La descomposición de todo gobierno comienza por la decadencia de los principios sobre los cuales fue fundado.

Montesquieu

La llamada «Tercera Toma de Lima» fue un fracaso. Un fracaso es, a secas, el no conseguir el objetivo trazado; y el objetivo explícito de sus participantes era forzar la renuncia de la presidente y la convocatoria a elecciones generales inmediatas. 25 mil personas en Lima y manifestaciones nutridas en las regiones no van a mover a la coalición tan precaria como terca que está en el poder, no cuando el destino de los miembros de esta alianza es la pérdida de privilegios en el mejor de los casos y la cárcel en el peor.

Pero este fracaso episódico, diario, circunspecto al 19 de julio, puede convertirse en un éxito, no tanto por mérito propio sino por esforzado y continuo demérito del Gobierno y del Congreso. Los principales motivos serían la falta de rumbo y los escándalos acumulados que revelan la angurria e indignidad de la coalición precaria asentada en ambas instituciones. Esta es incapaz de ofrecer un horizonte o un rumbo que nos congregue y emocione porque no lo tiene ni le interesa tenerlo. Su vocación es perdurar para preservar un status quo favorable y evitar un destino aciago que muchos de ellos merecen. Así de crudo. Así de triste. Por supuesto, los miembros de esta coalición intentarán recubrir sus motivos subalternos en grandes valores que nadie con criterio cuestionaría: la estabilidad, la institucionalidad, la protección de las inversiones. Pero cuando esas invocaciones provienen de mocha sueldos, «Niños», autoritarios sin disimulo y excompañeros de ruta de nuestro golpista expresidente pues queda descubierta la treta.

Lo más angustioso no es que ese sea el estado de nuestra clase política e instituciones públicas, sino que su desparpajo está pariendo a un movimiento ciudadano indignado, emotivo, ciego. Todo ello, muy justificado en el presente claro está, pero que no deja de ser preocupante de cara al futuro. Incluso si la noticia del mañana es buena («la derrota de la actual coalición precaria y mafiosa»), la noticia de pasado mañana puede no serlo tanto: la llegada al poder de otro sabor de autoritarismo, uno semejante al que Pedro Castillo intentó chapuceramente en diciembre del 2022, o la reacción a este temor desde lo más rancio de la sociedad, o un actor político no anticipado (y esta vez carismático y talentoso) que tome ventaja de lo que ofrece nuestro estado de vulnerabilidad actual. Lo cierto es que, en nuestra polarizada y dividida sociedad, casi nadie quiere una democracia liberal y la mayoría quiere autoritarismo sin amor a un estado nación a o sus ciudadanos, sino solamente pendiente de la agenda de una tribu política específica aunque se arrogue la representación de todo «el pueblo».

Así las cosas, al menos en el mediano plazo Perú caminará entre ser una democracia cada vez más disfuncional o convertirse en un autoritarismo de camarilla sin un verdadero compromiso con un horizonte común. Esto es así porque promover dicho horizonte sería ir contra sus propios intereses, algo impensado en una sociedad construida sobre el individualismo chicha a ultranza. Por lo tanto, estimado lector, lo que estamos por descubrir es qué camarilla obtendrá el poder y quiénes serán los más beneficiados con las disfuncionalidades acumuladas de nuestro país. De hecho, nuestra dinámica política de los últimos años es la superposición de crisis que no cesan y sus resacas que no se marchan y que, al interactuar, generan nuevas tormentas que, para cuando tenemos un respiro de analizarlas, ya han arrasado con lo que tardamos décadas en construir. Quizá, nuestro único consuelo es que del fango no se pueden hacer fortalezas y que, por ello, todo poder en el Perú finalmente se hizo enclenque y se derrumbó (en algunos casos, como en el pasado reciente, hasta el absurdo); por ello, no habrá tiranía o cleptocracia que perdure demasiado, aunque al menos durará hasta que otra igual de pasajera le tome el turno.