El ciclo plutocrático, de Vilfredo Pareto
Tomado de Vilfredo Pareto (1916). Trattato di Sociologia Generale. Parte IV: La trasformazione della Democrazia – III. Il ciclo plutocratico
Prefacio
Junto a Gaetano Mosca, Vilfredo Pareto es uno de los fundadores de la escuela elitista. El elitismo concentra su análisis en la élite, la minoría que gobierna a toda la sociedad. El análisis de Pareto se basa en su concepto de residuos y derivados: los residuos son las manifestaciones de los instintos de todos los seres humanos; los derivados son las racionalizaciones de estos residuos, variando con cada sociedad y en cada época.
Las élites (o plutocracias) suelen poseer prevalentemente dos tipos de residuos: el instinto de las combinaciones y la persistencia de los agregados. El primero se refiere a la capacidad de los seres humanos por manipular o tomar elementos obtenidos por la experiencia sensible para construir sistemas de ideas o realizar cambios en la realidad, mientras el segundo busca mantener las combinaciones previamente creadas. De este modo, en una sociedad suelen existir élites tendencialmente progresistas y conservadoras, llegando cada una al poder cuando la otra degenera y pierde su capacidad de gobernar.
El siguiente fragmento, en donde Pareto expone la decadencia moral de las élites europeas de entreguerras, muestra un panorama similar al de nuestro tiempo. Es posible estimar, por lo tanto, el destino de la plutocracia del sigo XXI, cuya capacidad de gobernar se ve desafiada por las convulsiones políticas y sociales frutos de la globalización, pero cuyo accionar se asemejará, muy probablemente, al de las élites de otros tiempos.
[…] Concentrémonos en el desarrollo económico y social de nuestras sociedades desde hace más de un siglo hasta ahora. Si intentamos analizar el desarrollo, en promedio, de los diferentes sucesos determinantes en este periodo, podemos reconocer las siguientes características: (1) un aumento muy grande de riqueza, de ahorro, de «capital» dirigido a la producción; (2) una forma de distribución de la riqueza que deja subsistir a la desigualdad. Hay quien ha asegurado que esta ha crecido; otros, que ha disminuido. Probablemente la norma de distribución ha quedado inalterada. (3) La creciente importancia de dos clases sociales; es decir, la de los especuladores ricos y la de los obreros, o, si queremos, de los trabajadores en general. Se puede ver crecer y prosperar la «plutocracia» si uno se focaliza en el primero de estos dos fenómenos, la «democracia» si se focaliza en el segundo; entendiendo los términos plutocracia y democracia en el sentido indeterminado que les concede el lenguaje vulgar. (4) Un vínculo parcial entre estos dos elementos, que es particularmente notable desde finales del siglo XIX hasta ahora. Si bien, en general, especuladores y trabajadores no suelen tener intereses en común, sucede de todas formas que parte de los primeros y parte de los segundos encontrarán beneficioso obrar hacia la misma dirección, con el fin de imponerse en el Estado y de explotar a las otras clases sociales. Los plutócratas obtienen este tipo de unión valiéndose de los sentimientos (residuos) que existen en la plebe y atrayéndola a través del engaño. De este modo nace el fenómeno advertido por el vulgo y por los empiristas bajo el nombre de plutocracia demagógica. (5) Mientras crece el poder de las dos clases anteriormente mencionadas, disminuye aquel de otras dos, o sea la de los no especuladores ricos (o meramente acomodados), y la de los militares; y ahora ya el poder de los últimos está reducido a casi nada. Antes de la guerra debía hacerse una excepción con Alemania, donde aquel poco era bastante, pero ahora esto poco importa. Una de la señales de la intensidad de este fenómeno es la creciente extensión del sufragio electoral, yendo desde los adinerados hacia los no adinerados. Es necesario notar que entre los adinerados están incluidos muchos que no son especuladores, y entre los no adinerados muchos que tienen intereses comunes con los especuladores, y otros que tienen sentimientos (residuos) de los que estos últimos pueden beneficiarse; y a menudo lo hicieron, efectivamente restando poder a los primeros y aumentándolo para los segundos. (6) De poco a poco el uso de la fuerza pasa de las clases superiores hacia las inferiores. Tal característica, y también la siguiente, son uno de los fundamentos del desmembramiento del poder central. (7) Los parlamentos modernos se presentan como un instrumento eficaz de la plutocracia demagógica. Aquellos, primero en las elecciones y luego en las deliberaciones, proveen de un gran margen a la actividad de los hombres que poseen gran cantidad de instintos de las combinaciones. Por este motivo la configuración parlamentaria moderna sigue parcialmente las suertes de la plutocracia: prospera y decae con ella, y las dos transformaciones, llamadas también transformaciones de la democracia, se acompañan con el desarrollo de la plutocracia.
Los siguientes hechos no son especialmente peculiares, y para comprenderlos correctamente debemos colocarlos en las secuencias históricas a las cuales pertenecen. Debemos evitar darle demasiada importancia a lo que sucede bajo nuestros ojos, quitándola de lo que el pasado nos ha dejado como recuerdo; debemos también cuidarnos del efecto opuesto, que se tendría si pretendemos ver en el presente una copia fidedigna del pasado. Los movimientos, en parte análogos a los presentes, que nos hace notar la historia no tienen un movimiento uniforme hacia la misma dirección; pero todos tienen ondulaciones, hacia uno y otro sentido, el que no quita que pueda reconocerse un patrón general, alrededor del cual suceden las oscilaciones. Estas nacen por la índole misma de los hombres, regulados principalmente, en lo que respecta al gobierno, por agentes que pueden dividirse en dos grupos, o sea uno del consentimiento; el otro, de la fuerza. Entre estos dos polos oscila el orden social.
El consentimiento se obtiene mediante subgrupos de agentes, uno de los cuales es la coincidencia de intereses. El otro proviene de sentimientos religiosos, costumbres, prejuicios, etc., y corresponde a los residuos a los que, en la Sociologia, llamamos persistencia de los agregados. Entran en acción a menudo mediante la persuasión, que se obtiene a veces con buenas razones; mayormente mediante sofismas (derivados). A aquello corresponden los residuos que hemos llamado del instinto de las combinaciones.
Nos es útil concentrarnos en la diversa participación en el gobierno de las dos grandes categorías de ciudadanos: una constituida por los agricultores y por los terratenientes; la otra conformada por los comerciantes, los industriales, los empresarios de obras públicas, los publicanos, los «especuladores», etc. La primera tiende casi siempre a aumentar el poder de la persistencia de los agregados, la segunda, del instinto de las combinaciones, por lo que la prevalencia de una u otra categoría da origen a sociedades de diferentes tipos.
Cuando predomina la primera, esa puede mantenerse por virtud propia; cuando domina la segunda, a menudo se obtienen sociedades plutocráticas, y, ya que la plutocracia tiene escasa forma propia, conviene que se transforme en plutocracia demagógica o militar. La primera es económicamente menos costosa que la segunda, cuando esta no participa excesivamente en empresas de guerra.
A menudo no hay solo separación, sino también oposición entre la actitud de valerse con la fuerza y aquella de obtener el consentimiento. Los individuos excepcionales pueden poseer ambas; la mayoría de los gobernantes tienen una que es mucho mayor que la otra, y al haber una circulación entre las diferentes clases sociales, esta está estrechamente relacionada a las oscilaciones del orden social.
Cada uno de los tipos sociales tiene en sí los gérmenes, en primer lugar, de su prosperidad; luego, de su decadencia, de modo similar a los seres vivos. Las grandes oscilaciones corresponden a tales períodos.
De tales nociones, que solo son un compendio de hechos experimentales, nace una teoría del movimiento ondulatorio de las sociedades, que en detalle tratamos en la Sociologia, y que, por lo tanto, recordaremos ahora solo por lo que respecta a nuestro propósito.
La antigua Roma fue una república de agricultores, volviéndose plutocracia tras la destrucción de Cartago y la conquista de Grecia. Las leyes agrarias de los Gracchi buscaban impedir tal transformación, y, sin embargo, la fomentaron. Este no es un hecho insólito; de hecho, es bastante frecuente que los hombres políticos, creyendo que se mueven hacia una dirección, se muevan, involuntariamente, en la dirección contraria. La plutocracia demagógica romana triunfa desde los tiempos de Sula y, desde entonces hasta la época de Augusto, combate contra la plutocracia militar. Esta última, vencedora en el Alto imperio, degenera rápidamente en una burocracia militar, similar en parte a la del zarismo moderno, en Rusia. Aquella y esta última terminaron con una gran convulsión social. Mario y César tuvieron como aliada a la demagogia y prepararon inconscientemente el reino de Augusto. La historia dirá si episodios análogos tendrá el gobierno de Lenin y si Iván el Terrible tendrá un sucesor.
El miedievo fue época de prevalencia del campo, destruida luego, poco a poco, por la industria y por el comercio de las comunas, con subsidio del poder real y de la burocracia. En las transformaciones que nos conducen a la época moderna, aparecen diversos tipos de plutocracia.
Notable es la prosperidad extraordinaria de la plutocracia inglesa, parecida a la romana antes del fin de la república. En ambos casos, el elemento principal de la prosperidad fue la parte del gobierno ubicada en la categoría de los agricultores y de los terratenientes, que daban a la plutocracia demagógica los elementos de estabilidad y de fuerza de los cuales, por índole propia, no poseen.
En Francia, el imperio de Napoleón III se apoyó en el campo, si bien manteniendo limitadamente la plutocracia y sirviéndose del militarismo, como el imperio de Augusto en Roma. El uno y el otro terminaron enfrentándose a fuerzas bélicas extranjeras; pero el imperio francés fue destruido en Sedán, y el romano apenas si fue sacudido por la derrota de las legiones de Varo contra los germanos. Esta es la parte de los casos accidentales que se sobreponen a las grandes oscilaciones nacientes por fuerzas intrínsecas.
La tercera república francesa comenzó con la primacía del campo, y luego viró hacia la plutocracia demagógica, la cual llegó a la cúspide del poder en la época del caso Dreyfus. Pero la guerra no es favorable para las plutocracias, y las últimas elecciones, en Francia, dan señales de una oscilación en sentido contrario. La clase agrícola se ha enriquecido con la guerra y ha adquirido renovada importancia. En ella predominan los agricultores propietarios, y también tiene características que, incluso solo levemente, se acercan a la de los llamados vulgarmente conservadores. Hay escasa plebe agrícola, como la de los trabajadores en Italia, que piden la expropiación de las tierras, e incluso el ser pagados por trabajos inútiles o falsos.
El pueblo francés siempre ha sido belicoso, y la victoria ha revitalizado el militarismo. Por otra parte han disminuido el poder y la importancia de los socialistas, que no han sabido o querido mantenerse fieles a sus prncipios, asociándose a gobiernos burgueses, y entre los cuales no faltan los patriotas a ultranza ni tampoco los tiburones.
No sabemos si el ya iniciado movimiento proseguirá, ni cuáles serán sus resultados; el todo en medio de la descomposición del poder central.
En Alemania había una plutocrcia militar, subsidiada por la clase agrícola, especialmente por la prusiana, y que ahora ha sido derrotada por las plutocracias occidentales rivales.
La guerra mundial, dejando de lado las declamaciones patrióticas, éticas, sobre la «defensa del derecho y de la justicia», sobre la «barbarie» de los enemigos y demás, aparece, en gran parte, como un conflicto entre la plutocracia militar y la plutocracia demagógica, en el cual intervino la burocracia rusa; y se demuestra cierta la observación de los socialistas, que la definen una guerra burguesa.
Todos esos gobernantes, a excepción de los americanos, y, tal vez, los ingleses, hicieron mal los cálculos. El gobierno ruso, después de lo sucedido tras la guerra con Japón, habría tenido que prever la revolución, y descuidó el amutinamiento. El gobierno alemán debería haber aprendido de Bismark cómo preparar una guerra con la diplomacia y, presuntuósamente, no lo hizo. La plutocracia francesa y todavía más la italiana no se habían preparado para la guerra hacia la que, sin embargo, se acercaban.
Las plutocracias enfrentadas primero creyeron, y después, cuando descubrieron la verdad, quisieron seguir haciendo creer a los demás que la guerra habría sido breve y poco costosa. Esta habría servido para sus propios propósitos, ya que el arte de gobernar consiste en saber aprovechar los sentimientos (residuos) existentes, y aquellos del patriotismo eran muy potentes; pero las plutocracias no supieron detenerse a tiempo, lo que es un defecto común en empresas de este tipo. Podían hacer las paces en 1917, el punto en donde la guerra les habría sido útil y no dañina; en vez de eso, por parte de la Entente, quisieron una victoria definitiva, mientras, por parte de los Imperios centrales, no superion resignarse a los sacrificios indispensables, a perder lo mínimo para salvar lo más posible; y ahora todos se encuentran enfrentados entre obstáculos inextricables. Así se aceleró una evolución que tal vez se habría cumplido de todas maneras.
