Tomado de Gaetano Mosca (1896). Elementi di scienza politica. Cap. 2: La classe politica

Prefacio

Junto a Vilfredo Pareto, Gaetano Mosca es uno de los fundadores de la escuela elitista. El elitismo concentra su análisis en la élite, la minoría que gobierna a toda la sociedad. La obra de Mosca, con su exhaustivo análisis histórico, busca explicar el funcionamiento de cualquier sociedad humana privando a la ciencia política de todo prejuicio ideológico. Es así como reconoce que toda élite, que él denomina clase política, actúa bajo el criterio de las tres C: conciencia de la propia condición elitaria; cohesión frente a las masas desorganizadas; conspiración para ocultar la existencia de una clase dominante. En el primer párrafo del fragmento presentado a continuación, Mosca expone lo que Robert Michels sintetizaría en su ley de hierro de la oligarquía: es decir, que la aparición de una élite u oligarquía gobernante es inevitable en cualquier organización democrática.

I. – Entre las tendencias y hechos constantes presentes en todos los organismos políticos, hay uno cuya obviedad es fácilmente identificable: en todas las sociedades, desde las más primitivas y menos desarrolladas hasta las más cultas y poderosas, existen dos clases de personas: la de los gobernantes y la de los gobernados. La primera, siempre la menos numerosa, cumple con todas las funciones políticas, monopoliza el poder y aprovecha las ventajas que este le concede; la segunda, más numerosa, está dirigida y administrada por la primera en modo más o menos legal, o sea en modo más o menos arbitrario y violento, y le concede a los gobernados, al menos aparentemente, los medios materiales de subsistencia y aquellos que son necesarios para la supervivencia del organismo político.

En la práctica de la vida todos reconocemos la existencia de esta clase dirigente o política. Sabemos, en efecto, que en nuestro país una minoría influyente dirige los asuntos públicos, y que lo mismo sucede en los países vecinos, y no sabríamos imaginar un mundo organizado de otra forma, en el cual todos, equitativamente y sin ninguna jerarquía, estuvieran sometidos a una sola persona, o todos equitativamente dirigieran los asuntos políticos. Si esto es así, es debido en parte al efecto de costumbres impregnadas en nuestro pensamiento, y en parte a la exagerada importancia que le damos a dos factores políticos, cuya apariencia es mayor que su veracidad.

El primero consiste en la fácil constatación que en cada organismo político hay siempre una persona que lidera la jerarquía de toda la clase política y dirige lo que se suele llamar timón del Estado. Esta persona no siempre es aquella que legalmente posee el poder supremo; pensemos en que, junto a reyes y emperadores, suele haber un primer ministro o un maestro de palacio que tiene un poder efectivo mayor que el del monarca, o el caso en que, en vez del presidente electo, gobierne el país el hombre influyente que permitió su elección. Algunas veces, por circunstancias especiales, en vez de una persona son dos o tres que cumplen este oficio de dirección suprema.

El segundo hecho también puede percibirse fácilmente, ya que, sin importar el tipo de organización social, se puede constatar sin dificultad que la presión proveniente del malestar de la masa de gobernados, o sea las pasiones que la agitan, puede ejercer cierta influencia en las decisiones de la clase política.

Pero el hombre que lidera al Estado, ciertamente, no podría gobernar sin el apoyo de una clase numerosa, cuyas órdenes impone y ejecuta, y aunque pueda hacer sentir el peso de su poder a uno o a varios de los diversos individuos que pertenecen a esta clase, ciertamente no puede enfrentarse a ella ni destruirla. Porque, en caso de que esto sucediese, debería inmediatamente constituir una nueva, sin que su acción sea completamente anulada. Por otra parte, debe admitirse que, fuera el malcontento de las masas capaz de destronar a la clase dirigente, debería encontrarse, en el seno de las mismas masas, otra minoría organizada para que cumpla el rol de clase dirigente. De otra manera, cualquier tipo de organización social sería destruida […].

III. – Desde ya creemos útil el responder a una objeción que se nos podría plantear. Si es fácil comprender que uno solo no puede dar órdenes a una masa sin una minoría que lo apoye, es bastante difícil admitir, como un hecho constante y natural, que las minorías den órdenes a las mayorías en vez que viceversa. Pero esto es uno de los puntos, como tantos en otras disciplinas científicas, cuya apariencia es diferente a la realidad. En los hechos es notoria la prevalencia de una minoría organizada, que obedece a un único impulso, por sobre la mayoría desorganizada. La fuerza de cualquier minoría es irresistible frente a cada individuo de la mayoría por separado, el cual se encuentra solo frente a la totalidad de la minoría organizada; y, al mismo tiempo, se puede decir que esta minoría está organizada por el mismo hecho de ser minoría. Cien hombres, que actúen siempre de acuerdo los unos con los otros, triunfarán siempre por sobre mil hombres tomados individualmente y que no serían capaces de llegar a ningún acuerdo entre ellos; al mismo tiempo, sería para los primeros mucho más fácil actuar acordadamente porque son cien y no mil.

Gracias a este hecho podemos identificar la siguiente consecuencia: mientras más grande es una comunidad política, menor puede ser la proporción de la minoría gobernante respecto a la mayoría gobernada, y más difícil es para esta última organizarse para reaccionar contra la primera.

Sin embargo, además de la gran ventaja que proviene del estar organizadas, las minorías gobernantes ordinariamente están constituidas de forma que los individuos que las componen se distingan de la masa de gobernados por cualidades que les conceden alguna superioridad material, intelectual o moral, o son los herederos de aquellos que poseían estas cualidades. En otras palabras, deben poseer algún requisito, así sea solo en apariencia, que sea apreciado en su sociedad.

IV. – En las sociedades primitivas, que se encuentran todavía en la primera etapa de su desarrollo, la cualidad más importante para volverse parte de la clase dirigente es el valor militar. La guerra, que en las sociedades avanzadas es una situación excepcional, puede ser considerada casi normal en las sociedades primitivas, y de esta forma los individuos más aptos para el combate adquieren fácilmente el dominio por sobre los demás: los mejores se vuelven jefes. Este hecho es constante, pero las modalidades que puede asumir, según los casos, son bastante diferentes.

Normalmente, el dominio de una clase guerrera sobre una multitud pacífica se suele atribuir a la sobreposición de razas, o sea a la conquista, que un pueblo belicoso ejerce sobre otro relativamente débil. De esto tenemos ejemplos en la India tras la invasión de los Arios, en el Imperio romano tras las invasiones germánicas y en México con la conquista azteca. Sin embargo, asistimos más a menudo, en ciertas condiciones sociales, a la formación de una clase guerrera y dominante en los lugares donde no ha habido conquista extranjera. Mientras un grupo humano viva exclusivamente cazando, todos sus individuos pueden volverse guerreros fácilmente, y habrán jefes que tendrán el dominio en la tribu, pero no se formará una clase belicosa que explote y tutele al mismo tiempo a otra clase adepta al trabajo pacífico. A medida que se deja de lado la etapa venatoria y se entra en la etapa agrícola y pastoral, empero, junto a un enorme aumento de la población y a la mayor estabilidad de medios de influencia social, puede nacer la división más o menos neta en dos clases: aquella dedicada a la labor agrícola, la otra a la guerra. Si esto sucede, es inevitable que la última consiga de a pocos el poder para oprimir impunemente a la primera […].

V. – Como en Rusia y en Polonia, como en la India y en la Europa medievales, en todos lados las clases guerreras y dominantes han acaparado la propiedad casi exclusiva de las tierras, que en países poco civiles son la fuente principal de la producción y de la riqueza. A medida que la civilización progresa, la renta de estas tierras va aumentando y, entonces, si otras circunstancias lo permiten, puede suceder una transformación social muy importante: la cualidad más característica de la clase dominante, antes que el valor militar, vuelve a ser la riqueza. Es decir, los gobernantes son ricos en vez de fuertes.

La condición indispensable para que esta transformación suceda es la siguiente: hace falta que la organización social se perfeccione y se concentre de forma que ejercer la fuerza pública sea más eficaz que ejercer la fuerza privada. En otras palabras, es necesario que la propiedad privada esté suficientemente tutelada por la fuerza práctica y real de las leyes de modo que la fuerza del mismo propietario sea superflua. Esto se consigue mediante una serie de alteraciones graduales en el orden social, que tienen como resultado el mutar ese tipo de organización política, que nosotros llamaremos Estado feudal, hacia otro tipo esencialmente diferente, que nosotros llamaremos Estado burocrático. Aunque por ahora podemos decir que la evolución antes mencionada sucede en gran medida gracias al desarrollo de costumbres pacíficas y de ciertos hábitos morales que las sociedades adoptan con el progreso de la civilización.

Concluida esta transformación es cierto que, como el poder político ha producido la riqueza, de igual manera la riqueza produce el poder. En una sociedad ya bastante madura, en la cual la fuerza colectiva pone un freno a la fuerza individual, si los poderosos son ordinariamente los ricos, basta ser rico para ser poderoso. Y es una verdad inevitable que, cuando se prohíbe la lucha a mano armada mientras queda permitida la lucha con escudos, los mejores puestos serán conquistados por aquellos que poseen la mayor cantidad de escudos.

Es verdad que hay Estados tan avanzados en su civilización, y con una organización moral tan alta, que parecen excluir la anteriormente mencionada preponderancia de la riqueza. Pero esto es uno de esos raros casos en que los principios teóricos tienen una limitada aplicación en la realidad. En Estados Unidos, por ejemplo, todos los poderes provienen directa o indirectamente de las elecciones populares, y el sufragio es, en casi todos los estados, universal. Y hay más: la democracia no existe solo en las instituciones, sino también en las costumbres, y los pobres son reacios a elegir a los ricos para los cargos electivos. Sin embargo, esto no impide que un rico sea mucho más influyente que un pobre, ya que puede pagar a los politiqueros más mediocres para obtener sus administraciones públicas; no impide que las elecciones se realicen al compás de los dólares; no impide que parlamentos locales enteros y numerosas fracciones del Congreso sean condicionados por la influencia de poderosas compañías ferroviarias y de grandes barones financieros. Hay incluso quien asegura que, en varios Estados de la Unión, quien tiene mucho para gastar puede permitirse el lujo de matar a otro hombre con una impunidad casi asegurada.

También en China, si bien no acogió el principio de elección popular, hasta hace algunos años el gobierno se apoyaba en una base esencialmente igualitaria: se sabe que los grados académicos permitían el acceso a los cargos públicos y que estos grados se concedían por examen sin distinción por sangre o riqueza. Sin embargo, si bien la clase pudiente era en China menos numerosa, rica y poderosa que en los Estados Unidos, de igual manera pudo saltarse la aplicación honesta de este sistema. No solo a menudo se compraba la indulgencia de los examinadores, sino el mismo gobierno solía vender los diversos grados académicos y permitía que llegasen a los oficios personas ignorantes, que muchas veces habían salido de las clases sociales más bajas.

Antes de dejar este argumento debemos recordar que, en todos los países del mundo, otros medios de influencia social como la fama, la cultura, la gran inteligencia, los altos grados en las jerarquías eclesiásticas, administrativas y militares las compraban mucho más fácilmente los ricos que los pobres. Los primeros deben recorrer un camino mucho más corto que los segundos para llegar a la meta, sin contar que este recorrido es a menudo el más difícil e inclemente.

VI. – En las sociedades donde las creencias religiosas tiene mucha fuerza y los ministros del culto forman una clase especial, se constituye casi siempre una aristocracia sacerdotal que obtiene una parte más o menos grande de la riqueza y del poder político […].

Los conocimientos especiales y la verdadera cultura científica, restos de cierto carácter sagrado y religioso, se vuelven una fuerza política importante solo en una etapa muy avanzada de civilización; solo entonces aquellas permiten a quienes las poseen de ascender al rol de clase gobernante. Pero, también en este caso, hay que tener en cuenta que aquello que tiene un valor político no es tanto la ciencia en sí misma cuanto las aplicaciones prácticas que se le pueden dar para el beneficio público; es decir, del Estado. En algunos contextos se requiere únicamente la posesión de los procesos mecánicos indispensables para adquirir una cultura superior, tal vez porque es más fácil constatar y medir las habilidades que con aquellos el candidato ha podido obtener. Así, en ciertas épocas del antiguo Egipto, la profesión de escriba conducía a los cargos públicos y al poder, tal vez también porque aprender la escritura jeroglífica requería de un largo tiempo de estudio; como también, en la China moderna, el conocimiento de los numerosos caracteres de la escritura china ha formado la base de la cultura de los mandarines. En Europa y Estados Unidos, la clase que aplica los descubrimientos de la ciencia moderna a la guerra, a la administración pública, a la salud pública, etc. ocupa una posición socialmente y políticamente respetada. En estos mismos paíes, como en la antigua Roma, es también privilegida la condición de los juristas, que conocen la complicada legislación común a todos los pueblos de civilización antigua, y más aun si, junto a las nociones jurídicas, poseen también la elocuencia que tanto gusta a sus contemporáneos. No faltan ejemplos en los que vemos que, en la fracción más elevada de la clase política, la larga práctica de dirigir la organización militar y civil de la comunidad hace nacer y desarrollar un verdadero arte de gobierno superior al tosco empirismo y a todo aquello que pudisese sugerir la sola experiencia individual. Y es entonces que se constituyen aquellas aristocracias de funcionarios, como el senado romano, el véneto e, incluso, de cierta forma la aristocracia inglesa, tan admiradas por Stuart Mill y que ciertamente han creado algunos de los gobiernos que más se han distinguido por la madurez de sus diseños y la constancia y juiciosidad de su ejecución. Este arte desde luego que no es la ciencia política, pero ha realizado, sin lugar a dudas, la aplicación de algunos de sus postulados; sin embargo, si la ciencia política se ha afirmado en cierta clase de personas que hace tiempo están ejerciendo funciones políticas, creemos que su conocimiento no haya jamás servido como criterio ordinario para permitirle el acceso a aquellos que por su posición social les estaba impedido el acceso.

VII. – En ciertos países encontramos las castas hereditarias: la clase gobernante se encuentra definitivamente restringida para un determinado numero de familias y el nacimiento es el único criterio que permite el acceso a dicha clase o la exclusión de esta. Los ejemplos de estas aristocracias hereditarias son muy comunes, y no hay casi país de origen civilizatorio antiguo que, en una determinada época de su historia, no haya tenido una. Una nobleza hereditaria la encontramos en ciertos periodos en China y en el antiguo Egipto, en la India, en Grecia antes de las Guerras Médicas, en la Roma antigua, entre los Eslavos, entre los Latinos y Germanos del Medioevo, en el México precolombino y en el Japón hasta hace pocos años.

Sobre este propósito debemos permitirnos dos observaciones: la primera es que todas las clases políticas tienen la tendencia a volverse de hecho, si no de derecho, hereditarias. En efecto, todas las fuerzas políticas tienen la cualidad, que en física se llama fuerza de inercia, de quedarse en el punto y en el estado en el cual se encontraban previamente. El valor militar y la riqueza fácilmente, por tradicion moral y por efecto de la herencia, se mantienen en ciertas familias, y la práctica en el ejercicio de grandes cargos, la costumbre y cualquier actitud para tratar los asuntos de importancia se adquieren mucho más fácilmente quando desde pequeños se ha tenido cierta familiaridad con ellos. Aun cuando los grados académicos, la cultura científica, las aptitudes especiales, con cierto tipos de examenes y concursos abren las puertas a los cargos públicos, no se destruye aquella ventaja especial que los franceses definen la ventaja de las posiciones ya obtenidas. Y, en realidad, a pesar de que exámenes y concursos estén abiertos, en teoría, para todos, a la mayoría le falta siempre los medios para cubrir los gastos de una larga preparación, y a muchos otros les juegan en contra las relaciones y la parentela, gracias a las cuales un invididuo es puesto de inmediato «en el buen camino» y se evitan los tanteos y los errores inevitables cuando se entra en un ambiente desconocido, en el cual no hay guías ni apoyos.

La segunda observación es la siguiente: cuando vemos que en un país se ha establecido una casta hereditaria que monopoliza el poder político, podemos estar seguros de que este estado de derecho fue precedido por uno de hecho. Antes de aferrar su derecho exclusivo y hereditario sobre el poder, las familias o las castas poderosas debieron tener bien aferrado en sus manos el bastón de mando, debieron monopolizar absolutamente todas las fuerzas políticas de aquella época y de aquel pueblo donde se establecieron; de otra forma, una pretención de esta magnitud habría suscitado protestas y enfrentamientos muy sangrientos.

En seguida diremos cómo las aristocracias hereditarias a menudo han alardeado de un origen sobrenatural, o al menos diferente, y superior a aquella de las clases gobernadas; tal afirmación se explica con un hecho social importantísimo, del cual hablaremos en el siguiente capítulo, y que hace que cada clase gobernante tienda a justificar su poder de hecho apoyándolo sobre un principio moral de orden general. Sin embargo, recientemente la misma afirmación fue presentada con el apoyo de una base científica. Algún escritor, desarrollando y ampliando las teorías de Darwin, cree que las clases superiores representan un grado más elevado en la evolución social y que entonces, por constitución orgánica, son superiores a las clases inferiores. Grumplowicz, citado anteriormente, va aun más allá y sostiene firmemente que el concepto de la división de los pueblos en clases profesionales está basada, en los países de civilización moderna, sobre una heterogeneidad étnica.

Ahora, son muy conocidas en la historia las cualidades como también los defectos especiales, las unas y las otras muy acentuadas, que han demostrado las aristocracias que quedaron perfectamente cerradas o que hicieron muy difícil el acceso a su clase. El antiguo patriciado romano y la moderna nobleza inglesa y alemana dan de inmediato una idea de a lo que nos referimos. Simplemente que, frente a este hecho y a las teorías que tienden a exagerar su magnitud, se puede siempre poner la misma objeción: que los individuos pertenecientes a estas aristocracias deben sus cualidades especiales no tanto a la sangre que corre por sus venas, sino a la particularísima educación que han recibido y que ha desarrollado en ellos ciertas tendencias intelectuales y morales en perjuicio de otras.

Se dice que esto puede ser suficiente para explicar la superioridad en las actitudes puramente intelectuales, pero no las diferencias de carácter moral, como serían la fuerza de voluntad, el coraje, el orgullo, la energía. Pero la verdad es que la posición social, las tradiciones familiares, las costumbres de la clase en la cual vivimos, contribuyen al mayor o menor desarrollo de las cualidades mencionadas en mayor medida de cuanto comúnmente se cree. De hecho, si observamos atentamente a los individuos que cambian de posición social, tanto para peor como para mejor, y que entran, por lo tanto, en un ambiente diferente al que estaban acostumbrados, podemos fácilmente reconocer que sus aptitudes intelectuales se modifican mucho menos sensiblemente que aquellas morales. Considerando a la mayor capacidad de visión que el estudio y el conocimiento conceden a quien no sea absolutamente un estúpido, cada individuo, por más que siempre sea un secretario o se vuelva ministro, llegue al rango de sargento o de general, sea millonario o mendigo, se mantiene infaltablemente a ese nivel intelectual que le ha concedido la naturaleza. Mientras, con el cambiar del grado social y de la riqueza, podemos ver perfectamente al orgulloso volverse humilde y el servilismo transformarse en arrogancia; un carácter fuerte y orgulloso, obligado por la necesidad, a aprender a mentir o al menos a disimular; y quien se ha acostumbrado por mucho tiempo a mentir después a adoptar una gran fuerza e inflexibilidad de carácter. También es cierto que quien ha sido empujado desde lo alto a menudo obtiene fuerza de resignación, de sacrificio y de iniciativa, como también quien ha sido alzado desde lo bajo a veces aprende el sentimiento de justicia y equidad. En fin, se cambie para bien o para mal, debe ser excepcionalmente templado aquel individuo que, cambiando notablemente su posición social, conserva inmutado su propio carácter.

El coraje del guerrero, la energía en el ataque, la generosidad en la resistencia son cualidades consideradas, a menudo y por mucho tiempo, pertenecientes solo a las clases superiores. Ciertamente, grande puede ser la diferencia natural y, por decirlo de alguna manera, innata que hay de estas cualidades entre un individuo y otro; para mantenerlas, empero, altas o bajas, en una categoría numerosa de hombres, hacen falta, sobre todo, las tradiciones y las costumbres del ambiente. Generalmente, nos familiarizamos con el peligro, o mejor aun, con un determinado peligro, cuando las personas con las cuales solemos vivir hablan de aquel con indiferencia y ni se inmutan frente a él. En efecto, si bien muchos son naturalmente tímidos, los montañeses se enfrentan impávidos al peligro de los abismos y los marineros a aquellos del mar; del mismo modo, las poblaciones y las clases acostumbradas a la guerra mantienen en mucha estima las virtudes militares.

Y esto es tan cierto que incluso poblaciones y clases sociales ordinariamente ajenas a las armas obtiene rápidamente estas virtudes, siempre y cuando los individuos provenientes de estas sean incorporados en ciertos núcleos, donde el coraje y la determinación sean tradicionales; siempre y cuando sean, si se nos permite la metáfora, echados dentro de crisoles humanos fuertemente embriagados de estos sentimientos que a aquellos se les quiere transmitir […].

VIII. – En fin, quedándonos con la idea de aquellos que sostienen la fuerza exclusiva del principio hereditario en la clase política, se llegaría a una consecuencia similar a la que hemos mencionado en la primera parte de nuestro trabajo: la historia política de la humanidad debería ser mucho más simple de lo que es en realidad. Si verdaderamente la clase política perteneciese a una raza distinta o si sus cualidades para el dominio se transmitieran principalmente por medio de la herencia orgánica, no se entendería por qué, una vez formada esta clase, debiera decaer y perder el poder. Se admite comúnmente que las cualidades propias de una raza son muy tenaces y, según la teoría de la evolución, las actitud adquiridas por los padres son innatas en los hijos, y estas van afinándose cada vez más con la sucesión de generaciones. En consecuencia, los descendientes de los dominadores deberían volverse cada vez más aptos para dominar, y las otras clases deberían ver su posibilidad de sustituir a la clase dominante cada vez más lejana. Ahora, basta la experiencia más vulgar para cerciorarse de que las cosas no funcionan así.

Nosotros vemos que, apenas cambian las fuerzas políticas, si se siente la necesidad de que nuevas aptitudes se afirmen en la dirección del Estado, y si entonces las antiguas no conservan su importancia, o si hay cambios en su distribución, muta también el modo en que se forma la clase política. Si en una sociedad nace un nuevo activo de riqueza, si crece la importancia práctica del conocimiento, si la antigua religión decae o nace una nueva, si una nueva corriente de pensamiento se difunde, suceden contemporáneamente fuertes cambios en la clase dirigente. Es más, se puede decir que toda la historia de la humanidad civil se resume en la lucha entre la tendencia, que tienen los elementos dominantes, a monopolizar las fuerzas políticas y a transmitir hereditariamente su posesión a sus descendientes, y la tendencia, también existente, hacia el cambio de lugar de estas fuerzas y la afirmación de fuerzas nuevas, el cual produce un complejo proceso de endósmosis y exósmosis entre la clase alta y algunas fracciones de aquellas bajas. Luego, decaen sin falta las clases políticas cada vez que no puedan ejercer las cualidades gracias a las cuales llegaron al poder, cuando ya no pueden garantizar el servicio social que brindaban o cuando sus cualidades y los servicios que brindaban pierden toda importancia en el ambiente social en el que viven. De esta forma decayó la aristocracia romana cuando ya no pudo engendrar de manera exclusiva a los oficiales del ejército, a los administradores de la república, a los gobernadores de las provincias; de esta forma decayó la aristocracia véneta cuando sus patricios ya no dominaban las galeras y ya no pasaban gran parte de su vida navegando, comerciando y combatiendo.

En la naturaleza inorgánica encontramos el ejemplo del aire, en el cual la tendencia a la inmovilidad, producida por la fuerza de inercia, se encuentra continuamente enfrentada contra la tendencia al desplazamiento, consecuencia de las desigualdades en la distribución calórica. Las dos tendencias, prevaleciendo al mismo tiempo en las diferentes partes de nuestro planeta, producen tanto calma como viento y tormenta. Sin la intención de encontrar alguna analogía sustancial entre este ejemplo y los fenómenos sociales, y solo citándolo porque nos es cómodo como comparación formal, observamos que, en las sociedades humanas, prevale tanto la tendencia que produce el hermetismo, la inmovilidad, la cristalización, por decirlo así, de la clase política, como aquella que tiene como consecuencia su renovación más o menos inmediata.

Las sociedades de Oriente, que a nosotros nos parecen inmóviles, en realidad no siempre lo han sido, ya que, de otra manera, no habrían podido realizar ese innegable progreso del que somos testigos. Es mucho más exacto decir que nosotros las hemos conocido cuando se encontraban en un periodo de cristalización de sus fuerzas y clases políticas. Lo mismo sucede en aquellas sociedades, comúnmente llamadas envejecidas, en las cuales las creencias religiosas, la cultura científica, los modos de producir y distribuir la riqueza no han sufrido ningún cambio desde hace varios siglos, y que no han sido perturbadas por infiltraciones materiales o intelectuales de elementos extranjeros. En estas sociedades, siendo las fuerzas políticas siempre las mismas, la clase que las posee mantiene indisputado su poder, que por eso se perpetúa en ciertas familias y la inclinación hacia la inmovilidad se generaliza también en todos los los niveles sociales.

