Reírse al borde del abismo

Quien con monstruos lucha cuide de convertirse a su vez en monstruo.

  • Friedrich Nietzsche (Más allá de bien y del mal, 1886)

Muy probablemente, para cuando se publique esta columna, Alejandro Toledo ya esté encarcelado en Perú o a punto de abordar el vuelo que dará inicio al destino que tanto quiso evitar. Qué se puede escribir de Alejandro Toledo que no se haya escrito ya en las últimas semanas: que fue una oportunidad perdida de reivindicación social, racial y centrista; que con él se inicia una democracia que se mostró cada vez más fallida; que siempre fue un falso valor; que se convirtió en aquello que dijo que combatiría. Todas estas afirmaciones no han sido repetidas únicamente por la falta de creatividad de nuestros analistas, sino que, sobre todo, caen por el propio peso de su obviedad, de la desfachatez de Toledo, o si quieren, de su transparencia hasta las últimas consecuencias, sobre todo cuando creía que disimulaba.

No voy a referirme aquí a la carga simbólica de Toledo, porque de ella no queda nada. Así lo demuestra la muerte de su partido y sus fallidas candidaturas presidenciales en el 2011 y 2016. Quiero referirme aquí a su lado más perdurable: el Toledo involuntariamente gracioso, el alivio cómico a nuestra tóxica política, incluso cuando la ponzoña brotaba de él. Y es que cómo no va a parecernos gracioso un presidente que nos regalaba desde transgresiones frívolas, llegar tarde siempre y desaliñado, convertir el avión presidencial en el “avión parrandero”, dar una entrevista televisiva en evidente estado de ebriedad, aducir que fue secuestrado cuando en realidad estuvo en un hotel con prostitutas, no reconocer a su hija y, por último, actos abiertamente criminales como exigir el pago de un soborno de decenas de millones de dólares a cambio de un lucrativo contrato de infraestructura pública y luego decir que ese soborno era dinero de reparación para su suegra víctima del holocausto. Cuando se enumera va dejando de ser gracioso, se hace cada vez más trágico y si nos seguimos riendo es quizá para disimular la indignación, la cólera, la tristeza. No obstante, al igual que Toledo, somos pésimos disimulando.

Entonces, querido lector; la frase del inicio no va dirigida al Toledo “centrista y redentor” de la Marcha de los Cuatro Suyos luego devenido en un presidente corrupto más, otro reo presidencial para nuestra colección y nada más que compañero de pabellón de su antiguo némesis, Alberto Fujimori. No, la frase va para nosotros, que más que luchar contra ese pequeño monstruo lo hicimos poderoso, nos reímos con él y, discretamente lo celebramos. Entre tanta risa nos fuimos olvidando que como sociedad nos fuimos pareciendo, poco a poco a él, a esa desfachatez tan grosera que cree que pasa inadvertida y que cuando es descubierta no le importa. Fuimos emulando esa manera de escudarnos en medias verdades o abiertas mentiras  y en ese hábito tan familiar de creernos inmunes a la consecuencia de nuestros actos. Cuando uno se ríe del abismo, el abismo también se ríe de vuelta de uno.