Recuerdos de Leticia

Además del ya conocido sacrificio de don Fernando Lores durante aquel conflicto —que hace pocos días recibió merecido homenaje— da oportunidad para conocer otras historias selváticas que demuestran el patriotismo del oriente peruano cuando la integridad de la patria peligraba, uno de ellos es la guerra de Leticia, del cual ya fue su centenario y hay palabras que dedicar.

Para poner en contexto, a pesar que la región durante los sucesos de la guerra del Pacífico fue alejada geográfica se involucró en la misma, en ese entonces los llamados maineños —los que serían actualmente sanmartinenses y loretanos— mandando dos divisiones de voluntarios que en su total fueron 179 para defender la patria y ofreciéndonos un primer héroe, el guardiamarina Emilio San Martín Peña, quien murió en el mar del Callao enfrentándose contra las fuerzas navales chilenas. Tras el fin de la guerra la región amazónica al no haber sido afectada directamente por la devastación de la guerra logró alzarse económicamente, mayormente por el milagro cauchero y el afán del país de expandirse dentro del Amazonas, siendo uno de sus mayores protagonistas la ciudad fronteriza de Leticia fundada como puerto fluvial en 1867, donde comerciantes iquiteños como tarapotinos, moyobambinos e incluso chachapoyanos iban a la ciudad a hacer riqueza y algunos volvían con la misma. Eso causaría un fuerte comercio fluvial y terrestre entre diversas ciudades amazónicas como también su expansión y migración interna como a la vez rencillas con el gobierno por sentirse abandonados inspiró a diversas rebeliones para motivar un estado federalista. Muchas sofocadas, pero en general causarían que el gobierno modificase o de concesiones a los selváticos tanto en temas gubernamentales o administrativos (como el dividir la Selva Alta y Baja en las regiones de San Martín e Iquitos).

Mapa del trapecio amazónico(entonces bajo nuestra administración) que sería cedido primero en teoría y luego bajo ratificación del Tratado Salomón Lozano

Aun así ciertos eventos sucedieron en el oriente peruano que usualmente no son traídos. El primero siendo el conflicto de la Pedrera de 1911 curiosamente un año después de las tensiones con el Ecuador al rechazar el arbitrio español— acaecida en la primera administración de Leguía, en el cual tropas del ejército colombiano habían establecido su campamento en una zona ya acordada ser desmilitarizada, cuestión que causó el enfrentamiento con una guarnición peruana dirigida por quien sería el presidente Oscar Benavides. A pesar de la victoria peruana y la negociación de un armisticio se llevarían las charlas secretas respecto al tratado Salomón Lozano. Que sería ratificado una década después, en 1922, en el mismo se negociaba la apertura colombiana a un río amazónico como la existencia de un margen del Putumayo para el Perú y con un aparente desconocimiento de cómo lo tomaría la región. En ese momento el descontento causó la última gran revuelta en la selva cual aconteció durante la segunda administración de Leguía —siendo ahora una dictadura cívica— en 1921 mediante el liderazgo del brigadier Guillermo Cervantes quien fue uno de los primeros en impedir una entrega de la ciudad de Leticia según la disposición del acuerdo y movería su guarnición para tomar la ciudad y avanzar hacia la selva y el Ucayali con el objetivo principal de reclamar un tratado injusto pero lentamente intentando otra vez fundar las bases de un estado federal sin ánimo alguno de secesión, a pesar de ello siendo su rebelión aplastada y el entonces secreto tratado siendo revelado en 1927 y ratificado en 1928, entregando junto a Leticia diversas partes del trapecio amazónico, provocando el descontento de los selváticos.

El tiempo pasó y a comienzos de la década de los 30 la prosperidad material que nos había dado el régimen de Leguía se estrellaba en el suelo debido al colapso de la bolsa estadounidense de Wall Street. Eso se vería replicado en el Perú bajo la inestabilidad política y la caída del oncenio del ya mencionado presidente. Dejando de lado los conocidos intereses enfrentados en el grupo cual derrocó al presidente y el gobierno militar encabezado por el general Sánchez Cerro — cual cabe decir, compartió cuartel con el último rebelde de la selva el brigadier Cervantes —. Bajo ese contexto la nueva administración tuvo que enfrentar las consecuencias del tratado Salomón-Lozano, que aunque llevaban siendo reclamos de la revisión del tratado se agravaron debido a un incidente de 1932 en el cual un grupo de milicianos loretanos con apoyo del pueblo de Leticia logró retomar la ciudad tras lograr desarmar a los policías y con un saldo de tres bajas. En ese momento el gobierno de Sánchez Cerro determinó como incumplido el octavo punto del tratado y también se lanzó a la ofensiva para recuperar lo perdido en el tratado de 1922.

