Defensa (parcial) de la bicameralidad

Luego de meses, si no años, de arduo trabajo de negociación, se aprobó la bicameralidad. El proyecto fue aprobado por una mayoría de bancadas en dos legislaturas, pero estaríamos faltando a la verdad si no dijéramos que este ha sido un triunfo campante de Avanza País, cuyos cuadros más llamativos como el dúo dinámico Cavero-Tudela hicieron campaña sobre esta propuesta.

Al margen de sus proponentes, la reforma contiene puntos clave. El más evidente es que aumenta el número total de representantes parlamentarios para el electorado. En dos años pasaremos de tener 4 a tener aproximadamente 6 legisladores por millón de habitantes. Por simple matemática, el sistema debería ser más representativo de la población. No somos pocos los que creemos que ese número sigue siendo insuficiente, pero es una mejora. Por otro lado, que candidatos a la presidencia o a la vicepresidencia puedan ser simultáneamente candidatos al Senado vuelve más plausible que los candidatos desahuciados de la Presidencia puedan seguir representando a sus votantes desde el Parlamento.

De forma más metapolítica, es un hecho desapercibido pero no menor el volumen importante de artículos constitucionales que han sido modificados. Hace décadas políticas (i.e. un par de años cronológicos), la idea de una asamblea constituyente era la banda sonora del melodrama político antes y después de las elecciones generales del 2021. La efervescencia a su favor y en su contra era medible en saliva, cortisol y miles de soles invertidos en campaña. Sin embargo, sucesos como los de esta semana ponen en perspectiva la necesidad de estertores tan dramáticos como una asamblea constituyente. ¿No demuestra la restauración bicameral que el sistema puede cumplir su promesa de perfectibilidad? Tal vez en el futuro sea menos rentable desenmascarar una Asamblea Constituyente como complot castrochavista que delatar su obsolescencia procedimental con este y otros ejemplos de reforma constitucional tan fundamentales. Esto incluso en torno a un eje central de las reformas fujimoristas de los años noventas. La propia Martha Moyano de Fuerza Popular sustentó el proyecto de reforma alegando que, si bien entonces se necesitaba «un Congreso más ágil, para dar medidas rápidas que se necesitaban para combatir el terrorismo, la hiperinflación que afectaba la vida económica y social del país», ahora urge un «Parlamento más reflexivo, con mayor debate, y que nos permita reconectarnos con la población».

Es refrescante que algunos congresistas han cumplido lo prometido al restaurar la bicameralidad, sobre todo que muchos peruanos consideramos positiva, pero hay consideraciones que no pueden dejar de plantearse.

Lo primero es cómo afectará la nueva estructura del Parlamento su dinámica con futuros gobiernos. Este pugilismo constitucional ha dictado el compás de la política nacional de la última década. Un Senado, como promete su vinculación etimológica con la senectud, está pensado como un órgano reflectivo. Un país que, hasta su prohibición mediante referendo, tenía una de las tasas de reelección más bajas del continente no parece proclive a valorar la experiencia y la trayectoria que requiere un órgano como el Senado. De hecho, el perfil de la cámara alta es incompatible con el cesarismo democrático que un grueso de la población estaría inclinado a apoyar (si es que no lo pide ya explícitamente). Es más probable que se replique la experiencia del autogolpe de Vizcarra, que estribó sobre su versión de un Congreso obstruccionista.

Por otro lado, el renovar total y simultáneamente ambas cámaras junto con la presidencia de la República no es un desarrollo favorable para una estabilidad ya precaria. Persistirá el incentivo para alquilar vientres políticos y dinamitar la institucionalidad partidaria con pólvora reinventada. Por contraste, que una o ambas cámaras muden un porcentaje de sus miembros a la mitad de una presidencia es una oportunidad para que el Presidente (idealmente con su partido o, tanto mejor, su bancada) trabajen por generar las condiciones parlamentarias que le permitan acabar bien su mandato. Es una ventana para ganar asientos o asegurar una mayoría con la venia del electorado, o para que este castigue a la administración sin necesidad de esperar a que acabe el ciclo.

Estos dos puntos van de la mano para informar las cinceladas pendientes para perfilar nuestra arquitectura organizativa: la importancia de tomar decisiones sobre la estructura estatal con un dedo en el pulso de nuestra idiosincrasia, y la necesidad de explorar soluciones creativas para configurar los incentivos correctos. Las abstracciones respecto a cómo debería ser un Estado ideal son secundarias respecto a las necesidades de una sociedad concreta y la experiencia que nos sugiere cuáles son los caminos más adecuados para satisfacerlas. Ambos puntos se resumen en la siguiente cita de de Maistre que tanto conviene recordar: