Dante también es mexicano

Dante también es mexicano es el título de una célebre obra, publicada en 1965, del mejor filósofo tomista mexicano del siglo XX, el guanajuatense Jesús Guisa y Azevedo (1899-1986), nacido en Salvatierra, formado en la Universidad Católica de Lovaina. Esta magnífica obra nos ofrece la figura de Dante Alighieri como el modelo de ciudadano a imitar: ejemplar de lo concreto, habitante de la patria chica, arquetípico de lo general, lo que es ser pacífico morador de la cristiandad en la Baja Edad Media, y el espejo del ciudadano atemporal; por ser, como hombre, poseedor de todos los atributos de lo humano: poeta, lumbre, descubridor de bellezas. Encarnado en el cuerpo de un florentino, Dante es un italiano de la Cristiandad, nacido en el siglo XIII y muerto en la primera mitad del siglo XIV, pero también trascendente a todas las épocas, razas y culturas por su indistinguible participación en el ser absoluto de Dios.

Nutrido de la visión medieval del acercamiento novedoso a la naturaleza, como proceso de penetración de las cosas por la contemplación, Dante es un paradigma del sentido epistémico del conocimiento. La inteligencia, derivada de la voz latina intellectus, es la lectura luminosa del interior de las cosas, en aquello que tienen de íntimo, de esencial, por medio de la contemplación humilde, amorosa de la realidad. Nos dice Guisa y Azevedo: «Cuando se contempla con mirada amorosa, se ve nuevo porque no puede menos que advertirse la prístina belleza de las cosas, como quien dice la huella, acabada de dejar, de la mano creadora de Dios. Es el alborozo ingenuo, espontáneo, abierto, subido y sobrado, de estar en armonía y concierto, en consonancia y resonancia, con la alegría de las cosas». Esta es la misma savia de la que florece la poesía de Dante, la filosofía del santo Tomás de Aquino, la mística de san Buenaventura, las Florecillas de san Francisco, en las cuales se encuentra condensada la más elevada época de la humanidad, anclada en la eternidad al reconocerse como transeúnte de lo temporal.

«Los necios y muchos de los que saben leer y escribir y aun tienen título de profesionales, de esto o de lo otro, y que, con todo esto, son irremediablemente iletrados, no dejan de decir, y de tornar a volver a decir, que la Edad Media es una época bárbara, de tinieblas, de esclavos cuya única espontaneidad es el fanatismo, por tanto el miedo y la pusilanimidad. ¿Pero no está hecha la Divina Comedia, este dechado de grandes bellezas, que conmueven y transmutan a los hombres de hoy, para esas muchedumbres de gente inferior, ignorante y supersticiosa?».

Jesús Guisa y Azevedo, Dante también es mexicano (1965), Editorial Polis, México.

Dante es el poeta y el filósofo de la luz. Luz que solo es perceptible a los ojos, parte más noble del cuerpo, la de mayor delicadeza y finura, como signo de conciencia y de comprensión de la realidad. Por eso, los ojos son el símil de la inteligencia y el símbolo del alma. La luz dimana de la sustancia pura para permear a todas las cosas, como los trascendentales. En la apreciación de la luminosidad de las cosas se percibe la adecuación de las cosas a su ideal, al pensamiento del Creador del cual todo nos viene. La luz está en la creación entera, iluminándola, envolviéndola. Por eso la enseñanza del Verbo Encarnado, que nos dijo: «La lámpara del cuerpo es el ojo: si tu ojo está sencillo, todo tu cuerpo gozará de la luz; pero si tu ojo está inservible, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Luego, si la luz que hay en ti es tiniebla, ¿las tinieblas mismas, cuán grandes serán?», en Mt. VI, 22-23. «Vosotros sois la luz del mundo» (Mt. V, 14).

Ferviente monárquico, Dante exponía la necesidad de que todos los hombres fuesen partícipes de un mismo orden, transformados en elementos activos y pasivos de un bien común universal. La tranquilidad del orden, definición de paz de san Agustín, depende de la existencia de una autoridad política, como lo fue en su momento el Imperio Romano. No obstante, no bastó el dominio político universal para la realización de lo verdaderamente humano en tiempos de los romanos, sino que lo sublime, inaccesible a nuestra sola razón natural, hubo de sernos dado directamente por intervención de Dios, encarnado en el Redentor, quien nos transmitió el mandato evangélico del amor, para lograr la unidad fraterna de todos los hombres. Obtuvimos así la visión cristiana y monárquica del mundo, consagrada en un emperador, símbolo de la autoridad política universal, y el Papa, representación de la autoridad moral universal. Por eso fue que el mundo medieval, contexto histórico-temporal de Dante, era de hecho una grande, pero única comunidad: la de la civilización cristiana, realización completa de lo universal, una en lo diverso.

En el plano cotidiano, el poeta florentino ilustró dos de las interacciones humanas más excelsas en la vida de un hombre: la relación de lealtad entre un discípulo y su maestro, que no podía ser otro que Virgilio, y la afición por lo eterno femenino, no bajo la vulgaridad freudiana, sino por la admiración amorosa de Beatriz. En el caso de Virgilio, tenemos la superación devota del mentor, humilde y agradecida por haber recibido de sus manos la antorcha de la tradición para convertirla en lumbre de iluminación universal, alimentada por la Luz del mundo. Y en el de Beatriz, no el apoderamiento lujurioso y apasionado de la bestia, en lo caduco e incierto, sino el suave roce, y el tierno contacto de la compenetración amorosa abierta a la contemplación, que da lugar a la intimidad de un hombre y una mujer frente al Creador. Nosotros añadiríamos la relación sincera de la amistad, que solamente es posible en el acuerdo de las cosas divinas y humanas entre los buenos, como gustaba decir a Cicerón. Una vida sin amigos no es digna de vivir. Dulce provecho el de la amistad, que permite compartir, para alegrarse de manera conjunta en lo próspero, y acompañar, para aminorar en lo amargo.

Dante también es mexicano. Ciudadano de su patria pequeña, sucedánea tristemente disminuida de los esplendores de la nueva España, pero igualmente partícipe universal de la Hispanidad, una nueva Roma. Dante es aficionado al género humano, pero no en lo abstracto, sino en lo concreto, en el amor del prójimo, que no es otro que quien tiene inmediatamente en frente. Dante también es amante de la naturaleza, siempre ávido de encontrar el sentido del orden del universo en cada parte de la Creación, sea grande o sea pequeña, sea cual sea la disciplina a la que pertenezca. Dante también es político, por su hambre social de hacer a todos partícipes de lo eterno, enseñoreados todos de la creación, y partícipes de sus frutos extensivos. Dante también es discípulo, de todos aquellos a quienes debe lo que es, especialmente de aquellos maestros que contribuyeron a facilitar la adhesión de su intelecto a la Verdad revelada. Dante también es el enamorado, dispuesto a convertirse en el hombre que Dios espera con tal de compartir lo mejor de sí —y por ende, de todo el género humano— a aquella Beatriz que sea objeto de su predilección romántica, que no puede ser menos que completa, desinteresada y entrañable. Dante también es el amigo leal, siempre dispuesto a entregar la vida desinteresadamente por amor puro. Dante también es mexicano, y Dante también podemos ser nosotros.