El sabio italiano que amó al Perú
En la diversidad de ilustres personajes que han acompañado el devenir histórico del Perú republicano, la figura de Antonio Raimondi se erige como el paradigma del científico apasionado y profundamente humano. El «sabio» italiano, como le llamaron sus contemporáneos, y aquellos que en la posteridad estudiaron su prolífica obra, no merece menores méritos que ser reconocido por su incansable trabajo en la descripción y proyección del complejo medio natural peruano, trabajo por el cual ha quedado para siempre estampado en las páginas de oro de la historia de la ciencia.
Es, sin embargo y paradójicamente, aquella persona cuya vida menos es difundida, y su legado injustamente resumido en una frase completamente apócrifa. Como menciona Giovanni Bonfiglio en su estudio sobre el naturalista, Raimondi no solo nunca dijo que el Perú era un «mendigo sentado en un banco de oro», sino que aquella frase encierra una mentalidad contraria a aquella que él defendió con sus investigaciones.
Hoy, en el 133° aniversario de su fallecimiento, merece recordarse la hidalguía de aquel hombre que, alejado de su patria, supo abrazar al Perú como si fuera suyo, y que entregó sus fuerzas al proyecto nacional del que somos herederos.
Años iniciales y llegada al Perú
Nacido en la ciudad de Milán, el 09 de diciembre de 1824, Antonio crece en un ambiente intelectual de profundo desarrollo de las ciencias naturales respecto del resto de regiones de la península. Así, el Museo de Historia Natural de Milán, fundado por Giuseppe de Cristoforis y Giorgio Jan, se convirtió en su primera casa de estudios, donde tuvo sus primeros acercamientos a las ciencias naturales, complementando su formación de manera autodidacta mediante visitas de campo y estudios de química, botánica, cartografía, taxonomía y mineralogía, además del aprendizaje de dibujo y pintura, conocimientos que formaban parte del bagaje científico de los naturalistas de la época.
Fue entonces que conoció al Perú: en el Jardín Botánico de Milán presenció el corte de un gigantesco cactus peruvianus, planta de su predilección, acontecimiento que marca el inicio de su simpatía por aquel país lejano, que más adelante sería su nuevo hogar.
Tras un estudio previo, detallado en su primer tomo de El Perú, Raimondi decide viajar hacia el país del Pacífico sur por ser el «menos estudiado y conocido», y sin embargo «el más diverso». Después de unos años de acontecimientos políticos originados por el sentimiento de independencia y unificación italiana, donde participó de forma activa junto a su hermano Timoleón, Raimondi desembarcó finalmente en el puerto del Callao el 28 de julio de 1850.

Mapa del Perú señalando los límites con los demás Estados vecinos a que tiene derecho, según documentos antiguos y modernos, de autoría de Antonio Raimondi, 1877.
El Perú salía de la grave crisis política que significó el primer militarismo. Gobernaba Ramón Castilla por primera vez, y el afán modernizador se hizo sentir en el ambiente académico del Colegio de la Independencia (el renombrado Colegio de Medicina de San Fernando), cuyo rector era Cayetano Heredia, quien contrató al recién llegado Raimondi por recomendación Emanuele Solari, médico y compatriota del naturalista. Ahí conocerá a Ricardo Palma, Juan Sánchez Silva y José Casimiro Ulloa, entre otros intelectuales de la época.
Un año después, el joven Raimondi dictaba los cursos de Botánica Orgánica, Clasificación y Zoología. Con su modesto salario pudo costear sus primeros viajes, donde aprendió lo necesario para sus posteriores recorridos definitivos. En 1853, y por encargo del gobierno de Echenique, una comisión de expertos (entre los que estaba el joven Raimondi) fue encargada de medir la cantidad de guano en las islas de Chincha, principal fuente de ingresos económicos del país. Producto de esta visita, el naturalista escribirá un informe acerca de las aves que producen el guano, donde describe sus características y clasificación.
En esta primera etapa, siempre a cargo de su modesto salario, realiza visitas a Chanchamayo, Tarapacá, Huánuco, Cusco, Paita y Tumbes. En 1858 escribe Exposición sobre la decadencia del ramo de la minería, donde coloca sobre la mesa el problema de dicha actividad como una de las potencialidades del Perú, que se veía desfavorecida por el escaso estudio y personal capacitado. Aquí, se presenta una de las características que acompañarán toda su obra: Raimondi no se limitó a hacer ciencia descriptiva. No le bastaba detallar cada uno de sus descubrimientos, sino que aportaba alternativas de solución para resolver el problema y participar del desarrollo del país.
Conocer y escribir el Perú
A partir de 1859, Antonio Raimondi encuentra el camino hacia aquel objetivo que planteó en Italia y pensaba proyectar en el Perú. En 1858, el Congreso de la República aprueba un subsidio a favor del joven italiano de 2 000 pesos, con el objetivo que este investigue el territorio nacional, a fin de poder establecer futuras vías de comunicación con los ríos navegables de la cuenca amazónica, y establecer con precisión las líneas limítrofes del país.
Durante los 10 años siguientes, Raimondi se dedicaría por completo a recorrer casi la totalidad del territorio peruano, acompañado de su criado Cristóbal Núñez. Tras una primera excursión al norte, se vio en la necesidad de redefinir y ampliar su plan de estudios, cuya trayectoria comenzó oficialmente en 1962.
Los viajes sirvieron de base principal de la investigación que posteriormente materializaba en su obra El Perú, y en estudios detallados de sectores específicos como Áncash, Carabaya, Cerro de Pasco y Chanchamayo. Es en estos viajes, que le trajeron múltiples placeres y penurias, que Antonio Raimondi realiza aquellas acciones que inmortalizaron su figura: desde el dibujo detallado de la Estela Chavín (posteriormente rebautizada como Estela Raimondi), hasta la clasificación originaria de la planta denominada puya, cuyo nombre también acompaña su apellido.

Dentro de sus observaciones, pudo constatar la necesidad de vencer la accidentada geografía nacional mediante vías de transporte (“Puentes y caminos es lo que necesita el Perú para alcanzar su grandeza”, afirmaría), y el deber del Estado peruano de protección al poblador indígena, de quien supo apreciar su sabiduría (encontró similitudes entre la nomenclatura quechua de las plantas con la nomenclatura científica, y fue testigo directo de las bondades de la medicina natural durante su padecimiento por la enfermedad de la verruga), y también sus carencias.
Anécdotas curiosas, hechos singulares, lugares antes inexplorados. Raimondi culminaría esta etapa de su vida el día 10 de junio de 1869, tras haberse aprobado una ley que autorizaba al Poder Ejecutivo a conseguir la cesión de sus colecciones, además de favorecer en la publicación de su obra. Finalmente, se destinó la suma de 50 000 soles, que los destinó, además de la compra de una casa en la que viviría con su esposa Adela Loli, en la compra de materiales y libros para la realización del estudio previo a la redacción de su obra.
El naturalista conocía la inmensidad de su proyecto. Proyecta un aproximado de 20 tomos, divididos en siete partes, en un plan que pretende ser omnicomprensivo: un estudio de la geografía, meteorología, mineralogía, geología, botánica, zoología y etnología peruanas, cuyo título general sea El Perú. Si bien ya había recibido del gobierno de Balta la aprobación del subsidio para dicha obra, esta se hace realidad durante el primer civilismo de Manuel Pardo. Para este objetivo, Raimondi trabajará mano a mano en una oficina con varios colaboradores, entre los que se encontraban José Luis Paz Soldán, Alfred Dumontel y el cartógrafo Manuel Charon.
Tras los fuertes debates acerca de la imposición de tributos al salitre, publica en 1874 el primer tomo de El Perú, cuyo mensaje final es, más que una recomendación contextual, un consejo constante y actual:
Confiado en mi entusiasmo he emprendido un arduo trabajo muy superior a mis fuerzas. Os pido pues vuestro concurso. Ayudadme. Dad tregua a la política, y consagraos a hacer conocer vuestro país y los inmensos recursos que tiene.
Después de la publicación de los dos siguientes tomos dedicados a la materia geográfica, y terminado el primer civilismo de Manuel Pardo, la Guerra del Pacífico significó para Raimondi el mayor obstáculo en la realización de su obra. La oficina de redacción de El Perú se vio paralizada por alrededor de seis años, sin ser reabierta hasta 1886.
Durante el conflicto, y en especial durante la ocupación de Lima de 1881, Raimondi se encargó de proteger las colecciones del futuro Museo de Historia Natural bajo el amparo de la bandera de Italia, al solicitar un certificado que acredite su nacionalidad. Pese al ofrecimiento chileno e italiano de continuar sus investigaciones en aquellos países, el sabio esperó a que el Estado peruano, recuperado de la crisis, pudiera continuar el financiamiento de su obra. No quiso separarse del Perú.
Mellada su salud, dedicó sus últimos años al trazado de un mapa general del territorio nacional, y participó activamente, en la medida que su cuerpo lo permitía, de los debates sobre las fronteras limítrofes con Brasil y Ecuador. Debido a su diagnosticada escoliosis neuromuscular, Antonio Raimondi falleció el 26 de octubre de 1890, en la casa de su entrañable amigo Alessandro Arrigoni, en San Pedro de Lloc. En los días siguientes, ante su cuerpo ya trasladado a Lima, desfilaron centenares de colegas, amigos y admiradores.

El legado del naturalista
Pocas personalidades históricas son en la actualidad tan conocidas y desconocidas a la vez como Antonio Raimondi. Su obra, prolífica como pocas, alcanza las 4 059 páginas publicadas en vida, sin incluir sus notas de viaje y su correspondencia; y destaca por su ágil prosa, de agradable lectura. Reconocido nacional e internacionalmente, nadie le reprochó no haber podido culminar aquel proyecto que planteó con tanto entusiasmo. A similitud de los más grandes científicos de la historia, solo él fue su más acérrimo crítico.
Hemos dejado en claro que Raimondi jamás pronunció aquella frase con la que es conocido incluso en ambientes académicos de «rigor». Esta expresión, que, como indica Bonfiglio, expresa una clara concepción rentista, va contra el planteamiento del Perú que postula Raimondi: aquel país como potencialidad. La frase citada, por su parte, una actitud pasiva ante una riqueza ya existente. El sabio expresaba la posibilidad de riqueza como un llamado a la acción: el desarrollo de las potencialidades del Perú, que tanto incidió en los escritos que produjo, y que requiere de la necesidad del estudio de aquellas virtudes, y la puesta en acción de voluntad política y científica para convertir esa potencialidad en acto. Ese fue el auténtico mensaje que legó al Perú.
A esto, se le suma el mensaje a la juventud peruana, a la que dedica su obra: la necesidad de buscar acuerdos, de dar tregua a la política. Nuevamente, Raimondi no pide pasividad, no exige una ignorancia ante el acontecer político. Al contrario, manifiesta la necesidad de los acuerdos básicos para el avance del país.
Raimondi, tan investigado y tan desconocido a la vez, pide a los peruanos, especialmente a los más jóvenes, que derroten los muros innecesarios. Siendo extranjero, se sintió peruano, y contribuyó a la construcción del gran proyecto nacional. Nos dejó ese legado, y la misión de continuarlo.
