De Nick Land

Prefacio

El presente es uno de los múltiples ensayos en existencia sobre tan vasto y ambicioso tema, esta vez en la pluma del filósofo británico Nick Land. Discípulo de Curtis Yarvin (alias Mencius Moldbug), ha plasmado análisis estructurales y diagnósticos incómodos para la academia y para los medios de comunicación, conjunción de elementos a los reúne bajo el rótulo de «la Catedral», como hace también su maestro. Sin ánimo de estropear la lectura, tres elementos salen a flote de este breve trabajo: la diferencia entre la fuerza bruta y el poder real; el sustrato político del poder económico; y la silueta cuasirreligiosa de las instituciones que rigen el devenir contemporáneo. La reciente tradición neorreaccionaria se trata más a profundidad en la siguiente publicación de nuestra página.

Para la traducción, tomamos el verbo inglés realize como más cercano al concepto de actualizar que al de realizar, por el sentido de realización de un potencial que porta el primero en la tradición aristotélica.

Sobre el poder

El poder es una idea

Es exactamente lo que se piensa que es. Incluso entre los animales sociales precivilizados, donde la tentación de confundir el poder con la fuerza es mayor, la necesidad de demostrar fuerza solo es esporádica. Y, donde sea que la fuerza no sea continuamente demostrada, ha surgido el poder.

Así es como la dominación se distingue de la depredación. En ocasiones, sin duda, un depredador domina a su presa y convence al herbívoro desesperado de que la resistencia es inútil, que su transformación en alimento está virtualmente consumada. No importa en absoluto que su dominio sobre una fuerza irresistible sea reconocido más allá del momento de destrucción. No hay una relación social a ser establecida.

Incluso la sociedad más rudimentaria requiere algo más. La economía de la fuerza debe ser institucionalizada, y el poder —perfectamente coincidente con la idea del poder— nace así. Cuando el poder es puesto a prueba, obligado a recurrir a la fuerza, o a involucionar a esta, la idea ya se ha escurrido y su debilidad ha sido expuesta.

La mera dominación tiene que reafirmarse regularmente y reconstruirse a partir de la fuerza bruta. Bajo condiciones civilizadas, no obstante, el poder está eximido de la prueba de la fuerza, y es actualizado a cabalidad. Se convierte en magia y en religión, perfectamente identificada con su aprehensión, como una presuposición radiante.

El poder es por lo tanto profundamente paradójico. Su veracidad es confusa de una desrealización, de manera tal que, cuando es prácticamente interrogada por fuerzas determinadas a excavar su realidad, tiende a la nada.

Incluso la fuerza de la que se sirve el poder, cuando es presionada a demostrar o actualizarse, tiene que ser atada a la idea como por arte de magia. ¿Obedecerán los generales? ¿Dispararán los soldados? Es el poder, y no la fuerza, quien decide. No sorprende, entonces, que el poder pueda evaporarse como los nevados en la cima de un volcán, de forma casi instantánea, cuando una erupción de fuerza es escasamente mayor que un murmullo. El poder es la erupción que no sucede, más que la erupción contenida. (Igualmente, la anarquía es la problemática del poder prácticamente gesticulado antes de ser «solución»).

Concebir al poder económico como riqueza es malentenderlo como fuerza (racionalizada), y por lo tanto malentender su concepción. El «verdadero» poder económico es reservorio y modelo totalmente desrealizado (pero autoritativo) de valor, como actualizado a través del dinero fíat. Los signos monetarios que no están respaldados por nada más allá del «crédito» (o la credibilidad) del Estado son símbolos del poder puro y supremamente idealizado en su forma económica. Simbolizan la efectiva —en tanto indiscutida— supresión de la anarquía. Viven a través de la idea y mueren con ella.

Aquellos que reconocen la completitud del poder en una idea, concelebrantes y antagonistas por igual, no tienen razón para objetar a su tardío bautismo como la Catedral: nuestra apropiación política contemporánea de la autoridad numismática, servida por una clerecía académica, periodística, judicial y administrativa, que incluye prominentemente al sacerdocio de la adoración fíat y la planificación financiera centralizada. No hay macroeconomía que no sea liturgia de la Catedral. No hay confianza ni «espíritus chamánicos» independientes de sus devociones, ni cataclismo económico que no sea simultáneamente una crisis de fe. Una única idea está en juego.

En macroeconomía, como en la política en general, solo una pregunta (sistemáticamente inhibida) permanece: ¿Creemos? ¿Realmente creemos?


Prefacio y traducción: