Un mundo escindido, de Aleksandr Solzhenitsin
Prefacio
El autor de Archipiélago Gulag y Un día en la vida de Iván Denísovich soportó en carne propia los horrores de un campo de prisioneros soviético durante ocho años, a pesar de ser un comandante del ejército rojo durante la Segunda Guerra Mundial recibió tal castigo debido a una crítica privada al entonces líder de la URSS, Iósif Stalin. Luego de ser liberado en 1953 y de tres años en exilio en Kazajistán, maduró sus reflexiones respecto a la naturaleza humana y sus ramificaciones políticas, que luego plasmaría en su obra y en un nutrido epistolario.
La primera de sus publicaciones tendría que esperar hasta el periodo de desestalinización de Nikita Khrushchev, hito que le valdría en 1970 el Premio Nobel de Literatura. Sin embargo, la publicación de su magnum opus le costó su nacionalidad rusa y fue deportado, sin su familia, a la República Federal Alemana en 1974. Se asentó en los EE.UU. en 1976, donde fue velozmente recibido con una conveniente hospitalidad debido a su alineamiento decididamente antimarxista. El punto de inflexión del trato que recibía fue el presente discurso inaugural para el semestre universitario el 8 de junio de 1978 en la Universidad de Harvard.
Lejos de un incondicional vasallaje ante los valores estadounidenses, presupuestos como la antítesis de sus anteriores torturadores, su discurso articuló una vigorosa advertencia sobre el camino político, social y espiritual que pavimentaba el Zeitgeist para su país anfitrión y para Occidente en general.
El sentimiento cálido de los EE.UU. hacia lo que creía su nueva celebridad intelectual se desinfló con estrépito. Los medios fueron condescendientes con sus advertencias y estas fueron ampliamente desechadas en la pila de inescrutables oscurantismos provenientes del corazón de Eurasia. Una editorial en The New York Times, aunque cediera terreno a algunas de las premoniciones de Solzhenitsin, advertía en respuesta que su cosmovisión les parecía «mucho más peligrosa que el espíritu apacible que él encuentra tan exasperante. El argumento que él presenta no es nuevo; se remonta a los inicios de la República y nunca ha desaparecido. En el fondo, es el debate entre los entusiastas religiosos, seguros de su relación con la Providencia, y los hombres de la Ilustración, confiados en la racionalidad de la humanidad». El resto continúa como diatriba contra el origen religioso de las ideas de Solzhenitsin.
En la exhaustiva recopilación hecha por Ronald Berman en Solzhenitsyn at Harvard: The Address, Twelve Early Responses, and Six Later Reflections se encuentra una editorial de The Washington Post tres días luego del discurso. Menos confinada que la editorial anterior, lamenta que «no es tanto el comunismo el que es su enemigo, sino la naturaleza del hombre moderno» y que Solzhenitsin será útil para una perennización de la guerra fría por parte de la derecha estadounidense. La desaparecida The Washington Star descartó de lleno el mensaje en dos instancias: en una, como fruto de un «puritanismo malhumorado que es la clásica aflicción de los grandes literatos rusos», y más contundentemente en otra: «Tal vez estaríamos mejor si dejásemos de entretener la política e inclusive la moralidad de lo que dijo en Harvard, y lo mirásemos de un modo distinto: como la declaración personal de un ruso conservador, religioso y terriblemente nostálgico».
Con la nitidez que solo regala el tiempo, es difícil no ver con ojos más amables las predicciones del erudito ruso, aunque escaparan de entre los dedos de la intelligentsia occidental. La base de la traducción del ruso del presente fragmento fue hecha por Vladimiro Lamsdorff-Galagane para su publicación en la revista Verbo de la Fundación Speiro, con permiso del autor, poco después del discurso en la universidad norteamericana. La reproducimos aquí con mínimas modificaciones y con el permiso de la Fundación Speiro, a quienes estamos profundamente agradecidos.
¡Me alegro de tener la posibilidad de saludar a la 327 promoción de la decana Universidad de Harvard y doy mi más cordial enhorabuena a todos los graduados!
El lema de vuestra Universidad es Veritas, Algunos de vosotros ya sabéis y los demás lo sabrán en el transcurso de su vida, que la verdad se nos escapa al instante en cuanto se debilita la atención de nuestra mirada, dejándonos, en cambio, con la ilusión de que continuamos siguiéndola. Por esto surgen muchas discrepancias. Y otra cosa: la verdad raras veces es dulce, casi siempre es amarga. Esta amargura también estará presente en mi discurso de hoy, pero la traigo no como enemigo, sino como amigo.
Hace tres años, en los Estados Unidos también, tuve que decir cosas que se rechazaron, no se quisieron aceptar, pero con las que ahora ya están de acuerdo muchos.
La escisión del mundo contemporáneo se nota hasta en la mirada más superficial. Todo contemporáneo nuestro distingue fácilmente dos fuerzas mundiales, cada una de las cuales es ya capaz de aniquilar por entero a la otra. Pero la idea de la escisión queda a menudo limitada a este concepto político: a la ilusión de que el peligro puede ser eliminado por unas felices conversaciones diplomáticas o con el equilibrio de las fuerzas armadas. En realidad, el mundo está escindido más profundamente, y por más grietas, y cada parte es más ajena a las restantes de lo que se ve a primera vista, y esta multiforme, profunda división, nos amenaza a todos con una catástrofe asimismo pluriforme. Según la antigua verdad de que no puede subsistir un reino —aquí, esta tierra nuestra—, dividido en sí.
Los mundos contemporáneos
Existe el concepto de «tercer mundo», o sea que ya son tres mundos. Pero hay indudablemente más, que distinguimos a distancia. Toda antigua y estable cultura autónoma, si además abarca una buena extensión de la superficie terrestre, ya constituye un mundo aparte, lleno de enigmas y sorpresas para el occidental. Tales son, cuando menos, China, India, el mundo musulmán y el África, si es que los dos últimos pueden con cierta aproximación, considerarse en uno. Tal fue, durante mil años, Rusia, aunque la opinión occidental cometiera sistemáticamente el error de negar su autonomía, por lo que no la entendió nunca, como sigue sin entenderla ahora, prisionera del comunismo. Y si el Japón en los últimos decenios se ha ido convirtiendo cada vez más en «Extremo Occidente», se ha ido occidentalizando cada vez más (no me atrevo a opinar); en cambio, por ejemplo, Israel, yo no lo asimilaría al mundo occidental, aunque solo fuera por la circunstancia decisiva de que su ordenamiento político está radicalmente vinculado a la religión.
¡Que poco tiempo hace, relativamente, que el reducido mundito neoeuropeo conquistaba fácilmente colonias en el mundo entero, no solo sin prever ninguna resistencia seria, sino habitualmente despreciando cualesquiera posibles valores en la cosmovisión de aquellos pueblos! El éxito parecía arrollador, no conocía fronteras geográficas. La sociedad occidental se desarrollaba como el triunfo de la independencia y del poderío humanos. Y de pronto, en el siglo xx se descubrió cuán frágil y quebradizo era. Y ahora vemos lo breve, lo inestable que resultó esta conquista (claro testimonio de los defectos del sistema de ideas occidental que llevó a esas empresas). Ahora, las relaciones con lo que fue el mundo colonial se han convertido en su opuesto, y el mundo occidental llega en no pocas ocasiones a extremos de obsequiosidad; sin embargo, es difícil pronosticar a cuánto subirá todavía la cuenta que estos países excoloniales presentarán a Occidente, y si le bastará, para saldarla, con entregar no solo las últimas tierras coloniales, sino incluso toda su fortuna.
La convergencia
Con todo, la tenaz ceguera de la superioridad continúa alimentando la idea de que todas las extensas regiones de nuestro planeta han de desarrollarse hasta llegar a los actuales sistemas occidentales, teóricamente los más elevados, prácticamente los más atractivos; que todos esos mundos solo están momentáneamente retenidos —por malvados gobernantes o por graves desarreglos, o bien por la barbarie y la incomprensión— de lanzarse por el camino de la democracia pluripartidista occidental y de adoptar el modo de vida occidental. Y los países se valoran por cuanto hayan logrado adelantar en esta dirección. Pero esta idea se basa, por el contrario, en la incomprensión occidental de la esencia de los demás mundos, en que se miden erróneamente por el rasero occidental. La realidad del desarrollo del planeta se parece poco a esto.
La nostalgia por el mundo escindido ha provocado también la teoría de la convergencia entre el adelantado Occidente y la Unión Soviética, una teoría arrulladora, que prescinde del hecho de que esos mundos no se desarrollan en absoluto uno hacia el otro, e incluso no son convertibles uno en otro sin violencia. Aparte de que la convergencia implica también, inevitablemente, la recepción de los defectos de la parte contraria, lo que dudo que convenga a nadie. Si pronunciara este discurso en mi país, dentro del esquema general de la escisión del mundo, me concentraría en las desgracias del Este. Pero dado que llevo ya cuatro años obligado a vivir aquí y mi auditorio es occidental, creo que será más sustancioso centrarme en algunos rasgos del Occidente actual, como yo los veo.
La caída del valor
Quizá es lo más destacado que ve en el Occidente actual una mirada extraña. El mundo occidental ha perdido el valor colectivo, tanto en su conjunto como, incluso, país por país, gobierno por gobierno, partido por partido, y ya, desde luego, en la Organización de las Naciones Unidas. Esta mengua del valor es especialmente manifiesta en las capas gobernantes e intelectualmente rectoras, que es lo que causa la impresión de que ha perdido el valor la sociedad entera.
Naturalmente, sigue habiendo multitud de personas individualmente valerosas, pero no son ellas las que dirigen la vida de la sociedad. Los funcionarios intelectuales y políticos manifiestan esta disminución, esta molicie, esta pusilanimidad en sus actos, sus discursos, y, más aún, en las obsequiosas justificaciones teóricas de por qué esta manera de actuar, que pone la cobardía y la servilidad por fundamento de la política del Estado, es pragmática, sensata y se justifica a cualquier nivel intelectual e incluso moral. Esta caída del valor, que, según donde, hasta parece llegar a la ausencia total del elemento masculino, adquiere, además, un tinte especialmente irónico con ocasión de unos repentinos estallidos de bizarría e intransigencia en esos mismos funcionarios: contra gobiernos débiles o países inofensivos sin apoyo de nadie, tendencias condenadas, de las que, a ciencia cierta, se sabe que no se podrán defender. Pero se Ies seca la lengua y se les paralizan los brazos ante gobiernos poderosos, fuerzas amenazadoras, contra los agresores y contra la Internacional del Terror.
¿Es preciso recordar que la caída del valor, desde antiguo, se ha considerado como la primera señal del fin?
La prosperidad
Cuando se fundaron los estados occidentales actuales, se proclamo un principio: el gobierno debe servir al hombre, y el hombre está en la tierra para disfrutar de libertad y tender a la felicidad (mírese, por ejemplo, la declaración de independencia americana). Y hoy, por fin, en los últimos decenios, los progresos técnicos y sociales han permitido cumplir lo esperado: el estado de bienestar general. Cada ciudadano ha recibido la deseada libertad y tal cantidad y calidad de bienes materiales, que en teoría debiera estar asegurada
su felicidad —en el sentido rebajado que en estos decenios se ha venido a dar al término—. (Se olvidó sólo un detalle psicológico: el constante deseo de tener siempre más y mejor, y la encarnizada lucha por ello, ponen en muchos rostros occidentales la marca del desasosiego e incluso de la desesperación, aunque tales expresiones se procure disimularlas cuidadosamente. Esta activa y tensa competencia llega a ocupar todos los pensamientos del hombre y no le abre ninguna posibilidad de libre desarrollo espiritual.) Esta asegurada a cada hombre la libertad de muchas formas de presión estatal, a la mayoría se le asegura un confort que no podían ni imaginar sus padres y abuelos, ha surgido la posibilidad de educar en estos mismos ideales a la juventud, de llamarla y prepararla a la opulencia material, a la felicidad, a la posesión de cosas, dinero, ocio, a una libertad casi ilimitada de placeres, y ahora, ¿quién, para qué, por qué debería renunciar a todo eso y arriesgar su preciosa vida por el bien común, máxime en el nebuloso caso en que la seguridad del propio pueblo hubiera de ser defendida en un país de momento lejano?
Incluso la biología sabe que el acostumbrarse a una vida extremadamente próspera no es una ventaja para el ser vivo. Hoy día, también en la vida de la sociedad occidental, la prosperidad ha comenzado a levantar su fatídica máscara.
La vida jurídica
De acuerdo con sus fines, la sociedad occidental también se ha elegido la forma de existencia más cómoda, que yo llamaría jurídica. Las fronteras de los derechos y de la razón de cada hombre (muy amplias) se determinan por un sistema de leyes. En esta situación, este movimiento y este maniobreo jurídico en los occidentales han adquirido una gran costumbre y habilidad. (Por cierto,
las leyes son tan complicadas que el simple ciudadano es incapaz de orientarse en ellas sin ayuda de un especialista.) Todo conflicto se resuelve jurídicamente, y esta es la forma suprema de solución. Si una persona tiene razón jurídicamente, ya no se requiere nada superior. Tras ello nadie puede indicarle que solo tiene razón en parte, ni inclinarla a la autolimitación, a la renuncia a sus derechos, ni pedirle cualquier tipo de sacrificio de riesgo desinteresado: parecería simplemente absurdo. La autolimitación voluntaria casi no se encuentra: todos tienden a la expansión, hasta el punto de que ya cruje el marco jurídico. (Son jurídicamente irreprochables las compañías petroleras, al comprar el invento de una nueva forma de energía para no utilizarlo. Son jurídicamente irreprochables los envenenadores de productos para prolongar su conservación: el público es muy dueño de no comprarlos).
Habiendo pasado toda mi vida bajo el comunismo, diré: es horrible una sociedad en que no hay una imparcial balanza jurídica. Pero una sociedad en que no hay otra, balanza que la jurídica, también es poco digna del hombre. Una sociedad que se ha colocado en el terreno de la ley, pero no más alto, aprovecha una parte muy pequeña de las posibilidades humanas. El derecho es demasiado frío y formal para influenciar favorablemente una sociedad. Cuando toda la vida está saturada de relaciones jurídicas, se crea una atmósfera de mediocridad espiritual que mata los mejores impulsos del hombre.
Y ya ante las pruebas con que amenaza el siglo, retenerse con solo unos soportes jurídicos será simplemente imposible.
La dirección de la libertad
En la sociedad occidental actual se ha descubierto un desequilibrio entre la libertad para actos buenos y la libertad para actos malos. Y un hombre de Estado que quisiera llevar para su país una importante obra creadora se ve obligado a moverse con pasos cautelosos, incluso tímidos, está todo el tiempo rodeado de millares de apresurados (e irresponsables) críticos, se ve todo el tiempo coartado por la prensa y el parlamento. Ha de demostrar la alta irreprochabilidad y la justificación de cada paso que da. En realidad un hombre destacado, grande, con medidas inhabituales e inesperadas, no puede surgir en absoluto: desde el mismo comienzo le pondrán diez zancadillas. Así, bajo color de limitación democrática triunfa la mediocridad.
