tenemos para la construcción de mayorías para designar a los representantes en el poder, lamentablemente puede llegar a deslegitimar no solo el proceso electoral sino a quienes resultan ganadores de una contienda cuando existe un bajo nivel de participación ciudadana».9

El primer paso hacia la reconstrucción del sentido natural y orgánico de la política pasa por la deslegitimación del intrínseco y esencialmente corrupto sistema de la democracia inorgánica o representativa, de cuña liberal e Ilustrada, y por ende, antipatriótica y anticristiana.

Tomar parte activa en la vida pública ciudadana, participar en la consecución del bien común, exige romper con el paradigma de la representación inorgánica o indirecta-partidista, para retornar al sentido orgánico y local de la política, mediante el destino común del hombre en las comunidades naturales de las que forma parte: familia, vecindario, municipio, gremio o sindicato. No ignoramos que en la expresión de este artículo nosotros mismos hemos tomado partido; sí, nuestra perspectiva es igualmente partidista, con la salvedad de que el partido que tomamos es el de la Nación mexicana.

Referencias adicionales.

Castellano, Danilo, Pueblo, populismo y política, Revista Verbo, núm. 549-550 (2016), pp. 925-936.

Domínguez López, El abstencionismo como opción en las democracias modernas, Noveno Certamen de Ensayo Político, Instituto Estatal Electoral y de Participación Ciudadana Nuevo León, s.f., pp. 35-44.

Olivera de Gristelli, María Virginia, San Pío X, los liberales y la opción política -I- (por Antonio Caponnetto), artículo publicado el 28 de octubre de 2023, en https://www.infocatolica.com/blog/caritas.php/2310270615-336-san-pio-x-los-liberales-y.

Sandoval Gallo, Jesús Andrés, y García Rodríguez, Martha Patricia, El abstencionismo electoral no es un derecho, Revista InterNaciones, Año 10, núm. 25, julio-diciembre de 2023, pp. 191-211.

Zavala Echavarría, Iván, La abstención electoral como protesta, Estudios políticos (México), núm. 21, sep.-dic. 2010, disponible en https://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0185-16162010000300007#notas.

  1. Cifra que alcanza los 36 candidatos asesinados: https://www.yucatan.com.mx/mexico/2024/06/19/onu-pide-gobierno-de-amlo-rendir-cuentas-asesinato-de-candidatos-elecciones-2024.html. ↩︎
  2. Quema de casillas, balaceras, jaloneos en distintos puntos geográficos del país: https://www.elfinanciero.com.mx/elecciones-mexico-2024/2024/06/02/violencia-el-elecciones-2024-quema-de-casillas-balaceras-y-jaloneos/. ↩︎
  3. Así lo afirma el especialista en seguridad Guillermo Valdés Castellanos, reconocida autoridad en materia de narcotráfico, voz ejemplificativa de un problema que se ha denunciado desde hace décadas, que no ha hecho más que agravarse con la llegada del Partido Oficial (Morena) al poder: https://www.eleconomista.com.mx/politica/El-CJNG-controla-el-proceso-electoral-la-economia-y-la-vida-del-norte-de-Jalisco-20240529-0111.html. Véanse las investigaciones de la periodista Anabel Hernández García y de Jorge Santa Cruz. ↩︎
  4. La idea la retomamos del notable periodista Jorge Santa Cruz, de quien recomendamos ampliamente su labor independiente a los poderes fácticos del país (https://www.geopolitika.ru/es/person/jorge-santa-cruz, https://periodismosincompromisos.com/, https://www.youtube.com/@JorgeSantaCruzPeriodista), de la mano del abogado penalista Guillermo Hamdan Castro, quien ha destacado por elaborar una demanda de nulidad contra el Tratado de Guadalupe-Hidalgo, por medio del cual los Estados Unidos han ocupado y explotado más de la mitad del territorio mexicano por cerca de 200 años. ↩︎
  5. Desde personajes como la candidata de oposición Xóchitl Gálvez Ruíz, el presidente del Partido Acción Nacional, Marko Cortés, a comentólogos dentro de la órbita globalista como el periodista Carlos Loret de Mola. ↩︎
  6. Es necesario señalar que, por las propias limitaciones del asambleísmo democrático directo, resulta imposible instalar una democracia orgánica o directa en un modelo de Estado-nación moderno, por la proporción demográfica y las extensiones geográficas que las naciones políticas contemporáneas abarcan, sin perjuicio de quienes sostienen el enorme desatino de proponer la televisión o la interacción en internet como remedio. Como siempre, aquí siempre resuena la enseñanza de Aristóteles, revivida por mi maestro José Antonio Ullate Fabo, respecto a la necesidad de una materia, acotada en número, para la posibilidad de lo político. ↩︎
  7. Es cierto, por otro lado, que lo que normalmente se interpreta por los partidos minoritarios como «voluntad popular» en el momento en el que son derrotados, no es tanto la expresión de una voluntad general del pueblo, sino del juego de intereses entre partidos. Es así que, en rigor, la «voluntad popular» de la democracia representativa no es otra cosa que la partitocracia. ↩︎
  8. Por fundamentalismo democrático debemos entender la distorsión de la democracia, como forma de gobierno legítima, mediante su sustantivación en valor inapelable y supremo, como fundamento de gobierno, principalmente mediante la negación de cualquier orden superior al hombre (entiéndase Ley Natural, o Dios) en aplicación del dogma del «sufragio universal» y de la «soberanía popular». De forma sencilla, el fundamentalismo democrático es la posición ideológica de quienes consideran, como Fukuyama, a la democracia liberal como la última y más acabadas de las formas políticas y civilizacionales (y, por tanto, la única forma admisible), que puede resumirse en una superstición: la idea de que los problemas de una nación solamente se resuelven mediante «más democracia», mediante la «separación de poderes», o la consecución de la «voluntad general». Se trata de un credo secularizado ligado a la mitología laica del Progreso, firmemente enraizado tanto en el discurso fuerte de la Modernidad (como en la Ilustración) como en el pensamiento débil de la posmodernidad (recordemos que la posmodernidad podrá ser crítica con todo sistema de valores, menos con la necesidad de mantener la predicación de la participación democrática). Respecto a la idea de «voluntad popular», quedará claro que la misma se trata de una burda ficción, la cual resulta incompatible con el sistema parlamentario faccioso y fragmentado de los partidos políticos, en el que la voluntad del pueblo no es una, sino múltiple y dividida, de modo tal que a lo único que puede aspirar es a la ley de las mayorías. ↩︎
  9. Vaquera Montoya, Karina Ivonne, El peligro del Abstencionismo electoral, artículo del 15 de marzo de 2021, Instituto Electoral del Estado de México, disponible en: https://medioteca.ieem.org.mx/index.php/prensa/otra-mirada/item/608-el-peligro-del-abstencionismo-electoral. ↩︎