Marx no fue progresista, de Paul Gottfried
De Paul Gottfried
Prefacio
El presente es un punto de partida para explorar un fenómeno cultural y político que ha tomado relevancia en los últimos años. Este artículo, originalmente publicado en la revista Chronicles del Charlemagne Institute en abril del presente año, constituye un perspicaz análisis del eminente académico y escritor político estadounidense Paul Gottfried, quien amablemente nos ha permitido su traducción y republicación. La aparición del wokeism, que traducimos aquí como «progresismo», ha suscitado debates y controversias en la sociedad contemporánea. Algunos argumentan que esta ideología tiene sus raíces en el pensamiento marxista, mientras que otros sostienen que se trata del sucesor de un liberalismo desnaturalizado.
Cabe añadir que, no es la primera vez que se denuncia a supuestos marxistas por traicionar las ideas de Marx, y por usar términos marxistas como un disfraz. Un claro antecedente de esta problemática se encuentra en Reflexiones sobre la violencia (1908), del filósofo y teórico político francés Georges Sorel, hace más de un siglo, quien señaló esta tendencia en relación con los reformistas y socialdemócratas:
«Esa idolatría de las palabras desempeña un importante papel en la historia de todas las ideologías: la conservación de un lenguaje marxista por personas para quienes se ha vuelto totalmente ajeno el pensamiento de Marx, constituye una gran desgracia para el socialismo. Por ejemplo, el término “lucha de clases” se emplea de la manera más abusiva; y, mientras no se haya conseguido devolverle un sentido perfectamente preciso, habrá que renunciar a ofrecer una exposición razonable del socialismo». Esta prefiguración se haría más evidente en eventos posteriores, como la Escuela de Frankfurt y el Mayo francés.
Más adelante, Sorel destaca la adaptabilidad del socialismo parlamentario, que, a pesar de las aparentes contradicciones con las concepciones marxistas, busca ganar apoyo político al dirigirse a una variedad de grupos sociales y clases, lo que lleva a una ampliación del término «proletario» para incluir a los oprimidos en todas las clases sociales:
«El socialismo parlamentario habla tantos lenguajes como especies hay de clientelas. Se dirige a los obreros, a los patronos modestos, a los campesinos; a pesar de Engels, se ocupa de los renteros agrícolas; unas veces es patriota, y otras clama contra el ejército. Ninguna contradicción le arredra, ya que la experiencia ha demostrado que, en el transcurso de una misma campaña electoral, cabe agrupar fuerzas que normalmente deberían ser antagónicas con arreglo a las concepciones marxistas. Porque, ¿no puede un diputado hacer favores a los electores de cualquier situación económica que sea? El término “proletario” acaba siendo sinónimo de oprimido; y hay oprimidos en todas las clases».
Invitamos al lector a explorar estos temas con una mente abierta y crítica, y a considerar las implicaciones de estas ideologías. A través del análisis y la reflexión, buscaremos entender mejor las dinámicas políticas y culturales de nuestro tiempo.
Marx no fue progresista
El progresismo surge del fracaso del liberalismo, no de la teoría del marxismo.
Yoram Hazony ofrece lo que quizás sea la mejor explicación de cómo la izquierda progresista representa una forma «actualizada» del marxismo tradicional. Su argumento, que presenta hábilmente en su libro Conservatism: A Rediscovery, se resume de la siguiente manera:
La idea principal de Marx es que las categorías que utilizan los liberales para construir su teoría de la realidad política (libertad, igualdad, derechos y consentimiento) son insuficientes para comprender el ámbito político. Son insuficientes porque la imagen liberal del mundo político deja de lado dos fenómenos que, según Marx, son absolutamente centrales para la experiencia humana política: el hecho de que las personas invariablemente forman clases o grupos cohesivos, y el hecho de que estas clases o grupos invariablemente oprimen o se exploten unos a otros, con el Estado mismo funcionando como un instrumento de la clase opresora.