Las plutocracias occidentales no entendieron, como no lo entendieron aquellos, que por algún motivo que desconocemos son llamados conservadores, la utilidad indirecta que les otorga el militarismo alemán y el ruso, ni cómo, destruyendo al primero tras desaparecer el segundo, dejaban el campo libre a la tan odiada demagogia. Ahora quieren buscar refugio combatiendo contra el bolchevismo, pero ya es tarde: los revolucionarios rusos tienen, en el interior de los países de la Entente, aliados más fuertes y peligrosos mientras mayor es el desmembramiento del poder central que todavía queda en manos de la plutocracia a punta de retiradas. La plutocracia fue llevada hacia el error por las mismas derivaciones que usaba para engañar a los demás, para empujar y mantener a las masas en las trincheras, añadiendo gigantescas promesas que sabía muy bien que no podría cumplir. Es oportuno afirmar que el tiro les salió por la culata.
La plutocracia militar alemana fue derrotada y disuelta por una fuerza extranjera; es decir, por la plutocracia demagógica, que ahora se extiende en Alemania y que triunfa por completo en los países de la Entente.
La Italia moderna fue constituida por la burguesía, con la indiferencia y a veces oposición de las multitudes agrarias. El nuevo régimen se dirigió rápidamente hacia la plutocracia demagógica, llegando a la cúspide de su poder en la época de Depretis y poco después. Como era de esperarse, ahora ha sido dañada por la guerra, pero no está ni cerca de haber sido derrotada.
En general, la plutocracia demagógica parecer triunfar por completo. Tal vez podrá mantenerse todavía por mucho tiempo en Inglaterra, mediante las ganancias que le provee la hegemonía frente a la que, de buena o mala gana, se pliegan todos los Estados, a excepción de los americanos. Roma aprovechó solo la cuenca Mediterránea; Inglaterra aprovecha gran parte del globo terrestre. Queda por saber si, en Inglaterra, surgirán fuerzas internas eficaces en oposición a la plutocracia demagógica, si no resurgirá la plutocracia militar en otros países, y en qué terminará la incógnita de Rusia y de Asia.
Mayores peligros corre la plutocracia en otros países europeos; pero en cada tiempo, y en todo país, le encontramos antecedentes en sacar provecho de situaciones que parecen particularmente desesperadas. Aparentemente cede frente a las fuerzas adversas, con el diseño ya concebido de recoger con astucia lo que ha debido abandonar con la fuerza: rodea el obstáculo que no puede superar de frente, y suele hacer pagar los gastos del conflicto a los ahorradores y a los jornaleros, que son todos buenas ovejas, fáciles de trasquilar. Recientemente ha ideado infinidad de soluciones, como las enormes deudas públicas que sabe muy bien que no podrá pagar, las palancas sobre el capital, los impuestos que drenan los ingresos de aquellos que no especulan, las leyes santuarias, que ya con anterioridad la historia ha demostrado vanas, y otras medidas similares que tienen como propósito principal engañar a las multitudes.
En Italia, el proyecto de ley del honorable Falcioni para «el latifundio y la concesión de las tierras a los campesinos» no dañará a nuestra plutocracia más de lo que, después de una breve tormenta, dañaron a la plutocracia romana las leyes agrarias de los Gracchi. Mayores daños podría causar el proyecto de ley de los Populares, que busca aumentar el número de pequeños propietarios si lograra actuarse, ya que en esta clase agrícola se encuentran los únicos adversarios que pudiera temer.
Mientras la producción del ahorro no sufra demasiado, se mantenga el pan a bajo precio, los alojamientos a precio reducido y los otros beneficios que la plutocracia le otorga a sus ayudantes y a los súbitos, no le será impedido de conseguir grandes ganancias, como no le fue impedido a la plutocracia romana por las leyes de racionamiento que primero tuvo la República y que mantuvo y amplió el Imperio.
Tales condiciones y medidas dependen de la índole misma de las cosas, por lo cual continuarán en el futuro, y la decadencia de la plutocracia romana bien podría, al menos parcialmente, ser el reflejo de aquella que se encuentra por encima de nosotros.
Es cierto que nos encontramos en un momento que comparte grandes similitudes con la situación en la que se encontró la plutocracia romana hacia el fin de la república. Es muy probable, también por analogías con ciclos observados en otros tiempos y en otros países que, encontrándonos cerca a la cima, estamos también próximos al descenso.
Saber esto es poco, y querríamos saber más, pero es mejor poco que nada; y un poco presente no excluye, sino prepara un más futuro. Para llegar a él solo podemos confiar en la guía de la ciencia experimental.
Prefacio y traducción:
