
La areté en las sociedades heroicas. Un retorno necesario a la dimensión social de la virtud.
La areté en las sociedades heroicas. Un retorno necesario a la dimensión social de la virtud. Leonardo Brown González (2023).
¿Por qué volver a los clásicos? Es la interrogante que nos marca pauta para la sucinta reflexión que vertimos en este espacio. Nadie discutirá que una justa apreciación de una cultura requiere del descenso profundo hasta sus raíces más hondas. Para apreciar la esencia de la cultura hispánica hemos de concretarnos a dos elementos tanto fundacionales como transversales a su mismo devenir: la religión cristiana, recibida por medio de la transmisión de la Iglesia Católica, depositaria y custodia de la Revelación, y la tradición greco-latina, respecto de la cual podemos ubicar su origen más remoto en la literatura épica helénica. En estas líneas nos ocuparemos de ésta última, ciertos de cumplir con el adagio de Baltasar Gracián en cuanto a lo breve; con respecto a lo bueno, ello corresponderá al lector.
Hemos de situar la cuna de la tradición greco-latina en la literatura heroica, por la razón de que ella constituye el primer esfuerzo por la emancipación de la oscuridad prehistórica para penetrar en la sensibilidad y la crítica humana. En el caso de Homero, ejemplo paradigmático, bien podemos llamarle, junto con el renombrado literato y filólogo Ernst Robert Curtius, «héroe fundador (heros kristés) de la literatura europea», parte fundamental del cimiento intelectual del edificio milenario de la Cristiandad Europea y de su extensión barroca: la América Española. Tal como señalaba Werner Jaeger en su clásica obra Paideia, la historia comienza en Grecia.
La literatura heroica marca el amanecer de una primera mañana de consciencia en el mundo: el intento temprano de la mente y de la lengua por explicar la circunstancia del género humano. A través de la visualización de la inmortalidad, por medio de la realización de grandes y honrosas hazañas, la literatura heroica impulsa el inicio de la educación y de la reflexión moral de cara al valor de lo perenne. Todo ello sin olvidar la inescapable fragilidad del hombre. No es sorpresa, por tanto, hallar como medio de educación temprana, en las sociedades tradicionales la narración de historias épicas, tal como sucede en la Iliada, la Odisea, o el Antiguo Testamento, dentro del cual también hallamos la poesía y la literatura épica. Las narraciones épicas permiten la creación de una memoria histórica común que dota de sentido colectivo y de proyección histórica, estableciendo así un «sentimiento nacional, de comunidad de creencias, ideales, y aspiraciones sociales y políticas» (José Almoina), herencia máxima de la Antigua Hélade, que después sería recibida y transmitida por la cultura latina.
El helenista Moses I. Finley afirmaba que «no se ha conocido nunca una sociedad humana sin mitos, y ciertamente es dudoso que una sociedad tal sea posible». Por ello es que no es solamente el valor literario al que hemos de referirnos para apreciar la épica homérica. La importancia de las narrativas heroicas puede apreciarse a partir de su repercusión moral, política, como puede verse a en la promulgación oficial de los textos homéricos en la Atenas de la época de los Pisistrátidas en el siglo VI a.C., así como en otras póleis helenas. Lo cierto es que toda civilización encuentra su cimiento en una narrativa histórico-mítica fundacional, a partir de la cual es posible establecer parámetros de actuación para sus miembros.
Es gracias a la épica heroica que conocemos la areté, anunciada como la virtud que proporciona al hombre de un ethos, que le permite ser dueño de sí mismo y de conocer un ritmo que marca sus propias limitaciones (José Almoina). Esto es, la conducta moral, que marca las actitudes correctas y esperadas, según la honestidad de las costumbres, que juega un papel transversal en la narrativa de la literatura heroica en función del objetivo máximo a conseguir: la gloria. Gloria que aunque heroica, se percibe efímera, terrestre y vana, como todo lo humano, desconectado de la Gloria Eterna, sede de la verdadera inmortalidad posible solamente por la Redención de Jesucristo.
Esta primera aproximación al concepto de la areté ofrece un esbozo de la noción de la ética, referida a la valoración del libre albedrío y la responsabilidad del ser humano, juzgada a partir de la némesis (justicia retributiva, equilibrio) y la aitía (responsabilidad). En las sociedades homéricas, «los valores básicos de la sociedad eran dados, predeterminados por el puesto del hombre en la sociedad y los privilegios y deberes que se siguieran de su rango» (Moses I. Finley). Es decir, siguiendo a Alasdair MacIntyre, cada individuo tiene un rol que cumplir, así como un rango dentro de una jerarquía social. El hombre, en la sociedad heroica, es lo que hace, pues la visión social se centra en la acción.
El género heroico muestra que las acciones de un hombre, inmerso en un estamento, permiten juzgar acerca de sus virtudes y sus vicios, con relación al cumplimiento que su rol dentro del grupo exige. Tal es la base conceptual para el término areté, traducido como virtud, que sirve para mostrar la excelencia de una persona dentro de un grupo determinado, la realización del hombre en su auténtico ser. Moral y estructura social forman una y la misma cosa dentro de las sociedades heroicas. Todo ello bajo el entendimiento orgánico helénico, el cual buscaba apreciar la naturaleza, aprehendiendo las leyes inscritas en la realidad, dentro del logos, lo universal.
El hombre heroico se caracteriza por el deber, mismo que sólo termina con la muerte. Su deber se circunscribe a la comunidad y a al estamento social al que pertenece, sin ningún tipo de pretensión de universalidad. Este es el fundamento para la valoración helénica del hombre político, prototipo moral; el kalos kagathos se ofrece como aspiración ideal a la que debe arribar todo hombre libre, aristócrata, noción tan lejana a la ilusión igualadora del individualismo burgués, narrativa ideológica que cumple la función de fuerza motriz de la civilización moderna.
«Es un hecho fundamental de la historia de la cultura que toda alta cultura surge de la diferenciación de las clases sociales, la cual se origina, a su vez, en la diferencia de valor espiritual y corporal de los individuos».
Werner Jaeger, Paideia: los ideales de la cultura griega (1936).
La enseñanza de las sociedades heroicas es múltiple: en primer lugar, que la moral es indisoluble del ámbito social local y singular de una cultura, en su arraigo. De ello se observa que las pretensiones universales, abstractas, de la moral moderna son una mera ilusión (como en el caso de los derechos humanos); la segunda lección, es que la virtud (areté) solamente es cognoscible como deber recibido desde una tradición heredada de generaciones antecesoras, por lo que resulta absurdo crear una libertad para elegir valores; finalmente, el ejemplo de las sociedades homéricas nos orienta en torno a la necesidad de la diferenciación social como requisito indispensable para el establecimiento del ideal virtuoso.
Con la delimitación los criterios antes enunciados, las sociedades tradicionales poseían un criterio que facilitaba enormemente la tarea de determinar lo que constituía una conducta virtuosa (areté) y lo que no. No ignoramos las limitaciones propias de la moral de las sociedades heroicas, tal como serían evidenciadas por reflexiones morales como las de Platón, en La República, o de Sófocles, en el Filoctetes, en las que quedaría patente no solamente la contradicción entre la moral heroica —de parentesco— y la moral de la polis, sino de la moral fundamentada en la ley natural. Con el anterior esbozo, lo único que planteamos es la apreciación requerida para la reintroducción de la virtud en la sociedad moderna, de cara a combatir la inevitable disgregación social del individualismo.
La descomposición de la civilización Occidental, proceso eminentemente caótico (cháos), exige un ejercicio desmitificador similar al que Homero y los rápsodas épicos emprendieron alrededor del siglo VIII antes de Cristo, de donde brota el espacio para la alétheia, humilde apreciación de la realidad. La única salida que estas desfallecientes sociedades podrán encontrar, será, como en realidad siempre ha sido, el retorno a la areté de los clásicos. La liturgia compleja de la virtud continuará siendo ininteligible para el moderno mientras ignore el código de partida para la apreciación del orden (diké).