Parte de este argumento es indudablemente correcto. La forma de liberalismo que surgió de la Ilustración del siglo XVIII, de hecho, hizo hincapié en los derechos y libertades individuales, y puso menos énfasis en las identidades nacionales y de clase que en el avance individual. Esta tendencia liberal continuó manifestándose hasta finales del siglo XX, aunque el propio liberalismo experimentó cambios significativos con el Estado de bienestar moderno y la introducción del sufragio universal. Además, si bien los autoidentificados liberales apoyaron movimientos nacionalistas y de liberación nacional a lo largo del siglo XIX, reflejaron el liberalismo de la Ilustración en la medida en que enfatizaron los derechos individuales y la autorrealización individual.
Hazony tiene razón en que la izquierda progresista ha superado a los autodenominados liberales en los medios de comunicación y en la academia al defender identidades colectivas. Estas identidades privilegiadas son atribuídas a miembros explotados de grupos victimados designados. Por lo tanto, la izquierda contemporánea ha desarrollado su propio colectivismo incorporando un vocabulario y un marco conceptual tomados de la tradición marxista. Al igual que el marxismo, la izquierda progresista divide a la humanidad en opresores y oprimidos, y ve al Estado como un instrumento de poder que debe adaptarse a las necesidades de los supuestamente oprimidos. La izquierda progresista ha abandonado la perspectiva socioeconómica de la antigua teoría marxista pero, según Hazony, continúa imaginando la realidad de manera similar; es decir, como una confrontación entre clases cohesionadas conformadas por opresores y oprimidos. Así, la izquierda progresista evoca una situación que exige una solución revolucionaria.
Hazony relaciona su concepción de esta izquierda como una forma actualizada del marxismo histórico con la mengua del liberalismo anti marxista. A su juicio, los liberales que luchan contra el marxismo en nombre de los derechos individuales están jugando mal sus cartas. Están defendiendo derechos naturales individuales frente a la identidad colectiva, un concepto que ahora domina en las sociedades occidentales. Las líneas de batalla ya no son entre la defensa liberal del individuo y las diversas formas de colectivismo. Más bien, la línea está trazada entre el nacionalismo conservador; es decir, la «democracia conservadora», y el marxismo en su forma progresista imperante.
El argumento de Hazony sobre la conexión entre el marxismo y la izquierda progresista está cuidadosamente desarrollado y no parece dirigido a promover los puntos de agenda de los conservadores egoístas y partidarios del establishment. Hazony no está apuntando a un espectro marxista para evitar la batalla con lo que se ha convertido en un adversario mucho más formidable que el «socialismo acechante». Y, ciertamente, no está tratando de desviar nuestra atención de la necesaria lucha contra la izquierda progresista. Ofrece lo que me parece el argumento más efectivo para adscribir una deriva marxista a la ideología progresista.
Desafortunadamente, Hazony no puede escapar del fundamento materialista de la teoría histórica marxista. A Marx no le preocupaba en lo más mínimo la opresión no binaria, la homofobia galopante ni la naturaleza inherentemente malvada de ser blanco. Este padre del «socialismo científico» se centró en los antagonismos socioeconómicos que se expresaban como conflictos de clases. Su materialismo histórico, sin embargo, fue desmantelado en la Alemania de entreguerras, cuando la Escuela de Frankfurt y su teoría crítica entraron en escena. Esta nueva iteración de la izquierda desarrolló lo que se ha llamado «marxismo cultural» y definió como una tarea socialista apremiante la reconstrucción de la familia cristiana burguesa. Esta reconstrucción era supuestamente necesaria para mantenerse firme contra la expansión desenfrenada del fascismo. Entre los teóricos de la Escuela de Frankfurt también se intentó asimilar el marxismo a una variante de la psicología freudiana; y en la obra de Herbert Marcuse, el socialismo marxista se fusionó con la visión de la sexualidad polimorfa.
