Fertilidad y cambio climático

En los últimos años, las élites políticas de varios países occidentales, como Alemania, el Reino Unido y los Estados Unidos, han bombardeado a la opinión pública con la idea de que es mejor tener menos hijos. Periodistas de la BBC, del NYT), celebridades de Hollywood y algunos profesores universitarios han enfatizado que problemas como el cambio climático requieren que la población mundial reduzca la cantidad de hijos que tienen, para disminuir la huella de carbono a nivel global. Ante esos planteamientos, este ensayo pretende evidenciar que estos argumentos no solo son incorrectos, sino que son opuestos a la verdad. De hecho, si las poblaciones provenientes de sociedades industrializadas cumplieran con la propuesta de tener menos hijos, el cambio climático empeoraría, en lugar de mejorar.

El siglo XX fue el escenario de un crecimiento demográfico explosivo, impulsado por una combinación de varios factores: la disminución de la mortalidad infantil, la reducción de la violencia y el crecimiento constante de productividad agrícola a nivel mundial. Estas tendencias se debieron, en gran parte, a avances tecnológicos –como la creación de fertilizantes químicos, alimentos genéticamente modificados, antibióticos y vacunas– que produjeron un gran auge del bienestar humano. No obstante, durante la década de 1970, muchos pensadores estaban convencidos de que el crecimiento de la población, promovido por estas circunstancias, nos llevarían pronto de regreso a una edad oscura de hambruna, enfermedad y guerra.

Sin embargo, estaban equivocados. En lugar de la espiral de decadencia pronosticada por Thomas Malthus, surgió una tendencia inesperada. Los ciudadanos de los países industrializados a finales del siglo XX empezaron a tener menos hijos. Tan pocos, de hecho, que las tasas de fertilidad actuales en Europa, Australia, Asia Oriental y otras regiones desarrolladas están muy por debajo de los niveles de reemplazo. El resultado ha sido una población que envejece, una escasez de mano de obra, y los denominados nidos vacíos se han vuelto cotidianos. A pesar de estos hechos, algunos periodistas y expertos han sido insistentes respecto al argumento de tener menos hijos. ¿El motivo? El cambio climático.

Varios artículos (y libros) populares han demostrado enfáticamente que tener menos hijos sería una medida certera para minimizar este problema. Una de las razones que dan es que un niño promedio nacido en un país desarrollado creará una huella de carbono substancial. Respecto a este punto, tienen razón. Las personas nacidas en Estados Unidos o Reino Unido, por ejemplo, consumirán una cantidad considerable de recursos que producirán contaminación –no solo de dióxido de carbono, que empeora el cambio climático–, sino también del aire y agua, debido a la energía que necesitarán sus automóviles y casas; sin mencionar la basura que crearán a lo largo de su vida. Así pues, la pregunta surge nuevamente, ¿por qué tener más hijos?

Destrucción creativa

Varios pensadores pesimistas argumentan que tener hijos es una carga fácilmente evitable para el planeta. Pero esta cadena de razonamiento no es completa, principalmente porque solo se enfatiza el costo sin contemplar si existe un beneficio neto.

Ciertos economistas han argumentado ampliamente que más gente equivale a más mentes trabajando productivamente en los tipos de problemas que nos aquejan. Aunque a menudo contaminamos como consecuencia del uso de fuentes de energía basadas en carbono, estas fuentes de energía también alimentan una amplia gama de industrias, incluidas aquellas que permiten la invención de nuevos tipos de energía que cuestan menos y que podrían reducir la contaminación a futuro. Tomando esto en cuenta, la creación de un impuesto a las emisiones de carbono probablemente impulsaría esto de forma más acelerada.

Consideremos que la contaminación no es solo un costo. La contaminación, de manera casi invariable, acompaña a los procesos que producen bienes valiosos como alimentos, medicinas, vivienda y transporte. Los países más desarrollados contaminan más, pero también producen muchos más (y mejores) bienes que los países menos desarrollados. Por ejemplo, la huella de carbono per cápita de Suiza es mucho mayor que la huella de carbono per cápita de Somalia. Pero el PIB per cápita de Suiza también es mucho más grande que el de Somalia, y es un hecho que las innovaciones científicas, médicas y ambientales que surgen de Suiza son mucho más valiosas que aquellas que puedan surgir de Somalia, a pesar de que la población de este país es mucho mayor.

Además, los productos de países como Suiza y el Reino Unido mejoran la calidad de vida de gran parte de la población mundial, incluyendo a personas que viven en países con baja huella de carbono, que de otro modo carecerían de teléfonos móviles, vacunas, productos químicos que conserven los alimentos, nuevas formas de tecnología, conocimientos científicos y diferentes formas de arte. En virtud de esto, si se reduce el número de mentes que pueden crear soluciones para vivir mejor, tendríamos menos recursos para combatir la miseria a nivel global.

Se puede argumentar que, por debajo de cierto umbral, el crecimiento de la población puede mejorar el bienestar social al aumentar el número de personas con las que comerciamos. Pero también es posible pensar que ya hemos sobrepasado ese punto óptimo, o sostenible, de crecimiento de la población, y nos acercamos peligrosamente a un punto sin retorno.

