Guerra y paz en el siglo XXI
El fin del imperio soviético marcó el comienzo de un cambio radical en las relaciones internacionales. El contraste este-oeste dejó de existir. La imprevisibilidad con que se produjo el fin del «socialismo real», que comenzó con la caída del Muro de Berlín en 1989, dejó perplejos a los estudiosos.
Francis Fukuyama, un liberal, se refirió a la caída de la Unión Soviética como «el fin de la historia». Es decir, el comienzo de un contexto mundial en el cual la democracia liberal estadounidense se extendería universalmente, lo que llevaría prosperidad a todos los rincones del planeta. Este pensamiento reflejaba el renovado entusiasmo de las administraciones estadounidenses, dispuestas a «exportar» la democracia al mundo. En efecto, había comenzado un período de indiscutible hegemonía estadounidense.
Pruebas de este momento unipolar estadounidense son, por ejemplo, los bombardeos en Serbia durante las guerras de secesión yugoslavas, pero, sobre todo, las intervenciones estadounidenses en Oriente Medio. Bajo influencia de los «neoconservadores», la administración republicana de Bush (h) confiaba en la indiscutible superioridad económica y militar de Estados Unidos no solo para restablecer el orden en el escenario mundial, sino incluso para lograr cambios de régimen en países no democráticos. Símbolo de esta época fue la denominada «Doctrina Bush», que declaraba legítimos los ataques preventivos contra cualquiera que amenazara la seguridad nacional de los Estados Unidos (violando flagrantemente el derecho internacional), lo que resultó en la invasión unilateral contra Irak sin la autorización del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Fue la continuación de la llamada «guerra contra el terror» que comenzó en 2001 con la invasión de Afganistán.
Por otro lado, Samuel Huntington propuso una visión alternativa de las futuras relaciones internacionales: el llamado “choque de civilizaciones”. Efectivamente, con la caída de la Unión Soviética comenzó a tomar forma un paradigma identitario mundial diferente al ideológico entre comunismo y liberalismo, centrado en cambio en rasgos culturales, étnicos y religiosos. Ejemplos de esta tendencia fueron el conflicto étnico en la antigua Yugoslavia, una China que parecía aliarse con países musulmanes contra Occidente, e incluso los altercados dentro de las sociedades occidentales entre los nativos y los inmigrantes musulmanes.
Más de treinta años después de la caída del bloque soviético, está claro que la opinión de Fukuyama ha sido refutada por los hechos. Las intervenciones estadounidenses en Afganistán e Irak han resultado infructuosas, con la construcción de regímenes democráticos débiles incapaces de controlar su propio territorio. La retirada de los últimos estadounidenses de Kabul en 2021 ha sido comparada con la huida de Saigón durante la guerra de Vietnam. La pérdida del momento unipolar estadounidense también fue plenamente visible en la timidez con la que la administración Obama intervino en Siria, buscando en cambio una política más centrada en la cooperación internacional, incluso colaborando con los estados «enemigos» de Estados Unidos.
Al mismo tiempo que Estados Unidos perdía fuerza, comenzaron a surgir nuevos actores internacionales, también gracias a los beneficios de la globalización. En primer lugar China, ahora considerada rival natural de Estados Unidos, se propone como líder de un mundo multipolar sin hegemonía occidental. Con respecto a un hipotético choque entre China y Estados Unidos, las opiniones varían mucho. Neorrealistas como John Mearsheimer ven la guerra como un resultado inevitable de la oposición entre estas dos potencias. En cambio, realistas neoclásicos como Charles Glaser y otros académicos como Graham Allison piensan que el conflicto puede evitarse si se establecen acuerdos. En cualquier caso, la amenaza de una guerra entre Estados Unidos y China es un riesgo real, aunque lejano por ahora, probablemente relacionado con la creciente influencia china en el área del Indo-Pacífico y, sobre todo, con los objetivos chinos en Taiwán.
La Rusia de Putin es también un actor importante en el nuevo escenario geopolítico global, y sus recientes acciones en Ucrania nos garantizan muchos aspectos de reflexión sobre el fenómeno de la guerra en nuestro siglo. El establishment ruso ya se había mostrado dispuesto a usar la fuerza para hacer cumplir sus objetivos geopolíticos; por ejemplo, durante la invasión de Georgia, en el gran apoyo al régimen de Assad en la guerra en Siria, y en Ucrania, apoyando a los separatistas de Donbass y ocupando la península de Crimea. Rusia ve la guerra como un recurso legítimo, especialmente cuando considera que existen amenazas a su integridad, tal y como afirmó Putin en su discurso previo al inicio de la Operación Militar Especial en febrero de 2022.