La subversión del poder administrativo es en todas partes asequible y libre, de modo que todos los poderes de los países occidentales están muy debilitados. La defensa de los derechos de la persona se ha llevado hasta el extremo de que ya se vuelve indefensa la propia sociedad contra según qué personas, y en Occidente esta llegando el momento de insistir ya no tanto en los derechos de los hombres, como en sus obligaciones.
Por el contrario, la libertad destructiva, la libertad irresponsable recibe las más holgadas posibilidades. La sociedad ha quedado poco protegida contra los abismos de la caída humana; por ejemplo, contra el abuso de la libertad para la violencia moral sobre la juventud, tipo de las películas con pornografía, criminalidad o diabolismo. Todas han entrado en la esfera de la libertad y se equilibran teóricamente con la libertad de la juventud de no verlas. Así, la vida jurídica ha resultado incapaz de defenderse del corrosivo mal.
¿Y qué decir de las oscuras posibilidades de la delincuencia directa? La amplitud del marco jurídico (particularmente del americano) favorece no sólo la libertad de la persona, sino también algunos de sus delitos, da al delincuente la posibilidad de quedar impune o de beneficiarse de una inmerecida benignidad, con el apoyo de miles de defensores en la sociedad. Si en algún sitio las autoridades tratan de acabar radicalmente con el terrorismo, la opinión pública las acusas inmediatamente de vulnerar los derechos humanos de los bandidos. Hay muchos ejemplos de esto.
Toda esta escoria de la libertad en dirección al mal se ha formado gradualmente, pero su base originaria, por lo visto, ha sido sentada por la generosa idea humanista de que el hombre, dueño y señor de éste mundo, no tiene malicia en su interior, y todos los defectos que se observan sólo proceden de sistemas sociales inadecuados, que son los que se han de corregir. Pero, ¡qué raro!, en Occidente se han logrado las mejores condiciones sociales posibles, y la criminalidad es indudablemente alta, notablemente mayor que en la mísera y arbitraria sociedad soviética. (Bajo el nombre de delincuentes comunes allí tenemos en los campos de concentración a multitudes tremendas de gente, pero en su inmensa mayoría no son delincuentes, sino personas que se han defendido contra un Estado arbitrario por medios no jurídicos.)
La dirección de la prensa
Naturalmente, también goza de una amplísima libertad la prensa (utilizo aquí y en adelante este término incluyendo a todos los medios). Pero, ¿cómo?
Otra vez: sólo con tal de no traspasar el marco jurídico, pero sin ninguna auténtica responsabilidad moral por la deformación, por la desproporción. ¿Qué responsabilidad tiene un periodista y un periódico ante su público lector o ante la Historia? Si mediante una información inexacta o unas conclusiones erróneas han dirigido a la opinión pública por un camino errado, incluso han provocado errores políticos, ¿Se sabe de casos, después, de arrepentimiento público de este periodista o de este periódico? No; comprometería las ventas. En un caso así puede perder el Estado, pero el periodista siempre sale limpito. Lo más probable es que ahora, con nuevo aplomo, se dedique a escribir lo contrario de antes.
La necesidad de dar al instante una información indiscutible obliga a rellenar los huecos con suposiciones, a recoger rumores e hipótesis, que luego no serán nunca desmentidos, pero se depositarán en la memoria de las masas. ¡Cuántos juicios apresurados, superficiales, inmaduros, desorientadores, se formulan a diario, atiborran el cerebro del lector, y así quedan! La prensa tiene la posibilidad tanto de estimular a la opinión pública como de maleducarla. Tan pronto se crea una celebridad de Heróstrato a los terroristas, como se descubren incluso secretos militares del propio país, como se irrumpe descaradamente en la vida privada de las personas célebres bajo el lema: «todos tienen derecho a saberlo todo» (lema falso de un siglo falso: mucho más alto es el perdido derecho de los hombres a no saber, a no atiborrar su alma, creada a semejanza de Dios, con comadreos, trivialidades, vacuas futilidades. Las personas de auténtico trabajo y de vida plena no necesitan en absoluto de este prolijo, agobiador flujo de información).
La superficialidad y el apresuramiento, enfermedad mental del siglo xx, se reflejan, más que nada, justamente en la prensa. Para la prensa es contraindicado entrar a fondo en un problema, no está en su naturaleza, solo caza al vuelo titulares sensacionales.
Y con todas estas cualidades, la prensa se ha convertido en la primerísima fuerza de los estados occidentales, superando la fuerza del poder ejecutivo, legislativo y judicial. Pero, sin embargo, ¿por qué ley electoral ha sido elegida y ante quién es responsable? Si en el Este comunista el periodista se considera con franqueza funcionario del Estado, ¿quién, en cambio, ha elegido a los periodistas occidentales a su situación de poder? ¿Por qué plazo y con qué prerrogativas? Y otro motivo de extrañeza para alguien venido del Oriente totalitario, con su prensa severamente unificada: en la prensa occidental, en su conjunto, también se descubre una dirección general de las simpatías (el viento del siglo), unas fronteras aceptadas por todos para las opiniones, quizá también unos intereses comunes a la corporación, y todo esto junto actúa no competitivamente, sino unificadamente. Hay libertad ilimitada para la prensa en sí, pero no para el lector: con suficiente relieve y resonancia, los periódicos transmiten sólo las opiniones que no contradigan demasiado las propias y esta dirección general.