Este tema se ha estado discutiendo durante siglos, un debate que alcanzó su clímax en la década de 1970, cuando Paul Ehrlich predijo una hambruna generalizada en los países pobres, junto con un aumento dramático en la contaminación y el precio de los productos básicos en los países ricos. El crítico más enfático de la postura de Ehrlich fue Julian Simon, ambos apostaron que el precio de varios productos básicos comunes caería en lugar de subir, a medida que se descubrieran e inventaran nuevos recursos en respuesta a las escaseces a corto plazo que experimentarían las poblaciones en crecimiento.

Como resultado, Simon ganó la apuesta y la historia no ha sido amable respecto al argumento planteado por Ehrlich.

Lo que ilustra este debate es que la relación entre el crecimiento de la población, el uso de los recursos y la contaminación es compleja. Contrario a nuestras intuiciones iniciales, no vivimos en un mundo de suma cero donde la existencia de más personas debe resultar necesariamente en más contaminación y menos recursos. Bajo instituciones políticas favorables, simplemente no hay un punto concreto en el que el crecimiento de la población sea malo (no existe un número específico por encima del cual más personas se convierten en una amenaza para el planeta, o entre sí). Esto se debe a que, si bien los recursos son finitos, estos no son estáticos. Las mentes humanas poseen la capacidad de transformar recursos antiguos en nuevos productos, incluidos los productos que pueden disminuir la contaminación, aumentar la producción de alimentos o producir nuevos medicamentos.

En virtud de esto, independientemente de que se termine aceptando o rechazando nuestro argumento, cualquier intento de demostrar que deberíamos tener menos hijos debería incluir no solo los costos sociales que estos pudiesen generar, sino también los posibles beneficios de sus futuros aportes. En síntesis, si estos niños tienen acceso a educación y oportunidades, serían una fuente consolidada de ideas para resolver las dificultades que experimentamos actualmente y a futuro.

Cuando más es menos

Dicho esto, es necesario reconocer los beneficios que las futuras generaciones podrían recibir no son iguales. Los niños nacidos en hogares estables con características predictoras de éxito en el mundo moderno, decisiones tomadas con inteligencia, compasión y control de impulsos,  es muy probable que prosperen. Al mismo tiempo, los niños criados en escasez son mucho más propensos a experimentar situaciones dificultosas. Esto se debe a que los hijos no solo se parecen a sus padres en términos genéticos, sino en el tipo de rasgos que hicieron que sus padres fueran exitosos (o no).

En consecuencia, los niños que nacen en países con instituciones políticas represivas –por innumerables razones– son menos propensos a desarrollar el tipo de beneficios producidos por aquellos nacidos en situaciones más favorables. No obstante, considerando que la correlación entre ingresos y fecundidad es cada vez más negativa, vivimos en una realidad en la que el crecimiento demográfico se produce entre personas empobrecidas en países que poseen instituciones políticas que funcionan mal.

Aquellos que instan a los ciudadanos criados en países con instituciones positivas para tener menos hijos están perdiendo de vista el objetivo de vivir mejor a largo plazo. Si se hiciera caso a su llamada, la gente de todo el mundo estaría considerablemente peor. Pedir a la gente en España o Noruega que restrinja su reproducción no resuelve en nada el problema del crecimiento demográfico vertiginoso de otras regiones del mundo como África y Oriente Medio, al mismo tiempo que afecta en gran medida al potencial de desarrollo de nuevas ideas y a la creación de valor. 

Para fines del siglo actual, se espera que la población del África subsahariana se triplique. Los problemas que esto creará eventualmente pueden ser mitigados por esfuerzos importantes para proporcionar anticonceptivos a las mujeres de escasos recursos. Pero pedirle a la gente de los países desarrollados –personas que están en una buena posición para tener hijos– que se abstengan es un error.

Hay un aspecto religioso respecto a esto, bautizada en Inglaterra como la “huelga de nacimiento” esta opinión es que está mal tener hijos en un mundo que está cada vez más deteriorado. Las sociedades liberales pobladas por ciudadanos económicamente estables y seculares se han visto influenciadas por este pensamiento. No es casualidad que estas sociedades ya tengan las tasas de natalidad más bajas, y que las personas de estas sociedades, que han perdido la fe en la religión, hayan recurrido a movimientos políticos seculares cuasirreligiosas para dar sentido a sus vidas.

Ejemplos de estas religiones seculares son fáciles de encontrar en Occidente. Los partidarios del movimiento Black Lives Matter (BLM), por ejemplo, parecen inmunes a la evidencia de que la policía en los EE. UU., o el Reino Unido, no son especialmente racistas; o que la población afrodescendiente de estos países es disparada por la policía con más frecuencia, no por la pertenencia a un grupo étnico, sino porque cometen más delitos violentos que cualquier otro grupo. No obstante, la fe no responde a los hechos. De hecho, el sitio en el que George Floyd fue matado ha sido convertido en un lugar en el que se realizan bautismos y en el que se dice que ocurren milagros.

Algunos de los movimientos más radicales en torno al cambio climático apelan a las mismas disposiciones psicológicas que los que apoyan al movimiento BLM. La necesidad de buscar un significado trascendental, un motivo parar reunirse, o la creación de valores específicos, como la igualdad, en torno a los cuales recrear la sociedad, son algunas características de este tipo de prácticas.

Sin embargo, si nos tomamos en serio la lucha contra el cambio climático, debemos rechazar los rituales de esta nueva religión y adoptar un análisis centrado en el costo-beneficio. Ese análisis debería incluir no solo las huellas de carbono anticipadas de los nuevos niños, sino también la probabilidad de que los nuevos niños produzcan beneficios sociales que superen cualquier costo de contaminación por ellos generado.