La guerra de Ucrania parece haber revivido la guerra “a la antigua”: en primer lugar, siendo una guerra librada en el continente europeo, con un ejército regular y objetivos territoriales a conquistar, diferente a las guerras libradas en otras zonas del planeta, si bien de una forma innovadora y propia del siglo XXI. En efecto, es notoria la utilización de contratistas (PMC en inglés) del grupo Wagner, mercenarios fusionados con el ejército oficial ruso.
El uso de mercenarios, prohibido explícitamente por el derecho internacional, se ha incrementado considerablemente en los últimos treinta años, habiendo sido utilizado por Estados Unidos en Oriente Medio con la empresa Blackwater. Rusos y chinos, en cambio, confían en el uso de mercenarios en sus áreas de influencia para, por ejemplo, proteger sus inversiones en América Latina y, en el caso de Rusia, son usados masivamente en África. De hecho, Wagner ha sido contratado por gobiernos como el de Malí para tratar con rebeldes y yihadistas en su territorio, garantizando a los rusos el acceso a materias primas muy importantes presentes en la región del Sahel.
La última historia mediáticamente relevante de los mercenarios rusos fue el intento de golpe de Estado de Prigozhin, presidente de la compañía, en el verano de 2023, tras la acusación contra el ejército ruso de haber atacado por la espalda a un pelotón de Wagner. Este hecho ha sido señalado por varios analistas para probar que las ideas de un clásico como Maquiavelo pueden seguir siendo relevantes en nuestro siglo. De hecho, en su obra El príncipe el intelectual florentino indicaba que no se podía confiar en los mercenarios, ya que estos actúan por dinero y no por una auténtica lealtad hacia el Estado.
Como se introdujo anteriormente hablando de las intervenciones estadounidenses, el Medio Oriente es un área de inestabilidad y conflicto perenne. El conflicto de Oriente Medio por excelencia, el israelo-palestino, lleva más de setenta años vigente y no parece que vaya a terminar pronto. Países devastados por las primaveras árabes como Libia, Yemen y Siria continúan con sus guerras civiles, de marcadas connotaciones étnicas, desde hace más de una década y ven involucradas a varias potencias globales y regionales. Una de estas es Irán, que ha estado intentando, desde la época de la revolución jomeinista, convertirse en el estado líder del chiísmo pero también de una revolución islámica global. Además de Irán, países como Arabia Saudita y Qatar están activos en la región, pero también Turquía, en medio de un enfrentamiento contra la minoría kurda dentro de su propio territorio. En Oriente Medio, por tanto, la guerra adquiere fuertes connotaciones étnicas, pero también económicas y geopolíticas, dibujándose como un tablero de ajedrez en el que cada actor actúa según sus propios intereses y muy a menudo contribuye a fomentar la inestabilidad en la región.
En América Latina, la guerra adquiere otros rasgos. Los conflictos territoriales interestatales, como en Europa antes de la invasión rusa, pertenecen al pasado. En cambio, la «guerra contra las drogas», iniciada en los Estados Unidos por el presidente Reagan, cuarenta años después de su inicio no solo no ha tenido éxito, sino que ha adquirido rasgos cada vez más violentos. En México, los cárteles controlan gran parte del territorio mexicano, dando lugar a una espiral de inestabilidad, violencia y corrupción que ha involucrado a muchos políticos mexicanos e incluso a agentes de policía, y que es considerada por algunos políticos estadounidenses como una amenaza real para su seguridad nacional. En América del Sur, el narcotráfico también lo realizan grupos paramilitares (como las FARC en Colombia y los remanentes del grupo maoísta peruano Sendero Luminoso) que ponen en peligro el ecosistema amazónico y las tribus locales por el cultivo de la hoja de coca. Dramática es la situación de muchos jefes tribales indígenas peruanos, amenazados y muchas veces asesinados por narcotraficantes ante la impotencia del Estado peruano.
Centroamérica, además de ser un claro paso de la droga desde Sudamérica hacia Estados Unidos, es víctima tanto de la corrupción endémica en la región latinoamericana como de las bandas armadas, las llamadas «maras». En EI Salvador, la deriva autoritaria del presidente Bukele ha devuelto nuevas esperanzas a los habitantes del pequeño país, víctimas de décadas de violencia que hicieron de la muerte un fenómeno normal, despertando sin embargo la reacción negativa de varios gobiernos y ONGs que denuncian violaciones de derechos humanos como encarcelamientos arbitrarios por parte del gobierno de EI Salvador.