Conocida foto de los asentados peruanos en Leticia que serían protagonistas del levantamiento con apoyo loretano, 1932.

Los combates acaecidos serían el primer bautizo de fuego para la naciente fuerza aérea peruana, aunque se tuvo pobres resultados para el ejército sin quitar los diferentes méritos y sacrificios de la tropa. Los cuales a pesar de una inicial victoria en Puca Urco sufrieron diferentes reveses que hicieron que el ejército colombiano se adueñe del trapecio. A pesar del intento de Sánchez Cerro de movilizar tropas para socorrerlos fue víctima de un magnicidio cuando pasaba revista y otra vez los canales diplomáticos procurarían mantener el «statu quo ante bellum» bajo el protocolo de Río de Janeiro, que sería ratificado en 1934 por ambas partes.

El primero siendo el piloto Pedro Canga Rodríguez, piloto oriundo de Moyobamba que como muchos jóvenes que no les atraía el comercio probó hacer carrera en las fuerzas navales del país y sería uno de los primeros que pediría ser al entonces llamado cuerpo de aviación del Perú. Durante la guerra, comandó, con el grado de capitán, una escuadrilla de cazas Curtis Hawk, que durante el conflicto tuvieron su base en Leticia. Por su conocimiento de la topografía del sector, la misión encomendada a Canga fue de reconocimiento y desplazamientos de las tropas enemigas. Se encargaría de trazar rutas aéreas que siguen siendo usadas hasta ahora en las rutas amazónicas y también por maniobrar una ruta aérea entre Puerto Maldonado e Iquitos, y en 1934 uniría Lima e Iquitos bajo vuelo. Además de su valor que le valdría condecoraciones por el gobierno sería obsequiado para diferentes capacitaciones en el extranjero y sería parte de una comisión encargada de revisar una compra de bombarderos Ca.310 Libeccio a Italia para comprobar su calidad. Pedro Canga se daría cuenta de diversas irregularidades debido al desvío italiano de recursos a los alemanes por el Pacto de Hierro y a pesar de las presiones hechas por el piloto los aviones enviados al Perú tenían diversas fallas causadas por la falta de recursos y tiempo. Al enterarse de esas noticias Pedro Canga con un grupo de miembros peruanos de la misión decidió desplegarse de su base en Roma en rumbo al Perú. El y sus dos compañeros despegarían el primero de agosto de 1939 —un mes antes de la invasión de Polonia— de la base de Guidonia hacia el Perú, bajo un ambicioso plan de cinco fases donde cruzarían el Atlántico. A pesar de lograr cumplir la primera fase durante la segunda el avión sufre desperfectos y se estrella en el desierto del Sahara cerca de la ciudad marroquí de Mazagán, solo sobreviviendo un compañero de los tres y pereciendo calcinado el selvático. Su cuerpo con el de su compañero fenecido a pesar de ser repatriados a Francia recién en 1947 volverían al Perú debido al fin de la segunda guerra mundial y serían enterrados en el cementerio Presbítero Maestro. Uno de sus pocos homenajes es una calle nombrada a su nombre en su natal Moyobamba y el aeropuerto nacional de Tumbes.

Pedro Canga (persona en blanco) junto con representantes en Guidonia, Italia, en Julio de 1939, un mes antes de su muerte.

La segunda sería la historia de Alberto Leveau García, un tarapotino de padres comerciantes que durante el conflicto se alistaría y movilizaría hacia Iquitos en la fase final del conflicto en la cual tras cumplir tres meses de servicio sería desmovilizado. A pesar de ello decide en 1938 viajar a Lima para ser un guardia civil. Su experiencia en el conflicto de Leticia se demostraría en 1941, donde moriría durante un asalto exitoso en Huaquillas, Ecuador y con honores póstumos, siendo sus restos enterrados en el cementerio general de Tumbes y a pesar de ser homenajeado en su natal Tarapoto su historia se mantiene discretamente conocida.

Foto de Alberto Leveau en uniforme de guardia civil (fecha desconocida, posiblemente finales de los años 30)

Con esos dos ejemplos es hora de pasar hacia las reflexiones que nos demanda este tema. El primero que a pesar de la paz lograda con nuestro país hermano y el estado mejor que están nuestros pueblos selváticos no significa el no recordar la historia detrás de ese sacrificio, sea a pesar de los conflictos contra Colombia o el Ecuador, en los cuales los curtidos de Leticia mostrarían mayor experimentación. También el luchar por mantener viva la memoria de los héroes de la Selva Alta, que también como las acciones valientes del cabo Lores, fueron ambos indispensables para mostrar la peruanidad del suelo amazónico en momentos críticos como las amenazas contra nuestra Amazonía.