
Consenso en la turbulencia: elección de una Mesa Directiva de alto riesgo
Víctor Raúl Haya de la Torre siempre creyó que el Poder Legislativo es el primer poder del Estado. Aquella característica magnánima otorgada al seno de la representación popular es importante para comprender el funcionamiento de nuestra arquitectura política, contemporáneamente hablando. Pero Haya de la Torre no fue el primero en señalar esta piedra angular, basta con recordar al diputado Francisco de Paula González Vigil, allá en 1832. Durante el primer parlamento bicameral, pronunció un discurso sobre el rol del Poder Legislativo de ser un contrapeso a los excesos del Ejecutivo –que en aquellas épocas era excesivamente caudillista cuando el país atravesaba una prolongada infancia–. Pero poco se habla de la historia reciente de la presidencia del Congreso de la República, acompañada siempre de una variopinta Mesa Directiva, supuestamente instalada como producto de elaborados y difíciles consensos.
La pugna por la mesa directiva del Congreso de la República nunca ha sido tan importante como la del día de hoy. Con una jefe de Estado rondando el 80 % de desaprobación y careciendo de vicepresidentes, el liderazgo del Poder Legislativo tiene la difícil tarea de definir el rumbo del país mientras Dina Boluarte intenta llegar al 2026. La relación entre la presidente y el general en retiro José Williams ha sido de extrema confianza ante el público, lo que se podría considerar un intento por apaciguar el tenso clima político que vive el Perú mediante puentes concertadores en el parlamento. Pero esta dinámica puede llegar a su fin el miércoles 26 de julio con la elección de una nueva Mesa Directiva.
En torno a las negociaciones desde el bloque de derecha, el congresista Alejandro Cavero declaró en un medio periodístico que “el Congreso es matemáticas, lamentablemente”. Esta aproximación es correcta como punto de partida para comprender la dificultad que implica elegir una nueva Mesa Directiva por una mayoría especial. Sin embargo, es conveniente agregar que no solo se trata de conseguir el número necesario de votos para ganar la elección, sino de llegar a un consenso que no sea tan precario como los que han venido diseñando los actuales bloques ideológicos en el hemiciclo. De no ser así, cualquier futuro traspié entre bancadas será perjudicial para la estabilidad política del Perú.
Frente al último avance del bloque democrático –compuesto mayoritariamente por fuerzas afines a la derecha– al incluir al congresista Waldemar Cerrón en su lista, se puede observar un pacto notorio, mas no inusual, en nuestra siempre convulsa atmósfera política. Hasta el domingo 23 de julio parecía que el bloque mayoritariamente de izquierda obtendría todos los votos necesarios. Sin embargo, con esta última conformación de la primera lista, el poco respaldo que tenía el bloque de derecha parece que se estaría debilitando, como consecuencia de seguir optando por dividir bancadas como estrategia principal. Esta situación podría tornarse insostenible a largo plazo, lo que es indispensable para poder concertar a futuro con otras fuerzas cada vez más atomizadas.
Ciertamente, nuestra arquitectura política puede soportar este tipo de situaciones. Pero tantas veces va el agua al cántaro hasta que se rompe. Llegará el punto en que el primer poder del Estado, de no analizar con el debido cuidado los riesgos de actuar apresuradamente, ya no podrá ser un contrapeso efectivo como González Vigil y Haya de la Torre alguna vez lo idearon.
