A paso de vencedores: la emancipación peruana

Todo se llena de sol,
nuestro es el fuego.
Paso de vencedores, Chabuca Granda.

Ríos de tinta son los que han tratado uno de los temas más controversiales de la historiografía nacional: la independencia del Perú. Su naturaleza multicausal, el involucramiento de ejércitos con líderes continentales y las convicciones de sus protagonistas han sido los temas recurrentes del sesquicentenario, y del reciente bicentenario de aquel mítico 28 de julio de 1821.

Sin embargo, hay un debate que colmó las páginas por largo tiempo y que hasta el día de hoy ocupa hablar. Se trata del punto de vista de aquellos que, guiados por la nostalgia al tiempo glorioso, o por el natural rechazo hacia la anarquía de los inicios de la República, están convencidos de que la participación del peruano en su propio proceso de independencia fue residual. Esta postura tomó fuerza a partir de un artículo publicado por los historiadores Heraclio Bonilla y Karen Spalding en 1972. Ellos afirman que la independencia significó un mero cambio político para el Perú, sin mayor trascendencia ni aportes autóctonos.

Esta tesis, que la sostienen también grupos de ideología notablemente enfrentada, no solo pone en tela de juicio el heroísmo de nuestro próceres, sino que también niega que la historia del proceso independentista, de manera similar a la conquista e inicio del mestizaje, está llena de peripecias, detalles y microhistorias que detallan la complejidad de nuestro país, que jamás debe ser apreciado en la bitonalidad que ofrecen el blanco y negro si existen las múltiples tonalidades de la rueda cromática que compone la Historia Universal.

Estandarte utilizado en la declaratoria de independencia de San Miguel de Piura, Manuela de Váscones y Taboada, 1820.

El Perú, incorporado al alma de occidente en su periodo hispánico, no era más aquel territorio que trescientos años atrás fue testigo del encuentro de dos imperios. Las divisiones de castas, instauradas por las Leyes de Indias para el cuidado de los indios, se habían visto rebasadas por las recientes dinámicas sociales que acompañaban a su población. Asimismo, el pactismo característico de la monarquía católica se vio cuestionado por el centralismo propio de la administración borbónica, y, principalmente, por la abdicación de Carlos IV y Fernando VII en favor del emperador francés Napoleón Bonaparte. La influencia de los primeros ensayos de gobierno autónomo, la fuerte represión de los ejércitos del virrey Abascal, y las presiones económicas de la guerra fueron los desencadenantes principales de los primeros gritos peruanos de libertad: Tacna, Huánuco y Cuzco.

Ninguna de estas rebeliones prosperaría como se esperó, y aunque su carácter separatista se ha visto cuestionado en múltiples ocasiones, denotan el descontento de sectores de la población que no corresponden, necesariamente, a las élites. Por el contrario, los levantamientos ya mencionados contaron con un apoyo transversal similar a la de la revolución tupacamarista de 1780, que incluyó a los criollos, mestizos e indios. Versaba un joven intelectual arequipeño, auditor de guerra del brigadier Pumacahua durante la revolución de 1814, líneas de sangre y auténtico sentimiento nacional:

Ya se puede a boca llena
Gritar: que la Patria viva,
Que la Libertad reciba
Que triunfe nuestra Nación.

Aquel joven, capturado en la batalla de Umachiri el 11 de marzo de 1815 y fusilado la mañana siguiente, tenía, a la edad de su muerte, tan solo 24 años. Su nombre era Mariano Melgar.

No es ajeno el pueblo peruano tampoco a las posteriores campañas de los ejércitos libertadores del sur y del norte. Fuentes son el diario del teniente argentino José Segundo Roca, que describe la algarabía de la llegada del ejército patriota durante la primera campaña del general Álvarez de Arenales a los territorios de Ica, Huamanga y Jauja; así como las victorias patriotas en Cerro de Pasco en diciembre de 1820 y en Higos Urco en junio de 1821, gracias a un ejército que estaba compuesto por peruanos de la región nororiental.

Incluso en las horas más oscuras de los años posteriores, donde la causa de la independencia parecía perdida ante el avance de las tropas del virrey La Serna, surgieron lealtades populares que, nuevamente, echan por tierra la visión de aquellos que solo ven a un Perú espectador y no actor en su propia historia: Bruno Terreros, sacerdote mestizo y combatiente de Chupaca; José Olaya Balandra, valeroso pescador chorrillano; María Parado de Bellido, dama huamanguina y presencia femenina en la labor emancipadora; y todas aquellas guerrillas populares, que con sus acciones contribuyeron a la causa de la Patria, y que son ampliamente estudiadas en un trabajo publicado por la Dra. Ella Dunbar Temple en 1971.

No pretende este artículo ser una refutación de la tesis de la independencia concedida, cuyos ecos aún resuenan en los historiadores peruanos en formación. Harta labor me precede, y de esta se nutre lo que escribo. Es mi intención, antes bien, presentar ejemplos concretos y detallados de la participación peruana en este evento histórico como es la libertad americana, y que van desde la primera formación de conciencia americana y peruana, hasta los últimos esfuerzos de labor militar para conseguir la emancipación.

La Sociedad y el amante del país

La labor de los intelectuales peruanos ha sido reconocida como uno de los elementos importantes de este periodo histórico por parte de historiadores y filósofos, que reconocen en su trabajo las primeras tomas de conciencia del alma americana y específicamente peruana.

Cabe resaltar que, a fines del siglo XVIII, hubo un renacimiento del interés científico por América que no se había visto desde los primeros años de la conquista. Así, el territorio americano se convirtió en un inmenso laboratorio donde expediciones privadas y también financiados por estados europeos fueron el campo ideal para sabios naturalistas. Asimismo, el panorama americano fue motivo de reflexión de filósofos que, nutridos de ideas ilustradas, denostaban la imagen de América ante la supuesta superioridad del clima y ambiente europeos, cuyos efectos también se «demostrarían» en la diferencia de ambas poblaciones.

La reacción no se haría esperar. La América, que con sus universidades había producido mentes brillantes, presentaría su defensa de la mano de académicos, en un debate que Antonello Gerbi denominó «la disputa del Nuevo Mundo».

En este ambiente científico, el Perú ve nacer a la Sociedad de Amantes del País y al Mercurio Peruano. La primera, fundada en 1790 por José Baquíjano y Carrillo, constituyó un verdadero núcleo intelectual reformista del sistema administrativo virreinal, además de ser la cuna de innumerables discusiones sobre lo auténticamente americano, a semejanza de su par ultramarina, la Sociedad Vascongada de Amigos del País, y fue la legítima sucesora de las labores de la Academia Filarmónica, que existía desde 1787.

La Sociedad, sin embargo, no puede ser separada de aquel diario que constituiría el vocero de sus ideas: el Mercurio Peruano, que desde sus inicios dejó claro el propósito de ser difusores de la historia, literatura, comercio, y otros asuntos relativos a la actualidad de la «nación». Basta ver la portada del primer número, que imprime en letras grandes «Idea General del Perú», para entender que, ya entonces, existía una clara conciencia nacional de los académicos, y una preocupación genuina por los asuntos del Perú.

Más allá de discutir los rumores sobre el fracaso del proyecto, la Sociedad de Amantes del País y el Mercurio Peruano nos dejaron al ilustre personaje que, en palabras de Basadre y de Belaúnde, constituye el verdadero nexo peruanista entre el virreinato y la república: Hipólito Unanue.

Unanue participó de la gesta independentista como ninguno, e impregnó con su obra el tránsito hacia la emancipación del país. Sobre el debate inicialmente mencionado, su pluma escribió: «Al Perú no corresponde la espantosa pintura que de la América ha hecho la exaltada imaginación de algunos filósofos ultramarinos. Parece que mojaron su pincel en amargos y negros tintes para retratar a estas regiones afortunadas como a un suelo ingrato, negado a las bendiciones del cielo».

En su existencia confluyen la quietud del reformista preocupado, la ilusión del patriota convencido, y la prudencia del servidor público entregado. Se observa en sus textos la maduración del alma nacional, renovada esta vez con los valores heredados de la cultura hispánica, y que no abandona la idea de continuidad histórica imperial del Perú.

Si bien el Mercurio Peruano es una obra precursora, como lo ha reconocido la historiografía, es Hipólito Unanue el que, con su pluma y su eterno servicio a la cosa pública, encarna como ninguno la necesaria labor intelectual del peruano en su independencia.

Trujillo, la noble y leal

Ricardo Palma, en su tradición «De cómo un príncipe fue alcalde en el Perú», contaba que su escudo, que añadía tres reales de oro en sautor sobre columnas de plata, era la muestra heráldica más noble del Perú. Por algo, también, el conquistador Francisco Pizarro le puso el nombre de su tierra natal.

Trujillo es la muestra inicial de las lealtades veleidosas al inicio de la gesta, y de la fidelidad a la causa una vez asentados los ideales de la libertad. Asimismo, forma parte del testimonio de las ciudades patriotas, que se extendieron incluso a los territorios dominados por las tropas realistas, como la «heroica ciudad» de Tacna, la «benemérita a la patria» Moquegua, y las «leales» provincia de Pucará y villas de Pucará y Ayaviri.

Casa de la Emancipación, Centro Histórico de Trujillo. Aquí se gestó la declaratoria de independencia de la ciudad, y fue posteriormente sede del Congreso y Palacio de Gobierno de Riva Agüero. Fotografía: Miguel Tirado.

Trujillo disputaba, junto a Lima y Cuzco, ser el centro administrativo y comercial más fuerte y ostentoso del virreinato peruano. Su posición cercana a los puertos de Huanchaco y Malabrigo, su gran producción de azúcar, algodón y arroz, y sus intercambios mercantiles con el norte y con el sur había hecho de su sociedad una de las más orgullosas que existían en aquel entonces. Su negativa a participar en la campaña de Castelli en 1811 le ganó el título de «muy noble y siempre leal» por parte de la corona.

Es posible que, como menciona Zuloaga, el deseo de disputar la capitalidad a Lima y las recientes victorias del ejército patriota en etapa sanmartiana hicieran decantar a Trujillo, nueve años después, por la opción independentista. Desde aquel 29 de diciembre de 1820, e incluso antes, con la primera proclamación de independencia de Lambayeque, el norte peruano se convirtió en un sólido bastión patriota, parte de la labor del Marqués de Torre Tagle como intendente de Trujillo. Fueron comunes el apoyo económico y humano que recibió la causa patriota del norte peruano, que jamás cesó hasta la consolidación de la gesta.

No hubo, sin embargo, mayor orgullo para los trujillanos que la ciudad sea en 1823 sede del gobierno de José de la Riva Agüero, que buscó legitimar su posición frente al Congreso de Lima mediante el apoyo de los pueblos y villas norteños, que rechazaron la injerencia de los grancolombianos, ya presentes en la última etapa del proceso peruano de la independencia. Pese a esto, a partir de 1824 Trujillo fue también base neurálgica de las operaciones bolivarianas que sellarían la independencia nacional, al caer Lima nuevamente bajo las fuerzas realistas. Trujillo, noble y leal, no cambió más su opción, incluso en las dificultades.

Nadie disputa a Trujillo, estudios después, su lugar en la historia del Perú. Más allá de los vaivenes que vivieron tanto su población como sus líderes (conocidos son los finales de Torre Tagle y de Riva Agüero), la ciudad y el norte entero abrazaron la causa patriota, y fueron sus más férreos defensores, demostrando su heroísmo mediante la participación en los ejércitos tanto en la etapa inicial como en la coda del combate.  

El abrazo de los combatientes en la Pampa de la Quinua

Una de las mayores críticas al proceso independentista es la composición de los ejércitos de Sucre que libraron las dos batallas más importantes de la independencia del Perú: Junín y Ayacucho. Aunque esta tesis ha sido criticada por Basadre, no parece alejarse de la realidad: las tres cuartas partes del ejército patriota eran «extranjeros» (entre grancolombianos y argentinos), mientras que el ejército del rey estaba compuesto mayoritariamente por peruanos indígenas. Poco se habla, sin embargo, de las trágicas circunstancias que precedieron a dichos enfrentamientos cruciales que definirían el curso de la historia nacional.

Los diversos y numerosos cuestionamientos a Simón Bolívar, justificados y merecidos muchos de ellos, no han podido negar la mayor virtud del libertador caraqueño: su genio militar. En un escenario de avance de las tropas realistas, donde la causa patriota parecía perdida por completo por el fracaso de las expediciones de intermedios, Bolívar y Sánchez Carrión consiguieron crear un ejército donde el reclutamiento forzoso no siempre fue la excepción, y los recursos para dichos combatientes tuvieron que conseguirse por vías no siempre legales. El libertador, consciente de la falencia de esta empresa, llegaría a escribir que solo un milagro haría posible la victoria.

Por su parte, el ejército realista se quebró por la defección del general Pedro Antonio Olañeta, consecuencia del quiebre del gobierno constitucional realista instaurado en Cuzco por José de La Serna. Esta escisión, que causó una baja aproximada de 7000 soldados del ejército real, fue una de las principales razones por las cuales las tropas patriotas del Ejército Unido consiguieron su primera victoria en las pampas de Junín el 6 de agosto de 1824.

El mayor José Andrés Rázuri, natural de San Pedro de Lloc, en uno de esos escenarios que puede llamarse, parafraseando a Zweig, un «momento estelar de la historia de la peruanidad», al ver el flanco izquierdo y retaguardia expuestos de las tropas realistas, comunicó falsamente una orden de ataque a los Húsares del Perú, que se encontraban al mando del coronel Manuel Isidoro Suárez, acción que conduciría a una victoria que se creía perdida. En adelante, esta unidad del ejército peruano sería conocida como los Húsares de Junín.

Las tropas tuvieron su cita final en la Pampa de la Quinua, en Ayacucho, un 9 de diciembre de 1824. Previo al combate, se dio uno de los episodios más emotivos de la guerra: el abrazo de los combatientes que tenían familiares en el otro bando, y que, se verían enfrentados en el combate decisivo de la libertad americana.

Producto de un acuerdo entre el general realista Juan Antonio Monet con el patriota José María Córdova, la escena resultó conmovedora incluso para los más fieros dirigentes. Conocido es el caso de Leandro y Ramón Castilla, este último futuro presidente del Perú, que iniciaron juntos su vida militar en el bando realista, y sobrevivieron ambos a este último enfrentamiento. Puede mencionarse también el caso del coronel patriota Pedro Blanco, con un hermano suyo en el cuerpo de caballería del Ejército Real, o del brigadier Antonio Tur.

Ganada la batalla, y firmada la capitulación del virrey, la proeza había sido lograda. Al Perú independiente, aunque quedaban asuntos por perfilar, le correspondía manejar el carruaje de su destino.

Colofón

Descartado está el escenario en el cual el peruano mira a la independencia como un proceso ajeno a su existir. La labor de los peruanos se encuentra en cada etapa del proceso, desde la formación de la conciencia nacional hasta la consolidación militar de la emancipación del poder español. Es innegable que el peruano fue agente activo en los acontecimientos, y no un mero espectador que acepta los cambios con resignación.

No es trabajo de este artículo criticar los errores posteriores de la República, o los excesos propios de la guerra por parte de ambos bandos: los hubieron, y son totalmente condenables. Sin embargo, esto no desmerece el heroísmo de quienes, alentados por un futuro mejor frente al despotismo de las últimas décadas del Imperio en América, dieron sus vidas por la causa patriota desde cada uno de sus frentes.

Sigue la procesión cívica de 1821, Pancho Fierro, 1821.

Atrás se ha quedado también la tesis nacionalista ciega, que desconoce los diferentes matices e intereses de los partícipes de la historia, y se descarta una independencia donde estos hayan sido totalmente coincidentes. Hoy sabemos que, con la complejidad propia del acontecer histórico, la independencia no fue ni una tarea fácil, ni una empresa uniforme donde el viento siempre sopló sobre la popa.

Sin embargo, reconocer el heroísmo de aquellos que forjaron la continuidad del Perú como un país independiente también es hacer peruanidad. Es reconocernos, a nosotros también, protagonistas de un camino que empieza mucho antes de la conquista, y sigue más allá de la victoria en Ayacucho, y que nos hace mirar al futuro siempre, con paso de vencedores.