La moda de las ideas
Sin censura alguna, en Occidente se efectúa una meticulosa selección de las ideas de moda y de las demás, y estas últimas, aunque nadie las prohíba, no tienen difusión real ni en la prensa periódica, ni en libros, ni desde cátedras universitarias. La mente de vuestros investigadores es libre jurídicamente, pero está cercada por los ídolos de la moda del día. No por violencia directa, como en Oriente, sino por esta selección de la moda, por esta necesidad de amoldarse a los estándares de masas, se priva de hacer su aportación a la sociedad a las personas de pensamiento más independiente, y aparecen peligrosos síntomas de aborregamiento, que impide un desarrollo efectivo. En América me ha ocurrido recibir cartas de personas sumamente inteligentes, algún profesor de un alejado College provincial, que hubiese hecho mucho por la renovación y la salvación de su país, pero su país no puede oírlo; no le harán eco los medios. Así se crean fuertes prejuicios en las masas, una ceguera peligrosa en nuestro dinámico siglo. Por ejemplo, las ilusiones acerca de la actual situación mundial forman tal blindaje petrificado alrededor de las cabezas, que ya no lo penetra ninguna voz humana desde los 17 países de Europa y Asia orientales; sólo lo hará pedazos el inevitable martillo de los acontecimientos.
He enumerado algunos aspectos de la vida occidental que asombran a quien llega a este mundo de nuevas. Las dimensiones y el cometido de este discurso no me permiten proseguir el análisis de cómo estas peculiaridades de la sociedad occidental se reflejan en facetas tan importantes de la existencia nacional como son la enseñanza primaria, la enseñanza superior en humanidades y el arte.
El socialismo
Casi todos reconocen que Occidente está indicando al mundo entero el camino económico de desarrollo más ventajoso, interferido estos últimos tiempos, cierto es, por una inflación caótica. Pero también muchos habitantes de Occidente están descontentos con su sociedad, la desprecian o le reprochan que ya no corresponde al nivel al que ha llegado la humanidad. Y a muchos esto les hace inclinarse hacia la mendaz y peligrosa corriente del socialismo. Espero que nadie de los presentes tendrá la sospecha de que yo haya hecho esta crítica parcial del sistema occidental para proponer en su lugar la idea del socialismo. No, con la experiencia del socialismo puesto en práctica, en ningún caso propondré la alternativa socialista. El que todo socialismo, de cualquier matiz, lleva al aniquilamiento de la esencia espiritual del hombre y a la nivelación de la humanidad en la muerte, lo ha demostrado por un profundo análisis histórico el matemático académico Shafarévich en su brillantemente argumentado libro El socialismo; pronto hará dos años que se ha publicado en Francia, pero nadie todavía ha encontrado nada que contestarle. Dentro de poco se publicará también en América.
No es un modelo
Pero si me preguntan, por el contrario, si quiero proponer como modelo a mi país el Occidente actual, tal cual es, tendría que contestar sinceramente: no; no podría recomendar vuestra sociedad como ideal para la transformación de la nuestra. Para el rico desarrollo espiritual que ha asegurado el sufrimiento en nuestro país durante este siglo, el sistema occidental en su estado presente, espiritualmente agostado, no resulta atractivo. Incluso las particularidades de vuestra vida que acabo de enumerar provocan gran tristeza.
Hay un hecho indudable: el debilitamiento de los caracteres humanos en Occidente y su reforzamiento en el Este. En seis decenios nuestro pueblo, en tres decenios, los pueblos de la Europa Oriental han pasado por una escuela espiritual muy por delante de la experiencia occidental. Una vida compleja y mortalmente aplastante ha forjado caracteres más fuertes, más profundos e interesantes, que la próspera y reglamentada vida de Occidente. Por eso, para
nuestra sociedad, convertirse en la vuestra en algunas cosas supondría un progreso, pero en otras —y muy preciadas—, una regresión. Sí, es imposible que una sociedad permanezca en tal sima de despotismo como la nuestra, pero poca cosa es el que permanezca en tal inhumana quietud jurídica como la vuestra. El alma humana, tras decenios de sufrimiento bajo la tiranía, aspira a algo más elevado, más cálido, más puro que lo que nos puede proponer la actual existencia de masas occidental, precedida, como por una tarjeta de visita, por la fastidiosa machaconería de la publicidad, por el entontecimiento televisivo y por una música insoportable.
Y todo eso es visible a los ojos de muchos observadores, desde todos los mundos de nuestro planeta. El modo de vida occidental va teniendo cada vez menos perspectivas de ser el modelo dominante.
Existen advertencias sintomáticas, que manda la historia a una sociedad amenazada o en perdición: por ejemplo, la decadencia de las artes o la ausencia de grandes estadistas. A veces las advertencias son incluso más tangibles, directísimas: el centro de vuestra democracia y cultura se queda unas horas sin electricidad —simplemente—, y en el acto multitudes enteras de ciudadanos americanos se lanzan a saquear y violar. ¡Tal es el grosor del barniz! Tal es la inestabilidad del régimen social y la ausencia en él de salud interna.
No será algún día lejano, sino que ya está empezada la lucha por nuestro planeta, ¡material, espiritual, cósmica! Ya marcha y aplasta en su ataque decisivo el mal mundial, pero vuestras pantallas y publicaciones están llenas de sonrisas estereotipadas y de copas levantadas. Celebrando ¿qué?
Miopía
Personalidades vuestras muy destacadas, como George Kennan, dicen: al entrar en la esfera de la alta política, ya no podemos usar indicadores morales. Pues así, confundiendo el bien y el mal, la razón y la sinrazón, es como mejor se prepara el terreno para el triunfo absoluto del mal absoluto en el mundo. Contra la estrategia mundial, cuidadosamente meditada, del comunismo, lo único que puede oponer Occidente son justamente indicadores morales, que otros no hay; en cambio, cualesquiera razones coyunturales siempre se vendrán abajo ante una estrategia. La razón jurídica, a partir de cierto nivel de problemas, petrifica: no permite ver ni la dimensión, ni el sentido de los acontecimientos.
Pese a la superabundancia de información —o en parte justamente a causa de ella—, el mundo occidental se orienta mal en la actualidad. Un ejemplo fueron las anecdóticas predicciones de algunos expertos americanos de que la URSS se encontraría en Angola con su Vietnam, o de que las descaradas expediciones africanas de Cuba se refrenarían mejor mimándolas los Estados Unidos. Del mismo tipo son los consejos de Kennan a su país: emprender el desarme unilateral. ¡Ay, si supieran ustedes cómo se carcajean de vuestros augures políticos los más jovencitos observadores de la Plaza Vieja! Y ya Fidel Castro tiene francamente a los Estados Unidos en nada, si encontrándose aquí al lado, se atreve a lanzar sus tropas a lejanas aventuras.
Pero el fallo más grande fue la incomprensión de la guerra de Vietnam. Unos deseaban sinceramente que, como fuese, se acabara lo antes posible toda guerra, otros opinaban que había que dejar vía libre a la autodeterminación nacional o comunista del Vietnam (o, como se ve hoy con especial claridad, de Camboya). Pero de hecho, los antimilitaristas americanos han resultado ser cómplices de la traición a los pueblos extremo orientales, del genocidio y del sufrimiento que pasan hoy allí treinta millones de seres. Y sus lamentos, ¿los oyen actualmente los pacifistas sistemáticos? ¿Reconocen hoy su responsabilidad? ¿O prefieren no oír? Las clases instruidas americanas perdieron los nervios, y como resultado la amenaza se ha acercado mucho a los propios Estados Unidos. Pero no hay conciencia de ello. Vuestro miope político que firmó la apresurada capitulación de Vietnam pareció permitirle a América estirarse en un relajado descanso, pero ya crece ante ustedes un Vietnam multiplicado por cien. El Vietnam pequeño os fue enviado como advertencia y motivo para movilizar vuestro valor. Pero si toda una América ha encajado toda una derrota, incluso ante un minúsculo medio-país comunista, ¿qué resistencia puede esperarse de Occidente en el futuro?
Ya tuve ocasión de decir que en el siglo xx, la democracia occidental no ha ganado por sí sola ni una gran guerra: cada vez se ha resguardado tras un fuerte aliado, rico en carne de cañón, sin meterse con su ideología. Así, en la segunda guerra mundial, contra Hitler, en lugar de ganarla con las fuerzas propias, que las había de sobra, os habéis criado un enemigo aún más cruel y más fuerte, porque jamás tuvo Hitler ni tantos recursos, ni tantos hombres, ni ideas tan eficaces, ni tantos partidarios en el mundo occidental, formando quinta columna, como la Unión Soviética. Pues bien, ahora en Occidente ya resuenan voces: a ver si en otro conflicto mundial más nos cubrimos contra la fuerza con otra fuerza, nos amparamos ahora tras China. Pero a nadie en el mundo le deseo yo este resultado: sin decir ya que sería otra vez una fatídica alianza con el mal, daría a América solo un breve respiro, pero luego, cuando los mil millones de chinos se revolvieran con armas americanas, sería la propia América la entregada en genocidio camboyano de hoy.
La pérdida de la voluntad
Pero tampoco el mayor armamento salvará a Occidente, mientras no venza la perdida de su voluntad. Con tal debilidad de alma, estas mismas armas se convierten en un estorbo para el capitulador. Para la defensa también se ha de estar dispuesto a morir, y esto abunda poco en una sociedad educada en el culto a la prosperidad terrena. Y entonces solo quedan las concesiones, las dilaciones y las traiciones. En el vergonzoso Belgrado, los libres diplomáticos occidentales, en su debilidad, han entregado las posiciones en las cuales, bajo el yugo, los miembros de los grupos Helsinki entregan sus vidas.
La mente occidental se ha hecho conservadora: ojalá se conserve la situación internacional como en este momento, ojalá no cambie nada. El debilitador sueño con el status-quo es la señal de una sociedad que ha acabado su desarrollo. Pero hay que estar ciego para no ver cómo han dejado de pertenecer a Occidente los océanos, y cada vez se va reduciendo bajo él su porción de tierra emergida.
Dos guerras llamadas mundiales —pero que en realidad, de mundiales aún no tuvieron nada— consistieron en que el pequeño Occidente progresivo se destruyó él mismo dentro de sí, y de este modo preparó su fin. La guerra siguiente —no forzosamente atómica, yo no creo en ella— puede enterrar la civilización occidental definitivamente.
Y ante este peligro, ¿cómo se puede, con tales valores históricos a las espaldas, con tal nivel de libertad alcanzada y aparente apego a ella, perder hasta este punto la voluntad de resistir?
El humanismo y sus consecuencias
¿Cómo se ha formado la desventajosa situación actual? Desde una marcha triunfal, ¿de qué modo ha caído el mundo occidental en tal impotencia? ¿Hubo en su desarrollo, fatídicos virajes, pérdidas del rumbo adoptado? Pues parece que no. Occidente solo ha hecho que progresar y progresar en la dirección social declarada, mano a mano con el brillante progreso técnico. Y de pronto se ha encontrado en este estado de debilidad.
Y entonces, lo único que queda es buscar el error en la misma raíz, en la base del pensamiento de la modernidad. Me refiero a la cosmovisión dominante en Occidente, que nació en el Renacimiento, que se fundió en moldes políticos a partir de la Ilustración, que ha constituido la base de todas las ciencias políticas y sociales y que puede ser designada como humanismo racionalista, o bien como autonomismo humanista, por proclamar y procurar la autonomía del hombre de cualquier fuerza superior a él. O bien, si no, antropocentrismo: la idea del hombre como centro de todo lo existente.
En sí, el viraje del Renacimiento fue, por lo visto, históricamente inevitable: la Edad Media había agotado su ciclo, se había hecho intolerable por su despótica represión de la naturaleza física del hombre en favor de la espiritual. Pero también nosotros nos hemos precipitado desde el espíritu a la materia excesivamente, desproporcionadamente. El pensamiento humanista, al proclamarse nuestro guía, negó en el hombre la presencia de malicia interior, negó al hombre cualquier otro cometido más allá de la felicidad terrenal y colocó en la base de la civilización occidental actual un peligroso exceso de reverencia ante el hombre y sus necesidades materiales. Fuera de bienestar físico y de la acumulación de bienes materiales, todas las demás características y necesidades del hombre, más refinadas y elevadas, quedaron ajenas a la atención de las instituciones estatales y de los sistemas sociales, como si el hombre no tuviera un cometido más elevado en la vida. Así fue como se dejaran corrientes de aire para el mal, por donde sopla hoy con toda libertad. La libertad desnuda, por sí misma, no resuelve en absoluto todos los problemas de la convivencia humana, sino que plantea multitud de nuevos.
Pero con todo, en las primeras democracias —también en la americana en su nacimiento—, a la persona se le reconocían todos los derechos solo en calidad de criatura de Dios, es decir que la libertad se entregaba a la persona bajo condición, suponiendo su constante responsabilidad religiosa: tal era la herencia del milenio anterior. Hace 200 años, en América —e incluso hace 50—, parecía imposible que el hombre recibiera una libertad ilimitada, así por las buenas, para sus pasiones. Sin embargo, desde entonces en todos los países occidentales esta salvedad se ha evaporado y ha tenido lugar la definitiva liberación de la herencia ética de los siglos de cristianismo, con sus grandes reservas de misericordia y de sacrificio, y los sistemas políticos han ido adoptando un cariz cada vez más consecuentemente materialista. Occidente, por fin, ha asegurado los derechos del hombre hasta con exceso, pero ha perdido por completo la conciencia de la responsabilidad del hombre ante Dios y la sociedad. En estos últimos decenios ese egoísmo jurídico de la ideología occidental ha quedado definitivamente asentado, ¡y el mundo se ha encontrado en una cruel crisis espiritual, y políticamente, en un callejón sin salida! Y todas las realizaciones técnicas del celebrado progreso, con su espacio inclusive, no han bastado para redimir la miseria moral en que ha caído el siglo XX, y que era imposible de prever, visto, incluso, el XIX.
Parientes inesperados
Cuanto más se ha ido materializando el humanismo en su desarrollo, tanta más base para aprovecharse de él fue dando al socialismo, y después al comunismo. De forma que Karl Marx ha podido escribir (1844): «el comunismo es el humanismo naturalizado».
Y no era ningún sinsentido. En la base del humanismo ventilado y de todo socialismo se pueden distinguir sillares comunes: un materialismo ilimitado; la carencia de religión y de responsabilidad religiosa (llevada en el comunismo hasta la dictadura antirreligiosa); el centrarse en la edificación social y la pretensión de cientificidad al hacerlo (Ilustración del XVIII y marxismo). No es casual que todos los juramentos verbales del comunismo giren alrededor del hombre con mayúscula y de su felicidad terrena. Parece una desagradable comparación —¡rasgos comunes en la cosmovisión y en el régimen de vida del Occidente actual y del Este actual!—, pero tal es la lógica del desarrollo del materialismo.
Con la agravante de que la ley de esta relación de parentesco es que siempre resulta más fuerte, más atractiva y más victoriosa la corriente del materialismo más de izquierda, es decir, más consecuente. Y el humanismo, tras acabar de perder toda su herencia cristiana, no es capaz de imponerse en esta competencia. Así, en el transcurso de los últimos siglos, y especialmente de los últimos decenios, cuando el proceso se agudizó, en la correlación mundial de fuerzas, el liberalismo se veía inevitablemente desbordado por el radicalismo, éste debía inclinarse ante el socialismo y el socialismo cedía ante el comunismo. Justamente por eso ha podido el régimen comunista sobrevivir y afianzarse de esta forma en el Este, por que lo han apoyado entusiásticamente (¡sintiendo su parentesco con él!), literalmente, masas de intelectuales occidentales, que no notaban sus crímenes, y cuando no había más remedio que notarlos, los justificaban. Y también hoy: allí en el Este, el comunismo, ideológicamente, lo ha perdido todo, ya ha caído hasta cero, e incluso por debajo de cero; en cambio, la intelectualidad occidental es, en buena medida, sensible a él, conserva la simpatía hacia él, y esto es lo que le hace a Occidente tan tremendamente difícil resistir contra el Este.
Ante un viraje
No considero el caso de una catástrofe bélica universal y de los cambios sociales que traería consigo. Pero mientras nos despertamos cada día bajo un apacible sol, estamos también obligados a vivir nuestra vida diaria. En cambio, hay una catástrofe que en buena medida ya ha llegado: es la catástrofe del pensamiento humanista, autonomista, arreligioso.
Ha colocado como medida de todas las cosas en la Tierra al hombre, al hombre imperfecto, nunca libre de orgullo, de codicia, de envidia, de vanidad y de docenas de otros vicios. Pues bien, los errores no percibidos al iniciar el camino se toman ahora su desquite. El camino andado desde el Renacimiento ha enriquecido nuestra experiencia, pero hemos perdido el todo, lo supremo que en su día ponía un dique a nuestras pasiones y a nuestra irresponsabilidad.
Demasiadas esperanzas hemos puesto en las transformaciones político-sociales, pero ha resultado en que nos quiten lo más valioso que tenemos: nuestra vida interior. En el Este la pisotea el ferial político; en el Oeste, el comercial. Qué crisis: lo más terrible no es siquiera que el mundo este escindido, sino el que sus principales partes separadas tengan una enfermedad análoga.
Si, como declaraba el humanismo, el hombre hubiera nacido solo para la felicidad, no nacería para la muerte. Y por ser corporalmente abocado a morir, su tarea terrenal es, evidentemente, más espiritual : no dejarse absorber por la vida diaria, no es el mejor medio de procurarse bienes, y después disfrutarlos alegremente, sino el cumplir un constante y difícil deber, de forma que el transcurso de toda la vida se convierte principalmente en una experiencia de ascensión moral: dejar la vida en un nivel más elevado del que se tenía al iniciarla. Es indispensable revisar la escala de valores admitida entre los hombres y asombrarse de su inexactitud hoy. Es imposible que la valoración del mandato de un presidente se reduzca a cuanto ganas y si es ilimitada la venta de gasolina. Solo el cultivo voluntario en sí mismo de una radiante autolimitación alza a los hombres por encima de la corriente material del mundo.
Aferrarse hoy día a las fórmulas petrificadas de la época del Renacimiento es retrógrado. Este dogmatismo social nos deja desarmados en las pruebas de nuestro siglo.
Incluso si nos salvamos de la hecatombe bélica, nuestra vida dejará inevitablemente de ser la actual, para no perecer por sí misma. Es inevitable que revisemos los postulados fundamentales de la vida y de la sociedad humana: ¿está realmente el hombre por encima de todo, y no tiene sobre él un Espíritu Supremo? ¿Es cierto que la vida del hombre y la acción de la sociedad deben determinarse ante todo por la expansión material? ¿Es permisible desarrollarla en detrimento de nuestra íntegra vida interior?
Si no a la hecatombe, el mundo se acerca hoy a un viraje de su historia, por su importancia igual al viraje de la Edad Media al Renacimiento, y nos exigirá inflamarnos espiritualmente, elevarnos a una nueva altura de observación, a un nuevo nivel de vida, donde no se maldiga, como en la Edad Media, nuestra naturaleza física, pero donde menos aún, como en la Modernidad, se pisotee la espiritual.
Esta ascensión puede compararse a la subida al siguiente peldaño antropológico. Y a nadie en la Tierra le queda otra salida que hacia arriba.
