La economía de necesidades frente al economicismo productivista moderno

¿Qué es ser proletario? No es lo mismo que ser pobre: tan proletario es un vagabundo dentro del mundo organizado como un ingeniero o especialista cuya dependencia a un salario le obliga a permanecer atado a las condiciones fijadas para el pago de un jornal. Ser proletario es estar vinculado al proceso laboral, al utilitarismo social, en un plano que agota todo espacio vital del hombre que trabaja. Esta suma dependencia puede tener varios orígenes, como la falta de propiedad, que origina la subordinación respecto a un salario, al no tener nada que no sea un trabajo al cual se debe la subsistencia. La condición de proletario es el empobrecimiento íntimo del hombre, cuyo propio espacio vital es abrumado por el proceso laboral; es la condición de quien ya no puede realizar —y ni siquiera representarse— una actuación con un verdadero sentido que no sea el del trabajo.

La felicidad es el fin último de todas las actividades humanas. Por felicidad, se entiende al estado en el que nada falta, en el que todas las necesidades se hallan cubiertas, en el cumplimiento y la realización de las facultades específicamente humanas. Según la filosofía perenne, en la persona, la inteligencia es superior a la voluntad, y esta última, a su vez, guarda prelacía frente a la materia. Por ello clasificamos las actividades humanas en tres grupos jerarquizados: en el lugar más alto, la actividad contemplativa, en la que la inteligencia se nutre de la verdad y busca entender la realidad hasta sus últimos principios; en segundo lugar, las actividades prácticas, en las cuales la voluntad tiende a un mismo bien fijado por el intelecto; finalmente, las actividades instrumentales o poiéticas, que significan un hacer, como transformación del mundo exterior para obtener de él lo necesario para la subsistencia. En cuanto al objeto de cada una de ellas, las dos primeras son eminentemente teocéntricas, mientras que la tercera reviste una naturaleza antropocéntrica.

En su Metafísica, Aristóteles enseña que las artes libres son aquellas que se ordenan al saber; mientras que aquellas que se encaminan, mediante el ejercicio de una actividad, al logro de un bien útil, se llaman artes serviles. De este modo, la libertad esencial a las artes libres reside en que estas no están dispuestas para fin alguno, pues no necesitan legitimarse de cara a una función social. De ahí que los clásicos entendieran con suma claridad que el objeto del trabajo es la libertad, que se da mediante la actividad del ocio; laborar para después descansar, en la tranquilidad de la vida contemplativa. El ocio, del latín otium, significa inacción, descanso, reposo, en el que existe oportunidad de hacer las cosas por gusto, y no por deber. El ocio, que también viene del griego σχολή (scholè), de donde deriva la palabra latina schola, escuela, explicita su origen respecto a la recreación contemplativa, reposada, libre. El término negativo del ocio es el negocio, o negotium, que implica el trabajo, la ocupación, el no-ocio. No es difícil entender el porqué para Aristóteles, el ocio es un requisito indispensable de la virtud.

La cristiandad occidental otorgó natural preminencia a la contemplación y a las actividades prácticas por encima del dominio técnico de la naturaleza, de lo que se explica la orientación teocéntrica de la civilización del medioevo así como sus estructuras económicas tendientes a la subsistencia. Es la mal llamada Edad Media la que nos legó la escolástica, scholastica, lo que significa el pensamiento del tiempo libre, ocioso. Por el contrario, el Renacimiento y su redirección humanista, otorgó una revolucionaria preeminencia a la razón instrumental, ya reconocida en la voz de Descartes, hiperbolizada en la filosofía moderna, de cara al dominio de la naturaleza para sacar el mejor provecho de ella. El resultado, por supuesto, fue el extraordinario avance científico y técnico, que por primera vez posibilitó la existencia de una economía de la abundancia, que culminaría en el estallido de la revolución científica e industrial.