También fue el teórico de la Escuela de Frankfurt, Marcuse, quien allanó el camino para el neomarxismo de la Nueva Izquierda de los años 1960 y 1970 al defender una alianza entre revolucionarios contraculturales con rebeldes anticoloniales en el Tercer Mundo. Las Conferencias de Berlín de Marcuse, pronunciadas ante jóvenes alemanes radicales y entusiastas en 1973, aspiraban a un período de cambios extremos impulsado por la colaboración entre los revolucionarios del Tercer Mundo y el movimiento estudiantil occidental. En la década de 1970 también se hizo evidente que la clase trabajadora occidental, que se estaba moviendo decididamente hacia la derecha, ya no podía ser instrumentalizada como una clase revolucionaria de izquierda. Marcuse añadió a su brebaje revolucionario, tal vez como una ocurrencia tardía, la ira de los jóvenes negros desahuciados.
Este fue un curso de acción útil porque, en la década de 1960, los negros se habían visto cada vez más atraídos por el activismo revolucionario, aunque pronto se les unirían otros miembros de lo que puede describirse como la izquierda posmarxista. Aunque los miembros de lo que eventualmente evolucionó hasta convertirse en la izquierda progresista y antifascista buscaban una «clase oprimida», sus elecciones no tenían nada que ver con el proletariado de Marx. La verdadera clase trabajadora no quería tener nada que ver con los revolucionarios culturales, y en la década de 1960 estallaron luchas entre los dos grupos en ciudades estadounidenses.
Marcuse y sus seguidores también redefinieron fatídicamente el «reino de las necesidad» tal como se entendía en el marxismo tradicional. Ya no era la mano de obra requerida para sustentar a la clase trabajadora, sino más bien la adquisición de satisfacción psicológica y estética. Esto dio peso a la queja de que el capitalismo era emocionalmente represivo. En el contexto occidental posterior a la Segunda Guerra Mundial, se acusó a la forma capitalista de producción de dejar interiormente atrofiada a la vanguardia juvenil de una futura revolución. Marcuse creía que los países occidentales eran materialmente capaces de crear una «economía racional»–es decir, socialista–, pero simplemente carecían de la voluntad y la visión para construir la sociedad sexual y económicamente liberada que él deseaba.
Tales ideas representan una alternativa contracultural al marxismo tradicional, así como a la todavía reconocible sociedad cristiana burguesa que Marcuse y otros teóricos críticos esperaban transformar. Partidos comunistas de todo Occidente, así como críticos soviéticos, condenaron esta reconfiguración del marxismo como una distorsión del materialismo dialéctico de Marx. En lugar de resaltar la lucha de clases centrada en la propiedad de las fuerzas productivas, los teóricos críticos hablaban de luchar contra los prejuicios e incrementar la satisfacción erótica. Si tales nociones pasaban por teoría marxista, argumentaba esta crítica, estas nociones reducirían una verdadera doctrina revolucionaria basada en un análisis de las fuerzas materiales a una campaña burguesa contra la represión emocional y la discriminación. La invectiva contra este marxismo transfigurado entre comunistas y marxistas ortodoxos fue tan furiosa como aquellas denuncias contra la Escuela de Frankfurt que habían surgido desde la derecha cristiana.
La izquierda progresista es una distorsión aún más grotesca del marxismo que todo lo que produjo la Escuela de Frankfurt de entreguerras y posguerra. Esta izquierda ha abandonado cualquier teoría marxista reconocible, pero sigue venerando a héroes comunistas mientras apela a la lucha de entreguerras entre la izquierda comunista y el «fascismo». A pesar de las propuestas socialistas que ocasionalmente entran en las listas de deseos progresistas, los capitalistas corporativos son parte integral de la izquierda posmarxista. Tampoco es probable que estos capitalistas sufran ningún efecto perjudicial, incluso si la agenda ecológica que la mayoría de los países occidentales están promoviendo se implementa de manera más amplia.
La izquierda progresista es una distorsión aún más grotesca del marxismo que todo lo que produjo la Escuela de Frankfurt de entreguerras y posguerra. Esta izquierda ha abandonado cualquier teoría marxista reconocible, pero sigue venerando a héroes comunistas mientras apela a la lucha de entreguerras entre la izquierda comunista y el «fascismo».
Los capitalistas corporativos que donan dinero al Comité Nacional Demócrata y a sus homólogos en Europa Occidental y la esfera anglosajona no se verán en la mendicidad si los ecomilitantes logran su objetivo. Los ricos protegidos por el Estado ya están obteniendo beneficios al cambiar a la energía verde. La clase corporativa disfruta de los beneficios de los contratos gubernamentales y de que sus ganancias estén protegidas en fondos libres de impuestos. Si los capitalistas vierten su dinero en Black Lives Matter, en teoría crítica racial y en la comunidad LGBT, no es porque sean marxistas. Más bien, representan lo que Pedro González caracteriza como «la contrarrevolución de la izquierda». Citibank, Disney World, Coca Cola, Pfizer, etc., pertenecen a la clase privilegiada en los Estados Unidos progresista, y es la clase trabajadora predominantemente blanca la que pagará impuestos por el régimen progresista en el que nuestros gigantes corporativos están invertidos.
Incluso el aumento propuesto por la administración de Biden en las tasas impositivas corporativas, del 21 % al 28 %, probablemente afectará mucho más a los trabajadores asalariados que al 5 % superior de la escala de ingresos. Se ha predicho que el 50 % de estos costos adicionales resultarán en reducciones salariales y aumento de precios para los consumidores. La inflación ya producida por nuestra administración actual ha perjudicado mucho más a las clases trabajadora y media que a las ganancias de aquellos que ganan anualmente $ 500 000 o más; sin embargo, esta es la clase a la que la administración Biden afirma estar imponiendo el costo de la energía verde y los programas de redistribución social. Al final, los ricos pueden tener menos que temer del aumento en el precio de los bienes esenciales fabricado por el gobierno, comenzando con los alimentos y el combustible. Según el Comité de Medios y Arbitrios del Congreso, para junio del año pasado la inflación de Biden había borrado los ahorros de toda una vida de más de 26 millones de familias de bajos ingresos.
Behemoth, un famoso estudio marxista publicado por Franz Neumann en 1934, parece ser igualmente aplicable a nuestra clase dominante actual como lo fue para las élites económicas bajo el Tercer Reich. El estudio de Neumann podría estar describiendo a nuestros capitalistas progresistas de manera aún más plausible que a aquellos plutócratas alemanes quienes, según Neumann, estaban construyendo un Estado corporativo en alianza con Hitler. Curiosamente, los industriales y banqueros alemanes pueden haber sido más reacios a subirse al tren nazi que nuestras élites corporativas a unirse a la ronda de aplausos por la reasignación de género y el racismo anti blanco. En cualquier caso, es extremadamente difícil imaginar que los «marxistas estadounidenses» amenacen la riqueza corporativa de nuestros amigotes progresistas capitalistas.
Además, a diferencia del marxismo, la izquierda progresista hace tiempo que dejó de rendir homenaje a la ciencia y la racionalidad. La izquierda es impulsada por el odio hacia los estadounidenses tradicionales con roles de género fijos, jerarquías comunitarias y alguna forma de fe religiosa heredada. La verdad, para la izquierda progresista, está determinada y redefinida por quienes tienen el poder. Las creencias progresistas no tienen una conexión necesaria con lo que es empíricamente comprobable, ya que desde la perspectiva progresista, la ciencia occidental y la demostración empírica están contaminadas por el prejuicio blanco, masculino y racista. El comunismo en Europa, al menos en la práctica, nunca mostró la frenética energía nihilista que parece ser endémica a la izquierda progresista. Desde derribar estatuas hasta abolir géneros, incitar la violencia de masas contra los estadounidenses blancos y abrir las fronteras a la invasión de migrantes del Tercer Mundo, la izquierda progresista parece ser mucho más destructiva social y culturalmente que la mayoría de los gobiernos comunistas del pasado.