Es así que en la India vemos establecerse al régimen de castas después de que el budismo fuera sofocado. Es así que vemos también que en el antiguo Egipto los griegos encontraron a las castas hereditarias, mientras sabemos que en los periodos de esplendor y renovación de la civilización egipcia la herencia de los oficios y de las condiciones sociales no existía. Pero el ejemplo más conocido, y tal vez más importante, de una sociedad que tiende a cristalizarse lo tenemos en el periodo de la historia romana denominado bajo imperio, en el cual, después de algunos siglos de inmovilidad social casi total, vemos volverse cada vez más neta la separación entre dos clases: una de grandes propietarios y funcionarios importantes, la otra de siervos, colonos, plebe; e, incluso más notablemente, estableciéndose antes por mano de la costumbre que por la ley, la herencia de los oficios y las condiciones sociales comenzó a generalizarse rápidamente.

Pero puede suceder al revés, y a veces sucede en la historia de las naciones, que el comercio con gentes extranjeras, la necesidad de emigrar, los descubrimientos, las guerras, crean nueva pobreza y nueva riqueza, difunden conocimientos hasta ese momento desconocidos, producen la infiltración de nuevas corrientes morales, intelectuales y religiosas. Puede suceder que, por lenta elaboración interna o por efecto de estas infiltraciones, o por ambas causas, surja una nueva ciencia, o vuelvan con honor los resultados de aquella antigua que había sido olvidada, y que las nuevas ideas y las nuevas creencias agiten los hábitos intelectuales sobre los cuales se fundaba la obediencia de las masas. La clase política puede ser también derrotada y destruida por completo o parcialmente por invasiones extranjeras, y, cuando se producen las circunstancias antes mencionadas, puede bajar a un nivel social inferior tras ser sustituido por nuevas fuerzas políticas. Es natural que haya, entonces, un periodo de renovación, o, si se quiere definir así, de una revolución, durante la cual las energías individuales tienen buen juego y algunos entre los individuos más apasionados, más activos, más hábiles y orgullosos pueden, desde lo más bajo de la escalera social, abrirse paso hasta los grados más elevados.

Este movimiento, una vez iniciado, no puede detenerse sin motivo; el ejemplo de contemporáneos que, sin ser gente importante, pudieron llegar a posiciones conspicuas, estimula nuevas ambiciones, nuevas avaricias, nuevas energías, y la renovación molecular de la clase política se mantiene activa hasta que un largo periodo de estabilidad social inicie a ralentizarla. Entonces, a medida que la sociedad va pasando del estado febril a aquel de calma, y debido a que las tendencias psicológicas del hombre son siempre las mismas, aquellos que forman parte de la clase política van adquiriendo el espíritu de cuerpo y de exclusivismo y aprenden el arte de monopolizar en su propio beneficio las cualidades y las actitudes necesarias para llegar al poder y para mantenerlo; en fin, con el tiempo se forma la fuerza conservadora por excelencia, la de la costumbre, por la cual muchos se resignan a quedarse en lo bajo, y los miembros de ciertas familias o clases privilegiadas ganan la convicción de que para ellos es casi un derecho absoluto estar en alto y dirigir.

Un filántropo estaría interesado en investigar si la humanidad es más feliz o menos atormentada cuando se encuentra en un periodo de calma y cristalización social, en donde cada uno debe casi fatalmente quedarse en el escalón de la jerarquía social en el cual nació, o sea cuando atraviesa el periodo perfectamente opuesto a la renovación y revolución, que permite a todos el aspirar a grados más excelsos y a alguno el llegar a ellos. Una investigación de este tipo sería difícil, y para responder se debería tener en consideración muchas condiciones y excepciones, y tal vez la respuesta estaría siempre influenciada por el gusto individual del observador. Por esto nos abstendremos de darla; aun más si, aunque pudiéramos obtener un resultado indiscutible y seguro, este tendría siempre una escasísima utilidad práctica: aquello que filósofos y teólogos llaman libre albedrío, o sea la decisión espontánea de los individuos, ha tenido, hasta ahora, y tal vez tendrá siempre, muy poca o casi ninguna influencia en acelerar el fin o el principio de uno de los periodos históricos mencionados.


Prefacio y traducción: