La yihad cristiana
Por Juan Carlos Ramírez Larizbeascoa,
Vicepresidente del Parlamentario Andino
Presidente de la Comisión de Derechos Humanos, Desarrollo Social y Participación Ciudadana
Presidente del Comité de Futuro
Con referencia al conocido libro de Henry Kissinger, Orden mundial, es imprescindible que el ser humano se pregunte por qué se encuentra en un ambiente de desorden mundial. ¿Qué es lo que ha sucedido en Occidente para que se encuentre, desde Alaska hasta Magallanes y desde Panamá hasta el Dombás, en un estado de desorden y agobio?
Hay una explicación, entre varias, que resalta por su existencia en el mismo frente de esta situación, y es una especie de prolongación de Popper y su libro La sociedad abierta y sus enemigos. Este enfoque, ingenuo y peligroso, parece una especie de protodogma de lo que ahora entendemos como posmarxismo, socialismo del siglo XXI, Foro de São Paulo, Grupo de Puebla, wokeism y otras corrientes. Su narrativa indica que hay que elevar a niveles de paroxismo a microgrupos supuestamente postergados, abusados y discriminados, como los pueblos originarios, afrodescendientes, todos los microgrupos de la ideología de género LGTBIQ+, hombres y mujeres indefinidos, y cualquier otro invento que conduzca a la nanofragmentación de las sociedades.
Naturalmente, toda esta maquinaria tanática y desintegradora de todo lo bueno (trabajo, familia, valores, virtudes, unión, hermandad, amor y caridad) utiliza las herramientas de nuestro tiempo (redes sociales, algoritmos y gobiernos), para lograr sus objetivos de enfrentamiento, destrucción, dolor y muerte.
Es una batalla entre el bien y el mal. Un Armagedón en marcha. Quienes nos encontramos en el lado constructivo, integrador y progresista de la vida, es decir, la verdadera búsqueda del progreso, y no de los grupos que se han apropiado de la palabra para presentarse como los modernos salvadores de supuestos grupos inventados y con poco fundamento, debemos actuar ahora.
Por eso he llamado a este artículo La yihad cristiana, porque hace falta la potencia que esa palabra, yihad, tiene en el árabe original. Este significado implica la defensa activa, potente y real de lo que es nuestra fe. Y no la fe en Dios, que por supuesto la tenemos más allá de la religión misma, sino la fe en nosotros mismos como personas. Y para definirlo, tomaremos de los griegos una de sus innumerables citas: «Los dioses no ayudan al hombre en aquello en lo que el hombre puede ayudarse a sí mismo».
Y es por eso que debemos actuar de una manera centrípeta en la creación de una masa crítica y gigantesca de personas que comparten lo más humano de lo humano: la familia, la empatía, la sensatez, la honradez y, sobre todo, el valor. Porque para emprender, mantenerse y vencer en la yihad cristiana, se necesitará ser valiente, y mucho. Porque para salvarnos en la cruz, al igual que para conquistar el mundo que Saladino conquistó, se necesita mucho valor. Y en eso no nos diferencian las etnias ni las religiones, solo nos diferencia el honor.
Ya lo dijo Alejandro Magno: «Los hombres honorables son mis compatriotas; los demás son extranjeros».