El objetivo final del progresismo es la igualdad universal, que debe lograrse a través de un Estado universal. Se opone a la particularidad, al menos en el mundo occidental blanco, y trabaja para borrar todo lo que es específicamente occidental. De hecho, el progresismo ofrece el ejemplo de una izquierda completamente desequilibrada que los gobiernos y partidos comunistas, así como la Guerra Fría en Occidente, mantuvieron bajo control. El progresismo privilegia a aquellos con apetitos sexuales desviados, fijaciones anti cristianas y anti blancas, y repugnancia por las instituciones burguesas, grupos a los que los comunistas mantuvieron adecuadamente alejados de sus partidos y gobiernos. Los comunistas mantenían opiniones morales generalmente tradicionales, incluso si practicaban la tiranía.
Desafortunadamente, el movimiento conservador de la posguerra se obsesionó tanto con «combatir el comunismo» que no se dio cuenta del enemigo mucho más peligroso que estaba reuniendo sus fuerzas en el país. Y en la fase final de la Guerra Fría en la década de 1980, los neoconservadores a menudo acusaban a los regímenes comunistas de discriminar a los homosexuales. Esta acusación era completamente cierta porque en comparación con los países occidentales que se desplazaban hacia la izquierda, los gobiernos comunistas eran, en cierto sentido, más socialmente conservadores.
Además, esos gobiernos de Europa del este, incluidas las partes noreste de Alemania que estuvieron bajo control soviético, han resistido mucho mejor la toma del progresismo que Europa occidental, Estados Unidos y la esfera anglosajona. La queja de que estas regiones nunca recibieron una instrucción antifascista adecuada, una acusación que abordo en mi libro sobre el antifascismo, es, en términos generales, correcta. El «en términos generales» en este caso se referiría a su proceso de cambio que haría que estas regiones se parecieran y pensaran como Canadá, la República Federal de Alemania o el estado norteamericano de California en la actualidad.
También vale la pena señalar el rol engañoso de la izquierda progresista con respecto a la incursión islámica en Occidente. Dado que promover la presencia y la influencia musulmana en las sociedades occidentales está vinculado a la izquierda multicultural, los críticos de la islamización son adscritos, por virtud de esta práctica, a la extrema derecha. En realidad, la resistencia a la cultura islámica proviene más de la izquierda progresista que de cualquier derecha reconocible. Aquellos que protestan enérgicamente que los musulmanes se oponen al feminismo y discriminan a los homosexuales de ninguna manera son conservadores. Simplemente son más coherentes en sus puntos de vista progresistas que aquellos en la izquierda progresista que tratan con indulgencia el patriarcado islámico; es decir, aquellos en la izquierda que encuentran excusas para el machismo no occidental y la teocracia no cristiana.
El punto clave de Hazony al identificar a la izquierda progresista como marxista es su enfoque compartido en la lucha histórica entre opresores y oprimidos. Esta lucha es ciertamente fundamental para Marx y los marxistas, pero es una que también han abrazado otras ideologías y movimientos. Esta dialéctica tiene raíces tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, en los que los siervos sufrientes del Señor o el Pueblo Elegido finalmente triunfan sobre sus opresores. En la Biblia, los justos están destinados a prevalecer sobre aquellos que los persiguen, gracias a la ayuda divina. Se podría argumentar que Marx estaba poniendo una cobertura científica sobre una creencia antigua, cuyos lineamientos él no inventó. Estaba adaptando una narrativa antigua a nuevas circunstancias materiales al tiempo que invocaba la mística de la ciencia del siglo XIX.
Una narrativa similar ha surgido entre aquellos que normalmente no se asocian con la izquierda. Desde el momento en que se fundó el movimiento fascista italiano en noviembre de 1921, sus líderes hacían referencias al pueblo italiano como una nación oprimida, un tema que ya aparece en el himno italiano del siglo XIX, Fratelli d’Italia. La oratoria de Mussolini presentaba referencias desfavorables a los plutócratas democráticos, a quienes tenía en mente los regímenes capitalistas inglés y estadounidense. El discurso que il Duce pronunció el 10 de junio de 1940, cuando declaró la guerra a Inglaterra y Francia en alianza con la Alemania nazi, apelaba a L’Italia proletaria e fascista («la Italia proletaria y fascista»). Esto no prueba que Mussolini fuera marxista; tampoco lo eran los nazis, que compararon a Alemania después del Tratado de Versalles con el Cristo crucificado; ni tampoco lo son los polacos que se han llamado a sí mismos «el Cristo de las naciones». Muchos grupos y naciones han recurrido a imágenes del justo sufriente, explotado injustamente, para caracterizar sus luchas contra presuntos opresores, una caracterización que difícilmente los califica como marxistas bajo un nombre diferente.
En algún momento en los últimos 20 años, el propio ideal de discusión abierta y debate cayó en desgracia tanto en las instituciones de educación superior como en los medios de comunicación. Lo que había sido un liberalismo reducido y desnaturalizado fue abandonado en favor de una ideología sucesora: el progresismo.
En el séptimo capítulo de Conservatism: A Rediscovery, Hazony destaca el reemplazo del liberalismo de la posguerra mundial por el colectivismo progresista. Tal cambio de guardia se observa en el abandono del principio de discusión abierta, e incluso del desacuerdo, en favor de la cohesión grupal. También encontramos a autoidentificados liberales expresando horror ante el cierre de la discusión abierta por parte de otros en la izquierda. Esta mentalidad cerrada ha llevado a aquellos que se aferran a una identidad «liberal» a protestar contra la cohesión progresista y a pedir el retorno a una sociedad libre.
La observación de Hazony es precisa pero puede requerir ciertos matices. El liberalismo que la izquierda progresista canceló era una forma muy debilitada de la inclinación liberal, cuyos exponentes ya habían dejado de argumentar de manera muy convincente a favor de la discusión abierta. Durante décadas, ese liberalismo atenuado excluyó a la derecha, excepto por una versión centrista moderada que no perturbaría a los gatekeepers de la izquierda. Los parámetros de la discusión permitida en muchos temas se habían vuelto cada vez más restrictivos antes de que una forma tardía del liberalismo moderno muriera del todo. Para entonces, las universidades ya estaban siendo controladas ideológicamente, mientras que tanto el gobierno como los medios de comunicación habían allanado el camino para esta era posliberal.
El liberalismo en sus últimas etapas no sufrió por una tolerancia indiscriminada, una condición que pensadores tan diversos como Joseph Schumpeter y Carl Schmitt consideraron la gran debilidad del liberalismo. ¡Más bien al contrario! El liberalismo moderno tardío se movió en la dirección de lo que se convirtió en la izquierda progresista, incluso mientras se aferraba a la ilusión de apertura. Y aquellos que se quejaban de la intolerancia izquierdista practicaron el mismo vicio en relación con la derecha, hasta que fueron superados por poderes mayores en la izquierda. Luego se convirtieron en las plañideras de moda de una tolerancia perdida, cuya pérdida ayudaron a causar.
Esta observación no pretende invalidar el punto más amplio de Hazony, que es correcto. En algún momento en los últimos 20 años, el propio ideal de discusión abierta y debate cayó en desgracia tanto en las instituciones de educación superior como en los medios de comunicación. Lo que había sido un liberalismo reducido y desnaturalizado fue abandonado en favor de una ideología sucesora: el progresismo. Además, puede que no haya vuelta atrás a lo que ha sido rotundamente repudiado y tomó generaciones en colapsar. Solo un colectivismo igualmente decidido puede resistir efectivamente a aquellos que han puesto fin a la era liberal o lo que se convirtió en una pálida imitación de la misma.
Prefacio y traducción:
