En la década del 2010, el país se preparaba para una elección entre un pariente de un exdictador, al que muchos agradecen por sacar al país de una crisis económica y de una amenaza comunista, y un outsider a la casta política tradicional. Al final de la elección, el outsider dio la gran sorpresa y ganó la presidencia de la república. La contraparte, tras perder la elección, intentó pugnar la presidencia dos veces más, alegando fraude.

Bienvenidos a Indonesia en el 2014.

En el 2014, se llevó a cabo la elección de Joko Widodo como presidente de la república de Indonesia, quien este año acaba su segundo mandato y dejará la presidencia con una aprobación por encima del 70% tras unas elecciones pacíficas. Más interesante aún, quien ostentará la presidencia desde octubre de este año será Prabowo Subianto, nada más y nada menos que su contrincante principal en las dos elecciones pasadas y el yerno del exdictador Suharto, quien gobernó por 31 años. Algo así como el Keiko de Indonesia, pero que tuvo éxito a la tercera.  

Los parecidos con el Perú se acrecientan si se compara la situación económica y política del país en esa época. En el 2011, año de la elección de Ollanta Humala, tanto Perú como Indonesia crecían al 5% en ingresos per cápita, teniendo el peruano un ingreso promedio de casi el doble que su equivalente en Indonesia; en el índice democrático preparado por el Economist Intelligence Unit, Perú se posicionaba en el puesto 56 de los países más democráticos, en gran parte por altas valoraciones en pluralismo, procesos electorales y libertades personales; Indonesia nos seguía en el puesto 60. De yapa, la distribución geográfica de ambos países también tiene un gran parecido: mientras Indonesia hoy tiene una población de 275 millones de personas, más de la mitad (145 millones, 53%) viven en la Isla de Java, una isla de un largo y ancho similar a la costa peruana, donde vive el 58% de la población peruana.

Pero si adelantamos la máquina de tiempo al presente, los países no podrían verse más distintos.

En los 10 años de la presidencia de Jokowi, como es popularmente conocido el presidente Joko Widodo, el ingreso promedio en Indonesia se ha acrecentado en 44%, promediando 4% por año y recuperándose completamente de la recesión por COVID en el 2021. Indonesia ha escalado 4 posiciones en el índice de democracia del EBU en el 2023, posicionándose en el puesto 56 (el puesto que tuvo Perú en el 2011), con altos puntajes en participación política, procesos electorales, pluralismo, y, cabe resaltar, en funcionamiento del gobierno. Como broche de oro, Indonesia inauguró el año pasado su tren de cercanías: el primer tren de alta velocidad del país, que conecta a la capital de Yakarta con la segunda ciudad, Bandung. El trayecto que solía demorar más de 3 horas ahora se puede completar en 40 minutos.

Por contraste, el ingreso promedio en el Perú no ha crecido en más de 3% desde el 2013 y hemos caído al puesto 77 en el índice democrático, con puntajes en funcionamiento del gobierno al nivel de Senegal, y en cultura política a la par con el Líbano, el Congo y Arabia Saudí. Menuda compañía. Del tren, ni hablemos.

Sin ahondar en desgracias, nos debemos preguntar: si hace 10 años estábamos en situaciones similares, ¿cómo llega Indonesia a la situación en la que se encuentra actualmente, y por qué el Perú, a su vez, ha caído en el desgobierno que nos caracteriza hoy?

Quienes conocen bien Indonesia harán hincapié en la importancia de la figura del presidente, Jokowi. Si bien fue un outsider a la casta política, no fue un novato, habiéndose curtido como alcalde de su ciudad natal de Surakarta y luego como gobernador de Yakarta, la urbe más grande del mundo después de Tokio. Jokowi no es conocido por dar grandes discursos ni azuzar a las masas, sino más bien por su ética laboral que se resume en dos expresiones en bahasa Indonesia, el idioma local: punya gaye («sí se puede hacer»)y Blusukan («exploración»). Blusukan, en particular, es el nombre dado a las frecuentes salidas que Jokowi suele hacer desde sus épocas en la alcaldía se Surakarta y que ha mantenido hasta en la presidencia, donde camina por sus ciudades sin un gran séquito para hablar de forma informal con los ciudadanos y entender sus preocupaciones. Su comunicación política presenta una imagen humilde pero trabajadora: los elementos positivos de un tecnócrata, y reconocibles en otros líderes populares como Pepe Mujica en Uruguay. En gobierno, Jokowi ha logrado mantener esta imagen al enfocarse en gran medida en proyectos de infraestructura. Como resultado, El pueblo de Indonesia generalmente siente que hay progreso al ver las numerosas obras por todo el país, que incluyen la construcción de una nueva capital, Nusantara.

A título personal, quizás el efecto más impactante que ha tenido Jokowi es justamente el cambio en el discurso político y en sus contrincantes. En ambas elecciones, Jokowi se enfrentó a Pradowo Subianto –un exgeneral, yerno del exdictador y socialmente conservador que prometía manodurismo a la par que azuzaba sus relaciones estrechas con grupos religiosos extremistas (tiene un tufillo a… ). La diferencia más crucial entre ambos: Subianto pertenece a la «argolla» política que gobernaba el país desde los 60s mientras que Jokowi se inició en política a nivel local y provincial.  

Como bien sabemos en este lado del pacífico, las viejas guardias en política no desaparecen sin pelea. Tras perder la primera elección en el 2014, la campaña por la elección del 2019 fue distinguidamente acrimoniosa y cruda. Gran parte de la estrategia de Subianto para levantar votos y evitar otra derrota fue acusar al gobierno de ser un «enemigo del Islam», un católico encubierto y hasta un comunista. En el país con mayor población de musulmanes en el mundo y donde se cometió un genocidio de izquierdistas en los 60s, estas chapas no son ni casuales ni inocentes –se buscaba el voto confeso, emocional y rabioso: un voto que conocemos muy bien en estas tierras.

Pero Subianto perdió, nuevamente. Perdió por un mayor margen que en 2014. Y pocos meses después, en un giro inesperado y que no fue bien recibido por los electores de Jokowi, Pradowo Subianto fue invitado a formar parte del nuevo gabinete.

Pradowo Subianto finalmente, a la tercera, ganó las elecciones en el 2023 tras desempeñarse 5 años como ministro de justicia en el gobierno de Jokowi y haciendo campaña con una imagen reformada –ya no el militar con mano de hierro, sino como gemoy, el abuelito adorable. Su estrategia de campaña, enfocada en las nuevas generaciones, incluye el Instagram de su gato, bailecitos de Tik Tok, y caricaturas del exgeneral en pancartas como un abuelito panzón. Lo más importante: sus políticas en campaña fueron claras en querer continuar las obras y la línea general del gobierno de Jokowi. Deja a uno pensando: ¿quién hubiera sido presidente del Perú en el 2021 si hubiéramos vivido una movida parecida?

Que las cosas se dieron como se dieron es evidencia de la falta de temple y visión política de nuestros gobernantes.

Subianto ha logrado exorcizar su imagen antagonista, la cuál por años alienó a muchos electores quienes vivían la ola de optimismo y oportunidad que se siente hoy en el país asiático con Jokowi. Por su parte, Jokowi logró crear esa ola enfocándose mejorar la situación de la población y en tender puentes políticos. Jokowi no tiene ni ha tenido una gran ideología subyacente que se le conozca, ni un plan de transformar radicalmente el aparato político ni económico del país; simplemente, se ha dedicado a gobernar. Joko Widodo no es un santo –tiene serios alegatos de corrupción que han saltado durante su gobierno, el más claro siendo que su hijo integró la plancha presidencial de Subianto, y las libertades civiles en Indonesia han retrocedido durante su gestión. Pero es innegable que hoy representa a su electorado y que el ciudadano indonesio promedio está mejor posicionado que cuando inició su gobierno.

Regresando al Perú, las brechas con el trayecto de Indonesia comienzan a esclarecerse. En la última década, la clase política en nuestro país se ha dedicado a sacarse los ojos, sacarse los puestos, y jugar a la política como fin propio. Durante los 7 (hasta el día en que se escribió esta nota) presidentes que hemos tenido desde el 2016, las leyes aprobadas se han enfocado en favorecer a quienes las promulgan o a los grupos quienes los financian, y la población en general ha quedado olvidada y desamparada en este juego. La pequeñez de nuestros presidentes no les ha permitido ver lo que para Indonesia ahora es obvio: que el pueblo te respalda cuando gobiernas para ellos.

Hay una escena en el documental The Act of Killing (Jagal, en bahasa Indonesia) donde los productores viajan a la ciudad de Medan, Indonesia, y logran hablar con las autoridades locales de manera muy cándida al hacerles creer que están haciendo una película sobre sus «hazañas» durante la persecución comunista en los 60s. Las palabras de un candidato se quedaron grabadas en mi memoria por la fría y dura honestidad con la que relató algo que en nuestro país largamente sospechamos de nuestros gobernantes:

«Si soy electo y logro entrar a la comisión de construcción, podré recibir dinero de todos. Por ejemplo, si un edificio tiene 10 cm bajo la norma, puedo mandar a demolerlo. Me van a decir «no nos reportes, aquí está tu dinero» aún si el edificio no tiene nada malo. Si lo amenazo, me van a dar el dinero de todas formas».

En el momento sentí un puente directo entre nuestra situación y la de Indonesia, una conmiseración desde dos pueblos sometidos al lumpen político, por así decirlo. Sin embargo, 12 años después del estreno de la película, un indonesio puede comenzar a ver a este tipo de candidato como una especie de salida, una reliquia de su tiempo; pero ¿en el Perú? Los vemos gobernando, rodéandonos y sin planes de irse a ningún lado.

Y nos quedamos en este hoyo, necios, viendo como ríen los indonesios.