Símbolos
El Presidente de la República es el Jefe del Estado y personifica a la Nación.
Esto reza escuetamente la Constitución Política del Perú sobre el papel simbólico de la presidencia. Por supuesto, el cargo viene con una lista de requisitos para presentarse al cargo. También son ampliamente desarrollados los poderes del Presidente, y lo que tal vez sea más importante: sus limitaciones. La definición clara de capacidades y contrapesos de cada autoridad son de vital importancia para el funcionamiento de una comunidad política. En la referencia a la letra escrita se reducen las fricciones y se resuelven conflictos. No obstante, como señalaba José de Maistre, existe también una «constitución no escrita».
Hay una dimensión tácita de la vida política. Es fundamental porque es profunda. Más que subterránea, como algo oculto de forma somera e inerte, es tectónica. Se mueve, y mueve todo lo que lleva encima, aunque no se deje ver. Los símbolos son deidades ctónicas que podemos con los que podemos dialogar para entender las operaciones de este inconsciente colectivo.
Uno de estos espíritus es la representación. La política diaria no se cansa de hablar de ella. La soberanía, supuestamente residente en el pueblo, necesita de personas naturales de carne y hueso que actualicen dicha soberanía sustantivamente. El alcalde representa a su distrito; el gobernador, a su región. Los congresistas son ampayados haciendo de las suyas durante una semana de representación. Desde luego, el Presidente en espacios oficiales hace todo en representación de todos los peruanos. La omnipresencia del término lo lleva a ser vehículo predilecto de insatisfacción: véase las difuntas campañas del tipo «Castillo no me representa», y por extensión «Castillo no es mi presidente».
Sin embargo, de forma sorprendente, nuestra Constitución evoca a otra deidad, hermano dióscuro de representar: personificar. Uno representa a cada una de las personas que representa. Salvo la redundancia porque una autoridad no personifica a cada uno de sus votantes, ni a los ciudadanos de su jurisdicción. Alguien puede representarme, pero no personificarme. ¿Por qué necesito que alguien me personifique, si ya soy una persona? Tiene que personificar algo más abstracto. En este sentido, el Presidente personifica a la Nación. El fenómeno personificante tiene una relación más compleja que la representación con los promedios estadísticos. Si una comunidad política realmente aspirara a ser dirigida por su integrante promedio, estaría perdida. La Nación aspira a aspirar. Necesita un polo simbólico positivo que la eleve por sobre su mediocridad real. No basta la legalidad de tal o cual transacción. Cuando el país está corriendo, el Presidente al menos debe sudar.
El fujimorismo cosecha hasta ahora los frutos de una importante campaña albertista que traía a cada quiosco a un ingeniero con jeans y botas hechas redundantes por adentrarse hasta la cintura en el fango de una inundación. Luego, a un cesáreo Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas que sube campante la escalera de caracol de la embajada de Japón. El peruano de a pie no necesariamente se veía reflejado en Alberto Fujimori, pero, donde faltaba la descripción, veía una prescripción: así debe ser el Perú.
La popularidad del políticamente difunto Pedro Castillo nunca fue comparable con la de Alberto, pero la estridencia simbólica no había sido tan alta desde entonces. De hecho, su campaña y su gobierno fueron eminentemente simbólicos. Era un profesor rural, fenotípicamente promedio, hombre de familia y de comunidad. Una versión a la vez más purificada y más rupestre del Ollanta Humala de campaña: un prototipo descriptivo-prescriptivo del peruano. Sin glorias bélicas ni indicadores en verde, su gobierno, de cara al pueblo, solo vivió de eso: símbolos. Una Dina ya irreconocible se sumaba al frenesí carnavalesco: Pedro con sombrero y ella con pollera. La semiótica en ese entonces no le era ajena, pero con la victoria electoral, y más con su ascenso al sillón presidencial, se levantó el telón costumbrista apurimeño para dejar deslucir una pasarela de colores pastel que recuerdan a la difunta Reina Isabel.
Por supuesto, el «préstamo» de los Rólex puede implicar una ofensa criminal, pero de facto comete una ofensa simbólica. Ahora se sabe que además la Presidente Boluarte se ha ausentado 12 días para someterse a una cirugía estética. Ese tratamiento podría cómodamente haberse hecho con dinero bienhabido, pero de todas formas resulta indignante. ¿Por qué? Porque no está personificando dignamente a la Nación. La denuncia popular contra la superficialidad de Dina no es reducible a un simple «que lo pague con su plata» o «no le pagamos para que se tome 12 días de descanso médico». Esta denuncia reside en lo simbólico.
Vestidos nuevos, relojes prestados, nariz recién estrenada, mientras el país recibe su segundo aniversario consecutivo con más pobres que antes, cosa que no ocurría hacía dos décadas. Desde luego, las ofensas simbólicas son más que nada agravantes. Sin un cuadro económico desastroso, sin escándalos de corrupción de por medio y sin crisis de legitimidad, no harían tanta merma porque el órgano electoral por excelencia es la billetera. Pero eso no les quita seriedad.
Un gobierno sin siquiera una bancada y surgido de un golpe abortado estaba congénitamente limitado. En un sentido que escapa a la metáfora, le faltó oxígeno al nacer. Nacido con un pie en la tumba, el gobierno, aunque legal, libró una batalla simbólica desde el primer instante. Primero, contra el estúpido argumento de no haber sido Dina elegida presidente, sino vicepresidente. Luego, por el catastrófico manejo de sus protestas mayéuticas. Ahora, por una cuestión mucho más electiva: por una presidente en la que su Nación no se ve personificada. Pareciera que sin logros materiales en el mundo terrenal, tiene Dina la intención de descender al inframundo simbólico para perder ahí también.
Si algún integrante de la especie oficialista en extinción prefiere refugiarse en la legalidad para justificar las decisiones de Dina, ha efectivamente renunciado a lo simbólico –y, por lo tanto, a lo político.
