Alejandro VI, el Papa Borgia: padre de Trento, padre de la Hispanidad
Afirmamos con toda seguridad que no existe figura más injustamente vilipendiada y desmerecida, por la historiografía oficial, por la común opinión de los aficionados históricos, así como por la deficiente formación histórica de los clérigos modernos, que la de Rodrigo Borja (1431-1503), mejor conocido como el Papa Borgia, o Alejandro VI (1492-1503). El nombre italianizado de Borgia es, vulgarmente, sinónimo de veneno, y asesinato, engaño, disimulo, astucia malévola, lujuria, incesto y fratricidio; dentro de la Iglesia, es expresión de decadencia, de simonía, nepotismo, y de la negación de la fe. Falsedades y calumnias repetidas frecuentemente por la ignorancia generalizada de los adictos a los dramas televisivos y a pornográficas novelas carentes de mérito literario alguno. Piadoso cristiano, hombre práctico, gobernante excelso, precursor reformista del Concilio de Trento, padre de América y de la Hispanidad: ni místico ni santo, sencillamente un hombre de su tiempo, no desprovisto ni de genio político ni celo apostólico por la defensa de la fe verdadera. [1]
«La historia de Alejandro VI, como nos ha sido transmitida, pese a cuatro siglos de erróneas afirmaciones y a la creencia general consiguiente, es un tejido de falsedades y de incongruencias, que se revelan sólo cuando se vuelve a los documentos de aquel tiempo, bajo la influencia de una sana crítica. Entonces, los delitos que se le atribuyen caen al menor examen, más aún que por falta de pruebas, por la evidente imposibilidad de que el acusado los realizara. Las agrias censuras políticas, al contacto de la verdad, se deben trocar en alabanzas, pues no hubo durante el Renacimiento quien tuviese en concepto de la libertad de la Iglesia, de los Estados y de los individuos más alto que él (…)».
Orestes Ferrara, El Papa Borgia (1943).
Rodrigo Borja pertenecía a una dinastía de abolengo valenciano, inmersa en las contiendas entre familias poderosas ubicadas en Italia; siendo sobrino de Calixto III (1455-1458), Papa célebre por sus deseos de reconquistar Constantinopla y los Santos Lugares, nuestro personaje estuvo ligado desde una edad muy temprana a Roma, si bien nunca dejó de ser considerado como un español entre los italianos. El Cisma de Occidente (1378-1414) y los Concilios de Constanza (1413) y de Florencia (1431-1445), aún frescos en la memoria, habían colocado al Papado en la necesidad de constituirse como un fuerte poder temporal, con la preocupación constante por mantener una posición militar y política lo suficientemente sólida para no ser absorbido por la presión de las Ciudades-Estado vecinas, así como de dirigir la guerra contra el turco mahometano: «actuando, en una palabra —diría el Marqués de Quintanar— tanto o más que con las llaves de San Pedro, con la espada de San Pablo… ».
La familia Borja, acusada de nepotismo, fenómeno constante en el momento histórico que tratamos —y aún presente en las kakistocráticas democracias liberales modernas, al estilo de los Bush, los Clinton y los Obama—, mantenía a flote sus intereses temporales mediante la alianza natural a los vínculos sanguíneos, que tanta importancia revistieron hasta antes de la irrupción de la Revolución en el siglo XVIII. Fue completamente natural que los Borja protegieran sus intereses rodeándose de familiares y de españoles de común origen, en una Italia que no dejaba de mostrar recelos por su origen extranjero.
Rodrigo Borja se formó como jurista, doctorado en derecho canónico en la Universidad de Bolonia, habiendo recibido todos los honores posibles por su capacidad como jurisconsulto, dejando a la posteridad dos obras notables para la defensa de la fe católica: la primera, titulada Clipeus Defensionis Fidei Sanctae Romanae Ecclesiae, y la segunda, con el título de Constitutiones Ecclesiasticae. Desde esta época, Rodrigo se hallaba al servicio de la Iglesia mediante la mediación de su tío, el cardenal Alfonso de Borja, quien al convertirse en Calixto III lo elevaría a la dignidad de cardenal en 1456, a la temprana edad de veinticinco años. Como cardenal, Rodrigo Borja desempeñó importantísimas funciones, bajo el título de Vicecanciller, lo que equivaldría a un moderno Secretario de Estado, para cuatro diferentes Papas: Pío II (1458-1464), Paulo II (1464-1471), Sixto IV (1471-1484) e Inocencio VIII (1484-1492), hasta ser elegido él mismo como Alejandro VI en 1492.
Baste decir que la función del cardenalato en esta época se entendía en una lógica mucho más amplia, y bien diferenciada, de la que actualmente cumplen (cuando se dignan a hacerlo) los cardenales. Mientras los obispos velaban por la salvación de las almas, los cardenales asumían funciones políticas y de gobierno, hasta tareas como la conducción de los ejércitos pontificios. No resultaba extraño que un príncipe eclesiástico viviera rodeado de lujos, en pleno apogeo del Renacimiento, algo que resultaría bastante inusitado para nuestra concepción actual. Rodrigo Borja fue un cardenal rico, de buen parecer, generoso y de gran cortesía. Se le han atribuido cuatro hijos, de una mujer llamada Vannozza Cataneis, bautizados con los nombres de César, Juan, Jofré y Lucrecia, siendo César el más célebre, como cardenal, como militar y como duque de Gandía. Ahora bien, al día de hoy, a decir de Orestes Ferrara, tras evaluar la documentación existente respecto a este personaje, no existen pruebas concluyentes que permitan afirmar la existencia de relaciones amorosas con la Vannozza, ni respecto a la pretendida paternidad de estos cuatro; por el contrario, la evidencia los muestra como sus sobrinos y ahijados espirituales.
La examinación histórica, lejos de mostrarnos al monstruoso personaje que las dramatizaciones burdas han hecho, en realidad nos muestra a un Rodrigo Borja, aún como cardenal canciller bajo el pontificado de Sixto IV, preocupado por llevar a cabo la reforma de la Iglesia. En el caso de España, su visita a los reinos ibéricos en 1473, en el contexto de la Guerra de Sucesión Castellana, nos muestra su altísima labor en la reforma de las costumbres eclesiásticas, a través de la reunión del concilio regional de Segovia, o el incondicional apoyo que le brindó a Pedro González de Mendoza, antecesor de Francisco Jiménez de Cisneros, figuras claves en la restauración del clero en los reinos ibéricos, referencias que pocas décadas después servirían de modelo e inspiración para las reformas emprendidas por el Concilio de Trento. Por otro lado, desde estos años el cardenal Borja fomentaría la catoliquísima unidad del mundo hispánico, mediante la formalización del matrimonio secreto entre Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, a quienes más tarde otorgaría, como Papa, el título de Reyes Católicos.
«Actuemos siempre de manera que nuestro ministerio esté al servicio del pueblo y que, según el Apóstol San Pablo, no demos ocasión de murmuraciones; no remisos en nuestra solicitud, fervorosos de espíritu, sirviendo verdaderamente al Señor. Haced que los actos de vuestra vida se ajusten, en cuanto sea posible, a vuestra profesión, y observad tal modestia, que el corazón u ojos de los que os miran no sean turbados. Nuestra consagración a ser modelo de ejemplaridad hace que el pecado de olvidar tan alto sacerdocio sea aún más reprobable que la culpabilidad misma de la transgresión. Procedamos honradamente y velemos por nuestra buena reputación; esto es primordialmente necesario para el éxito de nuestro ministerio».
Discurso del cardenal Rodrigo Borja ante el clero de Valencia, en 1473.
El 20 de agosto de 1492, al momento en el que fue elegido, por unanimidad del Colegio Cardenalicio,[2] coronado como Papa, Alejandro VI inició una política tendiente a consolidar los Estados Pontificios como señorío autónomo e independiente, restando la influencia de las casas romanas e italianas, de nobles y clérigos como los Orsini, los Caetani, los Savelli y los Colonna, familias y condottieri que con el tiempo se habían convertido en señores feudales independientes de la Santa Sede, así como la injerencia de Carlos VIII de Francia, instado por Julián de la Rovère (futuro Julio II) para invadir Italia y deponerlo. Todos ellos se unieron en un común esfuerzo, producto de la intriga: destruir la autoridad moral del Papa Borgia mediante la propagación de rumores y noticias degradantes de su persona. Bien nos dice Orestes Ferrara: «Borgia tenía un concepto de la supremacía de la Iglesia que no podía ser del agrado de los Príncipes temporales», de ahí sus proyectos de consolidar el dominio regional de la Santa Sede, como principado. Contra todos sus pronósticos, Alejandro VI prevaleció, reconstituyendo los Estados Papales como un poder temporal fuerte y sólido.[3]
A mediados de 1493, llegaron al Papa noticias del Descubrimiento del Nuevo Mundo por Cristóbal Colón, presentando a su consideración la disputa jurídica entre el Reino de Portugal y el de Castilla. De esta época datan las bulas alejandrinas, que zanjaron las disputas presentes y futuras a aquel momento con respecto a la interpretación del Tratado de Alcazovas, firmado en 1479. Alejandro VI, basándose en una reconocida tradición jurídico-teológica medieval que ha sido denominada la teoría teocrática del dominio universal, concedió a Castilla la donación de las tierras e islas por descubrir, con la gravísima encomienda de llevar todas las almas encontradas a la Iglesia de Cristo, enviando solamente los mejores misioneros para lograr esta labor. Gracias a la intermediación del Papa Borgia, Portugal y Castilla suscribieron el Tratado de Tordesillas, en 1494.
1497 fue el año en el que Alejandro VI inició los proyectos para una reforma sustantiva de la Iglesia, nombrando una Comisión de Cardenales bajo su dirección. Dentro de los cambios adoptados en las constituciones, se señaló: la prohibición de venta de las indulgencias, la exigencia de una vida santa a los cardenales, la obligación de que los obispos dentro de una diócesis se reunieran en sínodo una vez al año y los arzobispos un concilio provincial, el deber de purificación de los conventos, la obligación de los obispos de residir en su diócesis, el requisito para ser consagrado obispo consistente en ser doctor en derecho canónico, el castigo de la simonía con la excomunión, el deber de examinar moralmente a todos los aspirantes a clérigos, así como la manutención de los curas pobres por el Tesoro papal. Adicionalmente, el Papa Borgia inauguraría la tradición de la censura eclesiástica, que sobreviviría hasta las décadas siguientes al Concilio Vaticano II. En suma, Ferrara concluye: «las medidas estudiadas por esta amplia Comisión de Cardenales, bajo la dirección de Alejandro VI, y los proyectos acordados, ofrecen una impresionante analogía, en algunos casos identidad con los que fueron presentados y luego aprobados en el Concilio de Trento al reanudarse esta labor».
«Nosotros hemos tomado la decisión de atender desde ahora a la reforma propia y de la Iglesia. En manos de seis cardenales y de dos auditores de la Rota pondremos toda esta reforma. En adelante los beneficios se conferirán únicamente conforme a los méritos. Queremos renunciar al nepotismo, comenzar la reforma por nosotros mismos, llevarla luego a los demás miembros de la Iglesia y conducirla hasta el fin».
Alejandro VI, Consistorio del 19 de junio de 1497.
Viendo así las cosas, encontramos en Alejandro VI a una eminencia, digna de todo elogio y reconocimiento. Ya sea en el ámbito de la reforma de la Iglesia, poniendo las bases desde las cuales se edificaría Trento, como en la instauración de la ley de la Cristiandad sobre todo el orbe con el mandato de evangelización sobre las Indias, hasta antes de la aparición del derecho internacional moderno. Se trata de un personaje de suma importancia trágica e injuriosamente disminuido por rumores y leyendas negras inventadas en su contra. La unidad religiosa de América, cuyos efectos todavía gozamos, fue mérito extensivo del gran Rodrigo Borja, a través de las equivalentes figuras de Fernando y de Isabel, así como del cardenal Cisneros.
A todos ellos rendimos honor y homenaje.
[1] En el presente artículo hacemos el esfuerzo, aunque sea modesto, de hacerle justicia a este honroso personaje. Comenzando, en primer lugar por referir a las fuentes que ofrecemos para aquellos interesados en la historia y en la verdad, y no en la leyenda y la repetición imbécil de clichés: aludimos a la indispensable obra de Monseñor Peter de Roo (1839-1926), historiador formado en los Archivos del Vaticano, en su Material for a History of Pope Alexander VI, his Relatives and his Time, 5 vols., The Universal Knowledge Foundation, Nueva York, 1924, así como al erudito texto del prolijo historiador, jurisconsulto y diplomático italiano-cubano Orestes Ferrara (1876-1972), El Papa Borgia, Ediciones La Nave, Madrid, España, 1943.
[2] Las afirmaciones gratuitas en torno a la compra de esta alta dignidad por Rodrigo Borja a través de la simonía no resisten a ningún examen histórico serio: «la unanimidad en la Iglesia la han alcanzado pocos Papas, y todos de altas cualidades» (Orestes Ferrara, 1943).
[3] «Roma, hasta Alejandro VI, no fue posesión de sus habitantes ni de la Iglesia, sino la tierra de una nobleza desenfrenada, inquieta, rebelde a todas las reglas del deber y del orden, especialmente desde el cisma de Aviñón. Esta Roma destruida por aquel Papa renace. Los Príncipes vuelven con sus Cortes, con sus soldados, con sus poetas, con su pueblo siempre dispuesto a aplaudir la fuerza o el engaño» (Orestes Ferrara, 1943).
