Lo político en el legendarium de J.R.R. Tolkien: algunas pinceladas.
Si hay una palabra que defina nuestro mundo moderno, esa palabra es, quizá, “prosaico”. Habitamos una civilización que, por herencia directa de la mirada ilustrada y racionalista sobre el mundo, ha perdido de vista todo contacto con el mito y la poesía en cuanto “llaves” que abren la puerta de la realidad. De este modo, si en las sociedades tradicionales la erudición y la leyenda iban de la mano, constituyendo, ambos, aspectos de una misma Verdad que también era Buena y Bella, en la civilización contemporánea se produce un quiebre radical entre la ciencia, erigida en muchas ocasiones como la única forma de conocimiento, y el mito, término que ha devenido en una suerte de sinónimo de “mentira”. Quiebre que, por supuesto, afecta también a la política, en donde las modernas instituciones e ideologías dominantes se fundamentan sobre un prosaísmo radical, sobre una legitimidad cuya narrativa es inmanente y humana.
No es este el caso del protagonista de nuestro artículo: J.R.R. Tolkien. Escritor de la clásica epopeya El Señor de los Anillos, Tolkien es un autor que sufre de una importante paradoja: por un lado, sus obras resuenan en el corazón de millones de personas, obrando en ocasiones un efecto transformador que los acompaña a lo largo de todas sus vidas. Por el otro, su literatura, denominada frecuentemente como “fantasía medieval”, es denostada por muchos como simples “cuentos para críos”, carentes de cualquier clase de interés. Aquí, por el contrario, sostenemos que si su obra es un gigantesco fenómeno a nivel mundial, es precisamente porque en ella se contienen multitud de verdades expresadas en un lenguaje mítico; verdades que, no por haber sido olvidadas en este mundo prosaico, dejan de resonar en cada uno de nosotros. Será hacia esas verdades hacia donde apuntaremos en este artículo, centrándonos, en concreto, en aquellas que tienen que ver con el terreno de lo político.
Antes que nada, debemos apuntar tres rasgos biográficos, que nos permitirán entender mejor el núcleo de su obra. En primer lugar, Tolkien era un católico devoto. Poseía (en gran medida gracias a su madre) una profunda fe que, aunque no de manera explícita o alegórica, impregna toda su obra. En segundo lugar, Tolkien era un filólogo vocacional, conocedor de (aproximadamente) veinte idiomas y, también, inventor él mismo de varios. Será, de hecho, ese afán por la invención de idiomas el que lo conducirá a idear las lenguas sobre las que, posteriormente, articulará sus historias. En tercer lugar, Tolkien era un amante de los mitos y una auténtica autoridad en el poema “nórdico” Beowulf. Estos tres elementos, armonizados entre sí, darán lugar a una visión amplia y abarcadora, en la que la primacía del aspecto espiritual y mítico – filológico envolverá y explicará el aspecto político.
A todo ello cabría añadir las propias posturas políticas de nuestro autor, sintetizadas, a muy grandes rasgos, en el rechazo hacia el Estado como forma política (llegando a afirmar, en una carta enviada a su hijo Christopher en 1943, que sus opiniones políticas se inclinan y hacia la anarquía y la monarquía inconstitucional), en el rechazo hacia la Democracia como sistema de gobierno (rechazo manifestado en una carta enviada a Joanna de Bortadano en 1956, en donde afirmará que la «humildad» y la igualdad son principios espirituales corrompidos por el intento de mecanizarlos y formalizarlos, con el resultado de que no obtenemos pequeñez y humildad universales, sino universales grandeza y orgullo»), y, sobre todo, en su preocupación por la concentración del Poder, razón por la que, parece, abraza antiguos sistemas de gobierno en donde el poder se encuentra más disperso, como esa “monarquía inconstitucional”, frente a ese gran e impersonalizado monopolizador de la violencia que es el Estado moderno. Podemos decir, entonces, que la Tiranía, la concentración de Poder y su empleo para someter a los pueblos, son las preocupaciones políticas por antonomasia expresadas por Tolkien.
Para comprender el modo en que lo político se encuentra inserto en el Legendarium, será necesario, entonces, atender a los grandes temas que preocupan a Tolkien a lo largo de su obra. Así, el propio Tolkien nos dirá en una de sus cartas, enviada a Herbert Schiro en 1957, que su obra trata sobre “la muerte y el deseo de Inmortalidad”, siendo el Poder y el Dominio tan solo “lo que pone las ruedas en marcha”. A lo que cabría añadir las cuestiones de la Caída y la Máquina, apuntadas en otra carta anterior, en este caso, enviada a Milton Waldman en el año 1951. La cuestión del Poder, que, como vimos, constituye una de las claves de la reflexión política del propio Tolkien, se encuentra así sometida a problemas más esenciales que la envuelven. Queda por ver, a través de algunos ejemplos, cómo todo ello se articula y queda asumido dentro de sus historias.
El primero que mencionaremos, y quizá uno de los más paradigmáticos, es la historia de Númenor. Se trata de una suerte de “mito de la Atlántida” tolkieniano que añade, con respecto al platónico, la cuestión de la muerte y la inmortalidad. Sus protagonistas son los númenóreanos, pueblo especial de Hombres descendientes de aquellos que contribuyeron a la derrota del Mal en la anterior Edad y que fueron por ello recompensados con largos años de vida y un paraíso insular que habitar. Recompensa que vendrá de la mano de una Prohibición: y es que los dioses, sabiendo de la inevitable mortalidad de los Hombres, decretada por el Dios Creador, y temiendo posibles envidias hacia sus parientes élficos (poseedores de la inmortalidad) o hacia ellos mismos, decretan que los númenóreanos no puedan navegar hacia Valinor, la tierra de los dioses, con el fin de que no se enamoren de una beatitud que no les corresponde.
La historia se desarrolla una vez la prohibición comienza a ser cuestionada y esas envidias empiezan a surgir. Y es que los númenóreanos comenzarán cada vez más a temer la muerte y a anhelar la inmortalidad terrenal; hecho que traerá consigo numerosos problemas cuya vertiente será en gran medida política. Así, primero, el terror hacia la muerte, tal y como se describe en el relato de Akallabêth, vendrá acompañado de una actitud cada vez más codiciosa, hedonista y materialista: «los que vivían se volcaban con mayor ansia al placer y a las fiestas, siempre codiciando más riquezas y bienes». Codicia y materialismo a los que cabe añadir un cientificismo prometeico, de modo que «el miedo a la muerte era cada vez mayor, y la retrasaban por cualquier medio que estuviera a su alcance […] mientras que los hombres sabios trabajaban incesantemente tratando de descubrir el secreto de la recuperación de la vida, o al menos la prolongación de los días de los Hombres». Y, también, unido a todo ello, las ansias por establecer un gran imperio talasocrático fundamentado sobre el terror y el saqueo: «construyeron grandes puertos, y fuertes torres, y muchos moraron en ellas, pero eran ahora señores y amos y recolectores de tributos antes que aprendices y maestros». El terror hacia la muerte y la desconfianza hacia Dios trae, así, una serie de actitudes vitales cuyo núcleo es el deseo de Dominio y que terminan por manifestarse en políticas de índole cada vez más tiránica hacia otros pueblos menores.
Políticas que también tendrán sus implicaciones internas: el descontento y la violencia serán cada vez más generalizados, los Reyes serán cada vez más codiciosos y tiránicos, y la persecución civil hacia todos aquellos disidentes del poder temporal será cada vez mayor, en una suerte de “régimen orwelliano” que, como toda tiranía, también tendrá sus enemigos públicos: en este caso, los elfos y los mismísimos dioses. El corolario de toda esta situación, y el culmen del relato, se producirá cuando el último rey, desesperado por la inmortalidad y engañado por el villano Sauron, comience un terrible culto “satánico” hacia la Oscuridad, se vuelva sobre los peores aspectos del paganismo (los sacrificios humanos) y, finalmente, junte un gran ejército y trate de invadir la tierra de los dioses, quebrantando la Prohibición. Las consecuencias serán fatales: Númenor será por completo anegada bajo el Mar y el mundo, hasta entonces plano, se volverá redondo, lo que traerá consigo el alejamiento de Valinor, que pasará a otro plano existencial alejado del orbe e inaccesible para los Hombres, salvo si alguien, por especial gracia de los dioses, descubre el Camino Recto que conduce hasta allí.
El anhelo de la inmortalidad terrenal y la desconfianza hacia Dios quebrará los principios fundamentales de la civilización, lo que traerá consigo el caos generalizado, la tiranía interna y hacia otros pueblos y el establecimiento de cultos idolátricos y actitudes cientificistas que, en nuestra época, nos recuerdan bastante a esas nuevas ideologías transhumanistas que depositan las esperanzas humanas de inmortalidad en manos de la Máquina. Finalmente, la rebelión contra los mismísimos dioses dará lugar a la destrucción de una civilización y al cambio del mundo, que verá perdida la tierra de los dioses y quedará, por tanto, empobrecido.
Por supuesto, no podemos olvidarnos del Magnus Opus de Tolkien en vida: El Señor de los Anillos, puesto que en sus diferentes situaciones y personajes se intercalan elementos en los que aparecen una y otra vez las preocupaciones políticas de nuestro autor: desde el tirano Sauron hasta el cínico Saruman, pasando por el “nacionalista” Denethor. Si bien no podemos, aquí, detenernos en cada uno de ellos, apuntaremos algunos especialmente paradigmáticos. Tal es el caso del propio Anillo Único, elemento central de la obra cuya principal característica es, quizá, el Poder. Se trata de un Artefacto diseñado por Sauron, una potestad diabólica rebelde, con el que unos y otros personajes habrán de medirse, siendo tentados a hacer uso del Poder y del Dominio para cumplir sus propios Designios. De entre todos, sin embargo, quizá el caso con mayores implicaciones políticas sea el de Gandalf, personaje cuya tentación no es, en origen, constituirse como una suerte de tirano esclavista al modo de Sauron, sino usar el Anillo -o el Poder- para lograr el Bien de “sus súbditos”. Sobre las consecuencias, el propio Tolkien reflexionó en una carta enviada a Eileen Elgar en 1963: «Gandalf como Señor del Anillo habría sido mucho peor que Sauron. Habría seguido siendo «justo», pero santurrón. Así, mientras Sauron multiplicaba el mal, dejaba que el «bien» se distinguiera claramente de él. Gandalf habría hecho que el bien fuera detestable y pareciera el mal».
Se trata, pues, del sempiterno dilema entre la intención por mejorar el mundo y el ansia por su dominio. Para el caso, Gandalf hubiera establecido, quizá, esa suerte de “tiranía suave” advertida por Tocqueville: un sistema despótico pero disfrazado de paternalismo; un paraíso artificial que, en realidad, no es más que una jaula en donde uno no puede ver los barrotes. El problema de la Tiranía se encuentra aquí también presente, problema que, de nuevo, retrotrae a una cuestión teológica: el anhelo por “imponer el bien”, que en último término no significa más que sustituir a Dios y pretender hacerse como él a través del dominio sobre otras voluntades.
Otra fuente inagotable de referencias políticas la encontramos en el penúltimo capítulo de la obra: El Saneamiento de la Comarca. Se trata, de hecho, de uno de los más explícitos a este respecto, puesto que en él se describen situaciones que recuerdan mucho al proceso sufrido por Occidente a partir de la Revolución Industrial. En él vemos cómo, una vez los hobbits regresan a su amada Comarca tras completar la Misión, se encuentran con que su hogar ha sido sometido, por mediación del corrupto Saruman, a una destrucción total del entorno y a una tiranía opresiva, en la que la autoridad tradicional ha sido sustituida por un gobierno que podemos describir, en términos agustinianos, como “una gigantesca banda de ladrones”. Jorge Ferro nos describe cómo «en tan breve tiempo como es el que dura el viaje de Frodo y sus compañeros se dieron en la Comarca un primer momento “capitalista”, con su pequeña revolución industrial, y otro “socialista”». En el primero se produce la destrucción del entorno y la propiedad, antaño repartida de manera más o menos equitativa, se acumula en manos de un solo hobbit: el Granujo. En el segundo comienza una planificación tiránica en donde, como se dice en el capítulo, empiezan a recolectar «para un “reparto equitativo”; lo cual significaba que ellos se quedaban con todo y nosotros con nada».
No obstante, quizá el daño más grave de todos, por lo que simboliza, sea la destrucción del Árbol de la Fiesta. Se trata de un suceso que es, a su vez, un eco de otros anteriores: y es que Tolkien, amante de los árboles, nos muestra ese momento simbólico varias veces a lo largo de su Legendarium, desde la muerte de los Dos Árboles de Valinor hasta la quema de Nimloth, el árbol sagrado de Númenor, pasando por la muerte del árbol de Minas Tirith en El Señor de los Anillos. El árbol, símbolo en muchas ocasiones de la unión de la Tierra con el Cielo (siguiendo aquí al propio Jorge Ferro y a Mircea Eliade) es cortado, lo que implica la desunión de la comunidad política con lo trascendente, quedando reducida a lo terrenal e inmanente. Esas ideologías, pues, han roto el vínculo del humano tanto con la naturaleza, como, también, con la justicia en el orden terrenal y con la trascendencia que constituye la fuente, en las sociedades tradicionales, de toda legitimidad y autoridad.
Sin embargo, la obra de Tolkien va más allá de la preocupación y la denuncia del peligro en lo relativo a la política. Y es que, si bien su concepción de la Historia es la de una Larga Derrota, lo cierto es que nunca llega a caer en el catastrofismo, y en su obra encontramos también bellísimos renacimientos políticos y culturales que, si bien nunca son definitivos, nos muestran una perspectiva mucho más esperanzada. El mayor ejemplo que podemos encontrar es el Retorno del Rey, producido hacia el final de la obra. Una vez finalizada la Misión llega la hora de la Restauración, y Gondor, reino heredero del antiguo Númenor y gobernado por senescales a lo largo de siglos de decadencia, recupera su legítimo Monarca. Esa vuelta de la autoridad legítima, consagrada por la tradición, trae consigo el inicio de una Edad Dorada caracterizada por un esplendor artístico y cultural, por la unión y la paz entre todos los reinos y por la armonía entre grandes y pequeños: y es que también la Comarca formará parte de ese Reino Unificado y sus autoridades se sentarán en los consejos reales junto a las grandes Casas de los Hombres. El viejo sueño medieval del Dominium Mundi romano alcanza aquí su cumplimiento en el reinado de un monarca sapiencial, tan heroico como compasivo y versado en el antiguo conocimiento élfico. Uno que gobernará a través de la verdadera Autoridad Legítima, y no de ese Dominio tiránico artificial representado por Sauron. Momento que el propio Tolkien comparará con «el restablecimiento de un Sacro Imperio Romano eficaz con sede en Roma», y que vendrá acompañado de la plantación de un nuevo vástago de árbol sagrado, que representará esa vuelta a la unión con lo trascendente.
¿Qué podemos, entonces, concluir? La obra de Tolkien se encuentra repleta de profundas reflexiones en las que la política aparece implícita, envuelta en las grandes cuestiones teológicas y antropológicas. Más en concreto, observamos que, si bien la preocupación por el Poder, la Tiranía y el Dominio son temas constantes en el Legendarium, también hay lugar para la política del gobierno legítimo, de la Autoridad que vela, con justicia, por el Bien Común. La diferencia entre uno y otro, entre la Autoridad Legítima y el Poder Tiránico, reside en gran medida en el respeto por una tradición y una trascendencia que fundamentan el orden establecido y evitan al gobernante erigirse a sí mismo como un “dios”.
En una época como la nuestra, en la que el árbol ha sido talado y nuestros modernos estados han perdido de vista ese orden trascendente, resultan imprescindibles voces como la de Tolkien, que desde la mitopoética nos recuerdan de algún modo ese “Camino Recto” que los modernos hemos perdido. Ese olvidado Camino que conduce a la tierra de los dioses y las leyendas y que, no obstante, es el único a seguir si no queremos perdernos en el vacío del nihilismo existencial y la voluntad de Poder.
Bibliografía
Carpenter, Humphrey (1993). Las cartas de J. R. R. Tolkien. col. Christopher Tolkien. Barcelona: Minotauro.
Ferro, Jorge (2012). Leyendo a Tolkien. Editorial Vórtice.
Perdomo, A. (2022). Una aproximación al ideario político de Tolkien. ACADEMIA PLAY! https://academiaplay.net/aproximacion-ideario-politico-tolkien/
Tolkien, J. R. R. (2002). El Señor de los Anillos. Grupo Planeta Spain.
Tolkien, J. R. R. (2012). El Silmarillion. Grupo Planeta Spain.
