
Hispanoamérica en la génesis del flamenco
El flamenco, más que una música en sí, es un repertorio o un acervo musical nacido en Andalucía, esto es, el sur de España, originándose de la fusión y el mestizaje de varias corrientes especialmente a través de los puertos que más contactaban con América, esto es, Sevilla y Cádiz; sin desdeñar a Málaga en el siglo XVIII.
No es folclore; en todo caso, sería una “remasterización” del folclore.
Su antecedente es el Cante o Género Andaluz del siglo XVIII, que a su vez, tuvo mucho predicamento en Cuba.
No obstante, la importancia del barroco en la Andalucía atlántica, en la que Sevilla fue denominada “puerto y puerta de las Indias” por albergar la Casa de la Contratación que regulaba el monopolio comercial con el Nuevo Mundo, atrayendo gente de toda España, así como italianos, flamencos, alemanes, franceses, etc.; amén de contar con una importante minoría de africanos, nos van dibujando la antropología de esta música.
Hasta mediados del siglo XIX, no se puede hablar de flamenco como tal, siendo un producto del romanticismo y en buena medida, una reacción frente a la ilustración.
Con todo, sí vemos ciertos antecedentes en músicas que van del siglo XVI al siglo XVII, tales como la folía, el canario, la romanesca, la jácara… Con el tiempo, en la música que se está forjando a lo largo y ancho de la Monarquía Hispánica empiezan a aparecer palabras que denotan desinencias africanas, tales como fandango, zambomba, tango, zarabanda, milonga…
Hay quien pretende que el flamenco sería un resto de “pura música oriental” ininterrumpida desde hace muchos siglos, pero lo cierto es que como afirma el musicólogo marroquí Amin Chaacho, ni tan siquiera los moriscos exiliados en el Magreb hacían música oriental propiamente dicha. A su vez, los árabes, en su expansión por el Mediterráneo, tomaron mucho de las culturas que conquistaron, igual que Roma se influyó de Grecia y Egipto, al igual que España no se entiende sin las influencias americanas. Tendemos a visualizar la historia como algo “lineal” e “unívoco”, cuando más bien está compuesta de “redes complejas”.
También se ha asociado el flamenco a los gitanos, como una suerte de “relación étnica”. Y si bien es verdad que muchos artistas gitanos han engrandecido y asentado el flamenco, no es algo “exclusivamente gitano”; máxime cuando los gitanos andaluces han tenido una intensa mezcla sanguínea y cultural con castellanos, negros y moriscos.
Uno de los problemas a la hora de estudiar el flamenco es que hasta hace relativamente poco, se han realizado pocos estudios exhaustivos o serios, bebiendo de ciertas fuentes “orales” que no fueron demasiado contrastadas. En nuestro tiempo, estudiosos de la música como Faustino Núñez (su obra “América en el flamenco” es imprescindible), Manuel Bohórquez o Norberto Torres están sacando muchos datos que nos acercan mucho más a la génesis y desarrollo del flamenco frente a sus mitos, empezando por una supuesta “pureza” que nunca existió, puesto que el flamenco nace de la mezcolanza.
Volviendo a los orígenes del flamenco, cabe reseñar que el Diccionario de Autoridades de 1732 define al fandango como “baile introducido por los que han estado en los Reinos de las Indias, que se hace al son de un tañido muy alegre y festivo”. Este “fandango antiguo”, herencia del barroco, es una de las principales bases del flamenco; sin olvidar que ya en el siglo XVII, músicas como la zarabanda y la chacona salen directamente de los puertos americanos y son imitadas en las cortes europeas más allá de los Pirineos. Ese “fandango antiguo” está tan presente en Cuba, México y Perú (muy notorio en el tondero y la marinera) como en España.
Entre los siglos XVIII y XIX, este género andaluz se nutrirá de ritmos como tangos, habaneras o jarabes, localizados especialmente entre el Caribe y México. En Cádiz, que es donde más rítmica y festiva se hace la música, de los tablaos al carnaval, es especialmente visible esta influencia.
Asimismo, del punto cubano nacerá la guajira flamenca; siendo el punto cubano una música que se conserva en las Islas Canarias, y la rumba procede de la guaracha antigua cubana.
Ya avanzando el siglo XIX, Silverio Franconetti, cantaor sevillano de sangre italiana y que había sido emigrante en el Uruguay, extiende, condensa y consolida el repertorio flamenco a través de los “cafés cantantes”.
A principios del siglo XX, el cantaor Pepe Marchena creó la colombiana flamenca, pero en verdad, la base fue un corrido mexicano. Y es en esta época cuando se asentarán la vidalita y la milonga, llegadas al repertorio flamenco a través de la Argentina.
Ya muy avanzado el siglo XX, gracias al guitarrista español Paco de Lucía y al percusionista brasileño Rubem Dantas el cajón peruano se introdujo en el flamenco, constituyendo el enésimo préstamo hispanoamericano de esta música.
En nuestros días, cabe resaltar como el músico y antropólogo Raúl Rodríguez, el inestimable concurso del lutier peruano Abraham Ortega, ha creado el “tres flamenco”, fusionando en las cuerdas Cuba y el sur de España, lo “afroandaluz”, confirmando un camino lógico especialmente visible en su trabajo “Razón de son”.
A día de hoy, la canción “Hoy” del peruano Gianmarco (que también popularizara en su día Gloria Estefan, cubana nieta de españoles) es interpretada por rumbas, al igual que hace años se puso de moda “El pobre Miguel”, interpretado por tangos de Triana, siendo que originalmente es un vallenato del colombiano Rafael Escalona y que en su día versionó el también colombiano Carlos Vives, cantante popularísimo en todo el mundo hispano.
Así las cosas, lo hispanoamericano en el flamenco no constituye una “moda” o un “exotismo”, sino que está en su génesis y a través de múltiples idas y vueltas pide paso por derecho, recordando que la tortilla lleva papas y el gazpacho lleva tomate.
