Breves reflexiones sobre un reciente incidente en Puno

Hace poco, el 16 de abril de este año, en la localidad puneña de Desaguadero, la enseña por la cual don Francisco Bolognesi tiñó de heroico rojo el Morro de Arica no pudo izarse. Ello no se debió a ningún tipo de intervención internacional del Imperialismo yanqui o a un complot de espías provenientes del Cono Sur americano en nuestras tierras.

Más bien, se trató de un grupo de vecinos de la zona, los cuales impidieron que el destacamento de militares (también peruanos) proceda al referido izamiento.

La razón de su oposición fue bastante directa. En cuanto contrarios a la actual detentadora del Poder del Gobierno Central, la presidente Dina Boluarte, este acto protocolar debía ser interrumpido, así como expulsadas las fuerzas del orden. Un artículo periodístico señaló que «[l]os vecinos de Desaguadero quitaron a los militares la cuerda del Pabellón Nacional y con arengas los obligaron a retirarse de la plaza».

Fuente: Radio Gigante Latina; republicado por La República.

Recuerdo que, frente al posible desenlace violento, en este caso, felizmente, no hubo enfrentamientos. Parecieran no acabar, en efecto, los episodios violentos en nuestro país. Sin embargo, al margen del ángulo del intermitente conflicto entre las FF.AA. y los manifestantes, existen varios otros desde los cuales este acto puede ser analizado y con mayor provecho para el «debate» respecto al Perú.

Este episodio podría ser uno más de los empleables por la ciencia política para sustentar la falta de vigencia de la idea del Estado-Nación o cuando menos del Estado Unitario todopoderoso en estas tierras (de los cuales, además, se puede encontrar en cualquier lugar). También podríamos acercarnos a esta cuestión desde el ángulo de la geopolítica, y apreciar cómo es que los residentes en la Hinterland no solo manifiestan desde sus respectivas regiones a la legitimidad de quien reside en el Palacio de Pizarro y a sus representantes ubicados en la Heartland.

Muy probablemente en algunos años tendremos estudios pormenorizados de este evento y sendos análisis que lo pesquisen desde un ángulo sociológico, con el afán de verificar cómo es que determinados sectores de la población, con determinados orígenes sociales o regionales, no comulgan con la «peruanidad limeña» que muchos señalan que se comunica desde Promperú, y que se rechazaría a través de la oposición al «Estado Formal». Ya nos ha sido posible hallar ocasiones en las que los ciudadanos que realizaron este acto no habrían sido desaguadereños, chucuiteño o puneños, sino «aimaras». Así, entraría al debate si nos encontraríamos frente a un movimiento con «hondas» raíces, con orígenes étnicos.

Pero, hoy, en el presente, ello no importa mucho. Lo principal, oí de no pocos, fue que deberíamos estar satisfechos con que este incidente no escalara. Guarda mucha verdad este punto. En efecto, que no hubiera derramamiento de sangre puede considerarse, en efecto, desde uno de los tantos ángulos posibles, como una señal de prudencia por parte de las FF.AA.

Asimismo, en un «interesante» intercambio, pude conocer que, a opinión de algunos, y dada la importancia de la minería ilegal y del contrabando en Puno, el vejamen al pabellón y a los soldados únicamente consistiría de un acto de intimidación que, siguiendo la lógica de las protestas, pretende el restablecimiento en el poder de Pedro Castillo y, con ello, del retorno al poder de un aliado de estas actividades ilícitas. Es decir, el problema sería económico.

Sin embargo, continuar con todas estas interpretaciones no tiene sentido. En mayor o menor medida, sirven a efecto de brindar versiones sintetizadas del breve (brevísimo) debate alrededor de este episodio. Realmente no cobró la relevancia que pudo haber tenido, y probablemente se ahogó en las consideraciones (ciertamente más apremiantes en el momento) relativas a las condiciones materiales decrecientes de muchos compatriotas, y cómo es que las expectativas de crecimiento (mundiales) evolucionan día a día, algunos dicen que sin mejorar, y otros, considerando que van para peor.

Como todo, este incidente se tornó únicamente en un recuadro noticioso en un periódico. Tanto como cuando una habitúe de los escenarios nocturnos o de los segmentos llamados «del espectáculo» desfilara, montada en un caballo, reposando sobre la bandera nacional, hace ya varios años. De nuevo, surgió una anécdota rápida para la sobremesa. Pero sólo eso.

Incidentes como estos no pueden ser concebidos desde una sola perspectiva. En el presente texto nos proponemos dar un sintético vistazo a esta cuestión procurando superar el tópico según el cual debemos observar a nuestros lados para solicitar el auxilio de otras materias y llegar a una conclusión «completa» respecto del complejo cuadro de las agrupaciones humanas. En este sentido, proponemos al lector mirar hacia abajo y hacia el Cielo.

La determinación de la Patria y de sus símbolos viene, con excepciones que han sido resultado de la componenda y de la practicidad, del suelo en el que se nace. Aquella «tierra de los padres», la tierra que lo ve nacer a uno, viene definida por la salida (por método natural o cesárea, eso no le importa sino a los astrólogos) del útero de la madre.

Esa convivencia de las generaciones se desarrolla en el tiempo, y da como fruto las agrupaciones humanas en sus asentamientos. Ahora bien, las Patrias engendran comunidades y no sociedades. Nos explicamos: decía don Álvaro d’Ors que, en contraposición a las meras sociedades, que «se mantienen por la voluntad convencional de los que [las] integran, y se rigen por reglas también convencionales», las comunidades «son grupos que no dependen ni en su constitución o disolución, ni en su régimen, de la voluntad privada, sino que existen con independencia de ella por la fuerza dé una tradición vinculante que da al grupo un fin que trasciende de lo contractual, y es aceptado, sentido y defendido por los que la integran» [1].

Como decíamos, esa comunidad crece en el tiempo. Pero, como puede entenderse de la última línea de d’Ors, si los elementos de esa comunidad ya no se encuentran imbricados por ese telos aceptado, sentido y defendido por sus miembros, implica el quebrantamiento del Cuarto Mandamiento de Nuestro Señor, que ordena amar a nuestros padres. La desintegración de la Patria, producto del desembarazo y de la desvinculación con respecto de las ligaduras de la comunidad política del país, constituyen un desacato a la fidelidad al propio nacimiento y a las generaciones precedentes que lo desembocaron a uno allí donde se nació. En lugar de honrar esa obligación que se tiene con el Altísimo y con los ancestros, uno se desentiende de este y de los símbolos que personifican a la comunidad, contraviniéndose a ese sufragio de los muertos al que se refiere Chesterton. Uno no debe deshacerse irreflexivamente de la opinión juiciosa de alguien que nos la ofrece. Y más aún cuando se trata de nuestros padres [2].

Ninguna de las materias o disciplinas particulares de nuestra inmediatez contemporánea permitirían (o contribuirían a) alcanzar un diagnóstico como el que se hace en estas líneas. Una conclusión de algún especialista de estos campos, gentilmente, podría atreverse inclusive a señalar que no es que deba ser considerado «inválido» o «carente de sustento» sino «inadmisible en el debate serio», que se marca desde hace ya unos cuantos siglos por cuál de las recetas es traducible a números concretos, y específicamente, a términos pecuniarios. Recordarle el sacrificio del caballero de Arica evocará una sonrisa reservada, o tal vez un ladeo de la cabeza, mas no una reflexión con la que se pretenda reconocer el rol del suelo y del Cielo en este análisis. Y así pretenderán que su perspectiva es aquella «omnicomprensiva». Es posible comprobar, a simple vista, que ello dista de ser cierto.

Por último, hemos de recordar que, en consonancia con una de las conclusiones del debate hodierno, carece de relevancia lo prescrito en la carta política de 1993. Concretamente, lo establecido en su Artículo 38°: «Todos los peruanos tienen el deber de honrar al Perú y de proteger los intereses nacionales […]». Pero esa madeja es para otra chompa.

[1] D’Ors y Pérez-Peix, Álvaro (1999) Derecho y sentido común. Siete lecciones de derecho natural como límite del derecho positivo. Segunda edición. Serie Cuadernos Civitas. Madrid: Civitas, pp. 78-79.

[2] «Democracy tells us not to neglect a good man’s opinion, even if he is our groom; tradition asks us not to neglect a good man’s opinion, even if he is our father». Chesterton, Gilbert Keith (1986) «Orthodoxy». En: The Collected Works of G. K. Chesterton I – Heretics, Orthodoxy, The Blatchford Controversies. San Francisco: Ignatius Press, p. 215.