Además de la guerra librada con armas, hoy se habla de un nuevo tipo de guerra: la guerra librada en el ciberespacio. Los ataques cibernéticos tienen el potencial de generar severos daños a las estructuras militares y civiles vitales para un país. Este fue el caso de Estonia en 2008, que sufrió un ciberataque por parte de Rusia que congeló el sistema bancario por un día. Otro ejemplo de ciberataque severo fue el llevado a cabo contra Irán sobre su programa nuclear, posiblemente por parte de Israel.
Los ciberataques presentan una serie de incógnitas en el derecho internacional con respecto a su clasificación como instrumentos de guerra. De hecho, la Carta de las Naciones Unidas prevé el uso de la autodefensa armada (Art. 51) solo para un estado que haya sufrido un ataque armado (Art. 2.4). Por tanto, habría que establecer cuánto daño se debe sufrir para poder equiparar un ciberataque a un ataque militar para poder activar la legítima defensa armada. Más allá de eso, la responsabilidad por los ataques es difícil de establecer. El Proyecto de artículos sobre la aesponsabilidad de los Estados establece que un estado es culpable de agresión si una entidad no estatal actuó bajo su dirección (Art. 8). Pero en el ciberespacio, las cadenas de mando son muy difíciles de rastrear, especialmente si grupos de piratas informáticos tienen el conocimiento para ocultar sus identidades e incluso para inculpar a otro estado. Además, hay elementos de guerra cibernética que no perjudican directamente las estructuras estatales, como el espionaje, que por su carácter controvertido siguen siendo objeto de debate.
La guerra en el ciberespacio no se limita a ciberataques avanzados, sino que ha asumido un papel que antes le pertenecía a la propaganda televisiva: es la guerra de información. Gracias a internet, la guerra de la información involucra (supuestamente) a los estados que participan en la discusión política en las redes sociales para promover su propia agenda. Respecto a los hechos en Ucrania, se han denunciado perfiles falsos en Youtube, Instagram y Twitter que buscan promover una visión prorrusa del conflicto, aunque no está claro si hay alguna implicación directa del gobierno ruso. Por otro lado, los memes de NAFO (North Atlantic Fellow Organisation), es decir, grupos de usuarios pro-ucranianos, se han utilizado para «luchar contra la propaganda rusa».
Los diferentes tipos de guerras que existen en el siglo XXI no establecen un panorama homogéneo del fenómeno bélico, más allá del reconocimiento de que la globalización afecta a la mayoría de los conflictos globales. Esta aparente confusión la expresa Massimo Cacciari en su artículo «La nueva guerra», un comentario sobre la obra del politólogo italiano Gianfranco Miglio. A diferencia de Miglio, que quiso realizar una elaboración sistemática del fenómeno de la política, muy centrada en el realismo y en la importancia de los estados para elaborar una guerra «limitada» a determinados fines, Cacciari señala que la guerra de hoy es «total». Esta guerra ya no es, como pensaba el general prusiano Clausewitz, una mera continuación de la política. En efecto, hoy se lucha hasta por puro odio contra aquel que uno percibe como diferente y, al no reconocerlo como un igual, se admite cualquier método para eliminarlo (véase la brutalidad de Yugoslavia, Ruanda y las primaveras árabes). También, en un cierto sentido, incluso aquellos que no han experimentado la guerra pueden participar en ella desde cualquier parte del mundo expresando su opinión en varios foros en línea y aun haciendo donaciones voluntarias a los actores involucrados.
Las predicciones de Fukuyama, pero también las anteriores de Immanuel Kant y Jeremy Bentham, de que el comercio y la ley llevarían al final de la guerra, aparentemente han fracasado, especialmente en Oriente Medio, pero parecen haber sentado las bases de las relaciones del Atlántico Norte e intraeuropeas, siendo la OTAN y el proceso de integración europea sus piedras angulares. Parece confirmarse la tesis de Karl Deutsch, quien decía que era posible establecer relaciones pacíficas entre pueblos que comparten valores y cultura política, escapando del “dilema de seguridad” propio de la política internacional westfaliana. Los procesos de ampliación de la Unión Europea y la Alianza Atlántica, aunque reconocidos como éxitos en la difusión de valores occidentales como la democracia y el libre comercio, han suscitado desconfianza sobre los intereses geopolíticos occidentales en el espacio ex-soviético, sobre todo por la Rusia putiniana.
La guerra en el siglo XXI, en su presencia multiforme, parece encontrar una excepción en el caso euroatlántico, pero no está claro hasta qué punto puede rebatir las tesis de los analistas geopolíticos, especialmente de corte realista, sobre la inevitabilidad del fenómeno bélico. Los acontecimientos futuros, con la continuación del proceso de globalización, nos darán una respuesta.
