
Nuestra soledad
Seguramente nadie está a mi lado
Me importa poco, no lo necesito;
Seguramente han dicho que me vaya:
Lo siento claramente
César Vallejo, Sermón sobre la muerte
Que hay algo de nostalgia y otro tanto de soledad en ser peruano ya es un lugar común. Más común es la nostalgia por lo que fuimos: incanato, virreinato titular en la región, república llena de promesas grandilocuentes. O por lo que creímos que fuimos: un país adolescente con pretensiones ilustradas, un centro de pensadores y líderes con ambiciones incluso internacionales. Lo que no es tan común es pensar que estamos solos respecto a nosotros mismos. Los peruanos nos hemos sentido abandonados ante el infortunio, las crisis, o el enemigo externo de turno. Pero estamos asistiendo a algo nuevo, a la ausencia de los peruanos que piensan en el Perú tal. Lo que queda es un territorio llamado Perú con gente nominalmente peruana, pero desprovistos de un alma colectiva y de sus portadores: intelectuales y artistas.
No estoy diciendo, estimado lector, que no existan intelectuales y artistas con los que compartamos territorio o nacionalidad. Probablemente, por primera vez en nuestra historia tengamos varias centenas de ellos, con procedencias cada vez más diversas y, en muchos casos, con acceso a las mejores instituciones formativas del mundo. Lo que planteo, es que, salvo honrosas excepciones, ese enorme talento y recursos queda en muchos casos aislado en los individuos que los portan o en círculos especializados sea locales o extranjeros. Por ello, esa riqueza se mantiene suspendida en al aire sin calar en la vida nacional cada vez más marcada por la informalidad, la anomia y nuestro achoramiento sistemático.
Sé que este siglo aún es joven, pero en su primer cuarto, hay una clamorosa falta de reflexiones profundas sobre nuestros problemas. Mientras que, en el siglo pasado, tuvimos estudio del problema del indio de José Carlos Mariátegui, o la “regeneración del Perú” mediante el estudio de su gente e historia por José de la Riva Agüero, solo por mencionar planteamientos desde la izquierda y la derecha. Y no tenemos visos de tener pronto teorías ambiciosas que busquen explicarnos, diagnosticarnos y, acaso, proponer caminos de mejora colectiva.
Sé que el consenso en la academia va en función de la ultra especialización y que la deriva tecnológica en favor de la inmediatez, la polarización y cámaras de eco dificulta el planteamiento de grandes debates nacionales. Lo sé bien. Y, sin embargo, no dejo de sentir que estamos solos. Que la crisis no solo se da en la muerte de liderazgos políticos sino también intelectuales y ni qué decir de personas que en su fecundidad eran capaces de albergar ambos roles, pero del divorcio de la inteligencia con la política me ocuparé en una próxima columna.
A veces pienso que es la naturaleza gradual de nuestra crisis lo que evita un proceso de análisis integral y compartido. Tras auténticas calamidades como lo fueron la derrota contra Chile o el balance tras el periodo de hiperinflación y terrorismo surgieron preguntas incómodas y respuestas de todo tipo. Imagino que es más fácil llamar al sentido de urgencia ante una casa que se ha derrumbado súbitamente que ante la necesidad de reparar una casa que se va derruyendo poco a poco mientras vamos normalizando su precarización.
Nuestra crisis no es una crisis material a secas, es una crisis material fundada en una crisis cultural, o, mejor dicho, y permítanme la huachafada, espiritual. Debemos volver a creer que como colectivo, somos una entidad trascendente para plantear visiones compartidas a la posteridad, si no, seguiremos siendo meros emisores de partes elocuentes de tragedias diarias. Pensarnos es el primer paso de querernos. El diagnóstico es el primer paso para la cura.
