Estragos de la política
Por Renatto Luyo
Lima, ciudad en la que me encuentro, pocas veces ha hecho del optimismo una de sus mayores virtudes. Caminándola, entiendo que nunca antes lo grisáceo de este cielo combinó tan bien con quienes día a día andan por debajo de él. Un reflejo. Una alegoría. Aquí, en esta ciudad, donde convergen distintos malestares y convicciones de todo un país, la verdad suele escabullirse de las manos. Como si no fuésemos dignos o capaces de conocerla en su plenitud. Como si, en estas calles, la resignación y el pesimismo fuesen una ley natural. El juicio suele nublarse, humedecerse, en la medida que la dicotomía política ha penetrado la identidad, el sentido, lo racional.
Así -se observa- la derecha y la izquierda y el centro se diluyen en el egoísmo de sus limitaciones. Todo desemboca en la frustración de unos y otros, en el beneficio de unos y otros, en el perjuicio de unos y otros. Las virtudes parecen opacas, los corazones lucen más fríos, el juicio justo se ha disipado. Una lucha por la verdad que —en definitiva— cada día se aleja más de la sensatez. Una pugna por la razón que -además- se aproxima más y más al caos. Aquí, en lo único que se está de acuerdo es en no estar de acuerdo. Desde un sinfín de jirones y esquinas se escuchan murmullos sobre Dina Boluarte, Pedro Castillo, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y trifulcas en la frontera.
Ojalá coincidiésemos en que las verdades son verdades y las mentiras son mentiras. Lastimosamente, la política parece haber degradado todo a su paso en esta ciudad, desanimada y herida; y sus habitantes, cansados y desafiantes, parecen consumidos, tanto por sus concepciones del bien y del mal como por una dicotomía esquematizada. Muchas ciudades padecen lo que aquí; sin embargo, por alguna razón, Lima pareciese naturalmente condenada a recordarlo todos los días, todas las tardes.