La Modernidad nos ha legado innegables descubrimientos y avances técnicos según hemos descrito, así como la separación definitiva entre técnica y moral, de modo tal que la economía (y las ciencias en general), como sistema autónomo, se ha convertido en una disciplina autopoiética, lo cual quiere decir autorreferencial: esto es, que encuentra su fin en sí misma, y no en un parámetro externo. El resultado no es otro que la instalación de los dogmas economicistas: ininterrumpido crecimiento, explotación de lo natural bajo la idea de la escasez, productividad infinita, que busca siempre generar más, sin ningún tipo de referencia a las necesidades de consumo. De esta forma, la economía se invierte; en vez de procurar las necesidades de una colectividad, son los sujetos los que se encuentran subordinados a los productores, los cuales se valen de la mercadotecnia para generar un consumo perpetuo, de donde surgen las sociedades de consumo, que no son otra cosa que una economía a la inversa o economía al revés, como les nombraba Marcel de Corte, en las que el trabajo existe para la producción, y no para las necesidades. El productivismo anti-económico moderno ha llegado, incluso, a producir sus propios teólogos, quienes han hecho del trabajo una oración, extendiendo el totalitarismo laboral incluso al aspecto religioso, sustituyendo la contemplación por la razón instrumental del homo faber, el extremo opuesto del espíritu benedictino del ora et labora.

En las sociedades de consumo, la proletarización es universal, pues la productividad infinita no permite otra lógica que la del trabajo perpetuo, en detrimento de toda otra actividad vital, incluyendo la contemplación. Las economías modernas no conocen otra categoría personal que la del trabajador, que poco tiene de humano, como actividad propiamente poiética, servil, ello ya sea con proletarios que viven en la miseria, con una existencia limitada a subsistir, o bien con proletarios que pueden tener una abundancia de bienes pero nunca conocerán lo que significa ser dueños de sí, puesto que no conocen el significado del ocio, del tiempo libre. La discusión sobre el falso antagonismo entre capitalismo y socialismo, que es más bien accidental, nada dice sobre la expansión totalitaria del trabajo y de la proletarización universal. La cuestión relevante no debe ser si es más o menos deseable la sujeción a los dictados de esa entidad demiúrgica llamada libre mercado o de los colectivizados medios de producción, sino respecto a la forma de apreciar la economía.

La economía, en su sentido verdadero, implica la administración de las propiedades en el ámbito doméstico, privado, siempre bajo la lógica de las necesidades. La economía moderna, que no es otra cosa que vulgar crematística, es la producción por la producción misma, regida bajo el postulado ideológico de la escasez. La economía satisface las necesidades de las personas, mientras que el pensamiento crematístico y antieconómico moderno las condena a la condición de trabajadores perpetuos, a la manera de engranes. Ya caracterizaba Pieper al trabajador bajo los trágicos rasgos de «la extrema tensión de las fuerzas activas, la absoluta y abstracta disposición para el padecer, y la inserción total en el sistema racional de planificación de la organización utilitaria social», a diferencia de la no-actividad íntima en el ocio de la vida contemplativa, que es la «actitud de la percepción receptiva, de la inmersión intuitiva y contemplativa de ser».

El ocio es para quien se relaja, para quien se suelta y se abandona, en la concordancia con la propia y verdadera esencia, así como con el orden de la Creación dispuesto por Dios, no para quien interviene y pretende controlarlo todo. El punto esencial del ocio es la fiesta, de donde conocemos el significado de los días festivos, en la que confluyen la relajación, la falta de esfuerzo y la actividad predominante del ejercicio del ocio. Gracias a la historia de las religiones, sabemos que la fiesta procede del culto, en aquellos días y momentos que sean exclusivos de la divinidad. El ocio festivo no es únicamente un descanso para reponerse y retornar a la condición de obrero con nuevas energías, sino un espacio temporal verdaderamente humano, en el que predomina la actividad contemplativa, y el arte libre del sacrificio desinteresado, todo ello en directa comunicación con Dios: por ello es por lo que para el Calendario Litúrgico cristiano, todos los días son fiestas, consagradas a un santo patrón, en los que se realiza el sacrificio incruento de Cristo en el Altar.

El mundo del «trabajador» no puede ser más que un pobre y mezquino mundo, aunque haya la mayor abundancia de bienes materiales. Con arreglo al principio utilitario en virtud del cual existe el mundo laboral, no puede haber verdadera riqueza ni verdadera abundancia. Cuando sobre algo, el exceso irá a someterse a su vez al principio de la utilización racional: «el trabajo no hace rico, sino jorobado», dice un antiguo proverbio ruso.

Josef Pieper.

El Pueblo de Israel, en el contexto de la Antigua Alianza, conoció perfectamente la importancia del ocio festivo. Ello gracias a la institución del Sabbath por Dios (un anuncio de la santificación del Domingo de la Nueva Alianza), el cual tenía por objeto mostrar al pueblo de Israel su estricta dependencia respecto de la Providencia, notando la limitada eficacia de su trabajo, por más grande que fuera éste. Lo anterior significa una actitud diametralmente opuesta a la de la economía moderna, pues el descanso y la santificación semanal mostraban al Pueblo de la Alianza que todo debía a la gratuidad de Dios, para que nunca llegase a engreírse y a decir en su corazón: «con mi propio esfuerzo me conseguí esta buena situación» (Dt. VIII, 17). En ello se encontraba un reconocimiento de límites lógicos y naturales al orden de la Creación, dentro del Reino de Dios, algo ya reconocido por la sabiduría helénica bajo la figura de la hybris, que es la transgresión orgullosa de las reglas implícitas a la realidad, así como de su inevitable desenlace trágico. En este sentido, observamos así a la «ciencia económica» moderna, llámese capitalista o socialista, así como los subproductos ideológicos de la Revolución, como violentas transgresiones a los límites de la naturaleza: se trata de una vulgar arrogancia babélica de pretender dominar la realidad y lograr la abundancia para ya no necesitar a Dios.

El alivio de los proletarios, la defensa de los desamparados y la atención de la cuestión social, de lo que habló Pío XI en Quadragesimo Anno (1931), exige un replanteamiento estricto de la economía moderna. Los pobres, que hoy día conforman casi la totalidad del género humano en las sociedades industriales, viven en la miseria, que es material o espiritual: el trabajador contemporáneo es pobre ya sea porque únicamente cuenta con su trabajo para ofrecer, sin posibilidad de cubrir necesidades más allá de las corpóreas, o bien, porque desconoce la posibilidad de la realización humana en el sosiego de la actividad ociosa. Hoy día, incluso entre quienes superan el ámbito de la subsistencia, el ocio es reemplazado por el consumo, esa actividad meramente receptiva de contenido desmoralizante y el entretenimiento uniforme en la especie de series de televisión, videojuegos, ligas deportivas, pornografía, contenido audiovisual. Mientras antes existieron formas de expresión recreativa en el ámbito local, de donde surgió el genio artístico, literario, musical, —como resultado de la actividad libre y ociosa—, en el presente el hombre vive bajo el influjo del idiotismo uniformante, vulgar, haciéndose cada vez menos hombre.


Referencias:
Berry, Wendell, (1987), Home Economics. Fourteen Essays, Counterpoint, Berkeley, California.
De Corte, Marcel, (1972), Filosofía económica y necesidades del hombre, Revista Verbo, núm. 101-102, pg. 119-126.
Pieper, Josef, (1974) El ocio y la vida intelectual, trad. de Alberto Pérez Malsegosa, Manuel Salcedo, Lucio García Ortega y Ramón Cercós, 3a Ed., Editorial Rialp, Madrid, España.
Polin, Claude, (2020), Anti-economismo: el ejemplo de Santo Tomás de Aquino, Revista Verbo, núm. 583-584, pg. 259-289.
Quadragesimo Anno, (1931), Pío XI, traducción castellana en https://www.vatican.va/content/pius-xi/es/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_19310515_quadragesimo-anno.html.