
Las reglas del juego
«Es como estar en un juego con reglas sin sentido creadas por las personas equivocadas», esta cita de la película El graduado (1967) se me viene a la mente cada vez que hablamos de las frágiles democracias de América Latina. Un sistema que en muchos aspectos solo existe nominalmente, con partidos cuya consideración como tales es un engaño socialmente aceptado, cuyos programas son apenas un revestimiento retórico para la mediocridad en el mejor de los casos o la rapiña en el peor. Como Vergara propuso en el libro Repúblicas defraudadas (2023), América Latina no se encuentra en vías de desarrollo, o al menos estancada en esa dirección, no, simplemente, la región transita por otra vía, un camino paralelo de origen incierto y cuyo destino es incluso más misterioso.
¿Cómo llegamos a este camino alterno?, ¿en dónde doblamos equivocadamente? Esta pregunta ronda recurrente en la región y, en el Perú, en nuestras charlas familiares, nuestros cuestionamientos personales, incluso en una de las mejores novelas de nuestro país: ¿en qué momento nos jodimos? Y es que joderse no es el resultado de una decisión, pero la sumatoria de varias decisiones equivocadas, que nos cierran puertas alternativas. Porque cada decisión es una puerta particular que nos conduce a otro pasillo repleto con nuevas puertas, y a repetir el juego. Cada mala puerta abierta te conduce a pasillos en los que las posibilidades del error se incrementan exponencialmente, así funciona el destino. No obstante, creo que entre tantas puertas erróneas que nos han dado paso a tantos pasillos truculentos, creo que hay aquellos en los que vale la pena detenernos.
Una independencia obtenida a trompicones, con consenso dudoso y administrada por una élite que excluye a la mayoría del país es una pésima primera puerta abierta. Un sistema económico mercantilista y rentista fue profundizar en el error, generar expectativas democratizadoras sin construir a la par instituciones públicas mínimamente eficientes fue una receta para la insatisfacción crónica y la cultura informal del sálvese quien pueda, desperdiciar la bonanza del enésimo boom de materias primas ya deja de ser una reincidencia y pasa a ser casi una característica inherente. Claro, hay más puertas y pasillos, pero en este largo camino esos son quizá los principales tropiezos acumulativos.
¿En qué pasillo nos encontramos ahora?, ¿en qué casilla del juego? Creo que estamos dejando atrás el pasillo de la democracia liberal incompleta, pero no sé hacia cuál nos dirigimos. Un país que funciona como el caos administrado solo para apenas sostener el beneficio de unos pocos corruptos no es una democracia, aunque diga serlo y conserve unas mínimas formas, pero ciertamente, tampoco es un autoritarismo como tal, aunque tenga conductas autoritarias. Tener una democracia requiere ciertos principios y estos apenas existen; tener un autoritarismo funcional requiere talento en los autócratas y este es igual de escaso. Lo que tenemos más bien es angurria arriba y anomia abajo.
Esta dinámica es básicamente admitir nuestra derrota social de manera implícita. Los dirigentes no pueden ni saben dirigir, solo beneficiarse de los privilegios de la cabina de mando mientras mantienen la nave a flote sin curso definido y la tripulación no tiene alternativas, no sabe qué haría distinto de tener el timón, así que solo desprecia en silencio a quienes están a cargo mientras lo estén. Aunque consideren esto: hasta el hartazgo más apático puede encenderse en las circunstancias correctas y para muchos la llegada de quien patee el tablero de un juego absurdo deja de ser una amenaza y empieza a convertirse en una esperanza.
